28 marzo 2008

LA CASA DE PAPEL



"Me pregunté muchas veces por qué conservo libros que sólo en un futuro remoto podrían auxiliarme, títulos alejados de mis recorridos más habituales, aquellos que he leído una vez y no volverán a abrir sus páginas en muchos años. ¡Tal vez nunca! Pero, ¿cómo deshacerme, por ejemplo, de El llamado de la selva, sin borrar uno de los pocos ladrillos de mi infancia, o de Zorba, que selló con un llanto mi adolescencia, de La hora veinticinco y de tantos otros hace años relegados a los estantes más altos, enteros, sin embargo, y mudos, en la sagrada fidelidad que nos adjudicamos?

A menudo es más difícil deshacerse de un libro que obtenerlo. Se adhieren con un pacto de necesidad y olvido, tal como si fueran testigos de un momento en nuestras vidas al que no regresaremos. He visto que muchos fechan el día, el mes y el año de la lectura; trazan un discreto calendario. Otros escriben su nombre en la primera página, antes de prestarlos, anota en una agenda al destinatario y le añaden la fecha. He visto tomos sellados, como los de las bibliotecas públicas, o con una delicada tarjeta del propietario, deslizada en su interior. Nadie quiere extraviar un libro. Preferimos perder un anillo, un reloj, el paraguas, que el libro cuyas páginas ya no leeremos pero conservan, en la sonoridad de su título, una antigua y tal vez perdida emoción.

Sucede que al fin, el tamaño de la biblioteca importa. Queda exhibida como un gran cerebro abierto, bajo miserables excusas y falsas modestias. Conocí a un profesor de lenguas clásicas que demoraba, adrede, la preparación del café en su cocina, para que la visita pudiera admirar los títulos de sus anaqueles. Cuando comprobaba que el hecho estaba consumado, ingresaba a la sala con la bandeja y una sonrisa de satisfacción.

Los lectores espiamos la biblioteca de los amigos, aunque sólo sea por distraernos. A veces para descubrir un libro que quisiéramos leer y no tenemos, otras por saber qué ha comido el animal que tenemos enfrente. Dejamos a un colega sentado en la sala y de regreso lo hallamos invariablemente de pie, husmeando nuestros libros".

Carlos María Domínguez

"La casa de papel"

Un librito precioso. Desde la tapa dura, las pequeñas ilustraciones. Un libro que habla de libros. Un autor que no había leído.

De estos descubrimientos está hecha la felicidad.

25 marzo 2008

RITOS DE INICIACION SIGLO XXI

Esta es la última de las notas que escribí para losperiodistas.net. Luego de cuatro trabajos que no se subieron a la página, y sin logra comunicarme con la gente con quienes hasta había firmado un contrato, obviamente dejé de escribir. Como habrán visto quienes las leyeron -y desde aquí va mi agradecimiento- las notas compartían cierto estilo: un tema social relacionado con algún rincón de Latinoamérica, surge en algún momento entre los míos -primera persona- y conversamos sobre ello, ofreciendo datos. Muy coloquial y colorido. Teniendo en cuenta que se trató de otro proyecto frustrado -y en eso tengo mis récords- ha sido un placer para mí subirlas aquí, y que por fin vean la luz del monitor. Que la disfruten.

