04 septiembre 2015

LOS NOMBRES PRESTADOS

Con enorme emoción puedo anunciar la publicación de "Los nombres prestados", una historia que me llevó muchos años pensar y escribir y que, como si fuera poco y al mismo precio, es el primer libro de autor argentino que aparece bajo el sello Nube de Tinta.

Acá, además, un adelanto del primer capítulo:
http://www.megustaleer.com.ar/libros/los-nombres-prestados/9789871997114

29 julio 2015

QUERIDO ESCRITOR (CARTA ABIERTA DEL EDITOR AL AUTOR)

Querido escritor:
                             Ya sé que nunca voy a enviarte esta carta, pero si alguna vez estas líneas llegaran a tus manos, será porque tú has escrito una obra. ¡Felicitaciones! Y yo seré quien esté a cargo de la edición de la misma. ¡Oh!
                             Empezaré entonces por presentarme ya que en general los escritores nunca llegan a saber mucho de sus editores, en cambio viceversa... Mejor no entremos ahora en detalles. Lo primero que tienes que saber de mí es que no he estudiado para ser editora. Tampoco me he formado en una editorial a lo largo de años. Ni siquiera he sido lectora profesional ni nada por el estilo. Simplemente un día aparecí haciendo tareas de edición en una editorial, luego pasé a otra, y al día de hoy cuento ya con algunos años de experiencia. Ahora bien, si un día me tiré a la pileta de la edición fue porque sentí que podía hacerlo. Soy bastante lanzada pero no juego con el trabajo de los demás, eso puedes darlo por seguro. ¿Y por qué me sentía preparada? Más allá de que me he dedicado a la literatura durante toda mi vida y que he aprendido muchísimo de mis editores, soy periodista. Y el periodismo es edición pura. Aprendes a escribir para un público específico, a manejar la información, a ser claro y preciso, a quitar todo aquello que no sirve a tu historia, a trabajar bajo presión y hasta a relatar una noticia en quince mil caracteres y no en quince mil cien. Aprendes a utilizar tu herramienta: el lenguaje y, en definitiva, no haces otra cosa que autoeditarte todo el tiempo. Así que suma periodismo+literatura+ganas de aprender, y tendrás una nueva editora: yo. Bien, ya zanjado ese asunto de quién miércoles soy y como tendrás que trabajar conmigo, vamos a los asuntos que nos importan.
                             Si tu libro ya está en mis manos (a veces me ha tocado ser quien elige el material, a veces no), lo primero que haré será leerlo, claro. Y ya empezaré a toquetear por aquí y por allá con el único objetivo de que tu libro sea el mejor libro. O sea: no cambiaré tu estilo, no cambiaré tu historia, pero sí te ayudaré y acompañaré para que puedas mejorar aquello que aún hace ruido. Por ejemplo: la puntuación, los tiempos verbales, la gramática. Te mostraré las repeticiones y las cacofonías. Corregiré (sin consultarte) ortografía y guiones (algunos deben ser largos, otros más cortos). Muchas de estas cosas las volverá a ver el corrector (una persona, no un programa), pero igual yo voy haciéndolo a medida que leo. Y además te haré comentarios. Por ejemplo... “¿por qué en este capítulo el protagonista es pelirrojo si en el anterior era morocho? ¿Tiene que ver con la trama? En ese caso tendríamos que ver cuándo cambia el color de su pelo. Y si no, corregir, por favor”. O: “los autos se estacionan en la calle, pegados al cordón, no en la vereda, revisar”. O: “¿por qué esto está escrito todo en mayúscula? ¿Es porque el personaje grita o algo por el estilo? Debemos verlo”. O: “en esa época no existían los teléfonos celulares. Revisar”. O: “en la página 25 el personaje dice que vive con dolor de espalda y que no puede moverse, pero aquí levanta un piano como si nada. ¿Qué pasó con su dolor?”. O: “en este capítulo explicas tal y tal cosa demasiado”. O: “¿qué te parece si movemos este párrafo arriba, te das cuenta de cómo mejora el texto?”. Cosas así que ahora estoy inventando (no estoy mandando al frente a ningún escritor que haya tenido la desdicha de trabajar conmigo), y que en general el escritor ha perdido de vista de tanto que ha estado inmerso en su texto, y que la mirada entrenada capta sin demasiado problema.
                         ¿Te das cuenta, entonces, de que mi intención no es otra que ayudarte a cerrar tu historia, sin errores, sin zonas confusas, sin contradicciones, sin ambigüedades, sin momentos geniales que se caen por una seguidilla de adjetivos innecesarios? Si ahora lo ves, voy a pedirte un gran favor: trabaja conmigo porque yo quiero trabajar contigo. No quiero pasarte por encima, no voy a adueñarme de tu obra, no voy a cambiar nada de lo que para ti es importante, todo es conversable, tú tienes la última palabra (casi siempre). Por eso te ruego, te suplico, te pido, ¡NO PELEES CONMIGO! No te pongas a la defensiva. No soy el enemigo de tu obra, todo lo contrario. Piensa que cuando el libro esté en manos del lector todo el mérito será tuyo y nada más que tuyo. Entonces... si yo te marco, por ejemplo, que una frase está confusa y tú me dices que está perfectamente escrita y que no piensas cambiarle ni una coma porque cuando la editorial eligió tu libro esa frase ya estaba escrita de ese modo, bueno... qué quieres que te diga, lo único que logras de esa manera es: 1) demostrar que no posees las herramientas necesarias para trabajar tu texto; 2) romperme, y mucho, los ovarios; 3) boicotear tu propio texto.
                         Ah, y esto no termina aquí. Resulta que la gran mayoría de las veces yo te regreso el texto con correcciones y comentarios, tú haces los cambios, me lo reenvías, y yo... ¡yo vuelvo a empezar! Leo otra vez y encuentro cosas que se me escaparon la primera. O tal vez hiciste un cambio que modificó otra cosa que ahora ya no funciona. Y como esa es mi tarea, vuelvo a trabajar y tu vuelves a corregir. Y podemos hacer esto varias veces más hasta que tú gritas basta, basta, por favor. Pero resulta que no se trata de un capricho mío ni de un método de tortura de escritores, sino que seguiremos haciendo eso hasta que el texto no lo precise más. Así de simple. Es que la edición lleva tiempo, pide esfuerzo, requiere de paciencia.
                         Sé que hay autores que se defienden diciendo que los editores son escritores frustrados que se ensañan con los libros de otros, por no poder crear los suyos. En mi caso puedo aclararte que no soy exactamente una escritora frustrada. Y que no he conocido editores que lo sean, así que no sé si esa raza existe o no. Y puedo agregar que la edición es un oficio tan apasionante por sí mismo que muy bien se puede desear ser editor y nada más que editor.
                        En fin... la carta ya es bastante larga y creo haber dicho lo que quería decir: estoy para trabajar contigo, para ayudarte a mejorar tu libro, para asegurarme de que ese libro sea vendido y leído (la editorial invierte dinero en ti y en mí y espera recuperarlo), para lograr lo que todos queremos lograr: hacer la mejor literatura.
                        Y una cosa más. En verdad, una vez que comienzo a trabajar en tu libro, lo único que me importa es tu libro. No sé si me entiendes...
                                                                                                        Te abrazo
                                                                                                      Yo, tu editora