25 abril 2012

EL PROBADOR DE ESPEJOS


Nuevo libro, nuevo título, nueva tapa, nueva historia, nueva aventura. Y todo al mismo precio. Va el primer capítulo de yapa:

I
La primera vez que me vi en un espejo, me pegué el susto más grande de mi vida. Supongo que no tenía ni un año todavía. Supongo que a mamá le causó gracia eso de hacerme parar frente a un espejo y decir, con voz aguda: “¡Mirá, un nene igualito a vos!”. Supongo que hacerles ese tipo de bromas a chicos que aún no tienen el cerebro del todo formado es común y corriente. Pero el julepe que yo me pegué... ah... de eso, no me voy a olvidar jamás.


Porque ese que aparecía ahí, del otro lado era, tal como decía mamá, un nene igual a mí. Pero no era yo. Era otro yo. Era un tipo-copia de algún mundo paralelo, de otra dimensión, del más allá. Pero no era yo. Y podía probarlo. El otro siempre se diferenciaba en algo. Un ojo más grande, un gesto más lento, una pestaña menos. Detalles ínfimos que solo parecía notarlos yo.

Un día, entonces, cuando por la edad ya era capaz de tener pensamientos más elaborados, me impuse una norma de vida: “Nunca más me vería en un espejo”.De esa manera, me aseguraba de que el otro pudiera venir acá, ocupar mi lugar, hacerse pasar por mí, molestarme, darme consejos, decirme qué hacer, espiarme.

Escondían tantos secretos los espejos...

Con el tiempo el asunto se complicó un poco. Dejé de verme en serio. Es decir, al no poder reflejarme me fui olvidando de mí, de lo de afuera, de los demás, de hablar con otros, de jugar con mis compañeros, de participar. Me metí para adentro. Y los otros también dejaron de verme.

Además, como espejos hay en todos lados y nunca estaba seguro de cuándo me toparía con alguno, me acostumbré a andar siempre con la mirada gacha, los brazos un poco enroscados sobre el cuerpo, un poco apartado, un poco oscuro, un poco a resguardo.

Y así estaba bien.

Sin embargo, a veces me sentía un poco solo.