26 mayo 2009

PRESTAR LIBROS, PERDER LIBROS

Tal vez pocos hayan oído hablar de la secta de los Hau remissum libris (traducción aproximada: los que no devuelven libros), nacida al mismo tiempo que la imprenta, y cuyos socios realizan un juramento de tinta que los acompañará hasta la muerte:
"Libro que pido prestado, libro que no devuelvo".
Por supuesto, los Hau remissum libris se han visto enfrentados desde el comienzo de los tiempos con los Hau comodattum libris ("no presto libros") quienes, al contrario de los primeros, han sido siempre fácilmente identificables debido a cartelitos supuestamente simpáticos que colocan en sus bibliotecas y que tienen una vergonzosa similitud a aquellos que se ven en los kioscos o almacenes y que dice: "hoy no se fia, mañana sí".
Por supuesto, la batalla la vienen ganando los Remissum desde el día en que el primero de ellos pidió prestada una Bibliae Pauperum y no la devolvió. Está claro: quien le prestó el -hoy- valioso ejemplar no era un Comodattum.
El por qué del éxito de los Remissum es sencillo y simple de explicar. A saber:
Los Remissum nunca piden libros prestados a los Comodattum, ya lo dijimos, y por eso logran siempre su cometido.
Los Remissum hacen circular los libros, ya que al no ser dueños del objeto, no les importa cuidarlo. Ergo: el público los prefiere a los Comodattum, a quienes confunden con seres profundamente egoístas.
Los Remissum nunca tienen una gran biblioteca, y por lo tanto no intimidan a sus invitados. Por lo contrario, los Comodattum poseen increíbles bibliotecas, tienden a ser extremadamente intelectuales, especializados en todo tipo de temas y con un afán sincero por demostrarlo. Los Remissum son personas despreocupadas, que bien pueden pedir prestado un incunable como un libro de cocina para niños de preescolar. Esta amplitud de intereses los convierte en buenos conversadores. Los Comodattum, en cambio, pueden morir de envidia al conocer la biblioteca de un amigo, pueden descubrir oculto el libro que buscan desde su nacimiento, pero nunca jamás lo pedirán prestado aunque esté agotado, descatalogado o todos los ejemplares -menos ése- hayan sido quemados por el último dictador de turno. Porque los Comodattum nunca jamás piden libros prestados. O los compran y el libro pasa a ser de su propiedad, o prefieren seguir deséandolo. Para ellos no se trata sólo de leer el libro. Tienen que tenerlo. Y este comportamiento, hay que decirlo, no es comprendido por el resto de la sociedad.
Los Remissum son mayoría en todas las sociedades. Los Comodattum forman un grupo cerrado y pequeño y no realizan ningún tipo de difusión de su tarea. Sólo se interesan por sus libros. Ni siquiera por los del Comodattum vecino.
Ahora bien, ¿por qué los Remissum no devuelven los libros?
¿Es acaso por una cuestión filosófica, ética, de supervivencia, de salvataje o un simple olvido?
La respuesta la tiene el que hoy es el jefe delos Remissum:
"No devolvemos los libros porque no se nos da la gana".
Su secretario, amplía el concepto:
"Un Remissum pide un libro prestado, llega a su casa y lo coloca en su biblioteca o en alguna mesita, y luego se olvida. Incluso se olvida de leerlo. El libro queda allí, y rápidamente se mezcla con los demás objetos de la casa, porque la señora de la limpieza o los chicos lo mueven de lugar. Está científicamente comprobado que a los cinco días uno no recuerda que pidió ese libro prestado pero, sobre todo, no recuerda quién se lo prestó. Además, los libros siempre hacen un viaje de ida. Van de la casa del que prestó a la casa del que pidió, y de allí sólo saldrán si a su vez son pedidos por otro. Justamente, nadie devuelve libros porque son incómodos de llevar y pesados. No entran en ningún bolsillo, ni siquiera en el de un gabán. A nosotros no nos gusta llevar bolsitas ni en general llevamos bolsos, y en el maletín sólo tenemos papeles laborales que una vez guardamos y nunca volvimos a leer ni necesitar.
Quien presta no tiene este inconveniente: el libro sale directamente de su biblioteca, no tiene que andar por la calle con un libro. Fíjese que en general, si uno solicita a un amigo que le traiga un libro (es decir, que lo saque de su casa y lo lleve a un sitio en especial) una y otra vez el amigo lo olvida. Esto está científicamente comprobado".

