09 diciembre 2012

Y A VOS, ¿CÓMO SE TE OCURREN LAS HISTORIAS?

Pregunta fija en cada visita a escuelas:
¿Cómo se te ocurren las historias?
O cualquiera de sus variantes:
¿Qué te inspira?
¿De dónde sacás las ideas para escribir?
¿Cómo pensaste tal o cual tema?

Parecería que el mayor interés del lector es descubrir cuándo, cómo y por qué alguien deseó procrear esa historia. Dónde se esconde el tesoro de ideas literarias y cuál es la llave para acceder a él.

Obligada a responder esas preguntas una y otra vez, terminé descubriendo cuál era mi cantera de ideas, de dónde provenía cada notita que escribo en libretas especiales, con la esperanza de que algún día germinen y den libros.

Veamos...
Cuando escribí Alas para la Paloma tenía una imagen bastante nítida en mi cabeza: un chico de ciudad asediado por estímulos electrónicos redescubre cómo usar su imaginación ayudada por una chica de campo, acostumbrada a jugar al aire libre. No sé si hoy podría mantener esa idea. Soy madre de niños de ciudad asediados por estímulos electrónicos que muy bien mantienen una enorme e infinita capacidad de juego e imaginación, pero entonces era muy joven y quería escribir la historia de esos niños que pueden transformar una ramita de árbol en caballo alado, varita mágica, arma mortal.

La génesis de Nunca confíes en una computadora la he contado infinidad de veces, pero no recuerdo si lo hice acá. Yo quería escribir algo pero no sabía qué. Acababa de hacerles una entrevista a unos chicos dueños de un BBs (Boletin Board System) y me invitaron a participar de la red. Un día, chateando, a uno de los chicos se le cortó la comunicación. Cada vez que eso pasaba aparecía en la pantalla del resto un mensaje que decía algo así como: "X desapareció del sistema". Mientras esperaba que el muchacho en cuestión (que luego sería el esposo en cuestión) volviera a comunicarse, empecé a bromear con otro usuario que en verdad el tipo había muerto y su alma había quedado atrapada en el sistema. A partir de ese momento, solo podríamos comunicarnos con él a través de la red. Estaba en eso y en mi cabeza algo se ordenó y escribí el cuento "Jamás podré alcanzarte", dando comienzo a mi era de cuentos informáticos.

Mal de familia iba a ser una novela, pero yo tenía un niño de dos años y medio y un bebé recién nacido y apenas podía concentrarme. Así que esa idea principal, la de una mujer que, como castigo infernal recibe la visita de su suegra muerta, se convirtió en cuento y le siguieron otros en los que descargué toda mi neurosis materna. Yo sé perfectamente quién es quién en esos relatos, a quién maté metafóricamente y a quién me gustaría matar en la vida real. Pero claro, nunca lo diré.

El ahora famoso libro Hay que ser animal también tiene su historia. A mí nunca me gustó leer historias con animales. Creo que la única a la que sobreviví fue Rebelión en la granja, pero literatura infantil... fábulas, ranas, aves de todo tipo, zorros... no los soportaba. Hasta que leí el libro Eres una bestia, Viskovitz (no es para chicos, aviso), y vi la luz de luciérnaga al final del camino. Me dije: yo quiero hacer esto, quiero escribir así. Estaba en eso cuando me enganché con un documental de National Geographic sobre las tortugas marinas. Eso de que según la temperatura del nido la tortuguita sería macho o hembra. Ah... ahí había una historia para contar. El resto fue investigar muchos animales, buscar muchas curiosidades y luego decidir cuáles tenían un  relato atrás que me daría placer contar.

Y luego volví a las computadoras. Cuando escribí Nunca confíes en una computadora no existía Internet (o por lo menos, no la conocíamos ni la nombrábamos), ni Windows, ni los monitores color, ni wi fi, ni las redes sociales actuales. Era la prehistoria de la informática y por fin habíamos entrado a la historia. Tenía en la cabeza muchas nuevas historias, y así surgió Nunca salgas desconectado.

La idea de La cena del dinosaurio me daba vueltas en la cabeza desde hacía años. Y todo se resumía en una frase: "los humanos somos los extraterrestres".

Desde allí, entré a la era de las frases inspiradoras. Palabras hicieron surgir nuevas palabras. Leo algo y, zas, deseo descubrir la historia oculta detrás.

El probador de espejos nació por una canción de Ismael Serrano (de quién he escuchado pocas canciones y que no me atrae especialmente, pero justo esta vez el video estaba subtitulado y me quedé a leer), en la que un verso dice: "quisiera ser probador de espejos". No hacen falta más aclaraciones.

La última palabra, en verdad mi primera novela, le debe todo a una frase del neurolingüista Steven Pinker que no quiero copiar porque es la que cierra la novela y revela el secreto.

Shemaparin, la lengua perdida, que saldrá en los próximos días, se relaciona con una nota aparecida en el diario Clarín el 21 de marzo de 2011, cuyo título decía: "Una lengua morirá por la pelea de sus dos hablantes".

Hay dos libros más que aún deben aparecer (supongo que el próximo año) y que también tienen su origen en palabras que sugieren palabras que inspiran ideas.

