28 enero 2010

COLABORACIONES

Para un libro que estoy escribiendo, me vendría muy bien que quien quiera me cuente qué opinión le merecen las personas sordas. Cómo las ve. Si conoce a alguien. Que se anime a exponer sus prejuicios con absoluta sinceridad. Lo que siente al estar o ver a una persona sorda. Cómo supone que son si no conoce a nadie sordo.
Eso es, obviamente, para los que no son sordos y/o hipoacúsicos.

Los otros, en cambio, los que son como yo, pueden contarme cualquier anécdota que quieran, cómo sienten la mirada del otro, algo que nunca se animaron a decir, si desean cambiar o no.

Pueden hacerlo aquí, a través de los comentarios, o escribirme a mi mail con firma o en forma anónima.

No pienso divulgar las respuestas, sí usarlas en mi libro, si es que por fin lo escribo.

Muchas gracias.

DIARIO DE NOVELA (PERO DE VERDAD)

Varios comentaron sobre el "Diario de novela" que escribí por ahí abajo, que no es más que otro juego literario. A eso me dedico. Pero como es verdad que estoy escribiendo una novela (juvenil), y la situación de estar narrándola me resulta tan inmensamente fantástica, decidí escribir un nuevo diario de novela pero, esta vez, de verdad.

Si escribir un cuento es como tener sexo, escribir una novela es como estar en un matrimonio. Es largo, es problemático, tiene momentos maravillosos y demasiados de los otros. Se pasa del amor al odio en segundos y sucede de todo.

Empecé a escribir con una idea central, cierta idea de hacia dónde ir, y ni asomo de cómo terminar. Mi meta primaria y principal era encontrar el tono. Una vez que hallara la voz de la protagonista, consideraba que el resto tendría que surgir.
Me llevó tiempo y trabajo, pero por fin la hallé. La voz.
La protagonista trajo a otros personajes, y estos personajes trajeron sus propias historias que aún sigo buscando.
Siento que en verdad estoy escribiendo el esqueleto de la novela, y que luego volveré sobre los huesos para ir trabajando la musculatura, el aparato circulatorio, hasta llegar a la piel, vestimenta y maquillaje.
Voy y vuelvo sobre las mismas páginas sin descanso, moviendo, quitando, cortando, agregando, cosiendo, engarzando. Es un trabajo artesanal, metódico, profundo, lento a veces, excitante otras, pero siempre interesante y desafiante.
Cada tanto me paro a preguntarme si tal o cual situación es verosímil, si estoy agregando algo por agregar o realmente suma a la historia. Acabo de descubrir que un personaje me sobra por todos lados, que no sé qué hace allí ni cómo llegó. Y me encuentro con que me meto en lugares de los cuales luego no sé cómo salir.
Qué estoy contando, cómo lo estoy contando y para qué lo estoy contando son las preguntas que me mantienen en cauce. En cambio, nunca me pregunto para quién.
Hago y deshago decorados a mi antojo. Cambio nombres, muevo locaciones, decido vidas y muertes. Y descubrirme creando un mundo desde cero, un mundo que antes no existía, y a sus habitantes, sus historias, sus encuentros, sus miserias, sus felicidades, es lo que me motiva a seguir. Una vez que una los tecleó, quiere saber para dónde irán, qué harán con sus vidas.
Me río cuando se ríen y lloro cuando lloran. Me canso mucho más que ellos, que podrían seguir pero yo me rindo al calor y al dolor de espalda.
Me maravillé cuando pasé de la página 20 (he escrito cuentos de 20 páginas) y comencé a creer en los milagros cuando superé las 50. Ahora voy hacia atrás. Algo no me cierra y el problema debe haberse creado en las páginas anteriores. Tengo que hallarlo y solucionarlo para poder seguir.
No sé cómo terminará la historia. Pero estoy segura de que sabré cuándo ha llegado el final.
Sigo escribiendo. Tal vez luego me dé cuenta de que no lo logré. De que ese centenar de páginas no tendrá futuro de libro. Pero así es el camino. Hay que caminarlo para saber si por ahí aparece el destino.

¡GRACIAS, GRACIAS!

Inmenso agradecimiento a:
Ñ
Crítica digital
El arca digital
Blog Aforismos
Y alguno sitio más que se me escapa, y a los lectores que me han escrito, por los comentarios y críticas que están apareciendo sobre "Mal de familia".
Mil gracias, de corazón.

05 enero 2010

EL DESEO de "MAL DE FAMILIA" Ediciones De la Flor

Como para empezar el año, les dejo el comienzo del primer cuento de mi primer libro para adultos.

Debería regresar a casa. Ir a casa y no tomar más pacientes. Eran las seis menos diez de la tarde y sólo podía pensar en que había dejado a mis hijos con una niñera a quien nunca le confiaría mi tarjeta de crédito. Volví a llamarla. Me atendió con cierto fastidio. ¿Estaba molesta con los chicos o por atenderme otra vez? Que se acostumbrara. Que supiera que la vigilaba. Tendría que regresar, sí, pero tenía un paciente privado, el primero, ¿y qué le iba a decir?, ¿que no puedo tomar un privado porque soy madre de tres? ¿Que es más fácil atender a los de las obras sociales porque te autorizan pocas sesiones?. Un paciente de cincuenta, quizás hasta sesenta y cinco pesos por sesión no podía desecharse tan fácilmente.
Las seis. Sonó el timbre. En cuarenta minutos estaría camino a casa.

