23 febrero 2010

UN BREVE ANÁLISIS SOCIOLÓGICO SOBRE LA VIDA EN LA PLAYA Y LAS ACTIVIDADES QUE SE PUEDEN REALIZAR EN TAN INSÓLITO LUGAR Y EL TIEMPO QUE PASA CADA SER H



Cuando era pequeña y vivía bajo tutela paterna, mi madre tenía la insólita idea de que si pasábamos las vacaciones en zona balnearia (y pasábamos todas las vacaciones en zona balnearia) lo único que valía la pena hacer era, justamente, estar todo el día en la playa. Desde las 10 de la mañana hasta que se fuera el sol. Y guarda de aquél que no disfrutara.


El día comenzaba en general temprano con el preparativo de los bolsos y los sandwiches. Cada jornada le tocaba a una hija distinta preparar los sandwiches para los cinco miembros de la familia. Como si se tratara de un arte milenario, había que saber que papá los comía completos pero con poca mayonesa. C. con queso pero salsa golf. D. sin queso pero con tomate. V. sin queso, con mayonesa. Mamá lo que quedara. Y para tomar, llenábamos los termos con jugo Tang, porque mamá difícilmente aceptara comprar una coca en la playa.


Esto sucedía cada día en las playas argentinas. La rutina era levemente distinta si se trataba, en épocas de plata dulce, de playas brasileras. Allí se podía degustar un mirlo quente (uno por hija) y los mini-sandwichitos hoteleros.
Los mini-sandwichitos hoteleros eran un invento de mi sabia madre judía que a mí me produjeron siempre un hambre feroz. Se trataba de los pancitos del desayuno que nos servían en el hotel, con las rodajitas (nótese el uso del diminutivo) de fiambre grueso que mi sabia madre judía iba guardando disimuladamente cada mañana para alimentarnos al mediodía. Supongo que por eso yo siempre era tan flaquita, y el dinero nos alcanzaba para volver a veranear al año siguiente.


Pues bien, una vez en la playa, mi madre y mis dos hermanas se untaban en aceite de bebé y se tiraban cuan yacarés a hacer uso y abuso del dios Helios.
Pero yo no. Yo nunca aguanté el sol. Ni el calor. Ni la arena que quema. Ni la arena que se te pega. Ni la arena que te tiran. Ni el calor. Ni el frío a la tardecita. Ni las relaciones sociales playeras. Ni el juego de paleta. Ni el mar. Ni las olas. Ni el mar frío. Ni el mar no tan frío. Ni la arena que se te mete en la bikini. Ni la bikini. Ni el dolor de la entrepierna paspada. Ni la sal del mar. Ni los vendedores ambulantes. Ni las clases de aerobics playero. Ni la carpa. Ni la sombrilla. Ni estar sin carpa ni sombrilla. Ni los putos sandwichitos hoteleros. Ni los sandwiches con arena. Ni el jugo Tang caliente. Ni el caminito de maderas de los balnearios. Ni los dos barquillos que siempre me ganaba. Ni los pirulines que son verdaderamente espantosos. Ni quemarme. Ni quemarme achicharrada. Ni las quemaduras de sol de segundo grado.
(Por suerte, con los años aprendí a disfrutar de: el mar calmo y cálido. Las caminatas por la arena. El paisaje).


Más allá de todo lo que no soportaba, y que no se agota en la lista de arriba, mi gran preocupación en cuanto a la vida playera era/es: ¿¿¿qué mierda se hacía en la playa??? Por mera observación me daba cuenta de que la gente venía a la playa para... sentarse. Sentarse o acostarse. Espalda o decúbito dorsal. En general: inmovilidad total o parcial todo el día. Otras actividades, pero de tiempo limitado:
bañarse en el mar: 3 minutos en agua helada; 15 minutos en agua agradable.
jugar a la paleta: 20 minutos y 6 segundos.
tejo: 34 minutos.
caminata por la orilla del mar: hasta una hora.
Es obvio que ninguna de estas situaciones llena un día de 8 ó 10 horas. Y no agrego otras actividades como truco, burako, canasta por realizarse en forma sedentaria.


Mi idea de las vacaciones es pasear. Conocer nuevos lugares y, de ser posible, nuevas culturas. Vivir experiencias diferentes a las cotidianas. No pienso las vacaciones como un descanso físico, ya que estar sentada todo el día escribiendo no es justamente agotador (aunque mejor ni hablar de las contracturas cervicales y el síndrome de túnel carpiano) y cuando se habla de relajarse psicológicamente considero que se trata de abandonar por unos días los chamuyos mentales de siempre y poner a trabajar la cabeza en otra cosa. No de vaciarla del trabajo para llenarla con... arena.