Uno se titula La memoria de todos, son cinco cuentos basados en la historia. Uno sobre la Shoa, la idea surgió por el grupo de chicos que trabajaron años rescatando los libros y obras de arte que se guardaban en el edificio de la AMIA. Otro se relaciona con los derechos civiles de los negros en la EE.UU de los ´60, con discurso de Luther King incluido. El tercero apareció luego de leer una entrevista a Martin Amis, en la que se horroriza porque a su hija pequeña le revisaron su mochila en una aeropuerto. Por supuesto, neurosis post 11 de septiembre. El cuarto tiene que ver otra vez con una noticia, el título era: "Matan a una pareja solo por hablarse". Y el último se relaciona con la capacidad actual de estar hipercomunicados.

Hay un libro más a futuro, del cual no puedo aún decir título ni dar muchas pistas. Pero sí contar lo que quería hacer. Quería sacarme de la cabeza una frase atribuida a Kafka que me ronda desde que tengo 14 o 15 años, y que dice: "Hay un pájaro que vuela en busca de su jaula". Y quería escribir una historia con el tono, el ritmo, y sobre todo ese humor negro y algo cruel de algunas películas animadas de Pixar y otros.

Y eso es todo, queridos niños. A la próxima escuela iré munida de archivo impreso y les leeré la génesis de cada una de mis historias. Faltan algunas, claro, están las que más me importan. Gracias por hacerme pensar.



23 noviembre 2012

AL GRAN PREMIO NACIONAL, SALÚ

Nunca se me había pasado por la cabeza la posibilidad de participar de los Premios Nacionales de Literatura. No era algo que tenía presente. En parte, supongo, porque en este bendito país dejaron de existir durante los últimos diez años, y recién en el 2011 regresaron sin mucha prensa. Y en segundo lugar porque era algo que, yo por lo menos, relacionaba a siglo pasado y más pasado, a Borges, a Fernández Moreno, a gente de libros ya amarillentos pero aún maravillosos.
Por eso, cuando leí en la revista Imaginaria que sí, que existía algo llamado Premio Nacional y que se otorgaría esta vez a la Literatura Infantil, me dije que por qué no, qué se pierde intentándolo, si igual no voy a ganar.
Y como no iba a ganar ni en joda, le dije a mi medio kinoto: si llego a ganar el Nacional, me compro la Montblanc. Muchos se preguntarán qué relación tiene una cosa con la otra. Trataré de explicarlo sencillamente: premio imposible=objeto de deseo imposible.
Y sin embargo, a veces, las cosas suceden.

El 9 de abril, según consta en los recibos que me firmaron y sellaron en la Secretaría de Cultura (y que ahora guardaré de recuerdo), entregué dos libros de mi autoría (cinco ejemplares de cada uno) que cumplían con los requisitos en cuanto a fecha de edición: Hay que ser animal y El inventor de puertas. También podría haber entregado Relatos en gatonés, pero preferí no hacerlo.
Y luego, nada. Me olvidé, me acordé, seguí escribiendo, la vida continuó.

A mediados de septiembre, en una reunión con escritores, pregunté a una amiga si sabía algo del Premio. Aquí hago una aclaración: hay dos o tres personas que pertenecen al mundo de la LIJ, que yo considero que lo saben TODO. No sé si es así (que lo saben todo), pero no deseo que nadie me  quite esa ilusión. Bien, le pregunté a esta persona y ella puso ojitos de "sé algo" mientras decía "nooooo", y como yo nunca me entero de nada pero bien que sé insistir, logré sacarle algunas palabras. El premio ya tenía dueño, y el nombre que ella dijo a mí me pareció muy bien. Eso le dije: "ah, está muy bien". Y allí terminó el asunto. Regresé a mi vida y a mi deseos imposibles.

Hasta que el 12 de septiembre recibí El llamado. Una voz femenina de la Secretaría de Cultura me informó que había recibido uno de los tres primeros premios pero no podía decirme cuál, que ya me iba a enviar la información, que debía guardar total secreto, que no le podía decir a nadie, y que felicitaciones y hasta prontito.

Más o menos eso fue lo que pude captar, mientras se me estrujaba todo el cuerpo y hacía esfuerzos horrorosos por entenderentenderentender. Lo primero que le dije a mi interlocutora cuando pude pronunciar palabra fue que yo no escuchaba bien, que me hablara despacio y lento, que no levantara la voz. Ella me preguntó si prefería que volviera a llamar en otro momento. No pude explicarle que en ese instante o tres horas después seguiría siendo igual de sorda, así que hice lo que pude y ella me dijo lo de arriba.

Fue raro que no me pudieran decir cuál premio de los tres. Porque no es como en los Oscars que hay nominados y solo uno gana y se entera en el momento. Para nada. Había tres premios ya establecidos, ellos sabían quién había ganado qué, pero quería que todo fuera sorpresa o algo así y no te decían ni una palabra aunque suplicaras (y conste que supliqué, puse caritas y puede ser que haya hecho mención de mi grado de ansiedad y la medicación que debería conseguir si no me enteraba).
Y así comenzó la era de la histeria.

En el momento de la llamada solo estaba mi hijo menor en casa, y hacia él corrí y le conté y saltamos juntos. Luego llegó el mayor (que no me dio tanta pelota), y ese día también les conté a mi marido y a mis viejos. Se supone (yo supongo) que en ese tipo de secretos nunca está incluida la familia directa, por lo menos hasta el primo sexto o séptimo.

