02 mayo 2009

EL INVENTOR DE PUERTAS


Así empieza:
-Che –me llama David cuando estamos formados para salir de la escuela. -¿Te enteraste?
-Sí, claro –le digo.
-¿De qué te enteraste? –duda David.
-De que Miguel le dio una patada a Pablo.
-No, eso no.
-De que Ruth se puso de novia con Hugo.
-No, eso no.

Pienso en otra cosa, y me doy cuenta de que en la escuela pasa algo raro. Todos cuchichean con todos. Pero de manera distinta al cuchicheo de cada día.
A mí no me gusta ser el único que no sabe, así que digo:
-Igual me enteré.
Y en cuanto salimos, corro a donde se amontonan mis compañeros. Porque es en los amontonamientos en donde uno, por fin, se entera.

En la cartelera de asuntos importantes, la que está al lado de la puerta de la escuela, hay un informativo que dice:

“Por orden del Nuevo Gobierno de la Gran Nación, todos y cada uno de los habitantes del pueblo, deberán contar con un apellido a partir de la fecha. El mismo será mantenido para siempre, y legado a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, por los siglos de los siglos. El apellido quedará escrito en los documentos y servirá para que cada hombre, mujer o niño pueda ser identificado y ubicado rápidamente.
Carecer de apellido será considerado delito y se pagará con multa, prisión, o trabajos forzados.
Decreto del Nuevo Gobierno de la Gran Nación en beneficio de los habitantes de la Gran Nación.
9 de diciembre de 1890.

Lo leo y vuelvo con David.
-Ya sabía –le digo.

Vivo en un pequeño pueblo en un gran continente, que el maestro dice que se llama Europa. Uno de esos pueblos que parecen inventados, que ni siquiera aparecen en los mapas. Un pueblo que se mueve. A veces puede estar más al oeste o más al este. A veces sigue las lluvias, y otras, la primavera. A veces se muda a donde hay siembra, y a veces se queda donde sobran árboles.
Un pueblo con tantos nombres como habitantes. Hay quien lo llama Beresovska. Otros están empecinados con que su nombre es Monte Lima.
Pero todos lo conocemos como el pueblo, así nomás.
Un pueblo al que todos los días llegan nuevos vecinos. Un pueblo de bienvenida.

Vecinos que huyen de guerras, pestes, terremotos, sequías, inundaciones, pobreza.
Gente de todos los rincones del continente, se encuentra acá.
Traen sus costumbres, sus comidas, sus canciones, su libertad, hasta su idioma.

Cuando yo llegué, sólo comprendía a David. Y a José y a Jaime. Pero de a poco uno va usando ciertas palabras propias y ciertas palabras de los demás para hacerse entender. Y otras palabras se mezclan y se transforman en nuevas palabras, y así se termina aprendiendo poblanés, que es como llamamos al idioma que se construye en el pueblo.

Somos un mundo dentro del mundo.

Mamá, Marian y yo, somos llegados de guerra.
Yo apenas recuerdo esa guerra que nos trajo al pueblo, pero no hay día en que no piense en ella.
Papá, todavía, está allí.

Mediodía del 9 de diciembre de 1890, me encuentro con LA cola.
No es como las colas de todos los días. La cola para comprar pan, o la fila para entrar a la escuela.
Ésta es la madre de todas las colas.

Tan larga, que recorre tres calles de tierra, da vueltas alrededor de la plaza, pasa por el mercado y termina en donde empieza: en la puerta de la escuela que es, justamente, de donde yo acabo de salir.
Marian, mi hermana mayor, me apura porque corra al final de la cola interminable, o alguien se nos colará.
Pero yo no pienso ponerme en ninguna cola.

Si ya está Marian, ¿para qué hago falta yo? A ella le tocan estas responsabilidades. Yo voy a molestar, sin dudas. Se me dormirán los pies de estar tanto tiempo parado. Me empezará a salir humo de la cabeza del aburrimiento. Me crecerán raíces y, cuando los de atrás quieran avanzar, se toparán conmigo aprisionado a la tierra.
Mejor no.
Me quedo a un lado, con David, que es mi mejor amigo, y José y Jaime que son mis amigos pero no tanto.