Dicho de otro modo y volviendo al tema principal de este breve ensayo: yo odiaba la playa, no la entendía, y cada mañana me despertaba deseando que lloviera, que el cielo estuviera cubierto de nubarrones intensos y profundos. Que un tornado se llevara nuestro departamento en el centro, dos ambientes segundo piso por escalera, a otro lugar donde no hubiera playa.
Pero como mis deseos nunca se cum´plían, allí iba, bolsito en mano, a sufrir la playa y el mar (le temo al mar, nunca pude meterme bajo la ola, nado y nado para pasar la ola por encima, para que me hamaque dulcemente, y la ola se empeña en romper sobre mi cabeza, haciéndome rodar, ahogándome, asustándome. Sueño con tsunamis en forma repetida. Me han tirado y revolcado tantas olas que todavía siento el gusto a sal).
Nunca gané esa batalla. Seguí yendo a la playa cada día, buscando consuelo en lo único que me ha consolado y acompañado cada día: la lectura.

Yo soy la antipática antisocial posiblemente deprimida que contesta mal siempre de mal humor "a vos nada te viene bien" que se la pasa todo el día dentro de la carpa, a la sombra sombrísima, leyendo.
Tan hondo ha calado esa imagen en mis conocidos, que en la despedida de soltera de una de mis hermanas, durante un sketch en que los amigos dramatizaban cómo se habían conocido los novios en la playa, la mala onda que se quedaba sentada leyendo, ajena a todo hacía de... mí.

Entonces, lectura y playa. Allí sí la cosa comienza a cobrar sentido.

Mi vida playera comenzó con historietas: Hijitus, Patoruzú, Patoruzito, Condorito, Archie, etc. A edad muy temprana, también, descubrí en el kiosco de una playa del ACA de Punta de Mogotes, a Mafalda. Cada día, un nuevo tomo.

Seguí creciendo y me enamoré de las librerías de usados de los balnearios argentinos en donde bien se puede esconder tanto un incunable como una enciclopedia completa de Derecho Procesal Tailandés. Como con Mafalda, a veces me leía un libro por día.
Infancia hasta los 9/10 años: Hardy Boys, Nancy Drew, Colección Iridium, Papelucho, todo Louisa May Alcott, Jane Eyre, Heidi, Violeta, Un árbol crece en Brooklyn, Cocorí, Bornemann.
Preadolescencia: Bradbury, Asimov, Clarke, Silverberg, Agatha Christie, A.J. Cronin, Pearl Buck, etapa mística con Mis gloriosos hermanos y similares.
Adolescencia: Cortázar, Vargas Llosa, Denevi, Blaisten, Dune, todo Fundación, Chandler, mitología, El Péndulo, Borges, Gudiño Kieffer, Minotauro Amor, Arreola, Carlos Fuentes, García Márquez, Rodolfo Walsh. Etapa política con Las venas abiertas de América Latina.
No sé si los libros me salvaron de un odio total por la playa, o si también ayudó conocer otras arenas: México, Cuba, Brasil.


Cuando pude, no huí para siempre de la playa. Ahora voy a la playa con mi familia. La mía que supe conseguir. Y no vamos todo el día, sino que llegamos a las 15 ó 16 y nos quedamos hasta que tengamos ganas. Niños con protector 45 y adultos con 30, y ninguno se quemó como me quemaba yo de chica (con dolor y ampollas). Juego a la paleta. Caminamos. Juntamos caracoles y piedras. Saltamos olas (una sola vez me metí bajo una ola, de la mano de mi esposo). Los miro jugar. Tomo coca zero fría. Pero sobre todo, leo. Para eso existe la playa, para leer.

Y cuando todo se une: el mar calmo y agradable turquesa esmeralda transparente, el sol soportable, la arena suave, los niños felices, el marido disfrutando y un buen libro... siento que el momento podría hasta llegar a llamarse felicidad.


16 febrero 2010

CRÍTICA

Aquí, la crítica que salió en Radar/12 sobre "Mal de familia".

Ya sé que es inmensamente elogiosa, pero de todos modos, el que tenga ganas de explicármela en detalle, bienvenido sea, porque cuando yo leo cosas como "sociedad psicologizada más allá de la obviedad explicativa" se me trabucan las ideas y me pregunto "¿lo qué?".

¡¡¡Mil gracias a Jorge Pinedo, un tipazo!!! (¿Sería siendo un tipazo si el libro no le hubiera gustado? Mmm... yo creo que ése ya un problema filosófico que no estoy preparada para analizar).

