01 noviembre 2008

¿A DÓNDE VAN LOS MAILS PERDIDOS?

Sin entrar en detalles, hace varias semanas envié un mail, para mí muy importante, a cierta persona. Uno de esos mails al que uno le dá enter con el mismo cuidado con que antes colocaba la carta en el buzón y confirmaba que hubiera caído bien, y se quedaba unos segundos esperando, como si la carta pudiera salirse por su cuenta y seguirnos de regreso a casa.
En el mail quedaba muy claro que yo esperaba una respuesta.
Pasaron los días, y nada.
Ni siquiera un mísero acuse de recibo. Un "te escribo en cuanto tenga tiempo"; o "gracias por tu mail, espero que estés bien y en pocos días me sentaré a responder como te merecés".
Nada.

Los mails pueden perderse en la autopista virtual, lo sabemos. En el ciberespacio. Pueden quedar enganchados entre dos números binarios, o equivocar el número de servidor como antes el código postal.
Pasaron los días, digo, y lo volví a enviar.

Los mails puden enviarse y reenviarse cuantas veces uno desee. Las cartas, en cambio, tenían que ser escritas de vuelta, y al final siempre era una carta distinta.
Los días siguieron pasando y la respuesta no llegó.

Como el tema era para mí de suma importancia, decidí enviar un mensaje de texto al celular de esta persona, para preguntarle si le había llegado mi mail.
Otra vez, nada.

Situaciones difíciles merecen decisiones extraordinarias.
La llamé por teléfono. Me respondió un contestador. Son cada vez más las personas que filtran sus llamados gracias a los servicios del contestador.
Dejé mi mensaje: "hola, soy Verónica, estoy intentando comunicarme con vos. Te envié un mail pero no sé si te llegó. Bueno... espero noticias".
No hubo noticias.

Hay gente que, a pesar de haber sumado todas las nuevas tecnologías a su vida, intenta desesperadamente no sentirse encarcelada por la sobreabundancia de comunicación, y chequea sus mails dos o tres veces al mes.
Hay gente que mantiene apagado su teléfono celular y sólo lo utiliza en caso de invasión extraterrestre o apagón mundial (ésa soy yo. No soporto estar "ubicable" en cualquier momento y lugar).

Entonces imprimí el mail que había escrito, lo coloqué en un sobre, y escribí remitente y destinatario tal como me lo enseñaron en la escuela. Incluso busqué en Internet la nueva designación de códigos postales (que ahora tienen más letras), y envié la carta por correo común no certificado.
Como sigo cada tanto utilizando el correo (sobre todo cuando hay que enviar papeles que precisan de mi firma), sé que una carta tarda entre tres y diez días en llegar a su destino.
Me senté a esperar.

Literalmente, me senté en un lindo silloncito art decó que tengo, y decidí no levantarme hasta recibir respuesta.
Pasaron veinte días (diez días para que la carta llegara, otros diez para que llegara la respuesta) y, desnutrida y al borde de la muerte por deshidratación (sobreviví porque cada tanto mis hijos pasaban a mi lado con un juguito o un sandwich, y yo se los arrebataba), regresé al correo y envié un telegrama.

A mí siempre me parecieron mágicos los telegramas. Esa mezcla de noticia urgente con síntesis total. Y siempre lamenté no haber recibido nunca uno, porque no cuento el que un familiar político envió cuando me casé y que decís. "Felicidades. Stop. Imposible concurrir. Stop", porque a él le costó unos pesos, pero a mí me costó dos cubiertos y una mesa con espacios vacíos.
Decía, envié un telegrama: "Envié mail. Stop. SMS. Stop. Carta. Stop. Aún no respuesta. Stop. Por favor. Stop". No sé si estaba bien redactado. No tengo experiencia con los telegramas. Esperaba que se entendiera que lo de por favor era: por favor, respondeme.
Llevaba tiempo y dinero invertidos en comunicarme con esta persona, y nada había rendido frutos.

A través de una vieja guía telefónica que encontré en la basura y por la que tuve que luchar con cinco cartoneros morrudos y sus esposas (finalmente le ofrecí a cada uno un par de zapatos de mi esposo, y me dejaron ir con la guía y tres botellas de gaseosas vacías), encontré a un criador de palomas mensajeras, y a él acudí.
Yo quería enviar en la paloma una memoria USB, pero me explicó que no se podía. Tampoco un CD, ni un DVD y menos aún un diskete, a pesar de que ya casi nadie tiene disketera. La carta completa, tampoco. No me quedó más remedio que sintetizarla en un brevísimo rollo que el hombre ató a su mejor ejemplar.
Me quedé a verlo partir. Era un gran palomo. El último de su especie.
Nunca regresó a su jaula.

