26 mayo 2010

PERDIDA

Cada vez que un niño abre un libro. Que un espectador prende la tele o se sienta en la oscuridad del cine. Cada vez que uno se dispone a escuchar al otro, se pone en marcha uno de los mecanismos más maravillosos que nos hace humanos: nosotros nos contamos historias unos a otros.

En ese acto de disponerse a partir con la historia del otro, se condensan una cantidad de reglas no escritas ni dichas, pero bien sabidas por uno y otro lado.
El lector/espectador pide, y tiene dos derechos ineludibles:
no me mientas
no me trates de idiota.


Yo, como escritora, estoy muy conciente de esos derechos de mis lectores, porque después de todo soy lectora antes que nada. Y porque todos los que hemos caído en este oficio de escribir, lo hicimos porque alguna vez nos dejamos deslumbrar de tal modo por las historias que nos contaron, que quisimos ser partícipes de ese milagro.


El "había una vez..." pone en marcha ese contrato entre partes. Me dice que alguien me llevará hacia una historia que puede pasar aquí o no. En este tiempo o no. Y que terminará sin ninguna duda en "y fueron felices para siempre", que en tiempos modernos puede reemplazarse por cantidad de figuras menos risueñas.


Entonces... cuentes lo que me cuentes, no me mientas. No me trates de idiota. No me importa si la historia es real o ficticia. Si sucede aquí o en otro mundo. En el pasado remoto o en un futuro que nunca conoceré. Para ser parte de la magia, debo creerlo.


Si me das personajes, quiero acompañarlos hasta el final. Quiero saber qué pasa con cada uno de ellos, sean felices o no. Quiero saber si Jo March se casó y se convirtió en una gran escritora. Quiero saber si el Conde de Montecristo llevó a cabo su venganza y se reencontró con su amor de juventud. Quiero saber si Jane Eyre halló por fin un poco de paz. Si Harry Potter venció a los malos. Porque una vez que comienzo a acompañar a un personaje, que me identifico con él, que lo hago parte de mi vida, no puedo dejarlo ir hasta saber si podrá seguir su vida sin mi.


Por supuesto, a veces no me dicen muy bien qué ha sucedido con él o ella, y soy yo quien debe poner el punto final. ¿El Principito, muere o realmente regresa al que, ahora, llamaríamos su mundo alternativo? Yo quiero pensar que regresó, porque en el universo del Principito todo era posible.


Y ése es el juego: alguien me dirá cuánto y cómo y qué será posible. Y yo pondré el resto.


Por eso, sin ninguna duda, Lost me parece un mal cuento.
Me mintió. Y me hizo sentir una idiota.


Desde el primer día, Lost fue una especie de Robinson social. En época de realitys, en vez de lanzar a un hombre a la mayor de las soledades, lanzamos a un grupo y vemos qué pasa. Me gustó ese "había una vez..." Me prendí. Quería saber qué seguía.

Pronto se iniciaron los misterios, los enigmas y se plantó una enormidad de indicios. Un indicio es como una piedrita en el camino hacia la casa de la bruja. Si luego no se recogen, Hansel y Gretel no podrán regresar.
Que números, que embarazadas que no podían parir, que francesas perdidas, que barcos antiguos, que iniciativas extrañas, que otros y nosotros, que pasado y presente, que jeroglíficos, que estatuas gigantes, que monstruos, que jaulas, que y que y que.
Pocas series televisivas jugaron con tanta fantasía al mismo tiempo. Lost nos dio todo lo que debe ofrecer una épica, y así nos mantuvo en vilo durante seis años.


Había que estar muy atento y anotar cada misterio nuevo porque parecía que allí estaba el inicio del hilo que nos llevaría a la salida. Durante seis años nos dejamos entretener, pero siempre teniendo en mente que un día veríamos la luz, y que no sería exactamente la luz de la isla que se prende y se apaga con un tapón.


Pero no. Un par de escritores se pusieron a jugar con las ilusiones de muchos, y luego no supiero qué hacer con eso. Les quedó grande.


Ahora, sin embargo, aparecen legiones de "lectores" diciendo que Lost no debe explicar nada, que todo fue una metáfora de metáforas. Una ilusión que debemos develar por nuestra cuenta. Y como si Lost no hubiera terminado, plantean una dicotomía entre quienes esperaban respuestas, y son por lo tanto lectores chatos, poco inteligentes, y aquéllos que aceptan esta nada de nada, y son profundos y saben leer entre líneas.


