03 diciembre 2013

DIME CÓMO ENTREVISTAS... Y TE DIRÉ SI ERES PERIODISTA

El periodismo es un oficio maravilloso. Es único. Te convierte en un radar, en un curioso de la vida, en un preguntón que todo lo quiere saber. Para luego contárselo a los demás.
Pero uno de los problemas que tiene la profesión u oficio (lo dejo a criterio de cada uno) es que no hace falta un título habilitante para ejercerlo y, por lo tanto, cualquiera puede llamarse periodista y cualquiera puede hacer periodismo (aunque eso que hagan no merezca llamarse así).

Pues bien.
Ingresé a la carrera con el deseo de dedicarme a la investigación (quién no quiso encontrar su propio Watergate), pero me retiré de ella amando la entrevista, la entrevista intimista, más que nada, la que busca conocer a la otra persona, saber qué hace, cómo lo hace, la que te obliga a buscar y encontrar mejores preguntas, mejores formas de acercamiento y excelentísimas formas de narrar lo escuchado.
Hice muchas entrevistas, algunas más formales, otras pura espontaneidad, en algunas tuve que luchar contra entrevistados monosilábicos y en otras casi lo único que hice fue escuchar. Mi ego explotaba de felicidad cada vez que el otro me contaba algo que hasta ahora no había contado, o cuando se quedaban pensando en la respuesta, o cuando me decían qué buena pregunta. Y con eso me alcanzaba, porque lo importante en la entrevista no era yo, yo era solo el nexo. Importaba el otro, el entrevistado.

En los últimos años me he convertido en en entrevistado (y sigo extrañando tanto pero tanto entrevistar... si alguien tiene un medio por ahí, una radio, una revista, ya sabe ;-), he comenzado a vivir el periodismo desde el otro lado y ay... ¡AY!, cuántos crímenes se cometen en el nombre de la entrevista.

Veamos...
Enviar preguntas por correo electrónico es fácil, es sencillo, es rápido, pero eso NO ES una entrevista. No hay cara a cara, no sabemos cómo habla el otro, qué gestos hace, si piensa antes de responder o no pero, sobre todo, en las preguntas por mail NO HAY retroalimentación, el periodista no puede repreguntar, no puede volver sobre sus pasos, no puede interrumpir porque algo no lo entiende, o porque quiere más detalles, o porque el otro se va por las ramas. Las preguntas por mail sirven y muy bien para ciertos objetivos, por ejemplo, hacer listas. Cuando se le quiere pedir a un escritor que recomiende una cantidad de libros o que cite los favoritos, con un mail alcanza y sobra. Pero para conocerlo, saber de su vida y su obra, un pequeño detalle: ESO NO ES UNA ENTREVISTA.

Tampoco es una entrevista decirle a alguien que se lo entrevistará y listo. Acabo de pasar por una amarga experiencia en una radio. Me invitaron, junto a otros escritores, para presentar un libro. Aquí tengo que abrir un pequeño paréntesis: no es lo mismo elegir a quien entrevistar que entrevistar a alguien porque lo solicitó un encargado de prensa o un promotor. Es decir, en este último caso hay una cuestión comercial y publicitaria que a veces molesta al periodista: "tengo que entrevistar a X porque su representante lo pidió pero a mí X me importa un corno". Pero son gajes del oficio, sucede, y de última, X no tiene la culpa. Es un entrevistado más y se merece toda la atención y dedicación. Pues bien, fuimos a la radio. La periodista llegó tarde, no conocía nuestros nombres ni preguntó cómo se pronunciaban, pero sobre todo, no conocía el tema. No sabía de los libros, no sabía sobre literatura infantil y juvenil (al aire dijo: "libros para niños" y yo juro que mantuve mi compostura), no hizo preguntas ni moderó la conversación, al punto que a mí me dio pie uno de mis compañeros para decir algo, y parecía enamorada de sus propias palabras. Nos trató con tal desinterés que no pude menos que pensar que era una pena que alguien así mantuviera su puesto habiendo tantos excelentes periodistas desocupados.

