14 mayo 2013

LA MEMORIA DE TODOS (primer libro 2013)






Un libro que hacía mucho quería escribir, que me rondaba por la cabeza. Por un lado quería rescatar dos cuentos que escribí hace tiempo y tenían algo que ver entre sí: "Todas las sombras son negras", que trata sobre la discriminación racial y la lucha por los derechos civiles en la EE.UU de los ´50/¨60, y "La memoria de todos", el cuento que escribí el año pasado para una muestra de ilustradores sobre el atentado a la AMIA. Siguiendo con esa idea, había una historia, real, que me torturaba desde hacía años (guardo el recorte del diario con la noticia, en mi archivo): la de un par de adolescentes asesinados por sus familias en India, por pertener a castas diferentes y cometer el terrible delito de hablarse. Ese cuento, "La noche tan última" me resultó duro, difícil, lleno de silencios y cosas no dichas. El humor lo recuperé con dos relatos que tantean la realidad y se animan a fantasear un poco: "¡Bomba!", sobre cierto descontrol en cuanto al control (suena a redundancia, pero no lo es) y "El teléfono rojo" sobre la libertad de prensa (y los riesgos de perderla).
Pasen y lean.

El libro salió editado por Ediciones Elevé, con ilustraciones de Virginia Gagey.

Así comienza el relato "La noche tan última"

Sonu había dejado de entender el mundo. Hasta hacía unas horas la Tierra giraba alrededor del Sol, se sucedían los días, las estaciones, su cuerpo cambiaba, le nacían ansias, pensaba en mañana, en hoy, se preparaba el té como le gustaba, se hacía preguntas, le contaba un secreto a una amiga. Pero de pronto todo eso había dejado de tener sentido.La Tierra se había detenido y, para ella, ya no volvería a girar. Nunca.Hacía unas horas su padre y su tío la habían encerrado en una cabaña oscura de paredes de barro, sin ventanas, sin luz, sin aire.El aire ya no correría para ella. Nunca.Los ojos de Sonu apenas se habían acostumbrado a la penumbra cuando trajeron a Vishal. Eran las cuatro o cinco de la tarde, difícil saberlo en ese lugar. El tiempo ya no valdría nada para ellos. Nunca.




–La primera vez que me miraste –dice Sonu, sentada sobre el piso de tierra y dibujando palabras en el aire–, estábamos en el mercado.
–Muchas veces te miré –dice Vishal.
–¿Por qué yo? –lo interrumpe ella.
Vishal piensa.
–Cuando caminás tu túnica baila. Vas dando saltitos.
–¡La túnica baila! –se ríe Sonu, por primera vez esa tarde–, ¡qué risa! ¡Y yo no doy saltitos!
–Sí, cuando tu madre te apura, das saltitos cortos, como en el aire.
–¿Qué más?
–¿Más...? Tus... tus ojos...
–¿Escuchás? Afuera están discutiendo tu papá y mi papá, y seguro que están mis cuñados y mi tío. Espero que no nos peguen. Una vez a una prima le dieron cinco latigazos porque había salido sin cubrirse, y mamá y yo la lavamos y la curamos después. No fue nada lindo.
–No van a pegarnos. Mi madre no lo permitiría. Pronto seré el hombre de la casa.
–¿Cuántos años tenés?
–Quince.
–Yo dieciséis. Mis ojos.
–¿Qué?
–Ibas a decir algo sobre mis ojos.
–¿Ves? Hablás como caminás, das saltitos, como un pequeño pájaro que nunca se para dos veces en el mismo lugar.
Sonu se sonroja, pero en la penumbra su rubor se tiñe de oscuridad.
–Mis ojos –insiste.
–Son... son profundos y melancólicos a la vez. Pero curiosos. Eso, son ojos curiosos.

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