27 febrero 2008

MI SECRETO ME CONDENA

Desde hace tiempo me pone al borde la neurosis sociópata la realidad de tanta estrellita -léase en femenino y/o masculino- psicótica, drogadicta, alcohólica, idiota, suicida, muerta, anoréxica, asesina, desnudista, incestuosa, fanática, jugadora, masoquista, obsesiva o mentirosa, que culpa al éxito y los millones de dólares por su vida descarriada.
¡¡¡Lo que todo el mundo más desea en el mundo!!! Más que salud o amor o esas gansadas: ser alguien, ser admirado y tener tanto dinero que podamos comprar desde un buen amigo hasta un baño químico si nos dio ganas en medio del shopping y no queremos usar el público.

Pues bien... yo creo fervientemente en el valor de la experiencia compartida. Creo que lo que nosotros contamos, con corazón y sinceridad, siempre servirá para ayudar a otro que está pasando por lo mismo.
Es hora, entonces, de que cuente mi historia, y el por qué de mi obsesión con el dinero (que hoy no tengo) y la vida de los demás cuando tienen plata y pierden compostura.

Tenía alrededor de 8 años cuando comencé a escribir y anuncié en mi hogar que sería escritora. Acababa de remontar, gracias a cierta dosis de corazoncitos Doryn´s, la depresión de darme cuenta de que pintora no era, a pesar de que fue esa mi primera vocación. Me queda de aquella época una carpeta repleta de dibujos de princesas y un muñeco de madera articulado al que le falta un pie.
En la literatura, sin embargo, como no me había sucedido en la plástica, pronto me destaqué.
Mi primer poema se titula "La infancia". Luego le escribí a la muñeca de trapo, y más tarde a las pompas de jabón.El éxito obtenido con tales poemas pronto comenzó a trastornar mi vida. A diario me acosaban las maestras de la escuela, que mostraban mis poemas a la directora y a la supervisora que me aplastaba los cachetes cada vez que nos visitaba; mis compañeras, las vecinas a quienes mi madre les leía mis textos, el almacenero, mi propia familia.
Vislumbrando en mí la posibilidad de salvarse del oscuro designio de no ser nadie, mi familia me presionó porque siguiera escribiendo.
Me obsequiaron una Olivetti de carro ancho de mi abuelo el escribano, y me obligaron a utilizar el tiempo que antes usaba en mirar "Candy, Candy" y "La familia Ingalls", además de "La mujer biónica". "La mujer maravilla" y los dibujitos de los autos locos, en escribir, no sin antes enviarme a un curso de dactilografía de la Ilvem.
Le escribí a la amistad, al amor infantil, a los abuelos, a los sueños, a las princesas encantadas, a las letras, a los duendes, a la fantasía. Y finalmente, le escribí a la muerte. Algo comenzaba a cambiar en mi interior. A bullir.
Mis padres, entusiasmados con mi talento, no se dieron cuenta, no quisieron ver cómo perdía mi sonrisa de niña. Que dejaba de jugar. Que mis amigos se alejaban. Que peleaba con mis maestros. Que un presagio oscuro comenzaba a rondarme.
Mis poemas ganaban premios. Mis padres se hicieron cargo del dinero. Además, publicaban una pequeña revista con mis poesías que vendían en el barrio a pesos moneda nacional, y luego en australes.
Me enviaron a un taller literario, y luego a otro. Bastaba con que yo me entretuviera para que ellos consideraran que no estaba trabajando con la necesaria profundidad o seriedad, y entonces me cambiaban de escritor/tutor. Yo comencé a escribir cuentos y a tomar.Para cumplir con mi cuenta de literatura y de tareas de quinto o sexto grado de escuela primaria, necesitaba aproximadamente entre dos o tres litros de coca cola por día. La coca cola me mantenía tan excitada que pronto dejé de dormir. Mi padre decidió comprarme unas botellitas de chocolate rellenas de licor con la equivocada creencia de que, como a él, un whisky antes de dormir me tranquilizaría.
Al poco tiempo tomaba, a escondidas, seis u ocho botellitas de chocolate y en cuanto ya no me surtieron efecto, me pasé a los bombones de pasas al rhum y pronto aprendí a llenar con una jeringa de tequila las gallinitas de azúcar que me obsequiaba mi abuela.
Así perdí mi infancia.
No sé cuánto dinero gané con los concursos, porque nunca tuve en mis manos ese dinero. Mis padres eran mis administradores legales y se preocupaban por mantenerme contenta. Lo que yo pedía, lo tenía, siempre y cuando se tratara de elementos que me ayudaran a crecer como escritora.
Una bicicleta, no. Una máquina de escribir portátil, sí. Una muñeca que canta, no. Una enciclopedia en cincuenta tomos, sí.
Ponían límites en cuanto a las compras, pero no en la vida cotidiana. Dado mi trabajo, yo estaba a salvo de las tareas hogareñas: no tenía que hacerme la cama ni secar los platos, por lo cual perdí también el amor de mis hermanas, cuyo odio y rencor me persigue hasta el día de hoy.
La literatura me estropeó.
Cuando tendría que haber estado leyendo "Mujercitas" o "Heidy", me hacían leer a Todorov o Propp con la ilusión de que enriqueciera mi lenguaje y, por ósmosis, adquiriera los conocimientos propios del arte.
Mis amigas hablaban de chicos y de Menudo cuando yo hablaba de oxímoron y metonimia.
Fue entonces cuando sucedió.
La crisis.
Mis padres me exigieron que escribiera novela. Los montos de los premios por novela son mucho más cuantiosos que los que recibe un poema o un cuento ganador. Mi futuro, me decían, estaba en la novela.
Lo intenté. Pero no podía. Comenzaba una historia, llegaba al conflicto, y en menos de tres páginas necesitaba lograr la resolución del mismo. Principio, medio y final en no más de seis hojas. Y mi propio fracaso fue el que me arrastró al abismo.