El problema es que así no funciona el cuento. Cuando el otro empieza a contar, no lo interrumpimos, no le decimos qué creemos que sucedió con los personajes. Seguimos leyendo o escuchando porque sabemos que hay una historia que no cualquiera puede torcer. Uno estructura un relato para que el otro lo desarme. Después sí, por supuesto. Cuando el otro deja de contar o cerramos el libro, somos libres de libertad total para imaginar, intuir, cambiar. Para hacer nuestra lectura privada. Para creer lo que queremos creer.


Una metáfora es otra cosa.
Cuando César Vallejo dice:
"Me moriré en Paris con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo"
le permitimos ese imposible, porque sabemos cuáles son las leyes que rigen la poesía y aceptamos jugar ese juego.
No seguimos leyendo el poema con el fin de que nos diga por qué y cómo ya sabe qué día morirá. Tampoco le exigimos que nos explique cómo recuerda algo que aún no sucedió.
No lo hacemos porque no esperamos explicaciones de la poesía. Porque sabemos que es así.
En cambio, en Flashforward, otra serie pronta a ser perderse (literalmente, ya que fue cancelada), sí esperamos que nos digan por qué pasan las mismas cosas que pasan en el poema de Vallejo.


Dicho así, es fácil darse cuenta de que Lost jamás fue planteada como un gran poema de seis años, sino como un cuento de ciencia-ficción o fantástico. Lost fue un cuento de los más clásicos, aunque haya revolucionado la forma de contar historias en la TV.


Por otra parte, ahora también nos dicen que no era tan importante la isla, sino las personas. Y aquí nos mienten otra vez, porque desde el primer día la isla fue un personaje más. Estaba viva. Latía. Se movía. Tenía ideas. Exigía y pedía. Cobraba vidas. La isla era el gran personaje que manipulaba las vidas de los demás.


¡Oh! Pero podemos verlo de otra manera. Ver Lost como una larga saga estilo "Gulliver". Gulliver viajaba de país en país y en cada uno encontraba diversas maravillas. Caballos que hablan, enanos, gigantes. Gulliver era espectador y actor cada vez, pero en algún momento el capítulo se terminaba y había que pasar a otro mundo. Los caballos parlantes no lo seguían. Los enanos no se le metían en un bolsillo para llegar al capítulo final. Desde el primer momento nos contaron que eso era así y lo aceptamos.

¿Podría pasar lo mismo con Lost? No, porque para que eso suceda cada historia (la de los números, la iniciativa Dharla, los embarazos) debería haber empezado y terminado en ese largo camino que llevaba a los sobrevivientes del Oceanic de un sitio a otro.
Y además, Gulliver nunca fue sólo un entretenimiento. Fue una sátira sobre la sociedad del 1700. Lost, en cambio, no resultó ser una sátira sobre nuestro tiempo.


¿Y ahora...? Ahora, por lo menos yo, me siento una gran gran idiota. Me tomaron el pelo. Porque si uno, como hacía en la escuela, se pone a subrayar las ideas principales de Lost, una vez conocido el final, se da cuenta de que todo lo que le contaron no sirvió para nada. Eran ideas absolutamente desechables. Nada tenía que ver con nada.
Se pueden sacar los números, a los vivos que ven muertos, a los muertos que hablan, al humo negro, a los osos polares, y la historia sigue siendo la misma. El final no cambia.

Si Lost resultó ser la historia de un grupo de personas perdidas en sí mismas desde el accidente (y ahora ya ni siquiera uno puede estar seguro de que la isla haya sido real) hasta sus muertes, y el paso al más allá en el que se reencuentran, porque lo que cada uno tuvo con el otro fue lo más importante de sus vidas, ¿en dónde queda todo lo demás? ¿La iniciativa Dharma, el electromagnetismo, los jeroglíficos, los otros? ¿Los borramos y nada más? ¿Qué aportaron, más allá de entretenimiento? ¿Qué se lleva cada personaje de ese camino? .

Disfruté el viaje con Lost. No el final. Alguien empezó a contarme un cuento, y en un momento se le enredó tanto que lo cerró de cualquiera manera. Me mintió y me subestimó. Rompió el contrato. A ese contador de cuentos no podré volver a creerle.

