25 febrero 2011

SOY PROFESIONAL, NO SOY PROFESIONAL, SOY...

A menudo se arman debates sobre qué es ser un escritor profesional. Y si existe la profesionalización de la escritura o se trata de un oficio, un arte, un hobby, un imposible.

Yo nunca lo he tenido claro -lo de la profesión-y, como decir "soy escritora" me parece a veces algo muy grande o muy vago, acostumbro responder "soy periodista" cuando alguien me pregunta a qué me dedico. Soy una periodista que se dedica a escribir. Eso. Pero, si me aprietan o quiero mandarme la parte puedo decir sí, mi profesión es la escritura porque me pagan por escribir. Hasta ahí, la tenía clara. Pero no. No era así. O sí. Perdón por el divague.

Hace muchos años que me pagan por escribir, pero mis libros aparecían cada muerte de obispo o cada día del arquero, lo que les guste, y era yo la que, con paciencia, esfuerzo, astucia y muchas otras cualidades y neurosis, salía a buscar mi editor. O sea que me pagaban por un trabajo que yo había realizado porque quería, que nadie había encargado y nadie esperaba y que por suerte lograba vender. Me fue bien, no puedo negarlo.

Pero ahora las cosas han cambiado y comienzo a entender qué es eso de tener por profesión la escritura. Ahora escribo porque me piden que escriba.

A fin del año pasado sucedió el milagro por el cual venía rezando desde el día en que empecé a escribir. Tres editores de tres editoriales diferentes se contactaron conmigo y me pidieron libros míos (hago esta aclaración por si alguien piensa que me pidieron una donación de libros o que devolviera alguno que me prestaron). Aquí surgió el primer problema. Yo no tengo libros "míos" tirados en los cajones. No produzco historias escritas como sí produzco ropa sucia. No me sobran hojas ni tinta ni ideas ni tiempo ni cerebro para escribir sin pausa. Pero esta vez había un pedido. Lo repito. Alguien quería publicarme. ¡¡¡Alguien quería publicarme!!! ¿Quién puede decir que no a tamaña situación? ¿Al reconocimiento que ese pedido significa? Así que negocié un tiempo y del otro lado me otorgaron días y libertad de acción. Y me senté a escribir. Tan sencillo como eso.

Hay gran diferencia entre inventarse una obligación (escribir cuando no se sabe qué sucederá con ese texto) y tenerla de verdad. En el primer caso me permito compartir la escritura con muchas otras ocupaciones y con días de vagancia absoluta (igual soy madre, lo de vagancia absoluta es sólo un giro literario). En el segundo caso... hay que sentarse y escribir. Todos los días. Aunque te duela la espalda, estés indispuesta, tu hijo toque el bombo en el acto escolar, llueva, haga frío, haga calor. Hay que escribir. Aunque no tengas ideas o ganas. Escribir.

Y eso hice. Porque nunca jamás en mi vida me pasé de una fecha de entrega. Porque siempre cumplí. Porque estoy inmensamente agradecida por cada pedido. Me senté y escribí.

Mientras mi tiempo promedio para tener un libro listo es de un año, ahora acabo de descubrir que puedo escribir una novela (¡una novela! ¡Yo, que creí que nunca podría escribir novela!) en tres meses. No fue fácil, por supuesto. Al principio intenté corregir una vieja historia que, en su momento, no había encontrado su camino. Pero pronto descubrí que si de una vez no sale bien, luego es más difícil reescribir todo que empezar de nuevo. Así que empecé de nuevo, con otra historia. Me tomé un par de días para pensar qué quería escribir, qué historias de todas las que guardo en mi cuadernito de ideas me producía más placer. Con cuál empezaba a bullir mi cabeza. Así que de una idea, y a veces una idea es una cosa minúscula, casi de nada, es... "aparece un dinosaurio en tal lado"; "hay dos chicos que descubren algo"; "un vendedor de besos"; hay que armar un universo. Y eso es lo que me fascina de mi oficio. Ver crecer una historia de la nada y darle forma con palabras.

¿Ahora, entonces, soy profesional? Todavía no lo decido, que sean otros los que pongan la etiqueta, pero lo cierto es que desde hace meses y hasta mitad de este año, por lo menos, tengo obligaciones "literarias" programadas. Tengo que producir historias. Y no hay nada más maravilloso que esto: que me obliguen a trabajar de escritora. El mejor trabajo del mundo.

Lo único... ojalá estuviera mejor pago...