Un momento... si ella -mi amiga- me había dicho el nombre del ganador unos días antes, ¿entonces también sabía...? A mí no se me había ocurrido preguntarle por los demás premios. Corrí al celular.
Primer mensaje de texto:
"Cuando me dijiste lo de X, ¿ya sabías...?
Respuesta:
¡¡¡Felicitaciones!!!
Mensaje:
Te voy a buscar y a matar.
Respuesta:
¡No podía quitarte la sorpresa!

Y luego... ¿qué podía hacer, si nadie sabía y yo no podía decirlo hasta, me habían dicho, el 19 de noviembre?

¡¡¡Del 12 de septiembre al 19 de noviembre sin decir ni una palabra!!! Eso no era un premio. Eso era, claramente, una tortura. No se puede, ni se debe -y hasta debería considerarse ilegal- pedirle a una persona que no disfruta de la discrecionalidad, que sea discreta. Entonces, a mi manera, comencé a contarlo de a poco. Primero a este amigo, luego a otro, a otro... y así debo haber cometido pecado mortal una decena de veces, siempre con la consabida aclaración de: "no le cuentes a nadie".
A las dos semanas de la llamada (que yo comenzaba a suponer broma o malentendido), me llegó el bendito mail con la información detallada, y respiré aliviada y feliz. Era verdad. Y había escuchado bien. Entonces, la burocracia. Papeles, más papeles, cuenta bancaria en banco autorizado (que nunca es el de uno) y espera espera espera espera.

Cuando llevé los papeles, volví a suplicar por la información y nada nada nada. Tal vez había ganado el primer premio... tal vez el segundo... tal vez el tercero... Pero mis dotes periodísticas me salvaron de ese limbo informativo. Entre ella y él (que también sabe todo), a quien apreté un poco, por fin revelé lo más importante (para mí): había ganado el Segundo Premio Nacional de Literatura en la categoría Literatura Infantil. Y eso estaba bien. Más que bien. Estaba fabuloso.

Pero seguía la espera. Larga e inútil espera. Y en esa espera, mi cabeza cobró vida propia y empezó a boicotearme la existencia. Es increíble lo que hace la cabeza de una mujer judía neurótica cuando no tiene otra cosa que hacer, que pensar. Por ejemplo: te hace creer que no te lo merecés, que todo el mundo va a hablar mal de vos a tus espaldas, que no podrás escribir más, que sí podrás escribir pero nada estará a la altura de segundopremionacional.
O te lleva a plantearte algunos asuntos más terrenales: si el premio lo otorga el Estado, ¿me lo cobrarán de alguna manera? ¿Deberé sacarme fotos con algún político, me lo quitarán si saben que tengo una mirada crítica sobre actual gobierno? Ese tema lo pude remontar con lógica: los gobiernos pasan, el Estado permanece. El Estado no es el gobierno de turno. Y además, el premio me lo había otorgado un jurado de lujo, un jurado formado por cinco personas a quienes admiro y respeto:
María Teresa Andruetto, Ana María Shúa, Ema Wolf, Roberto Sotelo, Patricia Suárez.
Ah... pero mi cabeza insistía: ¿y después qué? Te dan el premio, te regalan tus quince minutos de fama, pero después... ¿la vida sigue como si nada? ¿Otra vez ir de editorial en editorial a ver quién quiere publicar tus libros, sentir que cada libro es el primero, que cada vez tenés que pagar el derecho de piso? Y... sí. Te dan el premio y luego todo vuelve a acomodarse. Nada cambia "a lo grande", y eso está bien. Cuando te la creés, perdiste. Cuando te la creés dejás de buscar, de pelear, de intentarlo, de probar, de experimentar, de estudiar, de tener miedo, de querer cambiar, de querer más. Pero por otra parte, querés creértelo un poquito, un rato. Para qué negarlo.

Y yo me permití creérmelo (un poco). Porque me di cuenta de que por fin había llegado a donde siempre había soñado llegar, pero que después de eso había mucho más camino. Y me di cuenta de que tal vez, solo tal vez y algunas veces, no tenga que presentarme tanto cada vez que me presento.  Y me di cuenta de que, siempre que no me la crea demasiado, puedo confiar en mí y en mi trabajo. Y que por un rato puedo dejar de pagar derecho de piso y disfrutar de lo sembrado. Que costó. Que llevó tiempo. Y lo más importante, lo fundamental: me di cuenta de que acababa de recibir lo que siempre había soñado recibir, mi deseo más profundo, que no era el diploma, no era el efectivo, no era la atención de los demás... era el reconocimiento.

El 19 de noviembre, por fin... ¡por fin!, pude decirlo y escribirlo y decirlo otra vez. A quien quisiera. El acto de entrega de los premios fue como todos los actos, no hay mucho para contar. Música, discurso 1, discurso 2, entrega de los diplomas, empanaditas y coca en vasitos de plástico. Y yo fui feliz. Con mi marido, hijos, padres. Y con ellos: amigos escritores, colegas, premiados, no premiados, por fin supe (y me creí) que yo era parte, que podía estar ahí, que me había ganado mi lugar, y que no quiero hacer otra cosa en la vida que no sea escribir, y escribir, y seguir escribiendo.