Pero por suerte, no me quitó mi afán inmenso por seguir leyendo y viendo historias. Deseo tan grande que, seguro, volveré a caer en la misma trampa una y otra vez. Porque eso pasa en el mundo de los cuentos: si uno no está perdido, no tiene cómo volver a encontrarse.

21 mayo 2010

TIPS PARA ESCRITORES

Un escritor más otro escritor no sólo hacen dos escritores, sino que suman una usina de chismes e información altamente valiosa. Lo mismo un escritor más un ilustrador, ya que el cambio de los factores, en este caso, no altera el producto.

¿Y qué quiere saber un escritor y/o ilustrador de otro escritor y/o ilustrador?

Veamos:
Qué editoriales están publicando.
Qué editores son fáciles de contactar.
Cuántos contratos ha firmado el otro.
Qué adelanto está pagando cada editorial.
Qué porcentaje de derechos cobra cada uno.
Cuántos libros vende.
Cuáles son sus contactos para conseguir trabajos esporádicos.
Si va a escuelas a dar charlas.
Si cobra por ir a escuelas.
Si cobra viáticos.
Si viaja al interior.
Quién lo mando al interior.
Qué está escribiendo ahora.
Qué sabe de otros escritores.
Si lo han invitado a congresos/conferencias.
Cómo organiza su tiempo de trabajo.
Si lo han entrevistado.
Si han reseñado o criticado sus libros.
Cuántas horas por día escribe.
Si vive de la literatura o tiene otro trabajo para comer.

Esto, que a simple vista parece un sinfin de chismes, con cierta morbosidad económica y hasta un dejo de celos/envidia, en realidad es una clase magistral de "cómo ser escritor y lograr vivir de la literatura". Algo que no se enseña en ninguna facultad.
Y que yo sólo voy aprendiendo gracias a mis amigos escritores y/o ilustradores.
A quienes les estoy inmensamente agradecida (por la amistad y por la información).

Veamos...
En cuestiones prácticas, económicas, comerciales, marketineras, legales y contractuales, yo no soy sólo terriblemente ingenua, sino que puedo decir sin ninguna duda que soy toda una pelotuda.
No sé venderme. No sé hacerme valer. No sé pedir. No sé discutir. No sé negociar. No sé nada más que estar en mi casa y escribir.
Por eso sigo firmando el contrato que el editor me pone adelante. Y pocas veces he cobrado adelantos. Y voy gratis a donde me llamen. Y hasta siento que todos me hacen un favor cuando me piden algo.

Y no. No funciona así. No debería funcionar así.

Porque cuando uno tiene amigos escritores y/o ilustradores mucho más inteligentes que uno se entera que...
ese contrato que era imposible de negociar porque el editor dijo que no y no, el otro lo negoció y cobró mejor.
que esa editorial que no pagaba adelantos, a otro le pagó.
que esa editorial chiquita y nueva que uno subestimó, está publicando hermosos libros, vendiendo muy bien y ojalá nos publique.
que nosotros nos fuimos hasta la loma del peludo a esa charla a la que nos invitaron, pagamos el estacionamiento o el taxi, nos pagamos el café (¡y encima no fue nadie!), y al otro... ¡le pagaron todos los viáticos!
que a las escuelas se les puede (y debe) pasar un presupuesto por nuestra visita, sobre todo porque en muchas escuelas privadas estamos toda la mañana dando talleres (acá hago una sana distinción entre escuelas privadas y municipales).
que ir a escuelas, dar conferencias o charlas, viajar, mostrarnos, dar talleres, etc, etc, es parte de nuestro trabajo, nos insume tiempo y esfuerzo, a veces preparación previa, y por lo tanto debe ser valorado.

Y así, cantidad de detalles y cosas que yo no sabía.
Por mi parte, escucho, aprendo, aprehendo, maduro. Y a la hora de mostrar cómo cambié y me valoro... ¡sigo siendo una pelotuda! Pero por lo menos, pelotuda informada.
Así soy yo.

05 mayo 2010

POR QUÉ EL MATRIMONIO ENTRE PERSONAS DEL MISMO SEXO ME PARECE UNA COSA BASTANTE INJUSTA

Conozco a B. desde hace 10 años. Su hijo mayor empezó el jardín con mi hijo mayor. Luego parimos nuestros segundos varones con siete meses de diferencia. Desde entonces hemos recorrido camino.
Todos los veranos, y algunos inviernos, invito a B y a sus dos críos a pasar dos o tres días en un club. Dormimos allí.

