28 marzo 2008

LA CASA DE PAPEL



"Me pregunté muchas veces por qué conservo libros que sólo en un futuro remoto podrían auxiliarme, títulos alejados de mis recorridos más habituales, aquellos que he leído una vez y no volverán a abrir sus páginas en muchos años. ¡Tal vez nunca! Pero, ¿cómo deshacerme, por ejemplo, de El llamado de la selva, sin borrar uno de los pocos ladrillos de mi infancia, o de Zorba, que selló con un llanto mi adolescencia, de La hora veinticinco y de tantos otros hace años relegados a los estantes más altos, enteros, sin embargo, y mudos, en la sagrada fidelidad que nos adjudicamos?

A menudo es más difícil deshacerse de un libro que obtenerlo. Se adhieren con un pacto de necesidad y olvido, tal como si fueran testigos de un momento en nuestras vidas al que no regresaremos. He visto que muchos fechan el día, el mes y el año de la lectura; trazan un discreto calendario. Otros escriben su nombre en la primera página, antes de prestarlos, anota en una agenda al destinatario y le añaden la fecha. He visto tomos sellados, como los de las bibliotecas públicas, o con una delicada tarjeta del propietario, deslizada en su interior. Nadie quiere extraviar un libro. Preferimos perder un anillo, un reloj, el paraguas, que el libro cuyas páginas ya no leeremos pero conservan, en la sonoridad de su título, una antigua y tal vez perdida emoción.

Sucede que al fin, el tamaño de la biblioteca importa. Queda exhibida como un gran cerebro abierto, bajo miserables excusas y falsas modestias. Conocí a un profesor de lenguas clásicas que demoraba, adrede, la preparación del café en su cocina, para que la visita pudiera admirar los títulos de sus anaqueles. Cuando comprobaba que el hecho estaba consumado, ingresaba a la sala con la bandeja y una sonrisa de satisfacción.

Los lectores espiamos la biblioteca de los amigos, aunque sólo sea por distraernos. A veces para descubrir un libro que quisiéramos leer y no tenemos, otras por saber qué ha comido el animal que tenemos enfrente. Dejamos a un colega sentado en la sala y de regreso lo hallamos invariablemente de pie, husmeando nuestros libros".

Carlos María Domínguez

"La casa de papel"

Un librito precioso. Desde la tapa dura, las pequeñas ilustraciones. Un libro que habla de libros. Un autor que no había leído.

De estos descubrimientos está hecha la felicidad.

1 comentario:

flor dijo...

Vero:

Yo reflexiono mucho acerca de qué hacer con mis bibliotecas (que son gigantes). Y descubrí que siempre están cambiando. Estudié la carrera de Letras y eso hizo que los anaqueles se llenaran muy rápido de libros, quizás demasiado rápido. Yo soy de las que anotan su nombre en la primera página y el año en que los leí pero siempre olvido a quien se los presté y así he perdido innumerables ejemplares.

Me sucede también que los libros que leí antes de ingresar a la carrera los aprecio muchísimo. Son esos que elegí yo y que nadie me impuso por un canon o una concepción de lo que debía ser la literatura. Después están los que libros que elegí después de terminar la carrera. Esos también los elegí yo y también los aprecio muchísimo.

El año pasado, cuando me mudé (las mudanzas y los libros no se llevan bien), regalé treinta libros que sabía que no iba a volver a leer jamás. Los sentía como "atascados" en los anaqueles de mi biblioteca. Así que pasaron a otras manos gustosas de recibirlos. Y otros lectores los descubrieron.

Supongo que volvieron a producir felicidad. No lo sé.

Gracias por la recomendación.

Un beso,

Flor.