El sol hace brillar la superficie del lago de Palermo, en pleno Buenos Aires. Mi esposo, mis niños y nuestro sobrino mayor andan por allí en un bote rojo, luchando con los remos. Yo los observo sentada desde la mesa de un café, no porque no desee estar con ellos, sino porque mi suegra nos acompaña, y tememos que, si se sube al bote, mi esposo o yo la empujemos al agua. Esta es la idea que mi media naranja tiene de pasar un domingo con su madre: alejarse lo más posible, y dejarla conmigo. La que sigue es la extraña conversación que mantuvimos aquella tarde:
-¿En tu familia le permiten a los niños ponerse aritos? –pregunta mi suegra.
-¿Qué? Ah... por mi sobrino... Tiene trece años, y regresó de su viaje de egresados con el aro. Todos sus compañeros se colocaron uno.
-Entonces vos estás de acuerdo...
-Admito que un aro en un varón no me disgusta... pero espero que mis hijos me consulten antes de colocarse uno, cuando tengan la edad adecuada.
-Empiezan por ponerse un arito... sigue un tatuaje... y después vaya una a saber qué cosa pueden hacer.
-Un aro o un tatuaje no los hace criminales. Es un rito de iniciación.
-Esas son cosas del pasado.
-No, hay muchas culturas y religiones que los mantienen. El Bar y Bat-Mitzvá de la colectividad judía, por ejemplo, pueden considerarse un rito de iniciación.
-Hace poco me invitaron a un Bar-Mitzvá. ¡Qué fiesta! La comida era mucho mejor que la de tu casamiento...
-... Mejor seguimos con el tema, ¿le parece? La adolescencia es un proceso de transformación, y los chicos precisan marcar de alguna manera ese paso de la infancia a la pubertad y al inicio de la madurez sexual.
-¿¿¿También tienen sexo???
-¡No! Espero que no... se trata de aceptar los cambios corporales y psíquicos. Crecer duele, y por eso los chicos buscan alguna manera de expresarse que los iguale a sus pares, y los diferencie del grupo familiar. En particular los varones buscan realizar pruebas que pongan de manifiesto su fuerza, agilidad y valentía, desafiando y transgrediendo las normas. Podríamos decir que las niñas siguen teniendo, como rito de iniciación, su fiesta de quince. Aunque también se hacen perforaciones y tatuajes.
-En mi época bastaba con que el varón se pusiera el pantalón largo.
-De eso se trata. Colocarse un aro, hacerse un tatuaje, realizar algún deporte de riesgo, teñirse el cabello o hacerse un piercing son los herederos de los ritos de iniciación, en los que había que demostrar valor y vencer ciertos obstáculos para ser admitido por la comunidad. A los adultos nos cuesta aceptar estas cosas, pero no les ofrecemos a los chicos otra ceremonia, otro ritual.
-O sea que me voy preparando para que mis nietos aparezcan con el cabello fucsia o con un aro en la nariz. Si así los criás vos...
-... La verdad es que con su hijo hemos decidido llevar a los chicos a Tierra del Fuego, y festejar el antiguo rito de iniciación de los onas, llamado Kló Kelen. Durante un año se les enseñaba a los jóvenes a ganarse la vida, mientras un espíritu enmascarado llamado Shoot los atormentaba. Llegado el momento, se le ordenaba al joven que desenmascarara al demonio, el cual resultaba ser un hombre de la tribu. Y si tuviera una niña elegiría el rito de los indios de San Blás, de Panamá, el Innamitikit. Para ello construiríamos una surba, una choza de palmeras dentro de nuestra habitación, y dentro de ella otra más pequeña, donde encerraríamos a nuestra hija cuando tuviera su primera menstruación. Allí, entonces, la someteríamos durante un día y una noche a duchas de agua de mar. Y luego la pintaríamos por completo de negro, con tintes vegetales.
-¿En... en serio van a hacer eso?
-Lo que le estoy diciendo es que los seres humanos precisamos de los ritos, que nos ayudan a ordenar la vida. Muchos grupos indígenas han demostrado gran sabiduría al mantenerlos en el tiempo. Nosotros, los modernos occidentales, dejamos ese lugar libre. Y los chicos lo llenan con lo que pueden. No le queda mal el aro a mi sobrino, y si eso lo hace sentir parte de su grupo, le ofrece una identidad, entonces me parece bien.
-¿Ves? ¿Ves lo que te digo? Les dejás hacer lo que les dé la real gana.
-¡Mire! Ya están volviendo.
Mi marido y los chicos regresan, y yo pongo mi mejor cara de “sálvenme”.
Aquella noche tengo una pesadilla: tengo quince años, y en vez de fiesta, mis padres me encierran con mi suegra en una choza dentro de otra choza, dentro de otra. Yo la escucho hablar, criticarme, reprocharme y amonestarme, durante un día y una noche. Cuando las puertas de las chozas se abren, soy adulta. He soportado con valentía el peligro. Y como soy adulta, mi suegra me viene a visitar.

17 marzo 2008

RITMOS LATINOS PARA DORMIR AL BEBE

Va la tercera y anteúltima nota que hice para losperiodistas.net.