Tiempo después me enteré por un conocido, que la persona con quien intentaba comunicarme le tiene fobia a las palomas.
Yo le ofrecí al criador pagarle por el animal perdido. No quieran saber cuánto vale hoy en día el último ejemplar de una raza recién extinta.

Cuando las circunstancias me superaron, y la falta de respuesta estaba a punto de destruir mi vida, jugué mi última carta.
Fui a ver a un mentalista, que prometía comunicación con cualquiera ser -vivo o muerto- tuviera o no red.
¿Llegó el mail, el mensaje de texto, el llamado en el contestador, la carta, el telegrama, la paloma mensajera? -le pregunté, al borde del llanto.
Él me miró.
-Mi hijo tiene una pyme -me respondió- hace entregas en moto.
Le pagué para que su hijo llevara mi mensaje, y a los diez minutos estaba de regreso con el recibo firmado.
-¿Lo recibió? ¿Puedo estar segura de que la persona recibió mi carta? -me emocioné.
-Lo entregué en portería -dijo el joven.

Salí de allí sin respuestas y casi sin esperanzas.

¿Por qué, en la era de la comunicación, me era tan difícil comunicarme con una persona? ¿Qué estaba fallando? ¿En qué nos equivocamos, como seres sociales, que vivimos permanentemente en compañía de otros, absolutamente conectados, pero no somos capaces de escucharnos o, por lo menos, de enviar un acuse de recibo?

Sabía la respuesta: todos los medios de comunicación que había utilizado me impedían ver al otro, estar frente suyo, escuchar su voz, interactuar. Dar y recibir al mismo tiempo.
Eran todos sistemas fríos, estériles, a distancia. Métodos inventados para no vernos, no tocarnos, no oírnos, no perder el tiempo.

Caminé. Era lo único que me faltaba probar. Caminé hasta el departamento del otro, a pocas cuadras de mi casa.
Toqué el tiembre. Me atendió. Bajó a abrir la puerta porque, por seguridad, ya nadie puede abrirlas por el portero eléctrico.
-Hola -me dijo asombrado de verme. Nuestra relación es puramente laboral. Lo que yo estaba haciendo, en algunas partes del mundo, se conoce como acoso.
-Hola, perdoná que haya venido hasta acá, pero hace tiempo que intento comunicarme con vos y no lo logro.
-Ah... sí, recibí tu mail.
Yo respiré hondo para aplacar la agresión que, sentía, me surgía del pecho.
-Y... -tanteé.
-Se me juntaron un montón de cosas... En unos días te respondo.
-Como ya estoy acá...
-Te envío un mail -se despidió.
-Bueno, gracias -respondí.

Desde entonces estoy sentada frente a mi computadora, y chequeo mi casilla de correos cada dos minutos.
Mi marido dice que comienzo a obsesionarme. Yo no lo creo. Hubo una época en que la gente, pare decirse las cosas, se veía o se llamaba por teléfono, y en el que siempre había un otro que respondía.
Ahora que tengo PC, banda ancha, wi-fi, teléfono celular con cámara incorporada y MP3, otro MP4, teléfono de línea, y hasta tres celulares sin chip que usan mis hijos para jugar, me cuesta entender que cada vez que
envío un mail, no pueda saber si del otro lado lo recibieron, lo leyeron, y qué piensan sobre el asunto, y todo eso en forma automática.

En definitiva, en plena explosión de las comunicaciones, como siempre, seguimos estando solos.

3 comentarios:

Javo León dijo...

Me encantó el relato, sólo faltaron las señales "apache" de humo jajaja.

Muy buena reflexión, ahora podemos ser más evasivos que antes...

circes dijo...

Pareciera que más que medios de comunicación nos topamos con medios de evasión (en todos los sentidos) y medios de entretenimiento.
En el teatro de la vida, podría decirse que uno actúa la humanidad, y eso incluye "hacer como si quisiera estar comunicado".
Qué linda historia para una pieza de teatro del absurdo!!!!
Igual uno se queda con las ganas de saber quién era la persona en cuestión, qué relevancia tenía contactarlo. ...
=)

Minombresabeahierba dijo...

asi es , el exceso de tecnología sin objetivos incomunica, y cada dia estaremos mas incomunicados, salvo que decidamos tener una vida menos virtual y mas real, besos