En cambio, la videoconferencia si bien no es perfecta, sirve mucho mejor para entrevistar. Son dos personas conversando en tiempo real a través de una pantalla, uno no ve el panorama completo del otro lado (por ejemplo, el lugar en donde está el que responde), pero en esta época globalizada le perdonamos la vida.
Hace poco a mí me hicieron una entrevista de esa manera. La entrevistadora estaba en Suiza, yo acá, en el porteño barrio de Flores. Ella me escribía la pregunta aunque varias veces le pude entender de lo más bien, y yo le hablaba a la cámara.

Entonces... algunos humildes ítems que más que aprenderse en las escuelas de periodismo, se aprenden a través de la práctica y de leer otras entrevistas (cuando estudiaba mis preferidos eran: Mona Moncalvillo y sus entrevistas en la revista Humor, Daniel Ulanovsky Sack y Firpo en Clarín, Mempo Giardinelli con sus entrevistas a escritores en Puro Cuento):

-De antemano hay que saber quién es el entrevistado y hay que tratar de leer las entrevistas que ofreció antes para no repetirnos (yo lo hice en tiempos de archivos de papel, ahora no hay excusas).
-En caso de que sea escritor, puede ser imposible leer toda su obra, pero sí hay que saber sobre qué ha escrito, cuál es su estilo, qué criticas o reseñas existen sobre sus libros, etc.
-Hay que escuchar. Uno puede llevarse cien preguntas escritas, pero la conversación es la que manda y la que marcará el camino, tal vez en el momento el entrevistado nos ofrece material tan rico que vale la pena salirse del guión.
-Hay que mirar a los ojos. Mientras el entrevistado habla, hay que escucharlo con todos los sentidos (y no lo digo porque sea sorda :-). Queda espantoso que mientras uno responde el periodista lea un mensaje de texto en su celular o vaya repasando otras preguntas.
-Hay que animarse a repreguntar, a profundizar, a volver atrás, a guiar al otro. La entrevista es del periodista, es él quien sabe cómo hacerla y tiene todo el derecho de llevar al entrevistado por el camino que desea. Ojo, porque por guiar al otro alguien podría pensar que se trata de manipular las respuestas. Nada más equivocado. Simplemente que si uno quiere que la entrevista trate sobre libros, y el entrevistado comienza a hablar sobre fútbol, bueno... hay que saber llevarlo de regreso al tema elegido, o tal vez valga la pena seguir hablando de fútbol. Las decisiones se toman en segundos y en el momento.
-No es necesario adelantar preguntas al entrevistado, y tampoco es necesario (y yo no lo hacía, el diario no me lo permitía y aprendí que era mejor así), dar de leer la entrevista terminada al entrevistado. Sí en cambio se le puede pedir que repita nombres propios o cualquier otra cosa que uno teme haber entendido o escrito mal.
-El lugar para la entrevista debe ser cómodo, sin ruido (los cafés son recurso fácil y desgrabación imposible), y hay que preguntar al entrevistado justamente eso: si está cómodo, si necesita algo, si tendrá que irse a una hora determinada.
-A veces el periodista se queda en blanco. Son seres humanos, pobre gente, suele suceder. El entrevistado parecer haber terminado de responder y ops, uno no tiene la más mínima idea de qué preguntar a continuación. Eso se soluciona con práctica y con estrategias, por ejemplo, repreguntando cualquier cosa solo para ganar tiempo. Y si vuelve a suceder, bueno, aceptar que uno no estaba bien preparado para la tarea. 

Y a la hora de escribir, no solo vale el qué se dijo sino el cómo. La tonalidad de la voz del entrevistado, el lenguaje corporal, la risa o la preocupación, los tiempos, el entorno.

Entrevistar es maravilloso, ser entrevistado es interesante (admito que me gusta más preguntar que responder). De un lado y del otro, hay que hacer que valga la pena.

Y aquí se agota mi casete, terminamos.

Muy buenas entrevistas a escritores, con público incluido, pueden leerse en bibliotecasparaarmar.blogspot.com. Entrevista el gran Mario Méndez.




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