TALLERES 2014. LITERARIOS Y DE ESCRITURA
De relatos y de literatura infantil y juvenil.
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24 octubre 2011

LA CENA DEL DINOSAURIO

Ya está. Ya lo puedo decir. El miércoles voy a buscar los ejemplares que me tocan y listo. Lo retiro de la guardería y que siga su camino.
La segunda novela que escribo en mi vida. La primera que sale publicada.

Va AGRADECIMIENTO ENORME a Alejo, Jaqui y Norma Huidobro, de Del Naranjo, por el apoyo constante. A Pablo Tambuscio por las fantásticas ilustraciones. Y, ya se está haciendo costumbre, al escritor Franco Vaccarini a quien alguna vez le conté el argumento de esta novela (mucho tiempo antes de escribirla) y me dijo que le habían dado escalofríos. Espero que fueran de entusiasmo. Ah, y como si fuera poco, se ocupó de algunos trámites literarios mientras yo paseaba por cierto país de fantasía.

Siguen los dos primeros capítulos. Ojalá los deje con las ganas.

I



Aunque no pueda decirles

Aunque no pueda decirles aún mucho sobre mí, creo adecuado que sea yo quien les cuente esta historia. Estoy en ella desde que todo comenzó y hasta el punto final, y no lo digo sólo para darme importancia. No es que todo gira alrededor de mí, aunque… Verán, me gusta conversar y, como hace tanto tiempo que no tengo con quién hacerlo, aprovecho las circunstancias.
Así que si desean acompañarme, lo único que les pido es que no me interrumpan hasta el final y, si tienen que hacer algo en medio de mi historia, como ir al baño o ver el último capítulo de su telenovela favorita, bueno… no lo hagan.
Empecemos, entonces, poniendo un dinosaurio en este relato. Un dinosaurio más. A lo largo del siglo XX se han desenterrado cientos de dinosaurios y se ha develado cada secreto de estos gigantes reptiles prehistóricos. Cambió el siglo y siguen de moda. Yo siempre me sentí muy cercano a los dinosaurios, ya se darán cuenta de por qué.
Un dinosaurio más, entonces, que no había logrado convertirse en petróleo. Un hallazgo para un par de locos paleontólogos, una pérdida para la energía que moviliza a la humanidad.



2
Arrodillada sobre la tierra

Arrodillada sobre la tierra, con las uñas sucias y el cuerpo dolorido, y la vista clavada en escombros, Elina Aizen se incendia. La quema el sol. Yo no veo mucho desde donde estoy, así que me limito a contar lo poco que sé.
Sé que está desenterrando huesos. Sé que con un pequeño pincel quita el polvo de cada partícula ósea con el mismo cuidado con que un soplador de vidrio alza su primera copa: como si fuera a romperse en cualquier momento. Sé que está pensando en mí, aunque todavía ella no lo sepa.
Cada tanto, Elina repite un ademán: pasa sus manos por el cauce en donde está trabajando y por donde alguna vez corrió un riacho, como esperando encontrar un poco de agua que la refresque. Pero todo está seco allí. Elina está sobre un río seco y bajo el sol implacable.
Me voy a cocinar, la oigo susurrar.
Sin embargo y a pesar del calor, de la tierra, del cansancio, no hay ningún otro lugar en donde la chica que descubre dinosaurios quiera estar.

Me gusta Elina, me cae bien. Yo fui un poco como ella a su edad. O ella es como fui yo cuando tenía sus años. A veces me hago lío con estos pensamientos. Me falta costumbre… No importa, regresemos a ella. Elina quiere llevarse el mundo por delante y se lo va a llevar. Lástima que todavía no pueda decírselo.

