30 noviembre 2008

LOS ESCRITORES INÚTILES. Ermanoo Cavazzoni

Cada tanto en una familia normal nace un escritor pero nadie lo sabe. Por lo tanto lo educan de manera indiferenciada; le dan la leche materna, después las papillas, le enseñan a caminar con los pies y no con las manos, le enseñan la lengua materna como se la enseñarían a cualquiera de nosotros, y después comienza su vida de escritor incomprendido y tratado de manera igualitaria. Por ejemplo, al nosaber que lo que tienen enfrente es un escritor, en la escuela los maestros lo subestiman, a toda costa quiere que esté sentado en el banco, y el escritor patalea, o bien se deprime, o bien atormenta a su compañero de banco, que en general es un alumno normal, destinado a la normalidad, con sus aprensiones hiperkinéticas; o viceversa, más a menoso es al escritor al que atormentan, pinchan con alfileres oxidados, manchan con tinta indeleblemente, de buena gana le tiran pedos en la nariz para que los respite y se ahogue. Hacen eso inconcientemente, y el escritor crece burlado, flaco, inadaptado. Eso se nota sobre todo en las fotos escolares donde al escritor se lo ve muy blanco en un rincón, o bien oliváceo, en el centro, con ese aire lívido y sufriente de emigrante, rodeado por la burla de los repetidores. Hay quien dice que eso es bueno, porque el escritor debe conocer cuán dura es la vida, de donde extraerá después eterno argumento de inspiración; hay en cambio quien dice que eso es malo, porque un escritor debería ser separado del pueblo, aislado desde chico y tratado de modo especial, de lo que extraerá su agudeza y su mentalidad asocial. Sin embargo el escritor es enviado a la escuela, donde se mezcla con los niños en el conformismo más abyecto, tanto que crece como un pollo de criadero en la asquerosa mentalidad infantil; se deja poner en fila, come sentado alimentos modestos, hace caca y pis según los métodos de los pedagogos. Y cuando aprende a escribir se lo mantiene en un estado de minoridad e incompetencia que hacen de él el típico negligente, con los pies olorosos y los zapatos de goma, lo que justifica después las vejaciones que sufrirá durante toda la vida.
Por eso, en un cierto punto, hacía falta ver científicamente cómo se desarrollarían los escritores en estado natural. Se tomaro cuatro escritores y se los aisló en un orfanato. ¿Cómo se los distingue? El asunto es controvertido: hay quien dice que todos los verdaderos escritores se parecen; hay quien dice que ya nacen sabiendo hablar. ¿Qué lengua hablan?, cuestionan otros. Una lengua arcaica, adánica, dicen los especialistas, un esperanto constituido por cuarenta y dos vocales con el que pueden expresar detalladamente sentimientos y conceptos. Gimotean, pero con gran verborragia y delicadeza.
(...)

18 noviembre 2008

¿HOLA, EL PRESO?

Desde hace tiempo en la ciudad de Buenos Aires se repite cierto tipo de estafa y/o delito: un preso hace una llamada al azar desde la penitenciaría, y avisa que ha secuestrado a un familiar. O se hace pasar por oficial de la policía, e informa sobre un choque.

Desde allí, todo puede pasar. Porque en realidad es el estafado el que aporta los datos. Basta que pregunte, por ejemplo: ¿le pasó algo a mi hijo? Para que el convicto pesque el dato de que hay un hijo que no está presente en ese momento, y continúe jugando con el miedo del otro.

El asunto finaliza cuando la víctima acepta comprar una cantidad x de tarjetas telefónicas, y le pasa al "malo" los números de las mismas.
Los pulsos telefónicos permiten a los presos mantenerse comunicados con sus familias y abogados, y se utilizan como moneda en las cárceles. Un cigarrillo, veinte pulsos. Un cigarrillo y un acto sexual, sesenta y cinco.

Para preservar al ciudadano de este tipo de ilícitos, cada vez que un preso llama desde una cárcel, un mensaje grabado avisa la procedencia de la llamada. (De todos modos, y para estar prevenidos, hay que saber que muchas de las llamadas las realizan desde celulares que les entran sus conocidos).