Por supuesto, cuando se realiza una investigación sobre este tema, de un lado y del otro desean saber en qué equipo juega uno.

Pues bien, existe un tercer grupo, un grupo nacido de la cruza de ambos, un engendro, un híbrido, al que se ha llamado Remidatton (mezcla de Remissum y Comodattum) al que pertenezco con gran orgullo. Tenemos el corazón de un Comodattum y la ética de un Remissum.
Somos pocos. Somos únicos. Somos especiales.
Yo no presto libros. Los libros son mi herramienta de trabajo y puedo necesitar cualquiera en cualquier momento.
Pero si me insisten, o si quien me lo pide es una persona cercana a quien podré vigilar, y según qué libro me pida, puedo llegar a prestárselo.
He prestado libros y los he perdido:
Qué porquería es el glóbulo 1 y 2 (cuando tenía 15 años).
Operación masacre (cuando tenía unos 20).
El aleph (hace algunos años).
He prestado libros y he perseguido a quienes lo tenían (en general mis sobrinos) durante un par de años hasta que los regresaron.
Pido libros prestados, y como mi alma es de Comodattum, siempre los devuelvo. A veces los fotocopio (perdón, perdón) si son libros imposibles de conseguir y quiero tenerlos. Pero en general los leo lo antes posible y los devuelvo rápido.
Pero también pido libros prestados para no devolverlos. No es que no los devuelvo por olvido. No los devuelvo porque quiero salvarlos. Son libros para mí fundamentales, y tengo la total seguridad de que su dueño nunca los echará de menos, por no decir que se dará cuenta de su falta. Esto lo hago sólo con familiares, y por lo tanto "todo queda en la familia". Si me los piden de vuelta, no me quedará otra que devolverlos, pero hasta ahora no sucedió. Por lo cual se trata en realidad de un "préstamo a largo plazo".
Pedí a "largo plazo":
Todos los hombres son mortales (agotadísimo).
Humor judío (me sirve para mi trabajo).

Esto es todo por hoy. Otra interesante historia a cuenta de nada, en un blog que trata cualquier tema, escrito por alguien que tendría que estar haciendo otra cosa.

02 mayo 2009

EL INVENTOR DE PUERTAS


Así empieza:
-Che –me llama David cuando estamos formados para salir de la escuela. -¿Te enteraste?
-Sí, claro –le digo.
-¿De qué te enteraste? –duda David.
-De que Miguel le dio una patada a Pablo.
-No, eso no.
-De que Ruth se puso de novia con Hugo.
-No, eso no.

Pienso en otra cosa, y me doy cuenta de que en la escuela pasa algo raro. Todos cuchichean con todos. Pero de manera distinta al cuchicheo de cada día.
A mí no me gusta ser el único que no sabe, así que digo:
-Igual me enteré.
Y en cuanto salimos, corro a donde se amontonan mis compañeros. Porque es en los amontonamientos en donde uno, por fin, se entera.

En la cartelera de asuntos importantes, la que está al lado de la puerta de la escuela, hay un informativo que dice:

“Por orden del Nuevo Gobierno de la Gran Nación, todos y cada uno de los habitantes del pueblo, deberán contar con un apellido a partir de la fecha. El mismo será mantenido para siempre, y legado a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, por los siglos de los siglos. El apellido quedará escrito en los documentos y servirá para que cada hombre, mujer o niño pueda ser identificado y ubicado rápidamente.
Carecer de apellido será considerado delito y se pagará con multa, prisión, o trabajos forzados.
Decreto del Nuevo Gobierno de la Gran Nación en beneficio de los habitantes de la Gran Nación.
9 de diciembre de 1890.

Lo leo y vuelvo con David.
-Ya sabía –le digo.

Vivo en un pequeño pueblo en un gran continente, que el maestro dice que se llama Europa. Uno de esos pueblos que parecen inventados, que ni siquiera aparecen en los mapas. Un pueblo que se mueve. A veces puede estar más al oeste o más al este. A veces sigue las lluvias, y otras, la primavera. A veces se muda a donde hay siembra, y a veces se queda donde sobran árboles.
Un pueblo con tantos nombres como habitantes. Hay quien lo llama Beresovska. Otros están empecinados con que su nombre es Monte Lima.
Pero todos lo conocemos como el pueblo, así nomás.
Un pueblo al que todos los días llegan nuevos vecinos. Un pueblo de bienvenida.