Otra crítica, en "El arca digital":

Mal de familia

Verónica Sukaczer
Ediciones de la Flor , Buenos Aires , 2009 Humor. Ironía. Sabiduría. Gracia expresiva. Son algunos de los atributos que reúne la narrativa de Verónica Sukaczer (periodista, Buenos Aires, 1968). En este volumen ha reunido catorce relatos que convocan a la introspección y el análisis acerca de situaciones familiares que suelen permanecer ocultas, pero en las que se bosqueja un trasfondo sutil que define actitudes o comportamientos que hablan de una realidad familiar que se contradice con la exhibida exteriormente. Algunos relatos rayan en lo patético, como el del matrimonio feliz y absolutamente normal, padres de tres hijas adolescentes, agradecidos a la vida por la paz y el confort que les brindó, a los que un inoportuno ruido de platos rotos en la cocina, donde las tres niñas se ocupan de la vajilla, los despierta a una realidad monstruosa para su concepción de la vida. Este relato, por otra pare, pone al lector de frente ante las nuevas formas de vida de la juventud. El texto que se menciona comienza acertadamente con una reflexión de Roberto Fontanarrosa, quien - coincidimos con el texto de la contratapa- hubiera prologado y, acaso ilustrado este libro en el que subyace su espíritu y su genialidad ( "tu hijo está cambiando como persona, como ser humano. Como las serpientes están mudando de piel y de personalidad. Hay veces – muchas, debes confesarlo- en que le hablas y no te oye. Parece escucharte, pero no registra en lo más mínimo lo que le has dicho. O masculla simplemente "Sí, sí está bien", como se les dice a los locos, sólo para conformarlos (...)"
Verónica Sukaczer ha publicado varios volúmenes para chicos y jóvenes, ha sido galardonada en varias oportunidades y se puede decir que en la narrativa argentina tiene un futuro promisorio.
Nina Thürler

El arca digital, enero 2010-01-28

Y otra en el blog olmedoalbert:


UN POCO DE DISTENSIÓN, CUENTOS CON HUMOR
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- “Mal de familia”
de Verónica Sukaczer
Editorial De la Flor
222 paginas
por ovidio obvio
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www.olmedoalbert.wordpress.com
blog: “Aforismos”
Un libro de cuentos desde la mirada femenina escritos con mucha gracia, humor. Siempre se ha dicho que no abundan mujeres humoristas, si se encuentra alguna así, mejor no dejarla ir…Este es el caso de una de ellas, como escritora de cuentos…
En la contratapa se lee que Roberto Fontanrrosa–el mejor escritor de humor argento, y uno de los mejores a secas—hubiera hecho un prólogo de este libro. Un gran elogio.
Los cuentos son sencillos, se leen rápido y su hilo común es el siguiente: las miserias de familia.
Una critica en el suplemento Ñ decía con cierto antisemitismo que se tratan de familias judías. Una mirada algo nazi. Nada que ver: son cuentos de todo tipo de familias, no solo las judías…
Dos de ellos son de ciencia ficción: una pareja que muere en un accidente, y ven como en sus familiares parece que nadie se quiere hacer cargo de sus hijos chicos. Excelente.
Otro es un astronauta invadido por un extraterrestre, dispuesto a invadir las mentes de todos lo varones, no asi las mujeres, no pueden hacer eso. Una terrestre concuerda con eso desde el antiguo cuerpo de su esposo astronauta—ahora invadido–que no la quería tanto como el ahora extraterrestre en el mismo cuerpo.
Otros tratan temas tipicos de toda familia: competencias de madre e hijas, peleas por la religión–judíos y católicos–, gente que no sabe lo que quiere y puede cambiar bastante–volverse tanto de un secta religiosa como nazi o travesti—, gente que espera la muerte de alguien para heredar, gente que compra el afecto, psicologas que se encuentran con el diablo para que le cuide los hijos…
Grandes cuentos desde una mirada con gracia de la miseria familiar. Para reir y para pensar. Se nota talento, lectura, y respeto por la inteligencia, algo que no abunda.
Este es el primer libro para adultos de esta escritora. Antes escribió varios libros para chicos.
Para más datos va su web
www.veronicasukaczer.com

Después de esto y bien merecido... ¡yo quiero agrandarme! ¡yo quiero agrandarme! Pero no sé cómo... ¿hay libros? ¿se necesita plata? ¿por qué no me entrevistan junto al tipo de los chocolatines Jack? ¿Por qué todavía no tengo mi reality show? ¿Eh, por qué, si me estoy haciendo famosísima?