Y en esto estoy. Por la página 20 de una nueva historia. Ojalá sea buena, ojalá me salga bien. Quién sabe.
La vida sigue. Los fantasmas de mi cabeza ya se fueron. El diploma ya está colgado en la pared. Ah, y me compré la Montblanc.
Al gran premio nacional, entonces, salú.

Los Premios Nacionales de Literatura, categoría Literatura Infantil 2012:
Primer Premio a Pablo de Santis por su obra El juego del laberinto
Segundo Premio a Verónica Sukaczer por su obra Hay que ser animal
Tercer Premio a Ruth Kaufman por su obra Nadie les discute el trono
Mención a Sergio Aguirre por su obra El hormiguero
Mención a Nelvy Bustamente por su obra El libro de los fantasmas
Mención a Eduardo Abel Giménez por su obra La ciuda de las nubes
Recomendación especial del jurado a Sandra Siemmens por su obra El último Heliogábalo

22 octubre 2012

HE LEÍDO

Mucha literatura infantil y juvenil, mucho en papel, menos en el Nook, mucho menos de lo que quisiera, muchísimos que empecé y dejé (y por eso no están en la lista), varios inéditos debido a mi nueva función de editora (tema que quedará para otro post).

El bastón de plata, de Martín Blasco
La leyenda del calamar gigante, de Martín Blasco
Amiphgorey también, de Edward Gorey
Los libros no siempre fueron así, de Glasman y Lotersztain
El último día del invierno, de Franco Vaccarini
La mariposa de Bután, de Franco Vaccarini
Nunca estuve en la guerra, de Franco Vaccarini
Fiesta, de Ariela Kreimer
El cristal con que se mira, de Alicia Molina
El rastro de la canela, de Liliana Bodoc
Kamo y yo, de Daniel Pennac
Señores niños, de Daniel Pennac
La ciudad de los nubes, de Eduardo Abel Giménez
El viajero del tiempo llega al mundo del futuro, de Eduardo Abel Giménez
Quiero escapar de Brigitte, de Eduardo Abel Giménez
Bolonqui, de Leonardo Oyola
El hormiguero, de Sergio Aguirre
Margot, de Toño Malpica
Una casa de secretos, de Paula Bombara
El escritor comido, de Sergio Bizzio
Abundancia, de Mori Ponsowy
La tienda de las palabras, de Jesús Marchamalo
En el arca a las ocho, de Ulrich Hub
Los ojos de la mente, de Oliver Sacks
El niño del año, de Franco Rinaldi
Trilogía de Los juegos del hambre, de Suzanne Collins
Cómo me hice monja, de César Aira
La ladrona de libros, de Markus Zusak
Seda, de Alessandro Baricco
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Phillip K. Dick

ENTREVISTA

AQUÍ una linda entrevista que me hizo el gran Mario Méndez. Pasen y lean.

20 agosto 2012

COSAS QUE SUCEDEN CUANDO UNO LEE EN UN E-BOOK

No sé si ya hace un año o dos que tengo el Nook, el lector electrónico de Barnes&Nobles, pero desde entonces he bajado muchos libros, he leídos no tantos y, más que nada, me he dado cuenta de ciertas "Cosas que suceden cuando uno lee en un e-book", que hoy, para regocijo de todos, pongo por escrito.

Busco y bajo más libros que los que leo. Y eso me entretiene soberanamente. La búsqueda. El hecho de encontrar libros inhallables, libros que sé, jamás encontraría en una librería o en mi país. Cada vez que me conecto con el fin único de buscar libros en formato electrónico, me siento como si tuviera ocho años, ingresara a una juguetería y me dijeran: "llevate lo que quieras".

Me olvido de los libros que leo en el Nook. Me di cuenta de esto hace poco. Es decir, no me olvido del contenido del libro, sobre todo si me encantó, maravilló, transformó y etc, sino de que leí ese libro. Y esto sucede porque no veo el lomo a diario en mi biblioteca, porque no paso mi vista sobre él cuando busco otro libro, porque no lo tengo en mi mesita de luz, porque no tengo la posibilidad de volver a abrirlo en cualquier momento para leer un párrafo. Los olvido porque no los tengo como objeto presente, como libro de papel, porque a menos que encienda el Nook y repase la lista de libros que tiene guardado y lea ese título en particular, no vuelvo a tenerlo a la vista.

Leer un libro de quinientas páginas en el Nook es el placer supremo. Acostada en la cama, sin sentir el peso de las páginas, la incomodidad, sin tener que buscar la posición perfecta, en ese momento uno entiende para qué se inventó el lector electrónico.

Los libros que amé en el Nook, tengo que tenerlos en papel, y por eso los compro. Aunque ya los haya leído. Argumento que refuta -por lo menos en mi caso-, que el libro electrónico vaya a matar al libro de papel, y todo lo referente a derechos de autor.

El Nook es perfecto para leer esos libros que no querés que nadie te vea leyendo, como malos best-sellers, chic-lit, erótica, etc.