Cuando llegamos al final de la cola, nos encontramos con la mamá de David.
José y Jaime en cambio, se van a formar cuando la cola se termine.
Ellos tienen su estrategia: se pasan todo el día haciendo lo que tienen ganas, y cuando ven que en la cola quedan dos o tres infelices, ahí se forman bien derechos, cumplen con lo que deben cumplir, y vuelven a lo suyo.

Yo llevo encima toda una reserva de juegos para los ratos de cola.
Bolitas, un elástico viejo, una media rota para hacer una pelota, un trozo de tiza, una navaja oxidada que no corta.

Y David tiene su parte.
Una soga, otra media rota, una gomera, más bolitas, las ruedas de un trencito de madera que perdió justo después de quitarle las ruedas, una moneda vieja que dice la suerte.
Llevamos todas nuestras pertenencias desparramadas en los bolsillos remendados y vueltos a remendar del pantalón corto, y cada día descubrimos un nuevo tesoro y un nuevo agujero en la tela.

Así que mientras Marian hace la cola, David y yo nos apartamos y nos ponemos a jugar. Y se nos suman José y Jaime, que también son mis amigos pero no tanto.

v
El tiempo vuela donde estamos nosotros, pero se detiene en la fila. Allí, el tiempo no pasa. Yo puedo jugar mil juegos, ganar cien bolitas, hacer cinco goles, dibujar ocho rayuelas, mientras que en la cola Marian apenas avanzó dos pasos y retrocedió tres, porque seguro alguien se coló. Como siempre.

-Marian… –me acerco-, ¿ésta, para qué es?
-¿Para qué es qué, Ariel?
-La cola, digo. ¿Para qué es?
-Andá a leer la nota que está en la cartelera de asuntos importantes.
-Ya la leí.
Marian me mira asombrada.
-Nunca leés esas cosas –dice.
-Fue por necesidad.
-Bueno, para eso es la cola.
-Ah.

Vuelvo con David. No, mejor vuelvo con Marian.
-No entendí ni medio –le digo a mi hermana.
-¿Qué parte no entendiste?
-Ninguna.
-Nos van a dar un apellido –dice Marian, como si un apellido fuera lo mismo que un plato de guiso o media papa.
-Ah.
Y sigue... en el libro.

6 comentarios:

Ivana Carina dijo...

Felicitaciones por tu libro Verónica!!!

Me encantó como empieza y quiero saber cómo termina!

Ojalá que llegue por estos lares.... Porque el sur también existe che! Jeje! ^.^

Como siempre, maravilloso como escribís.

Un beso!

Verónica Sukaczer dijo...

¡¡¡Gracias Ivana!!! Siempre sos la primera que comenta y me apoya, por no decir que muchas veces sos la única :-). Avisame si no llega al sur, que lo mandamos.

Viviana Bilotti dijo...

Hola Verónica!
que linda tu visita blogera, ya hice unos pasos de word and potochop y corregi todos tus apellidos. Lo mío todo un talento para ponerlo mal pero siempre diferente,ojo!
Me pregunto si vendrá un poco de ahi la idea de los apellidos del cuento, te imagino toda una vida poniendo K sacando C pidiendo Z ausentes. Todo un trabajito.
Para mi tambien un placer compartir este libro, por un lado limitada en el escenario fijo de la fila pero con la libertad del relato, personajes, paisajes, oficios, un lindo desafío.
te visito pronto.
un saludo grande! Viviana

Alexiev dijo...

Muy linda idea...

http://www.alexiev.com.ar
Proyectos
Alexiev Store

Alexiev dijo...

Si, el diseño y la programación de mi sitio, esta hecho por quien te escribe... solo me falta leerla de ves en cuando...

Saludos y gracias...

http://www.alexiev.com.ar
Proyectos
Alexiev Store

Borgeaud y Croce dijo...

Lo compro, lo leo y te comento.
Grande Verónica por tener un libro nuevo sobre la mesa.
Abrazo.