05 enero 2010

EL DESEO de "MAL DE FAMILIA" Ediciones De la Flor

Como para empezar el año, les dejo el comienzo del primer cuento de mi primer libro para adultos.

Debería regresar a casa. Ir a casa y no tomar más pacientes. Eran las seis menos diez de la tarde y sólo podía pensar en que había dejado a mis hijos con una niñera a quien nunca le confiaría mi tarjeta de crédito. Volví a llamarla. Me atendió con cierto fastidio. ¿Estaba molesta con los chicos o por atenderme otra vez? Que se acostumbrara. Que supiera que la vigilaba. Tendría que regresar, sí, pero tenía un paciente privado, el primero, ¿y qué le iba a decir?, ¿que no puedo tomar un privado porque soy madre de tres? ¿Que es más fácil atender a los de las obras sociales porque te autorizan pocas sesiones?. Un paciente de cincuenta, quizás hasta sesenta y cinco pesos por sesión no podía desecharse tan fácilmente.
Las seis. Sonó el timbre. En cuarenta minutos estaría camino a casa.

El nuevo paciente, el privado, vestía un abrigo negro a mitad de diciembre. Abrigo y sombrero de ala ancha, y era increíblemente atractivo. De unos cuarenta y pico, 1,90 metros, 80 kilos, seguro de sí mismo, excéntrico. Sesenta y cinco pesos.
El hombre se acomodó en el sillón ubicado a la cabecera del diván, que me pertenece. Lo dejé hacer y me busqué una silla. Esos pequeños gestos dicen mucho sobre una persona.
-Fue Natalio Britos quién le habló de mí, ¿no es así? –pregunté, mientras buscaba mi anotador-, ¿son conocidos, amigos?.
Natalio Britos era un antiguo paciente con manías persecutorias. Para mí, un simple caso de soledad, otro hombre que buscaba una terapia para tener con quien conversar.
-Britos es un cliente potencial –dijo él con una seductora y profunda voz.
-¿Usted a qué se dedica?
-Vendo lo que otros quieren comprar.
-Un trabajo ideal. ¿Siempre tiene stock? –bromeé.
-Siempre.
-Su nombre no es común. ¿Lo llamaron así por algún motivo en particular?
-Quizás alguien creyó que yo era un chico malo.
-¿Cómo lo llaman sus conocidos?
-Me han llamado de tantas formas... Satán, Mefisto, Balcebú, Azathot, Barbatos, Fleuretti, Pateta. Es tan fácil hacer rimas con Pateta...
Dejé mis notas a un lado y lo miré. Él me devolvió una mirada imposible de descifrar.
Por fin lo tenía enfrente. Saboreé el momento, me deleité en mi suerte profesional. Mi primer caso importante, mi primer loco de verdad. Un psicótico tal vez, un megalómano, una personalidad múltiple, un tipo que se había perdido en el camino y que me pedía que lo encontrara. Quizás hasta podría escribir un artículo para la revista de la Asociación de Psicología. Dar conferencias. Sentí cómo mis manos se humedecían y dejé la birome a un lado antes de que se me resbalara y él notara mi agitación. Mi sensación de que comenzaba a cruzar una cuerda floja sin red, porque no recordaba cómo tratar un caso así, tan diferente a la rutina de solitarios, histéricas y fóbicos que conocía.
-Todos los nombres que me dio identifican al diablo –dije despacio, midiendo mis palabras y su reacción.
Él sonrió.
-Ya me he acostumbrado.
-A veces elegimos nombres que manifiestan deseos. Lo que queremos ser.
-Soy un libro abierto para usted –dijo él burlándose de mí sin ningún disimulo. Decidí buscar otro camino.
-¿Qué es exactamente lo que vende? No debe ser fácil encontrar lo que cada persona necesita.
-Deseos –dijo él.
-Claro, lo tendría que haber imaginado. ¿Cuánto cobra por ellos?
-El alma, por supuesto.
-Tres deseos a cambio del alma.
-Uno. Me vi obligado a achicar el negocio.
Me reí. No era tal vez el momento indicado, tenía enfrente a un hombre compenetrado en su personaje, pero la carcajada me brotó de lo más íntimo, mezcla de nervios y de desahogo, y él también rió y el sonido de su risa derribó todas mis defensas. De pronto estábamos riendo juntos, y sus ojos me estaban desnudando el alma, me recorrían el cuerpo, me tocaban con pasión, con poder, y tuve que apretar los muslos para apagar tanto fuego.
-¿Quieres pedirme un deseo? –susurró él, inclinándose hacia adelante.
-No estamos hablando de mí, sino de usted.
-Yo te digo mi deseo si tú me dices el tuyo –dijo él en un tono neutro de telenovela doblada para toda Latinoamérica.
Dudé. ¿Era lícito negociar? ¿Debía darle algo mío para que él me diera algo suyo? Recordé que en la película “El silencio de los inocentes”, la agente del FBI le da al asesino-antropófago información íntima a cambio de un dato. Y que la relación que surge entre ellos es la que la mantiene con vida. Esa escena era la única información profesional de la que podía fiarme.
-Quisiera tener alguien que me ayudara en casa –dije sin pensarlo, buscando confesar algo que no pudiera hacerme daño, con la falsa ilusión de que así me aseguraba los sesenta y cinco pesos por sesión y el artículo en la revista.
-¿Acaso ya no existen las señoras por hora? –preguntó él visiblemente desilusionado.
-No puedo pagarle a alguien para que se quede el tiempo que necesito. Por eso trabajo muy poco, y el resto de los días estoy con mis hijos. Tengo tres, de dos a seis años, y todos portan algún problema de conducta –bromeé. (Yo no daba datos personales a los pacientes. ¿Quién estaba hablando?) –Es agobiante.
-Las mujeres dejan de tener vida propia cuando son madres.
Él lo entendía muy bien.
-Amo a mis hijos, pero detesto la maternidad. Supongo que no queda más que esperar a que crezcan, y tratar de disfrutar cada momento...
-Palabras hechas. Lo que tú necesitas es una esclava. Veinticuatro horas a tu disposición, toda su vida útil. Sin sueldo, sólo las sobras de la comida y un rincón donde dormir. Alguien que quiera a tus hijos como una abuela, que los cuide, que sea responsable, que jamás les grite ni los lastime, que no falte nunca, que no te robe, que esté siempre al alcance de la mano.
-Eso sería ideal –dije siguiéndole el juego.
-Hecho –dijo él, y se levantó.

