23 noviembre 2012

AL GRAN PREMIO NACIONAL, SALÚ

Nunca se me había pasado por la cabeza la posibilidad de participar de los Premios Nacionales de Literatura. No era algo que tenía presente. En parte, supongo, porque en este bendito país dejaron de existir durante los últimos diez años, y recién en el 2011 regresaron sin mucha prensa. Y en segundo lugar porque era algo que, yo por lo menos, relacionaba a siglo pasado y más pasado, a Borges, a Fernández Moreno, a gente de libros ya amarillentos pero aún maravillosos.
Por eso, cuando leí en la revista Imaginaria que sí, que existía algo llamado Premio Nacional y que se otorgaría esta vez a la Literatura Infantil, me dije que por qué no, qué se pierde intentándolo, si igual no voy a ganar.
Y como no iba a ganar ni en joda, le dije a mi medio kinoto: si llego a ganar el Nacional, me compro la Montblanc. Muchos se preguntarán qué relación tiene una cosa con la otra. Trataré de explicarlo sencillamente: premio imposible=objeto de deseo imposible.
Y sin embargo, a veces, las cosas suceden.

El 9 de abril, según consta en los recibos que me firmaron y sellaron en la Secretaría de Cultura (y que ahora guardaré de recuerdo), entregué dos libros de mi autoría (cinco ejemplares de cada uno) que cumplían con los requisitos en cuanto a fecha de edición: Hay que ser animal y El inventor de puertas. También podría haber entregado Relatos en gatonés, pero preferí no hacerlo.
Y luego, nada. Me olvidé, me acordé, seguí escribiendo, la vida continuó.

A mediados de septiembre, en una reunión con escritores, pregunté a una amiga si sabía algo del Premio. Aquí hago una aclaración: hay dos o tres personas que pertenecen al mundo de la LIJ, que yo considero que lo saben TODO. No sé si es así (que lo saben todo), pero no deseo que nadie me  quite esa ilusión. Bien, le pregunté a esta persona y ella puso ojitos de "sé algo" mientras decía "nooooo", y como yo nunca me entero de nada pero bien que sé insistir, logré sacarle algunas palabras. El premio ya tenía dueño, y el nombre que ella dijo a mí me pareció muy bien. Eso le dije: "ah, está muy bien". Y allí terminó el asunto. Regresé a mi vida y a mi deseos imposibles.

Hasta que el 12 de septiembre recibí El llamado. Una voz femenina de la Secretaría de Cultura me informó que había recibido uno de los tres primeros premios pero no podía decirme cuál, que ya me iba a enviar la información, que debía guardar total secreto, que no le podía decir a nadie, y que felicitaciones y hasta prontito.

Más o menos eso fue lo que pude captar, mientras se me estrujaba todo el cuerpo y hacía esfuerzos horrorosos por entenderentenderentender. Lo primero que le dije a mi interlocutora cuando pude pronunciar palabra fue que yo no escuchaba bien, que me hablara despacio y lento, que no levantara la voz. Ella me preguntó si prefería que volviera a llamar en otro momento. No pude explicarle que en ese instante o tres horas después seguiría siendo igual de sorda, así que hice lo que pude y ella me dijo lo de arriba.

Fue raro que no me pudieran decir cuál premio de los tres. Porque no es como en los Oscars que hay nominados y solo uno gana y se entera en el momento. Para nada. Había tres premios ya establecidos, ellos sabían quién había ganado qué, pero quería que todo fuera sorpresa o algo así y no te decían ni una palabra aunque suplicaras (y conste que supliqué, puse caritas y puede ser que haya hecho mención de mi grado de ansiedad y la medicación que debería conseguir si no me enteraba).
Y así comenzó la era de la histeria.

En el momento de la llamada solo estaba mi hijo menor en casa, y hacia él corrí y le conté y saltamos juntos. Luego llegó el mayor (que no me dio tanta pelota), y ese día también les conté a mi marido y a mis viejos. Se supone (yo supongo) que en ese tipo de secretos nunca está incluida la familia directa, por lo menos hasta el primo sexto o séptimo.

Un momento... si ella -mi amiga- me había dicho el nombre del ganador unos días antes, ¿entonces también sabía...? A mí no se me había ocurrido preguntarle por los demás premios. Corrí al celular.
Primer mensaje de texto:
"Cuando me dijiste lo de X, ¿ya sabías...?
Respuesta:
¡¡¡Felicitaciones!!!
Mensaje:
Te voy a buscar y a matar.
Respuesta:
¡No podía quitarte la sorpresa!

Y luego... ¿qué podía hacer, si nadie sabía y yo no podía decirlo hasta, me habían dicho, el 19 de noviembre?

¡¡¡Del 12 de septiembre al 19 de noviembre sin decir ni una palabra!!! Eso no era un premio. Eso era, claramente, una tortura. No se puede, ni se debe -y hasta debería considerarse ilegal- pedirle a una persona que no disfruta de la discrecionalidad, que sea discreta. Entonces, a mi manera, comencé a contarlo de a poco. Primero a este amigo, luego a otro, a otro... y así debo haber cometido pecado mortal una decena de veces, siempre con la consabida aclaración de: "no le cuentes a nadie".
A las dos semanas de la llamada (que yo comenzaba a suponer broma o malentendido), me llegó el bendito mail con la información detallada, y respiré aliviada y feliz. Era verdad. Y había escuchado bien. Entonces, la burocracia. Papeles, más papeles, cuenta bancaria en banco autorizado (que nunca es el de uno) y espera espera espera espera.