Yo recibí muchas de estas llamadas. Debo tener un número telefónico común, o muy poca suerte, y cada tanto me desayuno con el: "Esta llamada proviene de un establecimiento penitenciario. Si desea responderla, marque 3. Para rechazarla, marque 7". (No recuerdo la grabación exacta, pero es más o menos sí, y sí estoy segura del 3 y del 7).
Madre de familia, cada vez que escuché esas palabras, colgué.
Pero periodista y escritora al fin... un día me propuse responder la próxima que recibiera.

Eso sucedió el viernes pasado, alrededor de las 14 horas.

Levanté el teléfono, escuché lo de "esta llamada proviene de un establecimiento..." y marqué el 3.
Del otro lado, una voz masculina de tono tímido, algo agudo, que definitivamente no producía temor, respondió a mi "hola".

-¿Señora? Le llamo del Departamento Central de la Policía.
-¿Si..?
-Tenemos que informarle de un choque...
-¿Si...?
-¿Señora, me escucha?
-Lo escucho.
-Del Departamento Central de la Policía.
-¿Si..?
-Hubo un choque...
-¡Dios mío!
-Usted escúcheme, señora.
-Perdón... ¿oficial me dijo que era?
-Sí, soy oficial de la policía.
-¿Y no conoce al oficial Sánchez Perdía? Porque fuimos juntos a la primaria y me enteré que se hizo policía.
-No señora, yo tengo que informarle de un choque.
-Hace años que no lo veo a Sánchez Perdía...
-Señora, por el choque...
-Yo sabía... yo sabía que algo malo iba a pasar. Él me lo dijo...
-¿Quién le dijo, señora?
-¡Diosito me dijo!
-Escúcheme señora, que es grave...
-Yo sabía que me iba a hacer pelota el auto. ¿Cómo quedó?
-¿Su familiar...?
-¡No, no! ¡El auto! ¿Cómo quedó el auto?
-Destruido, señora. El choque fue muy grave.
-¡Qué hijo de puta! Más le vale que también esté hecho mierda, o lo reviento cuando llegue a casa.
-Señora, lo tenemos a él.
-¿Al auto?
-¡No señora! Lo tenemos a él...
-Él... ella... a veces le digo eso, pero sólo cuando estoy enojada...
-A él... usted sabe...
-¿Y usted? ¿Y usted sabe? ¿Usted sabe quién es? ¿Cómo es? ¿Sabe lo que sufro yo cada día?
-Una madre como usted...
-¡Qué madre ni qué ocho cuartos, ya le gustaría a él que fuera su mamacita! -¡A su esposo! ¡Lo tenemos a su esposo!
-Ay querido... yo a mi esposo lo tengo en la santa gloria, que en paz descanse. Ojalá tuvieran a mi esposo, si todavía están buscando el cuerpo... ¿Es eso lo que me dice? ¿Lo encontraron? ¿Entero?
-No señora. Escúcheme señora... hubo un choque y él está muy grave, y lo tenemos nosotros, y para volver a verlo...
-Ah... hubiera empezado por ahí, hombre. Por mí se lo quedan... Mire si yo voy a ir a buscarlo, ahora que empieza la telenovela. ¡En diez minutos empieza la telenovela y usted no para de darme vueltas!
-Señora, lo vamos a hacer boleta...
-Cómo se nota que la policía no cambia los métodos, ¿no? Mucha clase de derechos humanos, pero siempre lo mismo con ustedes...
-Señora, le voy a decir qué tiene que hacer para volver a verlo.
-Ay... no sé... no sé qué decirle... yo ya hice tanto, tanto... y parece que nada dá resultado... no me cambia más, yo creo.
-Señora, necesito que me escuche con atención.
-Yo lo escucho... lo escucho... ¿pero a mí quién me escucha?
-Mire, me está haciendo perder el tiempo... acá los muchachos se ponen nerviosos...
-Y sí, es la época, ¿no? Fin de año... las fiestas... yo también estoy muy nerviosa. Estoy tomando Alplax. A mí me hace bien, me calma un poco...
-¡Pero carajo! ¿Quiere volver a verlo con vida?
-Y sí... supongo... si se puede... Ustedes hagan lo que tengan que hacer, y después vemos... Igual gracias por la llamada.
-...
-Hasta luego, le digo, oficial.
-Bueno... hasta luego.
-Tut-tut-tut.

