26 octubre 2009

TRIBULACIONES

Una amiga, que es editora, me pide varios cuentos. Yo los escribo. Mis cuentos son siempre frescos, recién escritos para quien los necesite. No tengo cuentos larga vida. Mi órgano literario es como una teta a la que hay que ordeñar cuando se tiene hambre.
Los escribo, digo. Varios cuentos. Deben ser cortos. Deben ser para una edad específica. Yo tomo nota de todo, digo, y escribo. Ya saben que me gusta recibir pedidos. Cuando recibo pedidos escribo. Cuando no recibo pedidos, no escribo. Para qué hacer complicado algo que es tan sencillo.
Los escribo, decía. Luego pregunto cuándo van a salir publicados, y dónde, y cómo. Y las condiciones del contrato. Porque lo mío no es sacerdocio, es prostitución literaria.
Ahí es cuando se inicia el conflicto de esta historia. El contrato no es bueno. Más bien es bastante malo. Pero es lo que hay. No me llueven los pedidos. Ni siquiera una llovizna pasajera. Y esta editora me los pide porque es mi amiga, porque estamos ahí, charlando, y yo sé que ella edita y ella sabe que yo escribo.
Y un cuento publicado es un cuento publicado. El trabajo atrae trabajo.

Pero el problema es que los cuentos me salieron lindos. Por lo menos a mí me gustan. Y ahora no quiero soltarlos. Pienso que es una suerte que se trate sólo de unos cuentos cortos y no de mi útero, por ejemplo. A ver si un día alquilo mi vientre y luego no quiero entregar al chico porque me sale lindo. Por no decir bueno, si me sale bueno-bueno, de esos que se portan bien y hacen caso, seguro no lo entrego. Entrego uno de los que ya tengo. Pero me estoy yendo del tema.

Resulta que los cuentos me gustan. Y cuando me gustan, me gusta que tengan una publicación como más linda, ¿no? Un libro sólo para ellos que me dé derechos de autor los próximos veinte años. Un libro que se traduzca a veinte idiomas incluidos algunos dialectos africanos.

Veamos... estos cuentos no existían días atrás. No estaban en mi mente (tal vez en mi inconsciente, pero ése es tema freudiano y yo estoy peleada con el psicoanálisis). No estaban en mis planes, seguro, porque para escribirlos tuve que dejar mi preciada novela que no avanza y que nadie me pidió, y ponerme a escribir estos textos con salida asegurada.
Entonces... digo yo... si escribí estos cuentos sólo porque me los pidieron, no importa si el contrato es bueno o malo, el pedido actuó de estímulo y existen gracias a él. Debo entregarlos.
Porque claro, ahora que los cuentos están escritos y me gustan, estoy pensando en quedármelos y ofrecérselos a otra editorial con mejor contrato.

¡Qué cosa absurda! ¿Entonces debería escribir "no tan bien" cuando se trata de encargos?

Es un dilema. Ser o no ser. Paso varios días pensando en el tema. No sólo en los cuentos, sino en la amiga. ¿Seguirá siendo amiga si no firmo su contrato? ¿Volvéra a hacerme un pedido así? Por otra parte nada ni nadie me asegura que los publicaré en otro lugar.
Por fin llega la calma y la decisión. Los entrego. Mi palabra es mi palabra. Escribí y voy a cobrar dinero por ello. Y luego los cuentos seguirán su camino.

Yo sé que hay tribulaciones más importantes en el mundo. Como atacar o no atacar. Operar o no operar. Comprar dólares o comprar euros. Ponerse preservativo o no ponerse preservativo. Pero ésta es mi pequeña y cotidiana tribulación. Y la enseñanza que os dejo en este día: "Antes de escribir, hijos míos, leed el contrato. Y luego, escribid igual, porque recibir dinero por escribir, es un milagro".

05 octubre 2009

MÁS PECADOS LITERARIOS, PERO SÓLO MÍOS, MÍOS Y MÍOS

Si algo ha caracterizado siempre este blog, es la sinceridad total con que lo escribo. Incluso cuando invento, que es casi siempre, invento sinceramente. Por ello no me parece justo que haga una lista de pecados literarios como si yo fuera ajena a tales traspiés.

Pues no lo soy. Yo, oveja descarriada del mundo literario, peco a diario. Peco como si el fin del mundo estuviera cerca y quisiera pecar con todo antes de que se termine la diversión.

Así que aquí van, con la sinceridad que ustedes merecen, mis pecados literarios:


Escribo por dinero. Cuando me hacen un encargo (contadísimas veces) dejo lo que estoy escribiendo y me dedico a narrar aquello que me ofrecerá efectivo rápido. Puedo escribir sobre lo que sea, siempre que el tema me resulte interesante y no afecte mi moral, mis buenas costumbres, mis principios básicos y de los otros.

Me repito seguido. Escribo una y otra vez la misma estructura, y luego me quedo con un montón de cuentos que no me sirven.

Escribo palabras que luego descubro que no existen.

Literariamente, me avergüenza mi primer libro y por eso nunca lo muestro ni lo nombro.

No he leído a casi ninguno de los clásicos-clásicos.

Me regocijo de mi facilidad para hablar de casi cualquier libro, aunque no lo haya leído, y ni siquiera haya leído esos libros que hablan de los libros que no leímos.

Difícilmente sea "yo" frente a un editor. Los editores me dan miedo, igual que la directora en la escuela primaria, y me comporto frente a ellos como una niña que todavía no sabe si hizo algo malo, y dice "si señorita, sí señorita".

Soy una pésima vendedora de mí misma. Mala, mala, mala. Y ése es un pecado terrible, porque una cosa es escribir bien, y otra muy distinta ser horrible en las relaciones humanas que son las que permiten publicar.

Soy tan obsesiva con la ortografía, las faltas de tipeado y demás, que los originales que entrego nunca necesitan corrección (y la obsesión por la perfección es tan pecaminosa como el desinterés absoluto).

Creo que he llegado a cierto nivel de "profesionalismo", pero no me animo a decirlo ni a hacerlo valer. (Salvo en esta lista).

Me cuesta horrores empezar a escribir. Me siento frente a la PC y juego al solitario spider o a Pet Society.

Son millones más los cuentos que he dejado por la mitad que los que termino, y muchas veces es por vagancia.

He participado en algún concurso sin prestigio, sólo por el monto del premio.

Me da vergüenza comprar best-sellers o chic-lit o libros de ese estilo, aunque me gustaría leer algunos.

Últimamente acopio libros y no los leo. O no los termino.

Me cuesta tanto publicar, que no suelo ser generosa con otros autores que están en la misma (recomendar a dónde ir o dar nombres de editores).

Si bien es pecado mortal subestimar a los chicos, yo muchas veces tiendo a sobreestimarlos y escribo "difícil", y los editores me lo hacen notar.

Tengo ganas de escribir un libro puramente humorístico, y después me digo que no, que tengo que aprovechar mi tiempo escribiendo algo que valga la pena, y después me digo que no, que lo mío es el humor, y después me digo que no, que con eso no voy a trascender, y después me digo para qué quiero trascender si cuando esté muerta no me voy a enterar de que trascendí.

Uso el diccionario de sinónimos que viene con el Word.