30 julio 2007

LOS MEJORES TÍTULOS

En periodismo nos enseñan que el título es el cartel de venta de una noticia. En la literatura sucede lo mismo. El título es un cross a la mandíbula de la atención del lector. El título es un arte que a veces escapa a los mejores escritores. Por eso hoy los mejores títulos -sin importar el contenido del libro- que guarda mi pequeña memoria. Espero que agreguen los suyos.

¿Tocan los violines los peces de colores?, David Henry Wilson
Cien años de soledad, Gabriel García Márquez
El chofer que quería ser Dios, Etgar Keret
El hombre que está solo y espera, R.Scalabrini Ortiz
Todos los hombres son mortales, Simone de Beauvoir
Primavera con una esquina rota, Benedetti
Mala noche y parir hembra, Angélica Gorodischer
Como agua para chocolate, Laura Esquivel
Triste, solitario y final, Osvaldo Soriano
Zen en el arte de escribir, Ray Bradbury
Mr. Vértigo. Paul Auster
Un libro para niños basado en un crimen real, Chloe Hooper
Cómo ser buenos, Nick Hornby
Las venas abiertas de América Latina, Eduardo Galeano
Veo una voz, Oliver Sacks
Eres una bestia, Viskovitz, Alessandro Boffa
De qué hablamos cuando hablamos de amor, Raymond Carver
El nombre de la rosa, Umberto Eco
¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? Raymond Carver
Un mundo feliz, A.Huxley
Se acabaron las espinacas y otros delitos por computadora, varios
El largo adios, Raymond Chandler
El arrancacorazones, Boris Vian
Jenny y el inventor de problemas, H.Oram
Si una noche de invierno un viajero, Italo Calvino
El amor es un número imaginario, Roger Zelany
Los superjuguetes duran todo el verano, Brian Aldiss
Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura, Kenzaburo Oé
Cerrado por melancolía, Isidoro Blaisten
Debí decir te amo, Juan Gelman
Me alquilo para soñar, Gabriel García Márquez

