17 marzo 2008

RITMOS LATINOS PARA DORMIR AL BEBE

Va la tercera y anteúltima nota que hice para losperiodistas.net.

Hacía pocos meses que había nacido mi primogénito, y lo que más deseaba en la vida (además de que creciera sano y feliz), era dormir. Lo habíamos intentado todo: acunarlo, cantarle, dejarlo llorar, pero nada daba resultado. A la hora de dormir mi dulce bebé se convertía en una fiera que luchaba contra el orden universal.
¿Y qué calma a una fiera?: el agua y la música. O sea: un baño tibio antes de dormir y una melodía. Pero la verdad era que “Mozart para niños” y “Beethoven para pequeños genios” me dormían sólo a mí. Necesitaba probar otra cosa, arriesgarme.
Me aferré a la idea de que debía existir sobre esta tierra un ritmo musical que durmiera a mi bebé. Mi deber era encontrarlo. Para ello invité a casa a un antiguo compañero de estudios, Manuel, que se había dedicado al periodismo musical. Mi esposo, Manuel y yo disfrutamos de una cena con acompañamiento de llanto en diferentes escalas.
Fue después del café que le pedí ayuda a Manuel: nos debía enseñar estilos musicales, y probarlos frente al bebé, hasta encontrar aquél que lo ayudara a dormir. Él se entusiasmó con la idea (ya estaba pensando en su propio artículo). Yo traje los instrumentos musicales que tenía en casa, desde mi vieja guitarra hasta maracas de cotillón, y nos preparamos para la clase.
Justamente ahora estoy investigando sobre folclore latino –dijo Manuel- y estoy entusiasmado con el porro de Colombia.
Se hizo un silencio de muerte. Mi marido me miró espantado. ¿Lo... lo vamos a drogar?, -me preguntó. No sé... –respondí- ¿de qué clase de porro estás hablando? ¡No! -saltó mi amigo, que se había dado cuenta de la confusión. Un porro es un ritmo musical. El único porro que conozco es el cigarrillo de marihuana -dijo mi esposo. Mismas palabras significan cosas diferentes en distintos países -señaló Manuel, y siguió- el porro es un ritmo de fiesta, alegre. Es un diálogo entre trompeta y bombardinos, clarinetes y trombones.
Yo traje a mi hijo, mi amigo se largó a cantar el estribillo pegadizo de “La mucura”, de Toño Fuentes: “Es que no puedo con ella/mamá no puedo con ella,/mamá no puedo con ella/es que no puedo con ella”.
El porro era dulce, caliente, movedizo, como el Caribe. Mi esposo y yo nos levantamos e hicimos un trencito mientras cantábamos “Mamá no puedo dormirme”. Mi hijo nos miraba desde su cochecito con los ojazos así de grandes y ensayando sus primeras sonrisas. No, un porro no lo iba a dormir. Y mejor nunca tener que decirle: “cuando eras bebé, para dormirte, te poníamos un porro”. En nuestra cultura porteña suena... ilegal.
Para calmar los ánimos, de Colombia nos fuimos a Chile y Manuel y mi guitarra le ofrecieron a mi hijo una canción-sirilla: “Volver a los 17/después de vivir un siglo/es como descifrar signos/sin ser sabio competente...” Esa la sabíamos todos, y cantamos juntos. Mi hijo se puso a moquear, quizás por la profundidad de la canción de Violeta Parra. Manuel probó con otra, esta vez de Rolando Alarcón: “Mi abuela bailó sirilla/mi abuelo, el fandango doble;/mi tía, la pericona/y mi padrino, el redoble./Y cuando bailaron/¡huifa, se enamoraron!”.
Yo intenté bailar la sirilla, un baile de pañuelos y zapateo, de dos parejas mixtas. Pero Manuel dijo que lo mío parecía una zamba. Es que yo bailaba zamba en la escuela –expliqué.
Así que hacia la zamba nos fuimos. La zamba, nos contó Manuel, es originaria del Perú, donde se llama zamacueca, y llegó a la Argentina a través del Chile allá por 1815. Era una danza preferida por indios y negros (zambos) y se dice que debe su nombre a que sus coplas estaban dirigidas a las zambas.
La zamba representa el galanteo. El hombre busca a la mujer que le coquetea y se aleja, hasta que al final él la corona con su pañuelo, como abrazándola. Es la danza del acoso sexual -bromeó mi esposo. Manuel volvió a la guitarra y mi esposo improvisó un bombo con el balde, y todos entonamos “Zamba de mi esperanza”, de Jorge Cafrune. “Zamba de mi esperanza/amanecida como un querer/sueño, sueño del alma/que a veces muere sin florecer...” El momento estuvo mágico, pero mi hijo no se durmió y el ruido había terminado por irritarlo. Manuel, entonces, me preguntó si podía probar otra cosa. ¿Otro ritmo? -pregunté. Algo así... Alzó a mi hijo y lo llevó a su habitación. Regresó a los quince o veinte minutos. ¿Escuchan? –nos preguntó. No escucho nada... Eso, silencio –dijo Manuel. ¡Se durmió! –salté de la alegría. ¡Shhh! ¿Qué ritmo? Por favor, decime qué ritmo dio resultado: ¿pasodoble, rumba, chararera, joropo, huapango? Uno universal –sonrió Manuel- la letra dice así: “duérmete mi niño/duérmete mi amor...” Eso sí, con mucho balanceo. Un clásico...
A la noche siguiente volvimos a intentarlo, pero con ritmo de cumbia. Como para experimentar. Y no... mi hijo no pudo cerrar los ojos. ¡Pero qué sonrisas hermosas nos regaló!

4 comentarios:

Maria Lopez dijo...

¡Hola Verónica! ¡Muy bueno lo suyo! Es un texto visual y muy divertido. Mientras lo lees podes verlo... y ¡reirte mucho! Además, no sé si era parte del contrato, pero llevas muy bien la "veta cultural" que atraviesan los dos últimos textos que posteaste... se aprende sin darse cuenta. Muy bueno. Que pena que queden poquitos.

Ivana Carina dijo...

Ay Verónica! ;)
Leí el título en el Reader y me dije:
Esto va a estar bueno! :P
Y no me equivoqué, che!
De solo imaginarlos a tu marido, tu amigo Manuel y vos al ritmo de ese menjunje de canciones y estilos, fué mágico! ajajajaa!
Y me hubiera encantado ver la cara de tu bebe en esos momentos! :)
Y como lo durmió Manuel.... Sublime! jajajaa!
Lástima que no te publicaron los 3 artículos! ;)

Muy bueno lo tuyo, Vero!!!
Saluditos patagónicos!!

María Cristina Alonso dijo...

Muy linda tu nota, sobre todo porque me hizo volver 19 años atrás. Yo también intentaba dormir a mi hijo probando todos los ritmos musicales, desde la marcha peronista, la internacional, y otras del repertorio de los `70: "A desalambrar", "Canción con todos" y miles más ante los ojos redondos y siempre abiertos de mi niño. Hace mucho que disfruto tu blog.

Verónica Sukaczer dijo...

Muchas gracias a las tres por sus lecturas y comentarios.