21 marzo 2010

VIDA Y MUERTE DE JERBOS

Como todos los niños, los míos también pedían mascota, y los cuadrúpedos conocidos no eran entonces una opción.

No sé si finalmente fue la insistencia de ellos o el infantil deseo mío (crecí sin animales), que un día inicié la consabida investigación, como acostumbro, y pronto me convertí en experta en roedores, y los Reyes Magos de 2007 trajeron una jaula de vidrio a casa, con la promesa de que después de las vacaciones debíamos ir a buscar a dos jerbos a donde nos estuvieran esperando.
Los Reyes buscaron jerbos en Internet, y pronto nos enviaron la dirección a donde acudir para retirar a los nuevos integrantes de la familia.

Fui con los niños.
La casa no me gustó. Rejas. Un jardín descuidado. Una moto de agua en reparaciones. Cartones en las ventanas. Calle desierta. Dudé en llamar. ¿Y si no volvíamos a salir de allí? No le había dado la dirección a mi marido. ¿Quién nos encontraría? ¿Y si en vez de jerbos vendían órganos humanos? ¿Por qué aún con esas dudas, yo siempre opto por confiar en el género humano? Llamé.

Una mujer que bien podría haber pasado por la bruja de Hansel y Gretel abrió la puerta. ¿Qué más necesitaba ver para salir corriendo? Entré.

El comedor estaba en absoluta oscuridad. Persianas bajas. Muebles de los ´70. Olor a humedad o a mugre. Nos iban a matar. Ya que era tan pelotuda como para entrar, por lo menos me prometí no aceptar ningún tipo de bebida.

Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, me tranquilizó un poco ver varias jaulas en las que, en vez de humanos, había jerbos.
Los niños y yo nos acercamos y elegimos dos machitos (consejo de experta: las parejas se reproducen a gusto; dos hembras tienden, naturalmente, a pelear más que dos machos). Uno blanco con los ojos rojos, al que mis críos llamaron Lito, y otro siamés (beige con blanco) al que bautizaron Toti.

Salí de la casa con los dos niños con los que había entrado, una caja de cartón con dos jerbos recién nacidos y mi vida. No era poco.

Por supuesto. Me prometí que todos los días haría lo que había que hacer para que los jerbos se acostumbraran a mi presencia y con el tiempo subieran a mi mano sin temor. No lo hice.
Por supuesto. Creía firmemente que los niños se ocuparían de sus mascotas. Se harían más responsables. Les darían de comer. No lo hicieron.
Por supuesto. Pensaba que podría colocar a los jerbos sobre mis hombros y conversar imaginariamente con ellos. Que se comportarían como dos pequeños Stuart Little. No sucedió.
Por supuesto. Creía que podría soltarlos un rato y entretenerme con ellos. No se podía.

A pesar de ello, los jerbos resultaron mascotas entretenidas, aunque sólo para observar. Sus hábitos son únicos. Son inmensamente curiosos. Comen tomando el alimento con sus patitas delanteras que parecen manos. Se acicalan uno al otro como los gatos. Se estiran. Saltan como canguritos y se cuelgan de la tapa-reja de la jaula. Roen hasta el cansancio y deshacen rollos de papel higiénico en minutos. Juntan todos esos cartoncitos en la boca y los llevan a un rincón en donde forman el nido. En invierno forman una cuevita. En verano se acuestan sobre el vidrio. No tienen olor. Casi no ensucian. Comen y toman poco. Se los puede agarrar pero tratan de escapar y pueden morder. No se dejan acariciar fácilmente. Son suaves como conejos. Se quedan erguidos, mirándote y, estúpidamente, una se encuentra pensando qué pensarán.

Creo que de toda la familia, fui yo la que más me encariñé con ellos. Además, fui la única que los alimenté, que lavé su jaula, que junté rollos, que me ocupé. También tuve que defenderlos del género humano.
No creo que alguien se anime a decirle a otra persona que su hijo es repulsivo (y vaya que he conocido niños repulsivos), pero sí me encontré con muchos que sin ninguna vergüenza, y sin siquiera haberlos visto y menos tocado, me dijeron que mis mascotas eran asquerosas.
No miren para otro lado. Tampoco se lo dirían al dueño de un perro, aunque se trate de un pila argentino.

