26 noviembre 2013

YO AMO MI TALLER LITERARIO

Lo había intentado muchas otras veces a lo largo del año. Digo, esto de armar un taller de escritura o literario o de escritura/literario, lo dejo a gusto del lector (en general en los de escritura se escribe durante la clase, en los literarios solo se lee). Pero fracasaba por dos grandísimos motivos: no tenía la suficiente experiencia, no tenía modo de promocionarme. Los años, los libros publicados, los diversos oficios (periodismo, edición, lingüística) y las redes sociales por fin me lo permitieron este año que ya termina. Un modesto taller de escritura de literatura infantil y juvenil en mi casa, con tres personas de fierro, y tres talleristas más, del interior, a distancia, a través de skype (escrito, no por videoconferencia).
Acá fue cuando empezaron las sorpresas. 1) Me gustó, sabía qué hacer, me sentí segura. 2) La gente comenzó y se quedó, no se fue. En la mayoría de los talleres empieza un montón de gente y muchos se van yendo a lo largo del año. Acá no, empezaron poquitos pero se quedaron. 3) Ahora, a fin de año, todos los participantes notan un cambio en su escritura, se sienten más seguros, saben cuáles son sus fuertes y cuáles sus falencias y cómo trabajarlas. 4) Llegamos al colmo de que uno de los talleristas publicara, en formato libro, en editorial de verdad, varios de los trabajos que inició en el taller. Increíble. Gracias por la publicidad, es lo que le digo siempre.

Qué gran experiencia organizar y llevar adelante un taller de escritura. Ya lo sabemos: nadie te puede enseñar a escribir, lo único que hace uno es ofrecer un oído un poco más entrenado, una humilde guía, algo de experiencia, moderar los comentarios, pero no mucho más. El resto lo hace cada uno, dándose cuenta o no. Y a medida que ellos, los participantes, hacen lo suyo, también uno va cambiando. Porque no hay mejor escuela en el mundo que esa, que compartir los escritos y ver si lo que decís le sirve al otro, y al final te sirve a vos mismo.

A lo largo de este año me di cuenta de que los comentarios que iba haciendo en cada clase eran bastante similares (luego se trabaja con cada relato, claro, que tiene sus propias necesidades). Eran:

-enfocate
-¿qué historia querés contar?
-¿quién la cuenta?
-enfocate
-¿desde qué punto de vista la cuenta?
-¿cómo es la voz de ese narrador?
-¿cada palabra escrita es la indicada, es necesaria, te lleva por el camino que buscás?
-enfocate
-y lo mismo sobre las acciones, ¿agregan al relato o se te va por las ramas?
-no importa que tal o cual cosa no esté en el texto, vos la tenés que saber
-vos controlás la gramática y la ortografía, no al revés
-enfocate
-releé, corregí, esto no se termina con la primera escritura
-leé en voz alta, fijate cómo suena
-desenamorate de tu texto, solo así vas a poder cortar, tachar, tirar
-enfocate

Y aquí estamos. Termina el año, terminan mis talleres, y no puedo menos que estar feliz por los resultados.
Pero en diciembre, yo sigo escribiendo:

Taller intensivo de escritura de LIJ, los días jueves a 18,30, en el barrio de Flores. 
El grupo se abre con cuatro talleristas.
La idea es trabajar en profundidad un relato, corregirlo, encontrarle la vuelta, ver qué funciona y qué no funciona y el porqué, compartir la lectura y la crítica.
En definitiva: cómo se cocina un cuento.

Y para el 2014 claro que la sigo, veremos qué día, qué horario, pero que la sigo, la sigo. Y con dos, que ya me animo: un taller de LIJ y otro de relatos así nomás, sin edad.

He dicho.


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