Bien. Cuando estoy con B. en el club, sin maridos, acostumbramos compartir todas las tareas hogareñas así como el cuidado de los niños. También la planificación del día, los paseos, las actividades.
B. no se levanta de la mesa sin darse cuenta de que los platos no van solos a la cocina.
B. no se olvida los huevos en el fuego.
B. no me dice "hacemos lo que vos quieras" para luego dictaminar que el paseo fue una cagada.
B. no me pregunta qué se tiene que poner para salir.

Cuando los niños eran pequeños, B. compartía colchones con los suyos, y yo cama matrimonial con los míos.
B. no me despertaba cada vez que un pibe tosía a pesar de que yo no lo pudiera escuchar.
B. tampoco me despertaba para contarme qué había pasado incluso cuando ya no pasaba.
B. se hacía y deshacía su cama, y nunca vi por ningún lado su ropa interior.
B. nunca se depiló dejando pelos por todo el baño.

En verano, disfrutamos horas y horas de pileta. En invierno, de solcito.
B. no se va con sus amigos a jugar al truco toda la tarde.
B. no me dice "me voy a tomar un café" sin preguntarme si yo quiero, y regresa tres horas después porque se encontró con alguien.
B. no se queda dormida con la boca abierta, y sin darse cuenta.
B. no sólo me escucha cuando hablo, sino que... ¡me responde!

Con B. podemos tratar el mismo tema durante años. Analizarlo, darlo vuelta, estudiarlo, pensarlo.
Con B. nunca se producen silencios.

Ahora que los niños crecieron y pidieron espacio para ellos, a B. y a mí no nos quedó más opción que compartir la cama matrimonial.
B. no me quita la frazada.
B. no salta y tiembla y me patea como una marrana en el matadero.
B. mantiene su cuerpo estrictamente en el lugar de la cama que le corresponde (además, ambas tememos rozarnos y ser malinterpretadas).
B. no me empuja con su cuerpo de 100 kg (por no decir que ella pesa la mitad).
B. mira la TV conmigo y gusta de las mismas series.
B. no fija la TV en fútbol o tenis o gourmet con la excusa de que "trabaja" y tiene derechos.
Con B. conversamos mientras miramos TV.
B. no se queda dormida en mitad de las películas.
B. no se levanta de la cama sin decirme nada para irse a jugar póker por Internet.
Si B. se hace un café, me convida.
B. no se roba las galletitas de los chicos a las dos de la mañana.

Y además...
B. tiene los mismos gustos que yo.
El trabajo de B. tiene muchos puntos en común con mi trabajo, y podemos compartir varios temas.
B. viene a casa cuando sabe que estoy mal.
Y recuerda que estoy mal cuando estoy mal.
Con B. nos hemos hecho confidencias que pocos se hacen.
Con B. me he reído a carcajadas.

Y entonces...
este verano, cuando compartimos cama, tuve de pronto una epifanía:
¡yo tendría que haber sido lesbiana!
Es tan fácil compartir la casa, la cama, los hijos, con alguien del mismo sexo...

Pero no. No me sale.
Aunque pienso que la parte del sexo no debería darnos problemas. Yo me caso con B. Mi marido se casa con el de ella. Nos encontramos y hacemos intercambio. Swingers. Eso le da un buen toque al matrimonio.

Pero no.
Nunca nadie me informó que podía tener siquiera la opción de casarme con otra cosa que no fuera hombre. No tuve ese permiso. En mi infancia, no sabía que eso existía.

Por eso me parece muy injusto que ahora, alguien se pueda casar con una persona de su mismo sexo.
¡¡¡¡Que ellos también sufran el matrimonio, carajo!!!! ¿Por qué ese beneficio extra? ¿Por qué esa posibilidad de compartirlo todo con alguien que nos entiende hasta lo más profundo?

No. Que se jodan.
Que sepan lo que es ser hombre y tener a una mina insoportable cada noche en la cama.
Que sepan lo que es ser mujer y tener a un tipo que no te escucha hace años cada mañana al lado.
¡Eso es el matrimonio!

Por eso es que el matrimonio entre personas del mismo sexo me parece una cosa bastante injusta.

Dedico este post a B. a quien quiero mucho.
Pero sobre todo a G. a quien amo, aunque cada vez que me doy vuelta en la cama un ojo mío se encuentra con su codo, y siempre se quede dormido en las películas románticas.