29 noviembre 2009

LOS DÍAS DE LLUVIA UNO PIENSA BOLUDECES O SE DEPRIME, O LAS DOS COSAS

La gran pregunta incontestable que intentaremos contestar miles de veces a lo largo de nuestras vidas (y que nos preguntarán varias más), es por qué escribimos.

No tengo la más puta idea.
No sé por qué elegí escribir en vez de ser odontóloga, teniendo en cuenta que hubiera heredado el consultorio de mi viejo con todos sus pacientes (mi viejo vive y sigue ejerciendo, valga la aclaración, pero supongo que me hubiera pasado algunos casos endodónticos).
No sé por qué elegí escribir en vez de ser bailarina, aunque puedo sospechar que el hecho de que no me aceptara una escuela de danzas a los seis años puede tener algo que ver.
Tampoco sé por qué elegí escribir en vez de dedicarme a cualquier otra profesión u oficio más rentable, más accesible, más clásico, más seguro y más civilizado.
Lo que sí supongo (de nada estoy segura), es que no elegí escribir porque tenía grandísimas historias para contar.
Justamente, no escribo mucho ni seguido porque en general no sé sobre qué quiero escribir, ni qué contar, ni las historias me revolotean alrededor, ni me atrapa un personaje. Es decir: en general no se me ocurre una historia para contar.
Por ello he malgastado gran parte de mi tiempo frente a la pantalla en blanco pensando en por qué escribo. Y creo que me he aproximado a una respuesta.
Escribo porque sé escribir.

Vamos por partes...
A la edad de nueve años pedí a mi madre que me llevara a un taller de dibujo porque creía que mi futuro era ser artista. Amaba dibujar. Hasta pensaba estudiar Bellas Artes.
Sin embargo, mi vocación no duró mucho. La asesinó un menor que, a mi lado, dibujaba como se supone que debe dibujar alguien que será artista de verdad. Inteligente como era, abandoné el arte "profesional" aunque seguí pintando muchos años por mi cuenta.
Siguiendo con esta historia que parece no ir a ningún lado, agrego otros ejemplos. Es verdad que me rechazaron a tierna edad de una escuela de danzas, y también me probé en gimnasia artística y reboté contra el tatami.
A los 16 años hice una audición para un grupo de rikudim bastante importante que viajaba por todo el mundo. Un poco tímida, llevé a una amiga a la prueba, aunque no tenía aún la edad requerida. Ella fue elegida y viajó por todo el mundo. Yo no.
También me rechazaron de una escuela de madrijim, no estoy muy segura de por qué.
Y como algunos saben, nunca logré superar el nivel "cero cobarde" en las clases de natación de la colonia de verano. Un día me probaron para "cero valiente" pero me regresaron a la cobardía en pocos minutos.
Luego de escribir todo esto, que es verdaderamente verdad, ni yo entiendo cómo he crecido alejada de las drogas, el alcohol o el sexo sin protección. Pero lo hice. Me di millones de veces contra una pared, y tantas veces me puse hielo en el chichón y busqué otra puerta.

Por supuesto, en todas esas pruebas me encontré con humanos de todas las edades que sabían pintar, dibujar, bailar, hacer roles en el aire, tirarse de cabeza al agua, nadar pecho como corresponde o girar en una ronda hebrea sin marearse. Gente que hacía esas cosas y las hacía mejor que todos los demás. Que se distinguía.

Bien, he dado vueltas pero llegué a lo que quería decir: desde pequeña me di cuenta de que era capaz de manipular el instrumento lenguaje así como otro manipula un trozo de arcilla o su propio cuerpo. Las reglas gramaticales, aunque las odié en la escuela, ya las llevaba inscriptas en mis genes vocacionales. Escribo bien. Puedo escribir lo que sea, en el tono que haga falta. Un prospecto médico, un discurso escolar, un cuento, un paper científico, una nota periodística, un post, una tarjeta que haga llorar de emoción a alguien a quien no soporto, o una carta que le provoque matarse a alguien que amo (he hecho lo primero, nunca lo segundo).

Así es. Hasta ahora siempre me ha dado vergüenza reconocerlo porque por algún extraño motivo creo que es molesto que alguien se alabe a sí mismo o, aunque no se alabe propiamente, converse sobre sus bondades o conocimientos. Suena feo.

Pero es así: escribo porque sé escribir. Y muchas otras personas que sí tienen algo para decir y lo ponen por escrito, y luego se preguntan por qué no logran publicar, o me envían sus cuentos o textos o novelas para que yo les dé una opinión, sencillamente no saben escribir. Sus cuentos o textos o novelas están mal escritos. Y yo sólo les digo: "¡vale la pena que sigas trabajando!" porque no quiero estar en el lugar de quien sepultó mi posible carrera de bailarina o provocó que le tuviera terror a las colonias de verano.

Hace poco, en la presentación de unos libros producto de uno concurso, alguien le preguntó a una conocida escritora cómo podía distinguir entre lo que estaba bien escrito y lo que era absolutamente emocionante pero a lo mejor tenía fallas. La respuesta fue impecable. Ella dijo algo así: "la buena escritura emociona" y "un texto mal escrito no logra emocionar".

Eso es. Y la gran mayoría de la gente no se da cuenta de ese punto fundamental: la historia puede ser maravillosa, pero si está mal escrita, es una basura.

Es duro. Pero alguien lo tenía que decir.

La lengua es un instrumento maravilloso, complejo, profundo, lleno de secretos. Escribir no es hablar. Poner por escrito lo que uno piensa no es fácil. Lograr que se entienda quién habla a cada momento, poner las comas en el lugar indicado, saber si usar paréntesis o comillas, desambiguar una frase ambigua, terminar un párrafo cuando está terminado, es un arte que, incluso con la práctica, no todos logran adquirir. Yo sigo estudiando día tras día.
Lograr que el otro, esté donde esté, lea eso que pusimos en el papel y capte nuestra idea, aunque no nos tenga al lado para preguntarnos nada, es un milagro.

Por eso escribo: porque es lo único que sé hacer bien. Y esto es lo que me puse a pensar porque afuera llueve y tenía ganas de escribir pero no sabía qué, y en realidad pensaba decir algunas cosas que siento en relación a mi libro nuevo, pero mejor lo dejo para otro día.

27 noviembre 2009

¡AHORA SÍ!


Ahora sí, presentación oficial. Dice don Divinsky que ha empezado a distribuirse. Y yo sigo monotemática... pido perdón pero comprenderán. Es mi primer hijo adulto. Un placer haber salteado todo eso de tapar los enchufes o esconder el horno.
Ya hice mi trabajo, ahora que haga su vida.

18 noviembre 2009

SÍ TIENE PRECIO


Publicar mi primer libro de cuentos para adultos... no tiene precio.
Hacerlo en De la Flor, con el apoyo absoluto del gran Divinsky, tampoco.
Saber que en una semana el libro llegará a las librerías, es un sueño cumplido al que no se le puede poner valor monetario.
La obra, en cambio, en efectivo o con tarjeta.
"Mal de familia"
Verónica Sukaczer
Ediciones De la Flor

03 noviembre 2009

¿TOC TOC? NO. TAMTAM

Gracias a Natalia Méndez, editora de Norma Infantil y Juvenil, y MI editora, por el regalo en: Tamtam.
Busquen por allí un cuento mío con fantástica ilustración. Y de paso aprovechen para leer, que es una gran revista.