Hacía pocos meses que había nacido mi primogénito, y lo que más deseaba en la vida (además de que creciera sano y feliz), era dormir. Lo habíamos intentado todo: acunarlo, cantarle, dejarlo llorar, pero nada daba resultado. A la hora de dormir mi dulce bebé se convertía en una fiera que luchaba contra el orden universal.
¿Y qué calma a una fiera?: el agua y la música. O sea: un baño tibio antes de dormir y una melodía. Pero la verdad era que “Mozart para niños” y “Beethoven para pequeños genios” me dormían sólo a mí. Necesitaba probar otra cosa, arriesgarme.
Me aferré a la idea de que debía existir sobre esta tierra un ritmo musical que durmiera a mi bebé. Mi deber era encontrarlo. Para ello invité a casa a un antiguo compañero de estudios, Manuel, que se había dedicado al periodismo musical. Mi esposo, Manuel y yo disfrutamos de una cena con acompañamiento de llanto en diferentes escalas.
Fue después del café que le pedí ayuda a Manuel: nos debía enseñar estilos musicales, y probarlos frente al bebé, hasta encontrar aquél que lo ayudara a dormir. Él se entusiasmó con la idea (ya estaba pensando en su propio artículo). Yo traje los instrumentos musicales que tenía en casa, desde mi vieja guitarra hasta maracas de cotillón, y nos preparamos para la clase.
Justamente ahora estoy investigando sobre folclore latino –dijo Manuel- y estoy entusiasmado con el porro de Colombia.
Se hizo un silencio de muerte. Mi marido me miró espantado. ¿Lo... lo vamos a drogar?, -me preguntó. No sé... –respondí- ¿de qué clase de porro estás hablando? ¡No! -saltó mi amigo, que se había dado cuenta de la confusión. Un porro es un ritmo musical. El único porro que conozco es el cigarrillo de marihuana -dijo mi esposo. Mismas palabras significan cosas diferentes en distintos países -señaló Manuel, y siguió- el porro es un ritmo de fiesta, alegre. Es un diálogo entre trompeta y bombardinos, clarinetes y trombones.
Yo traje a mi hijo, mi amigo se largó a cantar el estribillo pegadizo de “La mucura”, de Toño Fuentes: “Es que no puedo con ella/mamá no puedo con ella,/mamá no puedo con ella/es que no puedo con ella”.
El porro era dulce, caliente, movedizo, como el Caribe. Mi esposo y yo nos levantamos e hicimos un trencito mientras cantábamos “Mamá no puedo dormirme”. Mi hijo nos miraba desde su cochecito con los ojazos así de grandes y ensayando sus primeras sonrisas. No, un porro no lo iba a dormir. Y mejor nunca tener que decirle: “cuando eras bebé, para dormirte, te poníamos un porro”. En nuestra cultura porteña suena... ilegal.
Para calmar los ánimos, de Colombia nos fuimos a Chile y Manuel y mi guitarra le ofrecieron a mi hijo una canción-sirilla: “Volver a los 17/después de vivir un siglo/es como descifrar signos/sin ser sabio competente...” Esa la sabíamos todos, y cantamos juntos. Mi hijo se puso a moquear, quizás por la profundidad de la canción de Violeta Parra. Manuel probó con otra, esta vez de Rolando Alarcón: “Mi abuela bailó sirilla/mi abuelo, el fandango doble;/mi tía, la pericona/y mi padrino, el redoble./Y cuando bailaron/¡huifa, se enamoraron!”.
Yo intenté bailar la sirilla, un baile de pañuelos y zapateo, de dos parejas mixtas. Pero Manuel dijo que lo mío parecía una zamba. Es que yo bailaba zamba en la escuela –expliqué.
Así que hacia la zamba nos fuimos. La zamba, nos contó Manuel, es originaria del Perú, donde se llama zamacueca, y llegó a la Argentina a través del Chile allá por 1815. Era una danza preferida por indios y negros (zambos) y se dice que debe su nombre a que sus coplas estaban dirigidas a las zambas.
La zamba representa el galanteo. El hombre busca a la mujer que le coquetea y se aleja, hasta que al final él la corona con su pañuelo, como abrazándola. Es la danza del acoso sexual -bromeó mi esposo. Manuel volvió a la guitarra y mi esposo improvisó un bombo con el balde, y todos entonamos “Zamba de mi esperanza”, de Jorge Cafrune. “Zamba de mi esperanza/amanecida como un querer/sueño, sueño del alma/que a veces muere sin florecer...” El momento estuvo mágico, pero mi hijo no se durmió y el ruido había terminado por irritarlo. Manuel, entonces, me preguntó si podía probar otra cosa. ¿Otro ritmo? -pregunté. Algo así... Alzó a mi hijo y lo llevó a su habitación. Regresó a los quince o veinte minutos. ¿Escuchan? –nos preguntó. No escucho nada... Eso, silencio –dijo Manuel. ¡Se durmió! –salté de la alegría. ¡Shhh! ¿Qué ritmo? Por favor, decime qué ritmo dio resultado: ¿pasodoble, rumba, chararera, joropo, huapango? Uno universal –sonrió Manuel- la letra dice así: “duérmete mi niño/duérmete mi amor...” Eso sí, con mucho balanceo. Un clásico...
A la noche siguiente volvimos a intentarlo, pero con ritmo de cumbia. Como para experimentar. Y no... mi hijo no pudo cerrar los ojos. ¡Pero qué sonrisas hermosas nos regaló!