Aunque apreciaría una pantalla más grande y una forma más cómoda de subrayar, una vez que me engancho con la historia, olvido el soporte. He leído de un tirón libros gigantescos en el Nook sin que mi vista dijera basta ni me quedara sin batería (casi siempre). Con lo cual volvemos a lo sabido: el medio no importa.

Creo que los pro y los contro están bien balanceados y, en definitiva, yo amo mi e-book por lo que me permite leer. Que no es lo mismo que decir que lo amo como amo mis libros impresos.






MÁS SOBRE MÍ Y MI GRAN EGO

Les dejo algunos links sobre lo que anduve haciendo (cosas que me mantienen alejada del blog):

ACÁ me entrevista Daniel Ulanovsky en relación a la nota que escribí para la sección Mundos íntimos del diario Clarín. Los que quieran escucharme hablar, balbucear, dudar y deseen comentar mi aspecto físico, ojeras, primeras arrugas, etc, están en el lugar indicado.

AQUÍ otra nota para Clarín: El arte de no firmar libros en la Feria Infantil.

Y más ACÁ mi participación en la fabulosa serie Biblioteca infinita del canal Paka-Paka, junto a ilustrador y narradora de lujo.

Pasen y vean. Y si critican, compártanlo con todos, así nos divertimos.


LA ÚLTIMA PALABRA

Aunque La última palabra aparece publicada luego de La cena del dinosaurio y El probador de espejos, en realidad es mi primera novela. Y por eso, la que esperé con mayor ansiedad. 
Si no me equivoco, comencé a escribirla en el 2008, cuando andaba inmersa en libros de lingüística y neurolingüística, y el disparador fue la frase de Steven Pinker que cierra el libro. 
La presento en familia:



I


Mamá entra a mi habitación y dice: -Te vas de viaje a realizar una investigación para mí. -¿Así, de golpe? –me asusto y no quiero asustarme. Era lo que yo quería. Ser tratada como adulto, ser independiente. ¿Quién viene conmigo? -¿Quién miente conmigo? Mamá sonríe y traduce: -¿Quién va con vos? Clarisa. Acompañás a Clarisa. Me siento aliviada. Pero… ¿entonces no puedo viajar sola? -¿Entonces no puedo barrer sola? -Podrías viajar sola, si conocieras el trabajo. -Vos nunca quisiste enseñarme –acuso. -Vos nunca quisiste aprender –me acusa. Sé que ninguna de las dos saldremos ilesas si seguimos por ese camino. Me llamo Dalia Feid.El día 18 de mayo de 1990, contando con poco menos de dos años de edad, dije mi primera frase. Hasta entonces había practicado todo tipo de palabras, onomatopeyas, sonidos inteligibles o no, lengua de señas. Pero por fin había llegado el momento de estrenar la gramática. Iba a decir una oración completa. Artículo, nombre, verbo. Y lo que quería decir era: “El pajarito canta”. Lo recuerdo. Un pajarito se había parado en el marco de la ventana de la cocina y piaba sin entonación. Por alguna extraña razón, a mí me pareció que aquello era algo digno de ser comunicado. “El pajarito canta”. (¿Lo recuerdo o he repetido y me han repetido tantas veces la historia que inventé el recuerdo?). Bien. Tenía menos de dos años y había un pajarito. Lo señalé. Logré la atención de mi madre. Tal vez sonreí por lo que venía, por la inauguración de mi lengua, y dije: “El pajarito peina”. Mamá se rió, por supuesto. Con una risa franca que yo odié más que nada en el mundo. -No Dali, el pajarito canta –me corrigió ella. Y la odié más. ¡Claro que sabía que el pajarito cantaba! No tenía aún dos años pero entendía perfectamente la diferencia entre cantar y peinar. Sin embargo, algo había sucedido en el recorrido del verbo cantar desde mi cerebro hasta mi boca, en donde se había convertido en peinar. Un cortocircuito. Un desvío. Un error. ¡Pajarito estúpido! Las primeras mil veces que mamá escuchó que yo cambiaba los verbos, que no decía el que correspondía al contexto y decía cualquier verdura, se rió. Los segundos cien se preocupó. Luego empezó a ocuparse. Madre y padre agotaron todas las opciones médicas, no médicas, alternativas e innombrables. Y resultó que yo no tenía nada. Era tan sana como la más sana niña. Era sanísima. Ni un piojo tenía. Pero seguía diciendo cualquier cosa. Como soy hija única, durante mis tres primeros años de vida mantuve una ilusión: pensaba que todos los chicos hablaban como yo. Creía que allí afuera existía una selva de pibes que cambiaban los verbos a su antojo. Que lo mío no era en absoluto una excepción, sino una normalidad de la infancia. Que yo no era un monstruo. Llegué feliz al primer día de jardín de infantes. Por fin estaría con los míos. La dicha, por supuesto, duró poco. La risa de los chicos poseía un tono de crueldad al que no estaba acostumbrada. Yo nunca había tenido la oportunidad de reírme del otro. Y hasta entonces nadie se había reído –demasiado- de mí. No sabía lo que se sentía ni como víctima ni como victimario. De la risa, mis compañeros de sala de 4 años pasaron rápidamente a los apodos. Hay que ver la inventiva que tenían esos petisos. Yo era “boca loca”, “lengua rayada”, “boca de pedo”. Pronto aprendí que lo único que podía hacer para defenderme, era callarme. Si no abría la boca, no pasaba nada. Así que me callé. Dejé de hablar. A pesar de que no era tímida ni introvertida, mis pares me obligaron a la timidez y a la introversión. También aprendí a hacerme entender sin verbos, ya que sólo los verbos eran los que me producían problemas. “Agua”. “Mochila pesada”. “Vestido rosa no, pantalón”. “Lunes cumpleaños Sofi”. “Dolor en panza”. “No zapato. Perdido”. Llevé al extremo el arte de la síntesis. Y pronto yo también me hice breve. Somos como hablamos. Sobreviví al jardín y, en la escuela primaria, llevé al extremo el arte de la invisibilidad. Allí descubrí que el cielo y el infierno podían convivir en el mismo edificio. El cielo: por escrito dominaba el verbo. Podía escribir lo que quisiera. Sin errores. Verbo pensado, verbo escrito. El infierno: si los chicos de jardín eran crueles, los de primaria parecían pequeños satanaces enviados a la Tierra sólo para torturarme. Dudo que alguno de ellos se haya convertido en un hombre o una mujer de bien. En la adolescencia, adolecí. Sola, perdida, rechazada, rara, idiota. Sin acceso a la comunicación humana. Sin otros. Guardándome todo lo que quería decir y esperando, pacientemente, explotar un día. Pero volvamos al hoy, en que mamá entra a mi habitación y dice: -Te vas de viaje a realizar una investigación para mí.