7 comentarios:

Carla Grossi dijo...

Y ahora me quedé con la intriga!! jaja
Muy bueno..Cuándo hay más?

Besos
Carla.

Verónica Sukaczer dijo...

Hola Carla. La continuación... ¡en tu librería amiga! :-)

Pararrayos dijo...

Es el primer cuento y yo lo leí ayer, completo. Buenísimo. Del comienzo al final. Y me dieron ganas de tomar café.

A.S dijo...

Igual decí que además de ser un cuento para adultos, es también para los que tienen intenciones de serlo.
No es cosa de reducir el target de posibles lectores.
Felicitaiyons (creo que ya te lo dije)

Ivana Carina dijo...

Nah! ¿Y ahora?...

Aajajaja! Ya me contestate con: La continuación... ¡en tu librería amiga! :-)

Muy bueno!

Besotes!!!

Claudia dijo...

Verónica, qué bueno que escribas para adultos! Te lo agradezco. Aprovecho cada ratito libre para perderme en alguno de tus cuentos... tempranito antes de que mis niñas despierten, después de comer o de tardecita mientras dejo algo en el horno y voy al jardín a tomar algo fresco.

mucha suerte!
Claudia Patiño

nati dijo...

Soy una niña. ¿Es trampa que lea? Sin embargo, adoro leer, adoro escribir. Escribo mis vivencias, escribo sentimientos, escribo locuras de mi cabeza; y subo todo al blog.
Pero el día que me anime a publicar en cualquier lugar alguna de las novelitas adolescentes que tengo escritas, ese día, van a llover libros del cielo. Y sí, voy a ser doblemente feliz: leyendo a más no poder, y habiendo cumplido mi meta de publicar mi libro.