13 marzo 2008

NO SUEÑO MÁS

Yo soñaba que me descubría Fontanarrosa. Que me cobijaba bajo su talento y me convertía en su discípula. Que nos hacíamos grandes amigos. Que me revelaba secretos y escuchaba mis dudas. Que me daba palmaditas en la espalda cuando me empantanaba en un cuento. Que leía mis originales y me dibujaba un Mendieta chiquito.
Pero Fontanarrosa se murió. Cuando todavía le quedaban tantos libros por escribir...

Yo soñaba que me descubría Guinzburg. Desde que lo veía en La noticia rebelde. Que como soy periodista, y profeso la religión del humor, y hasta soy de la cole, como él, me iba a convertir en su discípula y me iniciaría en las artes de la televisión.
El año pasado, Guinzburg iba a participar de la presentación del libro "Errar es divino", de Eliahu Toker y Rudy. Era la ocasión ideal para presentarme, si yo hasta era parte del libro.
Pero él faltó.
Y tan joven, ayer se murió.

No sueño más. A partir de ahora deseo que no me descubra alguien a quien admiro.
Eso nomás.

Mate en familia

Otra de las notas que hice para Los periodistas y que nunca se publicó:

Mi hijo mayor regresa de la escuela con la extraña consigna de hacer una tarea sobre los orígenes y beneficios de su desayuno. Le ofrezco conversar sobre vacas y métodos de ordeñe, pero mi hijo, citadino al fin, me informa que la leche surge de una canilla con forma de vaca en algún supermercado. Anoto que mi prole necesita visitar el campo. Mi suegra, que hoy nos visita, hace su aporte y cuenta que, cuando era joven, sólo desayunaba, almorzaba y cenaba mate, porque el dinero escaseaba y el poco que entraba debía ser celosamente ahorrado para el futuro de los hijos. Ya me ha contado esa historia otras veces, y puedo imaginar con qué fin... Mi hijo decide realizar su tarea sobre el mate. Nos sienta a su padre, su hermano menor, mi suegra y a mí a la mesa, y nos pide que hablemos del mate como si se tratara del examen final de nuestras carreras.
El mate es sano, dice mi suegra, aporta vitaminas, potasio, magnesio y sodio. Aumenta las defensas naturales del cuerpo, la energía, la concentración, y disminuye el nerviosismo. Es diurético y digestivo. El mate es un ritual de amistad que se prolonga en las tardes de los domingos cuando el sol entibia las almas, dice mi esposo, que siempre se pone poético cuando está entre su madre y yo. Agrego, didáctica, que la yerba mate se cultiva en Argentina, Paraguay, el sur de Brasil, parte de Chile y de Bolivia. Ya los jesuitas, allá por el siglo XVII, comenzaron a cultivarla y a preparar una infusión con sus hojas a la que llamaron té de los jesuitas o té de Paraguay. ¿Entonces por qué lo llamamos mate?, pregunta mi hijo, tan inteligente. Por el quechua mati, le respondo, que es como se llama la pequeña calabaza que sirve de recipiente.
¿Tiene leyenda? Pregunta ahora. El que sabe es mi esposo: una leyenda guaraní cuenta que hace siglos una tribu nómada se detuvo en el camino para descansar. Cansado y viejo, un indio decidió quedarse en ese sitio de la selva, en compañía de su hija Yaril. Un día llegó al rancho que habían construido un enviado del dios del bien, que fue recibido con mucha generosidad, y a quien se le ofreció la poca comida que tenían. En agradecimiento, el hombre les regaló al anciano y a su hija un árbol que hizo brotar en medio de la selva. Nombró a Yaril su diosa protectora, y al padre le confió su custodia. Luego les enseñó a secar sus ramas al fuego, para preparar una exquisita infusión que nunca se agotaría y que podrían servir a los invitados. Era, claro, la yerba mate.
¿Terminamos? pregunto, y mi marido se despereza en la silla y dice que ahora le dio ganas de tomarse unos cimarrones. ¿Unos qué? Unos amargos, responde.
Cuando pongo la pava en el fuego y busco el mate, la bombilla y la yerba, mi suegra informa que ella se va a ocupar, porque ella desayunaba, almorzaba y cenaba mate, y sabe cómo cebarlo.
¿Ves? Me muestra. Hay que llenar el mate con yerba unos dos tercios. Luego das vuelta el mate sobre la palma de la mano, y lo agitás suavemente para tamizarlo, para que la yerba más fina quede en la superficie. Al volver el mate a su posición debe quedar a un costado un hueco. Allí vertés un poco de agua caliente, nunca hervida, y dejás que se absorba. Entonces colocás la bombilla y cebás el primer mate. No te olvides, agrega, que el buen cebador va mojando diferentes sectores de la yerba para prolongar el sabor de la mateada. Para que el último mate tenga el mismo gusto que el primero.
Mi suegra me ofrece ese primer mate sin saber que, si hay algo que sé, es que el mate, como las flores, tiene su propio lenguaje secreto. El primero es el mate para los tontos, el que puede estar muy caliente o poco gustoso, y corresponde que lo tome el cebador. Le lanzo una de mis miradas pero ella no recibe acuso. Le cuento a mi hijo lo del lenguaje: que servir mate con espuma significa mostrar aprecio. Un mate lavado, desgano; frío, desprecio; hervido: envidia. Servir el mate por la izquierda es falta de respeto. Luchar con la bombilla tapada: estar enamorado.
El mate regresa a mi suegra para la siguiente ronda. Le sirve uno a mi hijo mayor lleno de espuma; al menor un mate cocido, que es como el té, viene en saquitos; y mi esposo me mira mientras intenta destapar la bombilla. Y todos sabemos, mate por medio, cuánto nos amamos.