Vecinos que huyen de guerras, pestes, terremotos, sequías, inundaciones, pobreza.
Gente de todos los rincones del continente, se encuentra acá.
Traen sus costumbres, sus comidas, sus canciones, su libertad, hasta su idioma.

Cuando yo llegué, sólo comprendía a David. Y a José y a Jaime. Pero de a poco uno va usando ciertas palabras propias y ciertas palabras de los demás para hacerse entender. Y otras palabras se mezclan y se transforman en nuevas palabras, y así se termina aprendiendo poblanés, que es como llamamos al idioma que se construye en el pueblo.

Somos un mundo dentro del mundo.

Mamá, Marian y yo, somos llegados de guerra.
Yo apenas recuerdo esa guerra que nos trajo al pueblo, pero no hay día en que no piense en ella.
Papá, todavía, está allí.

Mediodía del 9 de diciembre de 1890, me encuentro con LA cola.
No es como las colas de todos los días. La cola para comprar pan, o la fila para entrar a la escuela.
Ésta es la madre de todas las colas.

Tan larga, que recorre tres calles de tierra, da vueltas alrededor de la plaza, pasa por el mercado y termina en donde empieza: en la puerta de la escuela que es, justamente, de donde yo acabo de salir.
Marian, mi hermana mayor, me apura porque corra al final de la cola interminable, o alguien se nos colará.
Pero yo no pienso ponerme en ninguna cola.

Si ya está Marian, ¿para qué hago falta yo? A ella le tocan estas responsabilidades. Yo voy a molestar, sin dudas. Se me dormirán los pies de estar tanto tiempo parado. Me empezará a salir humo de la cabeza del aburrimiento. Me crecerán raíces y, cuando los de atrás quieran avanzar, se toparán conmigo aprisionado a la tierra.
Mejor no.
Me quedo a un lado, con David, que es mi mejor amigo, y José y Jaime que son mis amigos pero no tanto.

Cuando llegamos al final de la cola, nos encontramos con la mamá de David.
José y Jaime en cambio, se van a formar cuando la cola se termine.
Ellos tienen su estrategia: se pasan todo el día haciendo lo que tienen ganas, y cuando ven que en la cola quedan dos o tres infelices, ahí se forman bien derechos, cumplen con lo que deben cumplir, y vuelven a lo suyo.

Yo llevo encima toda una reserva de juegos para los ratos de cola.
Bolitas, un elástico viejo, una media rota para hacer una pelota, un trozo de tiza, una navaja oxidada que no corta.

Y David tiene su parte.
Una soga, otra media rota, una gomera, más bolitas, las ruedas de un trencito de madera que perdió justo después de quitarle las ruedas, una moneda vieja que dice la suerte.
Llevamos todas nuestras pertenencias desparramadas en los bolsillos remendados y vueltos a remendar del pantalón corto, y cada día descubrimos un nuevo tesoro y un nuevo agujero en la tela.

Así que mientras Marian hace la cola, David y yo nos apartamos y nos ponemos a jugar. Y se nos suman José y Jaime, que también son mis amigos pero no tanto.

v
El tiempo vuela donde estamos nosotros, pero se detiene en la fila. Allí, el tiempo no pasa. Yo puedo jugar mil juegos, ganar cien bolitas, hacer cinco goles, dibujar ocho rayuelas, mientras que en la cola Marian apenas avanzó dos pasos y retrocedió tres, porque seguro alguien se coló. Como siempre.

-Marian… –me acerco-, ¿ésta, para qué es?
-¿Para qué es qué, Ariel?
-La cola, digo. ¿Para qué es?
-Andá a leer la nota que está en la cartelera de asuntos importantes.
-Ya la leí.
Marian me mira asombrada.
-Nunca leés esas cosas –dice.
-Fue por necesidad.
-Bueno, para eso es la cola.
-Ah.

Vuelvo con David. No, mejor vuelvo con Marian.
-No entendí ni medio –le digo a mi hermana.
-¿Qué parte no entendiste?
-Ninguna.
-Nos van a dar un apellido –dice Marian, como si un apellido fuera lo mismo que un plato de guiso o media papa.
-Ah.
Y sigue... en el libro.