20 julio 2007

EL CIELO DEL NEGRO

(...)
-¡Ah! -dijo Roque de repente, desinteresándose de su amable diálogo con el Sordo-. Hay que poner un plato más en la mesa...
Telmo, Hernán que volvía y el Sordo lo miraron.
-¿Quién viene?
-El Pepe.
-¿El Pepe? -exclamaron todos al unísono.
-El Pepe, en persona...
-El Pepe... ¡Qué raro! -se ensombreció la cara del Telmo.
-Pero... Si estaba bien.
Roque se encogió de hombros y se metió en la boca un pedazo enorme de pan con salame.
-¿No lo habías visto vos, antes de venirte, y estaba bien? -le preguntó Telmo a Hernán.
-Sí. Pero hace ya como tres meses, no te olvidés...
-Sí, pero...
-¿Algún accidente? -preguntó el Sordo.
El Roque se volvió a encoger de hombros.
-No sé, Sordo... Yo te digo lo que me dijeron...
-¿Quién te dijo?
-En la puerta de entrada... Ya debe estar viniendo para acá...
-Mirá vos... -Hernán se rascó una mejilla, pensativo-. Pero... ¿el Pepe andaba mal del bobo o una cosa de ésas? Nunca me...
-¿Qué sé yo, Hernán! -casi se enojó el Roque, con la boca llena. -No es necesario andar mal del bobo, ¿no? Mirá yo... Estaba fantástico también... ¿y?
-Bué... -suspiró Telmo, volviendo su atención a la parrilla. -Será bienvenido.
-¿Acaso no te alegra que venga el Pepe? -preguntó Roque.
-¡Nooo! ¡Por favor! -se ofendió Hernán- Encantado de Dios que venga el Pepe. ¿Cómo no voy a tener ganas de verlo? Por favor, me cago de gusto... No me interpretés mal, Roque... Te digo, nomás...
-Por eso.
-¿Sabés qué? Hacemos la fiesta completa con Pepe...
-Además, es futbolero... -agregó Telmo, enjuagándose una gota de sudor que le irritaba el ojo. -No va a venir a rompernos las bolas con que quiere ver ballet... o un concierto.
(...)
-Llegás justo, Pepín -le dijo Telmo, volviendo a su reducto junto al fuego.
-¿Agregaste el vacío? -se preocupó Hernán.
-Llegaste justo porque... -Telmo miró a Hernán.
-Sí, lo agregué -tranquilizó- Porque ahora tenemos Peñarol y Ríver.
-¿Peñarol y Ríver? -preguntó Pepe, aún un poco ido, como absorto, mirando hacia todas partes, ubicándose.
-Claro, papá -dijo Roque, sin dejar de comer. -Y mañana tenemos el Bayern y Manchester United... Y pasado.. ¿Pasado qué teníamos?
-Box -gritó el Sordo desde adentro. -La pelea por el título.
-La pelea por el título -sonrió Roque, ufano. -Los medianos welters.
-El negro que ganó las otras noches y... No sé qué otro... Un nigeriano...
-Y así todas las noches. Todas -informó Roque- No hay una sola en que no tengas nada para ver.
-Y... Acá se agarra todo -dijo Hernán, que también se había sentado y estaba descorchando el blanco.
-Che, Pepe, Pepín... -sonrió Telmo. -Y de pedo no te encontraste con el Charro...
-¿Qué Charro?
-El Charro Moreno. Le habíamos dicho que viniera a comer, y a ver el partido.
-¿El Charro Moreno? -se asombró Pepe. -¿El de Ríver?
-Y claro, papá... El otro día vino Angelito.
-¿Qué Angelito? ¿Labruna?
-Sí. Vino a ver... vino a ver... -dudó Telmo. -No sé qué partido vino a ver.
-Con el que nos cagamos de risa fue con Fidel -dijo Hernán.- Con Fidel Pintos.
-¿Fidel Pintos? ¿Estuvo acá? -el Pepe no lo podía creer.
-Sentado ahí mismo donde estás sentado vos -aportó el Sordo. -Un fenómeno.
-¿Sabés a quién quiero traer yo? -dijo Hernán -Digo... algún día...
-¿A quién?
-A Carlitos...
-¡Ah! -se golpeó las palmas de las manos, Roque. -Mirá qué joda.
-Y que cante -siguió Hernán.
-¡Yo también quiero que venga, boludo! -dijo el Roque. Telmo se reía. -Mirá qué piola que sos. Todos. Pero no tiene ni una fecha libre el guía. Si todo el mundo lo invita.
-¿Carlitos? -los miró Pepe- ¿Está acá?
-Todos están acá, querido -dijo Roque- Acá te los podés encontrar a todos. A todos. El otro día vino un sobrino de Irigoyen.
-No... Pero yo a Carlitos lo quiero traer... -insistió Hernán, como atrapado por una ensoñación.
-Ya va a venir. Ya va a venir -consoló Telmo- Hay que agarrarlo con tiempo. Si acá, lo que sobra es tiempo.
-Por otra parte, no es de hacerse el estrecho.
-¡Para nada! ¡Le gustan estas cosas! Y el fútbol le cabe...
-Hincha de Rácing, además.
-Y los burros. Los burros más todavía.
-Por él soy capaz hasta de ver una carrera, te digo.
-A la que me gustaría traer es a la rubia... -dijo el Sordo- La Marilyn...
-¿Está acá? -preguntó Pepe.
-Y sigue buena -asintió el Sordo, con la cabeza. -Aunque sea para mirarla...
-Con esa mina te caga el idioma, Sordo -dijo Roque. -Como cuando vino Fred Astaire...
-Para mirarla nomás, te digo, Roque.
-Después se arma el quilombo con las mujeres.
-¿Vino Fred Astaire? -el Pepe los miraba procurando detectar una broma colectiva.
-Pero a pedir una escoba. Pasa siempre -dijo Hernán.
-Baila con la escoba, Hernán -puntualizó Roque. -No te creas que es para barrer.
-Che Pepe... -Telmo se acercó hasta la mesa, se secó la transpiración con un repasador y empezó a pelar minuciosamente un pedazo de salame. -¿Llegaste bien?
-Sí.
-¿Quién te recibió?
-No sé... Un pelado, de barba...
-¡Pedro! ¡Pedrito viejo nomás!
(...)

Del cuento "Cielo de los argentinos" del libro "Uno nunca sabe"
ROBERTO FONTANARROSA

16 julio 2007

LAS OTRAS LECTURAS

Lo que llamamos literatura es sólo una parte de las lecturas que nos formaron. Yo leía, a los 11 ó 12 años, por ejemplo, un libro de tapas celestes que mi mamá recibía a principio de año, y que para mí tenía el mismo interés y suspenso que una novela. Era el diseño curricular de la educación primaria. Allí me enteraba de lo que aprendería durante el año que empezaba, y por qué. Era como saber, antes que cualquiera de mis compañeros, quién era el asesino y los detalles de la autopsia.
Otra de mis lecturas favoritas eran los diarios personales de mis hermanas adolescentes. Había aprendido el arte de abrir los pequeños candados con la punta de una tijera, y me paseaba sin culpa ni remordimiento por la intimidad de quienes sólo existían para molestarme. Con esos diarios no sólo aprendí sobre seducción, sino sobre chantaje y venganza. También descubría secretos o intrigas familiares a los que, por mi edad, no estaba invitada. Tal como lo hacía con los diarios personales, perseguía con pasión las cartas de los demás. Las cartas de amor entre mis padres. Cartas de pacientes agradecidos o no que recibían mis familiares médicos. Dibujos, cartas, tarjetas de los alumnos de mi mamá, que siempre parecían quererla mucho más que yo. Cartas de tíos, primos, padres, amigos, con reproches viejos y cuentas pendientes. Todo caía bajo mi voracidad lectora. Las historias clínicas de mi padre, odontólogo. Los libros "de terror pediátrico" de mi tía médica, con fotos de miembros deformes y labios leporinos. Las escrituras de mi abuelo, escribano. Las revistas "del corazón" y de fotonovela de mi abuela. Yo lo leía todo. Lo que entendía y lo que no. Historietas, no hace falta decirlo. No respetaba en absoluto el carácter privado de ciertos papeles. No me importaban los derechos de los demás a su intimidad. No hacía caso de las prohibiciones. Aquello que existía en letra impresa existía para que yo lo leyera. Hurgaba, revisaba, requisaba en cajones, placares, escritorios, agendas, bibliotecas, en busca de cualquier trozo de historia que sirviera para calmar mi sed de querer leerlo todo.
Lo sigo haciendo. Leo las historias médicas en cuanto el médico se da vuelta. Los expedientes de cualquier cosa cuando el empleado no me ve. Las agendas personales sobre el hombro de un desconocido. Los mensajes de texto enviados y recibidos en los celulares de quien esté a mi alcance. La letra chica de lo que tenga letra grande. Los mails que no me pertenecen. La vida entera pasa por esas escrituras. De allí me nutro para poder escribir mi propia historia. Y estoy convencida de que cuando haya logrado reunir y leer todos esos pedacitos cargados de grafismos que me rodean, habré leído por fin la historia de todas las historias. El último libro.