06 marzo 2008

¿Y si te casaras otra vez conmigo?

En el año 2005 me topé con un aviso en Internet que pedía periodistas para un medio cibernético. Buscar trabajo es una tarea permanente para mí, así que hacia allí me dirigí. Creo que era losperiodistas.net. Si no me equivoqué, ya no existe. El lugar era como un mayorista periodístico latinoamericano: subían material (a menos que uno estuviera registrado y pagara, sólo podía leer los resúmenes) y esperaba que una cantidad de diarios y revistas lo comprara.
El material no era gran cosa: crónicas sangrientas, crucigramas, chistes, recetas, leyendas urbanas, correo de amor. Una especie de Crónica escrita y virtual para el ama de casa aburrida y el trabajador agotado.
Luego de intercambiar mails con los responsables, decidimos que lo que yo podía escribir eran pequeñas crónicas sobre costumbres de Latinoamérica, en un formato más literario que periodístico.
Me tomaron. Me enviaron el contrato. Cobraría, creo, entre 50 centavos de dólar y 1 dolar por cada vez que un medio bajara una nota mía. Supongo que no era buen negocio, pero era lo que había. Llegué a escribir cuatro o cinco notas. Nunca las subieron a su página web y nunca pude volver a comunicarme con ellos.
Así que como están por allí, las crónicas, como trabajé -poquito- por escribirlas, aprovecho a subirlas aquí.