Tengo la esperanza de que vuelva a llamar y continuemos con la conversación. Yo creo que con el tiempo podremos hacernos buenos amigos.

01 noviembre 2008

¿A DÓNDE VAN LOS MAILS PERDIDOS?

Sin entrar en detalles, hace varias semanas envié un mail, para mí muy importante, a cierta persona. Uno de esos mails al que uno le dá enter con el mismo cuidado con que antes colocaba la carta en el buzón y confirmaba que hubiera caído bien, y se quedaba unos segundos esperando, como si la carta pudiera salirse por su cuenta y seguirnos de regreso a casa.
En el mail quedaba muy claro que yo esperaba una respuesta.
Pasaron los días, y nada.
Ni siquiera un mísero acuse de recibo. Un "te escribo en cuanto tenga tiempo"; o "gracias por tu mail, espero que estés bien y en pocos días me sentaré a responder como te merecés".
Nada.

Los mails pueden perderse en la autopista virtual, lo sabemos. En el ciberespacio. Pueden quedar enganchados entre dos números binarios, o equivocar el número de servidor como antes el código postal.
Pasaron los días, digo, y lo volví a enviar.

Los mails puden enviarse y reenviarse cuantas veces uno desee. Las cartas, en cambio, tenían que ser escritas de vuelta, y al final siempre era una carta distinta.
Los días siguieron pasando y la respuesta no llegó.

Como el tema era para mí de suma importancia, decidí enviar un mensaje de texto al celular de esta persona, para preguntarle si le había llegado mi mail.
Otra vez, nada.

Situaciones difíciles merecen decisiones extraordinarias.
La llamé por teléfono. Me respondió un contestador. Son cada vez más las personas que filtran sus llamados gracias a los servicios del contestador.
Dejé mi mensaje: "hola, soy Verónica, estoy intentando comunicarme con vos. Te envié un mail pero no sé si te llegó. Bueno... espero noticias".
No hubo noticias.

Hay gente que, a pesar de haber sumado todas las nuevas tecnologías a su vida, intenta desesperadamente no sentirse encarcelada por la sobreabundancia de comunicación, y chequea sus mails dos o tres veces al mes.
Hay gente que mantiene apagado su teléfono celular y sólo lo utiliza en caso de invasión extraterrestre o apagón mundial (ésa soy yo. No soporto estar "ubicable" en cualquier momento y lugar).

Entonces imprimí el mail que había escrito, lo coloqué en un sobre, y escribí remitente y destinatario tal como me lo enseñaron en la escuela. Incluso busqué en Internet la nueva designación de códigos postales (que ahora tienen más letras), y envié la carta por correo común no certificado.
Como sigo cada tanto utilizando el correo (sobre todo cuando hay que enviar papeles que precisan de mi firma), sé que una carta tarda entre tres y diez días en llegar a su destino.
Me senté a esperar.

Literalmente, me senté en un lindo silloncito art decó que tengo, y decidí no levantarme hasta recibir respuesta.
Pasaron veinte días (diez días para que la carta llegara, otros diez para que llegara la respuesta) y, desnutrida y al borde de la muerte por deshidratación (sobreviví porque cada tanto mis hijos pasaban a mi lado con un juguito o un sandwich, y yo se los arrebataba), regresé al correo y envié un telegrama.

A mí siempre me parecieron mágicos los telegramas. Esa mezcla de noticia urgente con síntesis total. Y siempre lamenté no haber recibido nunca uno, porque no cuento el que un familiar político envió cuando me casé y que decís. "Felicidades. Stop. Imposible concurrir. Stop", porque a él le costó unos pesos, pero a mí me costó dos cubiertos y una mesa con espacios vacíos.
Decía, envié un telegrama: "Envié mail. Stop. SMS. Stop. Carta. Stop. Aún no respuesta. Stop. Por favor. Stop". No sé si estaba bien redactado. No tengo experiencia con los telegramas. Esperaba que se entendiera que lo de por favor era: por favor, respondeme.
Llevaba tiempo y dinero invertidos en comunicarme con esta persona, y nada había rendido frutos.