-Como la primera vez –dice de pronto una voz sobre su hombro izquierdo que me hace perder el hilo de la narración. Parece que no estamos solos en esta fiesta. Presentemos al muchacho.
Yamai Cuestas. Luego veré qué más puedo agregar sobre él. Oh, no crean que estoy celoso, nada de eso. Es que, nada, sólo estaba pensando en otra cosa.
-Siempre. Puedo desenterrar mil dinosaurios, pero el corazón me salta como la primera vez –Elina sonríe y se da vuelta y extiende su mano derecha abierta.
-Chocá los cinco -dice.
-¿Cuántos dinosaurios encontraste? –la jaquea Yamai.
-Mil –repite ella y se sonroja y juega: -¿Cien? ¿Noventa? ¿Sesenta? Está bien, me rindo. Es nuestro tercer dinosaurio. ¿Ahora estás feliz? Y los dos anteriores los encontramos con los profesores, que los enterraron para nosotros, así que supongo que no contaban.
-Creí que habías encontrado más dinosaurios que yo –bromea él.
-Como si alguna vez hubiéramos hallado un hueso solos…
-¡Éste sí es nuestro primer dinosaurio solos! –grita Yamai. -Todo nuestro.
-Todo nuestro. De nadie más.
-Andá a descansar. Sigo yo –se ofrece el chico.
Elina se levanta con trabajo. Se estira y se aleja unos pasos para admirar su trabajo. Algunas costillas, parte del cráneo. El monstruo comienza a tener forma, a escribirse. Elina agradece a quien haya que agradecer que ese gigante haya decidido morir allí, acostarse y simplemente morir, para que millones de años después ella se entretenga desenterrándolo.
De nada, Elina.

Cuarenta y dos grados de sensación térmica y un sol que a cada rato parece estar más caliente. Ése es el paisaje bajo el cual Elina y Yamai buscan dinosaurios. El calor se les pega al cuerpo, se les adhiere como telarañas. Pero cuando uno busca, las circunstancias no importan. Uno nunca puede dejar de buscar. Lo que sea: caracoles, piedras, un viejo amigo, un mensaje que nunca llegó a destino, un dinosaurio. En esta vida estamos siempre buscando. Y cuando encontramos algo comenzamos enseguida otra búsqueda. No podemos vivir sin buscar.
En cuanto a estos dos, andan buscando fósiles. Creo que ese punto ya ha quedado claro y podemos avanzar. Estudian paleontología y según mis cálculos se morirán de hambre por el resto de sus vidas. Tal vez en el futuro sean profesores en alguna universidad, den conferencias, escriban libros que no lea nadie. Eso cuando se reciban, claro. Lo que sucederá si ahora encuentran un hueso. Algo que podría hacer cualquier perro, digo yo.
En fin, dejo de desvariar y regreso a la historia. Elina sonríe, tiene una hermosa sonrisa y ahora mismo especula junto a Yamai qué dirán sus compañeros de la facultad cuando regresen con un esqueleto entero. Elina quiere el éxito y, por qué no, también espera recibir un poco de envidia. Chica mala.

-Me voy al dormi –informa Elina, y se pierde en una vieja construcción que alguna vez sirvió de lugar para acampantes y que hace tiempo está abandonada. Allí, ambos tiraron catres y acomodaron un par de mesas sobre las que rebosan papeles y un pequeño calentador. En el baño lograron regresar a la vida una ducha y destapar una letrina. Todo les resulta tan desagradable como pintoresco. A los buscadores les gusta sufrir un poco. Sentir que la naturaleza les juega en contra, que todo será difícil de encontrar.
Elina golpea las cañerías para atraer el agua como un hechicero que pide lluvia. No pienso seguirla allí. Soy un caballero. ¿Qué tal entonces un paseo por los alrededores?

4 comentarios:

solsilvestre dijo...

Misión cumplida, Vero: ¡me quedé con ganás de más!

Léeme un Cuento dijo...

Verónica, sólo quiero felicitarte por este nuevo bebé y desearte toda la suete! Contá con lo que pueda hacer para difundir este libro.

adriana dijo...

¿El inventor de puertas no cuenta como novela?
Adriana

Cande Barrera dijo...

Buenisimo! me pico el bichito y quiero saber mas de este dinosaurio tan caballero. Cande