24 enero 2011

LA HUELLA DE MIS LIBROS

Me gustó mucho esta NOTA y, con total desvergüenza, me sumo a sus entrevistados.

Veamos... mi biblioteca es de pino y hecha a medida. No el pino más económico pero tampoco el mejor. Era lo que se podía... Ocupa una pared completa de mi lugar de trabajo, a mi espalda (¿o mis espaldas? Nunca estoy segura con eso...). Frente a mí hay sólo un par de estantes con los libros que escribí yo, y otro estante sobre mi mesa de luz, en mi habitación, guarda los que están siendo leídos o en proceso de lectura.

Me reconozco obsesivamente ordenada y eso vale, por supuesto, para mi biblioteca tanto como para mis papeles y archivos.


Hace un par de años, cuando repintamos el departamento y tuve que mudar la biblioteca, de ida y vuelta, descubrí que los libros, cuando se quitan de los estantes, se reproducen de manera vertiginosa. En forma horizontal o tirados por cualquier lado ocupan mucho más lugar que en forma vertical. Y que siempre se pierde algún libro entre sus colegas y nunca vuelve a aparecer. Es decir, sabemos que está allí, no ha salido de casa. Lo vimos al quitarlo del estante, pero nunca regresa. Se esconde entre otros libros, muta de tapa, se deslee hasta el olvido.


Mi biblioteca, como toda biblioteca que se precie, sigue un orden personal. Por ejemplo, hay estante para latinoamericanos, pero no para obras en español en general. Cortázar comparte estante con Borges y García Márquez. Los libros que leí durante mis embarazos se han juntado con los libros sobre salud y sexualidad, y todo que tenga que ver con el cuerpo humano, pero no con los de discapacidad, que por razones obvias tienen su propio estante. Ciencia-ficción con ciencia-ficción; poesía con poesía, Anagrama con Anagrama y Tusquets con Tusquets por cuestiones plásticas. En el centro: lo más necesitado (diccionarios) o querido. En las periferias, lo marginal, olvidado, desheredado. Tengo un estante para los libros que me han prestado porque de ninguna manera permito que se junten con los propios, y también tengo un estante mental para los que he prestado y no me devolvieron.


En cada estante hay uno o dos adornos, no más para no dificultar la búsqueda de libros. Tengo una pequeñísima colección de buhos y de minúsculas máquinas de escribir.


Los libros me los compro yo, es raro que alguien me regale libros. Y, a menos que sepa que ese libro es ya parte de mi vida, los leo con mucho cuidado, tratando de no abrir mucho el lomo porque, en caso de que no me guste, lo cambio por otro, leído y todo. Los libros son caros y ocupan espacio, no puedo darme el lujo de quedarme con libros que no voy a leer, aunque en mi biblioteca haya muchos que nunca he leído. Pero qué distinto es eso... qué distinto.


Pero si el libro me atrapa, si sé que será mío, lo primero que hago es escribir mi nombre en la primera página. Nombre y mes y año en que lo he comprado. Eso sí, si algún día ese libro se va de casa, por cualquier motivo (he escrito sobre los libros que vendí para comprar otros), se va de forma anónima. Si no puedo borrar mi nombre, directamente quito esa primera página en blanco.


Me animo a subrayar libros, a escribir en los márgenes (siempre con lápiz, menos esta última semana en que estaba leyendo en el club, se me acabó la mina del portalápices y no tenía respuesto -raro en mí- y, frente a la desesperación de perder ese párrafo, marqué con birome. Sí, con una Fisher Space Pen, trazo negro medio). Tampoco tengo mucho problema en doblar el borde de la página si no tengo señalador (guardo señaladores que me gustan y elijo cuál voy a usar para cada libro).


Compro más libros de los que leo y los ubico en el estante de lectura futura. Y no presto. Desde este año me niego terminantemente a prestar más libros. Tampoco robo libros. Sólo me he quedado con uno en particular, de un familiar, para salvarlo del olvido.


A veces me quedo simplemente mirando mi biblioteca como si se tratara de un paisaje que me relaja, que me produce placer. Voy paseando mi vista por los lomos y recuerdo cada lectura, un personaje por allá, una idea por acá. Me prometo releer (mi ideal de la vejez es pasarla releyendo mis libros).


No tengo ningún libro más importante que otro, ninguna primera edición, ningún lujo, ningún tesoro. Mi libro más viejo es un ejemplar totalmente destruido de "Las mil y una noches", de 1909, que encontré en un arcón en la baulera de mis abuelos, y que desde siempre me he prometido encuadernar pero nunca me ocupo.

Y creo que es todo. Los que quieran contarme cómo es su biblioteca, bievenidos sean. Siempre me encantó esto de husmear en bibliotecas ajenas y enterarme de las mañas de los otros para escribir.

Último libro leído: "El hombre de los pies-murciélagos" de Sandra Siemens.
Próximo libro a leer: "El cementerio de Praga", de Umberto Eco.
Libro especial del año: "La vida en sordina" de David Lodge.
Libro inspirador del año: "Nadie acabará con los libros" de Umberto Eco y Jean-Claude Carrère.
Libro leído como en la infancia: "Corazón de tinta" de Cornelia Funke.
Chiche lector del año: el Nook (¡que ya tiene cargados casi cien libros!).

1 comentario:

Pame dijo...

Me encantó tu nota, a decir verdad, sentí que algunas partes las escribí yo misma pues me he identificado totalmente. No creo que mi biblioteca tenga tantos libros como la tuya, pero estoy segura de que todos los que tengo son un reflejo de lo que soy. Y por cierto, mi mesita de noche también esta repleta de libros esperando que los lea :)