El nuevo paciente, el privado, vestía un abrigo negro a mitad de diciembre. Abrigo y sombrero de ala ancha, y era increíblemente atractivo. De unos cuarenta y pico, 1,90 metros, 80 kilos, seguro de sí mismo, excéntrico. Sesenta y cinco pesos.
El hombre se acomodó en el sillón ubicado a la cabecera del diván, que me pertenece. Lo dejé hacer y me busqué una silla. Esos pequeños gestos dicen mucho sobre una persona.
-Fue Natalio Britos quién le habló de mí, ¿no es así? –pregunté, mientras buscaba mi anotador-, ¿son conocidos, amigos?.
Natalio Britos era un antiguo paciente con manías persecutorias. Para mí, un simple caso de soledad, otro hombre que buscaba una terapia para tener con quien conversar.
-Britos es un cliente potencial –dijo él con una seductora y profunda voz.
-¿Usted a qué se dedica?
-Vendo lo que otros quieren comprar.
-Un trabajo ideal. ¿Siempre tiene stock? –bromeé.
-Siempre.
-Su nombre no es común. ¿Lo llamaron así por algún motivo en particular?
-Quizás alguien creyó que yo era un chico malo.
-¿Cómo lo llaman sus conocidos?
-Me han llamado de tantas formas... Satán, Mefisto, Balcebú, Azathot, Barbatos, Fleuretti, Pateta. Es tan fácil hacer rimas con Pateta...
Dejé mis notas a un lado y lo miré. Él me devolvió una mirada imposible de descifrar.
Por fin lo tenía enfrente. Saboreé el momento, me deleité en mi suerte profesional. Mi primer caso importante, mi primer loco de verdad. Un psicótico tal vez, un megalómano, una personalidad múltiple, un tipo que se había perdido en el camino y que me pedía que lo encontrara. Quizás hasta podría escribir un artículo para la revista de la Asociación de Psicología. Dar conferencias. Sentí cómo mis manos se humedecían y dejé la birome a un lado antes de que se me resbalara y él notara mi agitación. Mi sensación de que comenzaba a cruzar una cuerda floja sin red, porque no recordaba cómo tratar un caso así, tan diferente a la rutina de solitarios, histéricas y fóbicos que conocía.
-Todos los nombres que me dio identifican al diablo –dije despacio, midiendo mis palabras y su reacción.
Él sonrió.
-Ya me he acostumbrado.
-A veces elegimos nombres que manifiestan deseos. Lo que queremos ser.
-Soy un libro abierto para usted –dijo él burlándose de mí sin ningún disimulo. Decidí buscar otro camino.
-¿Qué es exactamente lo que vende? No debe ser fácil encontrar lo que cada persona necesita.
-Deseos –dijo él.
-Claro, lo tendría que haber imaginado. ¿Cuánto cobra por ellos?
-El alma, por supuesto.
-Tres deseos a cambio del alma.
-Uno. Me vi obligado a achicar el negocio.
Me reí. No era tal vez el momento indicado, tenía enfrente a un hombre compenetrado en su personaje, pero la carcajada me brotó de lo más íntimo, mezcla de nervios y de desahogo, y él también rió y el sonido de su risa derribó todas mis defensas. De pronto estábamos riendo juntos, y sus ojos me estaban desnudando el alma, me recorrían el cuerpo, me tocaban con pasión, con poder, y tuve que apretar los muslos para apagar tanto fuego.
-¿Quieres pedirme un deseo? –susurró él, inclinándose hacia adelante.
-No estamos hablando de mí, sino de usted.
-Yo te digo mi deseo si tú me dices el tuyo –dijo él en un tono neutro de telenovela doblada para toda Latinoamérica.
Dudé. ¿Era lícito negociar? ¿Debía darle algo mío para que él me diera algo suyo? Recordé que en la película “El silencio de los inocentes”, la agente del FBI le da al asesino-antropófago información íntima a cambio de un dato. Y que la relación que surge entre ellos es la que la mantiene con vida. Esa escena era la única información profesional de la que podía fiarme.
-Quisiera tener alguien que me ayudara en casa –dije sin pensarlo, buscando confesar algo que no pudiera hacerme daño, con la falsa ilusión de que así me aseguraba los sesenta y cinco pesos por sesión y el artículo en la revista.
-¿Acaso ya no existen las señoras por hora? –preguntó él visiblemente desilusionado.
-No puedo pagarle a alguien para que se quede el tiempo que necesito. Por eso trabajo muy poco, y el resto de los días estoy con mis hijos. Tengo tres, de dos a seis años, y todos portan algún problema de conducta –bromeé. (Yo no daba datos personales a los pacientes. ¿Quién estaba hablando?) –Es agobiante.
-Las mujeres dejan de tener vida propia cuando son madres.
Él lo entendía muy bien.
-Amo a mis hijos, pero detesto la maternidad. Supongo que no queda más que esperar a que crezcan, y tratar de disfrutar cada momento...
-Palabras hechas. Lo que tú necesitas es una esclava. Veinticuatro horas a tu disposición, toda su vida útil. Sin sueldo, sólo las sobras de la comida y un rincón donde dormir. Alguien que quiera a tus hijos como una abuela, que los cuide, que sea responsable, que jamás les grite ni los lastime, que no falte nunca, que no te robe, que esté siempre al alcance de la mano.
-Eso sería ideal –dije siguiéndole el juego.
-Hecho –dijo él, y se levantó.