06 junio 2012

LO QUE SE VIENE: MEMORIA ILUSTRADA 2012

Memoria Ilustrada 2012. Cuentos para No Olvidar.


Arte AMIA
Espacio Central PB, del Centro Cultural Recoleta
Miércoles 27 de junio al domingo 22 de julio de 2012


Ilustraciones realizadas por el Foro de Ilustradores - Argentina, a partir de la propuesta del Espacio de Arte AMIA, de producir un libro de cuentos para chicos de primaria y primeros años del secundario, que aborde desde distintos enfoques el atentado a la AMIA.

Para lo cual, se convocó a 8 escritores especializados, cuyos cuentos fueron ilustrados por más de doscientos ilustradores. Los trabajos que ahora presentamos son una selección y conforman un conjunto de obra poderoso que abarca distintos enfoques, estilos y abordajes originados en un mismo hecho.

Este proyecto, realizado en el marco del 18º Aniversario del Atentado a la AMIA, se inscribe dentro de las Acciones por la Memoria que el Espacio de Arte AMIA realiza desde el 2004, con el objetivo de contribuir desde el arte a detener el trabajo cotidiano y corrosivo del olvido, apoyar el reclamo de justicia, y generar una memoria inclusiva y activa como parte constitutiva y fundacional de la identidad de nuestro país.

Los autores convocados fueron: Canela, Eduardo Abel Gimenez, Márgara Averbach, Enrique Melantoni, Verónica Sukaczer, Graciela Repun, Paula Bombara y Daniel Burman.

                                                                                     XXXX

El 18 de julio de 1994 a las 9:53 de la mañana, yo estaba trabajando en un departamento en el centro, cerca de Pasteur. Escribía, junto a otros dos ghost writers,  los guiones de la seria Son de Diez, que pasaba entonces canal 13.
No recuerdo cómo nos enteramos. Creo que los vidrios de las ventanas vibraron. Tal vez los otros escucharon algo, porque al rato teníamos la televisión prendida y ya no hicimos otra cosa que quedarnos helados frente a las imágenes.
En un primer momento, yo pensé en ir allá. Soy auxiliadora formada en la Cruz Roja, y todo mi ser me decía que debía hacer algo. Pero el miedo, más a equivocarme ayudando a otros que a la situación en sí, y el hecho de no oír, me mantuvieron en mi sitio.
Mis compañeros, en tanto, se ocupaban de consolarme a mí. Yo era judía y para ellos eso que estaba pasando a metros de nuestra oficina, me pasaba a mí. No a ellos. Creo que después se dieron cuenta de que, en verdad, nos pasó a todos. Ojalá sea así.

Que me hayan convocado para escribir un cuento para chicos relacionado con el tema, en este 18° aniversario, es un enormísimo honor. Espero haber estado a la altura. Los nombres que me acompañan me intimidan un poco.
Los autores tuvimos total libertad de acción. Podíamos escribir lo quisiéramos, cualquier género. El único pedido fue que el texto fuera para chicos y que, de alguna manera, se relacionara con la AMIA.
Mi cuento se titula "La memoria de todos" y trata sobre un libro que sobrevivió. A la Shoá, a la dictadura argentina, al atentado en la AMIA. Alrededor de 30 ilustraciones (creo) acompañan cada texto.

Tienen casi un mes para visitar la muestra. Los espero.