A través de una vieja guía telefónica que encontré en la basura y por la que tuve que luchar con cinco cartoneros morrudos y sus esposas (finalmente le ofrecí a cada uno un par de zapatos de mi esposo, y me dejaron ir con la guía y tres botellas de gaseosas vacías), encontré a un criador de palomas mensajeras, y a él acudí.
Yo quería enviar en la paloma una memoria USB, pero me explicó que no se podía. Tampoco un CD, ni un DVD y menos aún un diskete, a pesar de que ya casi nadie tiene disketera. La carta completa, tampoco. No me quedó más remedio que sintetizarla en un brevísimo rollo que el hombre ató a su mejor ejemplar.
Me quedé a verlo partir. Era un gran palomo. El último de su especie.
Nunca regresó a su jaula.

Tiempo después me enteré por un conocido, que la persona con quien intentaba comunicarme le tiene fobia a las palomas.
Yo le ofrecí al criador pagarle por el animal perdido. No quieran saber cuánto vale hoy en día el último ejemplar de una raza recién extinta.

Cuando las circunstancias me superaron, y la falta de respuesta estaba a punto de destruir mi vida, jugué mi última carta.
Fui a ver a un mentalista, que prometía comunicación con cualquiera ser -vivo o muerto- tuviera o no red.
¿Llegó el mail, el mensaje de texto, el llamado en el contestador, la carta, el telegrama, la paloma mensajera? -le pregunté, al borde del llanto.
Él me miró.
-Mi hijo tiene una pyme -me respondió- hace entregas en moto.
Le pagué para que su hijo llevara mi mensaje, y a los diez minutos estaba de regreso con el recibo firmado.
-¿Lo recibió? ¿Puedo estar segura de que la persona recibió mi carta? -me emocioné.
-Lo entregué en portería -dijo el joven.

Salí de allí sin respuestas y casi sin esperanzas.

¿Por qué, en la era de la comunicación, me era tan difícil comunicarme con una persona? ¿Qué estaba fallando? ¿En qué nos equivocamos, como seres sociales, que vivimos permanentemente en compañía de otros, absolutamente conectados, pero no somos capaces de escucharnos o, por lo menos, de enviar un acuse de recibo?

Sabía la respuesta: todos los medios de comunicación que había utilizado me impedían ver al otro, estar frente suyo, escuchar su voz, interactuar. Dar y recibir al mismo tiempo.
Eran todos sistemas fríos, estériles, a distancia. Métodos inventados para no vernos, no tocarnos, no oírnos, no perder el tiempo.

Caminé. Era lo único que me faltaba probar. Caminé hasta el departamento del otro, a pocas cuadras de mi casa.
Toqué el tiembre. Me atendió. Bajó a abrir la puerta porque, por seguridad, ya nadie puede abrirlas por el portero eléctrico.
-Hola -me dijo asombrado de verme. Nuestra relación es puramente laboral. Lo que yo estaba haciendo, en algunas partes del mundo, se conoce como acoso.
-Hola, perdoná que haya venido hasta acá, pero hace tiempo que intento comunicarme con vos y no lo logro.
-Ah... sí, recibí tu mail.
Yo respiré hondo para aplacar la agresión que, sentía, me surgía del pecho.
-Y... -tanteé.
-Se me juntaron un montón de cosas... En unos días te respondo.
-Como ya estoy acá...
-Te envío un mail -se despidió.
-Bueno, gracias -respondí.

Desde entonces estoy sentada frente a mi computadora, y chequeo mi casilla de correos cada dos minutos.
Mi marido dice que comienzo a obsesionarme. Yo no lo creo. Hubo una época en que la gente, pare decirse las cosas, se veía o se llamaba por teléfono, y en el que siempre había un otro que respondía.
Ahora que tengo PC, banda ancha, wi-fi, teléfono celular con cámara incorporada y MP3, otro MP4, teléfono de línea, y hasta tres celulares sin chip que usan mis hijos para jugar, me cuesta entender que cada vez que
envío un mail, no pueda saber si del otro lado lo recibieron, lo leyeron, y qué piensan sobre el asunto, y todo eso en forma automática.

En definitiva, en plena explosión de las comunicaciones, como siempre, seguimos estando solos.