20 mayo 2013

LINDO DÍA PARA VOLAR (segundo libro 2013)




1


EL PRIMER ENCUENTRO

El día que conocí a Camacho, entre las ramas de un inmenso eucaliptus, me contó su historia:
-Para mí, la vida era la jaula –empezó él, tranquilo, con ese modo que tiene de hablar que a veces te provoca ganas de sacudirlo un poco, arrancarle una pluma. –Yo no sabía que había otra cosa, un afuera, ¿me entiende usted?
-Sí, entiendo. ¿Qué tal si nos tuteamos? ¿Tu nombre..?
-Camachuelo.
-Camacho, viejo y peludo. No, peludo no, viejo y plumero.
Me reí. Solo.
-¿Puedo seguir? –preguntó él. Qué podía decirle. Yo estaba ansioso, todo era nuevo para mí. Me acababan de liberar hacía apenas un instante y lo primero que había hecho era volar hasta el eucaliptus, sintiendo que la vida comenzaba de nuevo, que todo había cambiado.
-Seguí, Camacho, seguí.
-Camachuelo.
-Eso, lo que vos digas. ¿Hace cuánto que sos libre?
-¿Qué día es hoy?
-¿Cómo le dicen...? Sábado.
-Entonces, desde ayer.
-¡Por el gran pico! –exclamé-, ¡ya sos un experto en libertad!
-Había nacido en jaula y pensaba morir en jaula –siguió Camacho, tan pacífico. -No conocía otra cosa.
-Eso ya lo dijiste, adelantá, dale.
Camacho me miró de tal manera… hizo un gesto así con el pico que temí por la integridad de mis ojos. Del izquierdo y del derecho. Pero era Camacho. Camacho no picoteaba a nadie, a menos que fuera absolutamente necesario.
-Y estaba bien, lo de la jaula. Era un hogar. Reducido y con barrotes, pero hogar al fin. Mi humano me alimentaba cada día, me brindaba agua fresca y cuidados veterinarios, y lo único que exigía de mí era que fuera, estuviera. Que me quedara en la jaula e hiciera lo único que sabía hacer: ser pájaro.
-¿Y volar? ¿Qué me decís de volar, Camacho?
Las plumas de la cola de Camacho se agitaron.
-Yo no sabía qué era volar. Así como no sabía qué era la libertad.
-¿Te cortaban las plumas de las alas?
-Cada semana, prolijamente. Pensaba que aquello era como ir a la peluquería, un cuidado estético, ¿me entiende usted?
-Te entiendo –dije-, a mí también me las cortaban.
-Un momento. Usted no se ha presentado -dijo Camacho y a mí me gustó que reparara en mí. Hasta ahora nadie me había preguntado mi nombre.
-Yaco, me dicen Yaco. Loro gris africano, a mucha honra.
Camacho se quedó pensando.
-Todos los loros que he conocido son… coloridos, por lo menos.
-Yo soy exótico –retruqué, algo ofendido por el comentario de mi nuevo amigo. –Mis plumas son grises, pero mi alma tiene todos los colores del arcoíris.
-Poético… -dijo Camacho.
-Que te recontra –respondí, por las dudas.

Publicado por editorial SM
Tapa de Rodrigo Folgueiras 

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