27 mayo 2012

EL ARTÍCULO DEL QUE HABLA EL MUNDO ENTERO

Soy mamá, esposa, escritora y...

el artículo que ayer provocó que:
-los vecinos de mi edificio se pasaran el diario Clarín entre ellos (no voy a salir de mi depto. por mucho tiempo).
-me llegaran ochocientos pedidos de amistad en Facebook, de los cuales rechacé setecientosnoventayocho (si entre que no sé quiénes son y no me cuenta, y no tienen foto ni tenemos amigos o intereses en común...).
-me mandaran mail un montón de personas que no sé quiénes son pero, casualmente, todos son sordos.
-aparecieran conocidos que no veo desde hace 30 años.
-mi suegra quisiera felicitarme.
-a pesar de escribir que no fue bueno para mí "ser un ejemplo de vida", todo el mundo me dijera que soy "un ejemplo de vida".
-me sintiera diva por un día.
-mi marido me dijera que estaba podrido de que todo el mundo le hablara de mí.
-mis hijos se emocionaran.
-yo saliera a decirle a todos que la foto salió mal, que no tengo la boca ni la nariz así. Igual el tema no me preocupa demasiado porque hay muchas fotos mías en la web que lo demuestran.
-y algunas cosas más.

Y los otros artículos que publiqué en Clarín, por si a alguien le interesa:
El adiós a Gustavo Roldán
Una guía para recorrer la Feria del Libro Infantil
Relación entre tecnología y literatura para chicos

03 mayo 2012

EL REGRESO

Pensaba matar este blog. Asesinarlo. Igual ya casi estaba muerto. Y es lógico. No puedo escribir acá y ahí y allá y en ese lugar y en el otro. Como que no da, ¿no? Escribir y escribir. Mientras en la primera mitad de mi carrera (en julio se cumplieron 20 años de la publicación de mi primer libro) yo escribía un libro por año y descansaba tres, ahora escribo uno detrás de otro. Miren:
"La última palabra", que saldrá por Norma en unos meses.
"La cena del dinosaurio", Del Naranjo.
"El mundo de abajo, relatos en gatonés II", esperando.
"El probador de espejos", EDB
y ahora otro, y otros después, y otro un poco más después.
Así no se puede, che. De tanta ficción, mi vida se me está haciendo ficción también.
Y sin embargo...
No pude matarlo. Para qué mentir. Me dio pena. Le tengo cariño al blog. Lo hice desde que era así de chiquito, lo cuidé, lo alimenté, lo escribí (¡otra vez!). Entonces me tomé un momento para pensar qué quería hacer con él, qué lugar ocupaba en mi vida ahora, si podía sobrevivir y ser digno de ser.
Y no. No sé. Tampoco tengo todas las respuestas, yo. Pero por lo menos me propuse intentarlo.
Mi interés ahora, todos lo saben, es la literatura. En particular la literatura infantil y juvenil (entre amigos, LIJ), la edición (¡soy editora!, pero eso va en otro post), y otras cosas literarias. Así que pruebo por ese lado, a ver qué sale.

Y lo que sale en este primer Regreso, son preguntas. Respuestas no, respuestas no tengo.

¿Por qué hoy en día se publican tantos pero tantos libros de LIJ?
¿Por qué hay tantos libros que parecen gustar solo a los adultos, pero no a los chicos?
Si los libros de LIJ llegan a los chicos a través de la escuela, si en general todo el grado lee el mismo libro para luego "trabajarlo", ¿dónde quedó el placer por la lectura?
Los chicos que leen el libro que indicó la maestra, ¿luego tendrá ganas de ir a buscar un libro por su cuenta?
¿Por qué no hay humor negro en los libros para chicos y sí, por ejemplo, en las películas de Pixar?
¿Qué son los valores? ¿Dónde están los valores? ¿Por qué los libros para chicos tienen que tener valores?
¿Por qué no existe crítica real de libros para chicos? ¿Por qué nadie dice: "ese libro es una porquería, si se lo compra a su hijo, no se asuste si este luego salta por la ventana"?

Creo que para empezar en este Regreso es suficiente, vamos bien.
De todas esas cosas quiero hablar. Veamos qué sale.

25 abril 2012

EL PROBADOR DE ESPEJOS


Nuevo libro, nuevo título, nueva tapa, nueva historia, nueva aventura. Y todo al mismo precio. Va el primer capítulo de yapa:

I
La primera vez que me vi en un espejo, me pegué el susto más grande de mi vida. Supongo que no tenía ni un año todavía. Supongo que a mamá le causó gracia eso de hacerme parar frente a un espejo y decir, con voz aguda: “¡Mirá, un nene igualito a vos!”. Supongo que hacerles ese tipo de bromas a chicos que aún no tienen el cerebro del todo formado es común y corriente. Pero el julepe que yo me pegué... ah... de eso, no me voy a olvidar jamás.


Porque ese que aparecía ahí, del otro lado era, tal como decía mamá, un nene igual a mí. Pero no era yo. Era otro yo. Era un tipo-copia de algún mundo paralelo, de otra dimensión, del más allá. Pero no era yo. Y podía probarlo. El otro siempre se diferenciaba en algo. Un ojo más grande, un gesto más lento, una pestaña menos. Detalles ínfimos que solo parecía notarlos yo.

Un día, entonces, cuando por la edad ya era capaz de tener pensamientos más elaborados, me impuse una norma de vida: “Nunca más me vería en un espejo”.De esa manera, me aseguraba de que el otro pudiera venir acá, ocupar mi lugar, hacerse pasar por mí, molestarme, darme consejos, decirme qué hacer, espiarme.

Escondían tantos secretos los espejos...