Cuando llevé los papeles, volví a suplicar por la información y nada nada nada. Tal vez había ganado el primer premio... tal vez el segundo... tal vez el tercero... Pero mis dotes periodísticas me salvaron de ese limbo informativo. Entre ella y él (que también sabe todo), a quien apreté un poco, por fin revelé lo más importante (para mí): había ganado el Segundo Premio Nacional de Literatura en la categoría Literatura Infantil. Y eso estaba bien. Más que bien. Estaba fabuloso.

Pero seguía la espera. Larga e inútil espera. Y en esa espera, mi cabeza cobró vida propia y empezó a boicotearme la existencia. Es increíble lo que hace la cabeza de una mujer judía neurótica cuando no tiene otra cosa que hacer, que pensar. Por ejemplo: te hace creer que no te lo merecés, que todo el mundo va a hablar mal de vos a tus espaldas, que no podrás escribir más, que sí podrás escribir pero nada estará a la altura de segundopremionacional.
O te lleva a plantearte algunos asuntos más terrenales: si el premio lo otorga el Estado, ¿me lo cobrarán de alguna manera? ¿Deberé sacarme fotos con algún político, me lo quitarán si saben que tengo una mirada crítica sobre actual gobierno? Ese tema lo pude remontar con lógica: los gobiernos pasan, el Estado permanece. El Estado no es el gobierno de turno. Y además, el premio me lo había otorgado un jurado de lujo, un jurado formado por cinco personas a quienes admiro y respeto:
María Teresa Andruetto, Ana María Shúa, Ema Wolf, Roberto Sotelo, Patricia Suárez.
Ah... pero mi cabeza insistía: ¿y después qué? Te dan el premio, te regalan tus quince minutos de fama, pero después... ¿la vida sigue como si nada? ¿Otra vez ir de editorial en editorial a ver quién quiere publicar tus libros, sentir que cada libro es el primero, que cada vez tenés que pagar el derecho de piso? Y... sí. Te dan el premio y luego todo vuelve a acomodarse. Nada cambia "a lo grande", y eso está bien. Cuando te la creés, perdiste. Cuando te la creés dejás de buscar, de pelear, de intentarlo, de probar, de experimentar, de estudiar, de tener miedo, de querer cambiar, de querer más. Pero por otra parte, querés creértelo un poquito, un rato. Para qué negarlo.

Y yo me permití creérmelo (un poco). Porque me di cuenta de que por fin había llegado a donde siempre había soñado llegar, pero que después de eso había mucho más camino. Y me di cuenta de que tal vez, solo tal vez y algunas veces, no tenga que presentarme tanto cada vez que me presento.  Y me di cuenta de que, siempre que no me la crea demasiado, puedo confiar en mí y en mi trabajo. Y que por un rato puedo dejar de pagar derecho de piso y disfrutar de lo sembrado. Que costó. Que llevó tiempo. Y lo más importante, lo fundamental: me di cuenta de que acababa de recibir lo que siempre había soñado recibir, mi deseo más profundo, que no era el diploma, no era el efectivo, no era la atención de los demás... era el reconocimiento.

El 19 de noviembre, por fin... ¡por fin!, pude decirlo y escribirlo y decirlo otra vez. A quien quisiera. El acto de entrega de los premios fue como todos los actos, no hay mucho para contar. Música, discurso 1, discurso 2, entrega de los diplomas, empanaditas y coca en vasitos de plástico. Y yo fui feliz. Con mi marido, hijos, padres. Y con ellos: amigos escritores, colegas, premiados, no premiados, por fin supe (y me creí) que yo era parte, que podía estar ahí, que me había ganado mi lugar, y que no quiero hacer otra cosa en la vida que no sea escribir, y escribir, y seguir escribiendo.

Y en esto estoy. Por la página 20 de una nueva historia. Ojalá sea buena, ojalá me salga bien. Quién sabe.
La vida sigue. Los fantasmas de mi cabeza ya se fueron. El diploma ya está colgado en la pared. Ah, y me compré la Montblanc.
Al gran premio nacional, entonces, salú.

Los Premios Nacionales de Literatura, categoría Literatura Infantil 2012:
Primer Premio a Pablo de Santis por su obra El juego del laberinto
Segundo Premio a Verónica Sukaczer por su obra Hay que ser animal
Tercer Premio a Ruth Kaufman por su obra Nadie les discute el trono
Mención a Sergio Aguirre por su obra El hormiguero
Mención a Nelvy Bustamente por su obra El libro de los fantasmas
Mención a Eduardo Abel Giménez por su obra La ciuda de las nubes
Recomendación especial del jurado a Sandra Siemmens por su obra El último Heliogábalo

1 comentario:

Dayana dijo...

Felicitaciones, Vero!!

Me alegro muchísimo por el premio ¿Ya te compraste la Montblanc?

Un off topic: le pasé La última palabra a mi suegra ¡y amó el libro!
Le dije que tiene que dejar comentario en el blog con las impresiones me comentó por chat.

Como podés ver, con esa señora no nos ponemos de acuerdo nunca :D

De nuevo, felicitaciones por el premio y a seguir en la lucha!