Una única vez, Lito escapó. La tapa de la jaula había quedado algo corrida, y podemos suponer que pegó dos saltos casi mortales para llegar al piso.
Mi marido me despertó al grito de "¡hay una rata!" (lo cual significa, en idioma maridil: "ocupate", porque en casa soy yo quien se ocupa de todo tipo de insecto asqueroso y/o roedor) y yo corrí asqueada pensando en que mi hogar había sido violado por un repugnante y peligroso ratón anónimo. Pero no. Era Lito, que se había metido debajo de un mueble y temía por su vida.
Yo lo llamé como a un perro. Le chasqueé los dedos. Por fin coloqué semillas de girasol a un costado y, cuando el tonto apareció, lo atrapé con un balde.
Primera y última aventura.

Una mañana del año pasado pasé al lado de la jaula y, mientras seguía para la cocina me dije: "ay mierda, se murió". Regresé y sí, Lito había muerto poco antes de cumplir los tres años.

Yo soy bastante sádica, por lo cual en lo primero que pensé fue en hacerle la autopsia. Podía pedirle un bisturí a mi papá odontólogo. Quería conocer su biología.
No lo hice. Me dio pena. Y sabía que mi papá no iba a prestarme un bisturí para abrir una rata.
Lo puse en una cajita, escribí su nombre, fecha de nacimiento y muerte y un recordatorio.

Los niños lo lloraron de tal manera, que seré feliz si el día que me toque, me lloran así a mí.

Luego de recorrer varias veterinarias para saber qué hacer con el cadáver, lo llevamos al Instituto Pasteur, en donde, espero, lo cremaron en forma gratuita. Eso, o se lo dieron a los gatos en cuando me di vuelta.

Desde entonces Toti estuvo en observación. Creíamos que solo no iba a durar mucho. Pero duró. Hasta hace una semana, en que me di cuenta de que estaba muriendo. Y me fascinó esa certidumbre. El hecho de no dudar de que estaba siendo testigo del final de una vida. Que la muerte se presentaba con tal tamaña seguridad.
Los síntomas eran claros: casi no se movía y, cuando lo hacía, se tambaleaba y temblaba. Tenía espasmos. Había dejado de comer, incluso las semillas que le apoyamos en la boca, ya peladas. Al tomarlo parecía un saquito de huesos y el pelo se me quedaba en la mano.
Le informé a los niños y los acompañé en el duelo.
Ellos me suplicaron que lo salvara. Que tal vez sólo estaba enfermo. Yo les aseguré que sólo estaba muy viejo. Tres años y meses para un jerbo es toda una vida.

Pasaron tres días. Los chicos empezaron a impacientarse y me preguntaban si Toti estaba sufriendo. Yo pensé en adelantar el final pero, como me sucedió con Lito, no me animé.

El viernes sucedió. Supongo que a primeras horas de la madrugada porque cuando lo encontré a la mañana tenía rigor mortis. Incluso la cola estaba dura.
Como no tenía cajas, lo puse en una de Ibupirac y, como tenía que salir a trabajar a una escuela y no sabía qué hacer con él, lo guardé en mi cartera y me lo llevé.
A los niños le prometí que lo llevaría al Pasteur como habíamos hecho con Lito, pero sabía que no podría cumplir.
Trabajé media mañana pensando en si mi cartera comenzaría a oler y absolutamente incómoda y encantada con la situación. "Me fui a trabajar con el cadáver de un jerbo en la cartera" es un buen comienzo para un cuento.
A las diez, en un recreo, salí. Una veterinaria me pidió cincuenta pesos para enviarlo a cremar. Mucho.

No lo quería tirar a la basura. No me parece un final digno de una mascota. Pensé en regresar a casa por una cuchara y enterrarlo en donde encontrara un poco de tierra, pero la situación de enterrar una rata en la vía pública me superó.
Finalmente elegí un contenedor. Le pedí disculpas a su alma y lo dejé. Y como a la tarde pasé dos veces por el mismo lugar, aproveché para recordarlo, aunque la segunda vez me di cuenta de que estaba saludando el contenedor equivocado.

No puedo dejar de pensar que algún cartonero vio la caja de Ibupirac y quiso ver si quedaba algo del medicamento y...

Los tuve tres años al lado de mi escritorio. Cómo no los voy a extrañar.
Igual ahora, desde hace dos meses, tenemos perra.
Porque como todos los niños, los míos también pedían mascota, y los roedores conocidos no son una opción.
Yo pienso que le voy a dedicar un rato cada día.
Pienso que los niños se van a hacer más responsables y participarán de sus cuidados.
Me propongo pasearla aunque llueva o haga frío.
Eso sí, esta vez fui a buscarla con mi marido. También fue comprada por Internet. Vaya cosa, cuando la pagamos era toy, pero en cuanto la llevamos a casa, empezó a crecer de forma sospechosa. Pero...

Para Toti y Lito.