Con el tiempo el asunto se complicó un poco. Dejé de verme en serio. Es decir, al no poder reflejarme me fui olvidando de mí, de lo de afuera, de los demás, de hablar con otros, de jugar con mis compañeros, de participar. Me metí para adentro. Y los otros también dejaron de verme.

Además, como espejos hay en todos lados y nunca estaba seguro de cuándo me toparía con alguno, me acostumbré a andar siempre con la mirada gacha, los brazos un poco enroscados sobre el cuerpo, un poco apartado, un poco oscuro, un poco a resguardo.

Y así estaba bien.

Sin embargo, a veces me sentía un poco solo.


17 febrero 2012

NUNCA CONFÍES EN UNA COMPUTADORA, EL REGRESO


Publicar un libro es una aventura. Que ese libro venda 6 reediciones, 2 ediciones, se mantenga en las librerías durante 14 años, y lo reedite otra editorial luego de tanto tiempo, es un milagro.



Me pone inmensamente feliz, y lo comparto con ustedes, que


Nunca confíes en una computadora


todavía tenga un largo trecho por recorrer.


He revisado y modernizado algunos cuentos. Le agregué uno nuevo, y sale, ya ya, por Editorial Amauta, con nuevas ilustraciones del gran Leo Batic (todavía no me lo creo :-).



El 2 de marzo a las 19, hay presentación en la Biblioteca Nacional (ciudad de Buenos Aires),



sala Cortazar. Por supuesto allí estaré.



Están invitados.






14 enero 2012

MANUALIDADES




Si no lo puedes comprar... lo puedes hacer...



Las únicas dos cajas para guardar lapiceras que encontré en toooda la ciudad de Buenos Aires, estaban totalmente fuera de mi presupuesto. Así que la hice y la comparto. Desde que era una tímida caja sin definición, hasta convertirse en una hermosa y práctica caja para lapiceras.



Lo que lleva:

Dos manos de pintura siena tostada.

Pátinas (técnica de pincel seco): 1) verde óxido; 2) rojo óxido; 3) bronce.

Decoupage: recortes obtenidos de un catálogo europeo de lapiceras.

Interiores forrados en pana (o similar) negra.

Y el gran secreto: el piso superior tiene una base de maderitas redondas pegadas a tres cm. una de otra, para que al forrarla se armaran los huequitos para colocar las lapiceras. El piso inferior es liso, para guardar lapiceras en desuso, cartuchos, etc.













02 enero 2012

DES-BALANCE 2011

Este blog nació el 2 de agosto de 2005. Desde entonces intenté asesinarlo varias veces, pero ya ven... El blog se aferra a la vida virtual y me obliga a seguir alimentándolo (a esta altura tenemos una relación bastante disfuncional), cuidándolo, escribiéndolo.

Pues bien, esta vez toca cierre de año y apertura de otro, como si se tratara de un libro contable en el que hay que sumar y restar numeritos para poder continuar.

Yo sumo. Hace algunos años, en este mismo espacio, me quejaba de lo difícil que era publicar. Hacía listas de editoriales que no aceptaban siquiera la presentación de originales. Listas de rechazo. Seguía escribiendo. Seguía quejándome.

Ahora todo cambió (por lo menos por ahora, estas cosas mutan de un segundo a otro). Son las editoriales las que me llaman y yo escribo, insegura como siempre, pero sabiendo que a cada retoño literario lo espera una familia editorial adoptiva (aunque las adopciones no sean muy legales... yo vendo a los niños de papel...).

Al comienzo del 2011 me llevaba a la pileta del club el original de "La cena del dinosaurio" para corregir. Luego escribí la segunda parte de "Relatos en gatonés" (que todavía no tiene fecha de salida). En el medio me hice un hueco para reescribir "Nunca confíes en una computadora" que volverá a la calle de la mano de Amauta. Seguido comencé "El probador de espejos", que aparecerá pronto por EDB, y estoy a la espera de que me lleguen las correcciones de "La última palabra", que nacerá en marzo a través de Norma. Y ahora -ya, en un rato- escribo una nueva historia, aún sin título, para Sigmar. Seguirán dos títulos más durante 2012 y luego... bueno, ¿qué tal un descanso de la ficción? Además ahora soy editora también, ya contaré...
Un año... uau... qué año... qué maravillosamente maravilloso año profesional. Todo lo que soñé desde que me senté a escribir mi primer poema a los ocho años... aquí está. Todo lo que sembré y regué, para el que guste de tropos cursis, ahora estoy cosechando.

Y en el medio de todo... la queja. Me sigo quejando, porque ahora no tengo tiempo libre, porque trabajo demasiado, porque el tiempo me empuja, porque las editoriales me exigen. Porque aún aquellos días en que no tengo ganas de escribir, tengo que escribir.

Ah... la queja... Pasan los trabajos, los libros, la desocupación, pero la queja permanece. La queja es la manta tibia en la que puedo arroparme pase lo que pase.

Así que le dedico este 2012 recién estrenado -y que promete seguir movidito-, a la queja. Mi señora queja. Mi compañera desde siempre. Mi queja femenina y judía y psicoanalizada. Mi queja mía.

Porque sé que cuando esté mal, cuando no vea salida, cuando me sienta sobrepasada o deprimida o decepcionada o perdida... siempre podré quejarme.