¿Y si te casaras otra vez conmigo..?
V.C.Sukaczer

-Si te casaras otra vez conmigo, ¿cómo te gustaría hacerlo, como los mapuches, los collas o los aymará?
Mi esposo y yo estábamos acostados, mirando una película de artes marciales que a mí no me interesaba. Tal vez por eso le disparé la pregunta. Cuando a uno de los dos no le gusta lo que el otro ve en la televisión, sencillamente lo molesta.
-Ay Dios mío... –suspiró mi marido- ¿tengo que responder ahora? ¿Es para otra de tus crónicas?
-Puede ser... la tengo que entregar mañana –mentí.
-Bien... ¿qué te hace pensar que volvería a casarme con vos?
-No tengo dudas. Sin mí tu vida sería un caos. Lo que quiero saber es cómo.
-Ilustrame.
-Antiguamente los mapuches del sur argentino raptaban a la novia. Ngapin es el acto de robar a una niña para casarse con ella. Los vecinos o amigos del novio informaban a la mujer: “te condujimos para acá según derecho tradicional”. Así se originaban verdaderas batallas entre las familias. Sin embargo, a los tres días del matrimonio se informaba a los padres de la mujer dónde se encontraba su hija, para que reanudaran la relación.
-¿Me estás pidiendo que te secuestre?
-Eso ya pasó. Aunque se dice –no tengo pruebas- de que hay secuestros acordados. En realidad los novios escapan juntos cuando suponen que sus padres no van a aceptar la unión, o para mantener la tradición. La ceremonia del casamiento se llama curritún, y en ella se muestran los utensilios, adornos, frutos y animales que el padre del novio paga por la novia. ¿Cuánto pagarías por mí?
-Un pato, ¿está bien?
-... Durante la ceremonia se pican en trozos y se asan los corazones y las tripas de varios animales. Los novios deben tragar enteros los bocados de esta comida llamada piuque neguam (“quedamos en un solo corazón”) ya que, si la mastican o hacen algún ruido, los perseguirán los disgustos en su nueva vida juntos.
-Prefiero escuchar las opciones collas y aymará antes de decidir. Si tengo que raptarte, pagar por vos o tragar un corazón... qué querés que te diga, es mucho trabajo.
-Los collas del altiplano tienen lo que se llama irpa-sirse, que es un casamiento a prueba. El joven colla elige a su compañera y espera que los futuros consuegros lleguen a un acuerdo. Si es así, el hombre se hace cargo de la mujer y conviven un año para conocerse mejor. Si al cabo de ese tiempo no hay afinidad, la pareja se separa sin que ello merezca el repudio de la comunidad.
-¡Qué genios los collas! Están mucho más adelantados que nosotros, no son hipócritas. Eso me gusta.
-Y faltan los aymarás de la zona del lago Titicaca. Se considera que los varones son aptos para casarse entre los 28 y los 31 años, mientras que las mujeres lo son entre los 24 y 26. Pero para casarse necesitan cumplir ciertos requisitos: haber ejercido algún cargo de autoridad en la comunidad, como ser guía en las fiestas del carnaval, o watachu, que es el encargado de los bailes juveniles. También participar en sus deportes, tener ahijados y poseer ciertas aptitudes como saber arar, techar su casa, etc. Lo mismo para la mujer, que además debe saber cocinar, tejer y sembrar. Esto es así porque se considera que un joven puede responsabilizarse por una familia cuando ha demostrado ser responsable con su comunidad.
-Yo fui boy-scout, ¿sirve?
-No creo que tengamos que prender un fuego dentro de casa, ni hacer nudos raros. Entre los aymará no hay noviazgo, y no está muy bien visto que la pareja tarde en casarse. Entonces... ¿cómo te casarías conmigo?
-Creo que primero te secuestraría, me resulta excitante. Sé que nuestras familias se pelearían a muerte por eso, pero como ya estamos acostumbrados a que hablen mal unos de otros, no sería una novedad. De todos modos pasaríamos por un período de prueba, en el que mi vieja te vigilaría para que no te escaparas, y te enseñaría a cocinar. Como fui un buen boy-scout cumplo todos los requisitos para el matrimonio, pero esperaríamos a que cumpla 31 años para casarnos. No vas a volver a privarme de mi soltería a los 27. Ah, y a tus padres les envío un pato en pago por haberte criado. ¿Pasé el examen?
-No, y te devuelvo el pato. Esperaba un poco de romanticismo.
-Y yo esperaba que por una vez me dejaras ver una película.
-Te dejo. Va a empezar “La princesa que quería vivir”, y la podemos ver juntos.
En cuanto comenzó la película (yo siempre quise ser Audrey Hepburn, y darle ese beso final y casto a Gregory Peck) mi esposo comenzó a inquietarse. Una película romántica y en blanco y negro no era su idea de entretenimiento. Además, se notaba que se había quedado pensando en algo. Entonces me miró y, levantando apenas una ceja, me preguntó:
-Y vos, si volvieras a casarte conmigo, ¿cómo lo harías?