20 agosto 2012

LA ÚLTIMA PALABRA

Aunque La última palabra aparece publicada luego de La cena del dinosaurio y El probador de espejos, en realidad es mi primera novela. Y por eso, la que esperé con mayor ansiedad. 
Si no me equivoco, comencé a escribirla en el 2008, cuando andaba inmersa en libros de lingüística y neurolingüística, y el disparador fue la frase de Steven Pinker que cierra el libro. 
La presento en familia:



I


Mamá entra a mi habitación y dice: -Te vas de viaje a realizar una investigación para mí. -¿Así, de golpe? –me asusto y no quiero asustarme. Era lo que yo quería. Ser tratada como adulto, ser independiente. ¿Quién viene conmigo? -¿Quién miente conmigo? Mamá sonríe y traduce: -¿Quién va con vos? Clarisa. Acompañás a Clarisa. Me siento aliviada. Pero… ¿entonces no puedo viajar sola? -¿Entonces no puedo barrer sola? -Podrías viajar sola, si conocieras el trabajo. -Vos nunca quisiste enseñarme –acuso. -Vos nunca quisiste aprender –me acusa. Sé que ninguna de las dos saldremos ilesas si seguimos por ese camino. Me llamo Dalia Feid.El día 18 de mayo de 1990, contando con poco menos de dos años de edad, dije mi primera frase. Hasta entonces había practicado todo tipo de palabras, onomatopeyas, sonidos inteligibles o no, lengua de señas. Pero por fin había llegado el momento de estrenar la gramática. Iba a decir una oración completa. Artículo, nombre, verbo. Y lo que quería decir era: “El pajarito canta”. Lo recuerdo. Un pajarito se había parado en el marco de la ventana de la cocina y piaba sin entonación. Por alguna extraña razón, a mí me pareció que aquello era algo digno de ser comunicado. “El pajarito canta”. (¿Lo recuerdo o he repetido y me han repetido tantas veces la historia que inventé el recuerdo?). Bien. Tenía menos de dos años y había un pajarito. Lo señalé. Logré la atención de mi madre. Tal vez sonreí por lo que venía, por la inauguración de mi lengua, y dije: “El pajarito peina”. Mamá se rió, por supuesto. Con una risa franca que yo odié más que nada en el mundo. -No Dali, el pajarito canta –me corrigió ella. Y la odié más. ¡Claro que sabía que el pajarito cantaba! No tenía aún dos años pero entendía perfectamente la diferencia entre cantar y peinar. Sin embargo, algo había sucedido en el recorrido del verbo cantar desde mi cerebro hasta mi boca, en donde se había convertido en peinar. Un cortocircuito. Un desvío. Un error. ¡Pajarito estúpido! Las primeras mil veces que mamá escuchó que yo cambiaba los verbos, que no decía el que correspondía al contexto y decía cualquier verdura, se rió. Los segundos cien se preocupó. Luego empezó a ocuparse. Madre y padre agotaron todas las opciones médicas, no médicas, alternativas e innombrables. Y resultó que yo no tenía nada. Era tan sana como la más sana niña. Era sanísima. Ni un piojo tenía. Pero seguía diciendo cualquier cosa. Como soy hija única, durante mis tres primeros años de vida mantuve una ilusión: pensaba que todos los chicos hablaban como yo. Creía que allí afuera existía una selva de pibes que cambiaban los verbos a su antojo. Que lo mío no era en absoluto una excepción, sino una normalidad de la infancia. Que yo no era un monstruo. Llegué feliz al primer día de jardín de infantes. Por fin estaría con los míos. La dicha, por supuesto, duró poco. La risa de los chicos poseía un tono de crueldad al que no estaba acostumbrada. Yo nunca había tenido la oportunidad de reírme del otro. Y hasta entonces nadie se había reído –demasiado- de mí. No sabía lo que se sentía ni como víctima ni como victimario. De la risa, mis compañeros de sala de 4 años pasaron rápidamente a los apodos. Hay que ver la inventiva que tenían esos petisos. Yo era “boca loca”, “lengua rayada”, “boca de pedo”. Pronto aprendí que lo único que podía hacer para defenderme, era callarme. Si no abría la boca, no pasaba nada. Así que me callé. Dejé de hablar. A pesar de que no era tímida ni introvertida, mis pares me obligaron a la timidez y a la introversión. También aprendí a hacerme entender sin verbos, ya que sólo los verbos eran los que me producían problemas. “Agua”. “Mochila pesada”. “Vestido rosa no, pantalón”. “Lunes cumpleaños Sofi”. “Dolor en panza”. “No zapato. Perdido”. Llevé al extremo el arte de la síntesis. Y pronto yo también me hice breve. Somos como hablamos. Sobreviví al jardín y, en la escuela primaria, llevé al extremo el arte de la invisibilidad. Allí descubrí que el cielo y el infierno podían convivir en el mismo edificio. El cielo: por escrito dominaba el verbo. Podía escribir lo que quisiera. Sin errores. Verbo pensado, verbo escrito. El infierno: si los chicos de jardín eran crueles, los de primaria parecían pequeños satanaces enviados a la Tierra sólo para torturarme. Dudo que alguno de ellos se haya convertido en un hombre o una mujer de bien. En la adolescencia, adolecí. Sola, perdida, rechazada, rara, idiota. Sin acceso a la comunicación humana. Sin otros. Guardándome todo lo que quería decir y esperando, pacientemente, explotar un día. Pero volvamos al hoy, en que mamá entra a mi habitación y dice: -Te vas de viaje a realizar una investigación para mí.

2 comentarios:

Sil dijo...

Parece interesante la historia, pero "satanaCes" me hace doler los ojos!

Guada Alonso dijo...

Hola Verónica. Leí este libro y me pareció fascinante. Al principio, mal y prejuiciosamente, creí que iba a ser una novela -como tantas otras- de una adolescente no aceptada en sociedad que lucha por incorporarse a ella. Pero con el correr de las páginas me enganché completamente. La resolución fantástica -en sus dos acepciones para ésta palabra- que le das al problema de Dalia, el encuentro con el abate en la gruta, me parecieron sencillamente geniales.
Una de las cosas que más me gustó es cómo lograste, a partir de la frase de Steven Pinker ("Somos verbívoros, una especie que vive de las palabras"), crear una historia.
Quería dejar mi comentario. Gracias.