No vale la pena agregar que a esta altura de mi vida ya estaba acostumbrada a la presión de los medios especializados, a los estudios que hacían sobre mí los expertos, a ser perseguida por los paparazzis de las revistas literarias. Salir de mi casa era un infierno.Abandoné a los pocos amigos que tenía, y pronto me vi rodeada por un grupo de buitres que se alimentaban de mis textos.
En unos años adelgacé veinte kilos y gané cuarenta, mi menarca se atrasó varios años y me hice adicta a la ropa de bambula que compraba en las ferias artesanales, además de haber aprendido a fumarme los palitos de incienso que acumulaba con la excusa de que los perfumes estimulaban mi imaginación.
Pero de la gran novela del siglo XX, nada.
Por las noches soñaba con metáforas o con la forma de quitar del medio a un personaje que no lograba hacer crecer en una trama. Sin darme cuenta, me pasé al relato negro, pero todavía no lograba escribir novela.
Tal vez, porque mis historias eran tan cortas como mi vida.
Fue cuando en un cuento asesiné con premeditación y alevosía a absolutamente todos los personajes, que mi familia por fin escuchó mi grito de auxilio.
A esa altura yo fumaba quince inciensos por día, me bajaba una caja de botellitas de chocolate y otro tanto de gallinitas de azúcar, tomaba tanta coca cola que había perdido la mitad de mis muelas y sufría, con sólo catorce años, de gases terribles.
Había llegado a mi límite.
Pero aún no estaba escrita la última palabra.
El día que gané el segundo premio en el concurso de cuentos de mi escuela, el segundo, no el primero, le partí una silla a la ganadora en la cabeza.
La madre de mi compañera me denunció.
Para no ser internada en un centro de detención para escritores juveniles en los que, corría el rumor, la única cultura permitida era la televisiva y todos los sábados pasaban películas de los Superagentes Tiburón, Delfín y Mojarrita, y para ahorrarle a mi familia esa vergüenza, mis padres arreglaron una compensación económica con la víctima. Le ofrecieron todo el dinero que yo había acumulado con mis premios.
Lo perdí todo.

Cuando volví a escribir, con casi quince años, un poema a la infancia, mi familia consideró que estaba acabada. Me quitaron la máquina de escribir y me regalaron, como despedida, un ejemplar de "El Principito".
Dejé de escribir durante muchos años.
De a poco abandoné el incienso, las botellitas de licor, pero nunca del todo la coca cola.
Pasó el tiempo.
Un día, en plena juventud, me encontré escribiendo por puro placer. No le mostré mis escritos a mi familia.

He ganado otros premios. Incluso un segundo premio. Y estoy contenta con ello.
Tengo nuevos amigos, y la gran mayoría no podría distinguir una metáfora de una comparación. Leo lo que quiero.

Si yo he vivido ese infierno, ¿por qué no siento empatía por quienes lo sufren ahora? Porque ahora que soy adulta... ahora que sería responsable de mi dinero, ahora que quisiera ser publicada y adorada por el público... ¡¡¡ahora no me pasa!!! Entonces que no vengan a quejarse, aquellos que tienen fama y dinero, que no vengan a llorarnos sus miserias, porque lo tienen todo. Y lo que no tienen se compra. Y lo que no se compra se alquila. Y el alma se la puede llevar el Diablo, pero qué bien que paga.

Eso sí, nunca he podido escribir una novela.