10 julio 2007

AY QUÉ LINDO, NIEVA


Al principio me pareció re-romántico, re-fantástico y re-histórico. Me abracé a mi marido, en realidad porque él tenía un polar y una campera y yo apenas un bucito, y le dije:
-mirá, estamos en New York.
Pero enseguida me arrepentí, por la fecha patria, porque bien podríamos estar en Bariloche, y dije: nieva el día de la independencia. Porque para originalidad no hay como yo, ¿no? Los chicos divinos con esto de la nieve. El mayor se enojó porque no quería ponerse la campera. El menor se ofendió porque el mayor hizo algo para joderlo seguro, y ninguno quería bajar a la calle para jugar con la nieve, y yo, que paso rapidísimo de estar re-romántica a re-histérica, gritaba:
-¡pero qué pelotudos! les dejo bajar, mojarse, tocar la nieve, no la van a volver a ver en sus putas vidas en Capital, y ustedes se enojan. ¡Me pudrí!
Y bajé yo sola. Ellos bajaron un minuto después, claro, con abrigo y cara de qué me importa. Y volvieron a enojarse porque no les presté la cámara de fotos ni la filmadora. Y así todos enojados y gritándonos disfrutamos de la nieve. Qué linda. Como misteriosa, mágica... Navidad europea en Buenos Aires el 9 de julio. Han pasado cosas más insólitas.
Hay que salir a buscar a un tipo que tenga más o menos 95 años y recuerde la nevada anterior, pensaba yo como periodista. Porque cuando uno fue periodista sigue pensando como periodista toda su vida. De 89 no sirve, porque era un bebé y no se va a acordar. Menos mal que estoy desocupada.
Y después... después me empezó a dar como cosa... porque no paraba. Vos pensás que va a nevar diez minutos y listo. Pero no, siguió nevando y nevando, y yo que paso rapidísimo del re-romanticismo al re-histeriqueo a la re-alarmista, me puse a pensar en la película El día después de mañana. Y en El Eternauta también. Mis chicos ya habían tocado copos de nieve y seguían peleándose, así que la cosa no pasaba por El Eternatura. Mejor, porque yo no uso bolsas de basura de consorcio y no iba a poder hacer esos trajes impermeables que se hicieron en la historia. Yo uso bolsas de Coto. Y además no quería encontrarme con un Mano. Como no era El Eternauta tenía que ser El día después de mañana. Pronto iba a llegar el remolino ese y todo se iba a congelar. Y yo no tengo pilas ni linternas en casa. Ni agua mineral, porque tomamos agua de la canilla con jugo Tang. ¡Y ni en pedo iba a quemar mis libros para darles calor a dos pibes que cada vez que les pongo un buzo se lo sacan! Igual no fue. Dejó de nevar y parece que el mundo sigue por ahora. Pero te juro que lo pensé. Por un segundo, por un minuto, me pregunté si una nevada tan linda no ocultaba otra cosa. Como el secuestrador que te ofrece un caramelo para que te acerques.
En fin... no pasó nada. Nevó en Buenos Aires, qué lindo.

02 julio 2007

AMAR, TEMER, PARTIR

Conocí a la profesora Delia Nilda Garcelazo del Prado Marcchetti de casualidad, en una conferencia en mi viejo colegio Normal a la que acudí sólo por nostalgia. El tema de la charla era "La literatura para jóvenes, ¿una apuesta real o una estrategia de mercado?" y admito, sólo dos líneas después, que mi motivación más que la nostalgia, fue que alguien me reconociera como ex-alumna, actual escritora, y me ofrecieran, por lo menos, un puesto de preceptora o coordinadora de talleres literarios. De todos modos no es ese el motivo de este post (no me reconocieron), sino el hecho de haber conocido a la ilustre profesora. Una mujer que, pasados los noventa años, y a pesar del exceso de maquillaje y el olor a naftalina y humedad que emanaba su viejo tapado de visón, permanece lúcida, atenta, informada y jovial.
La profesora Delia se sentó a mi lado, en la primera fila (éramos unos veinte los asistentes a la conferencia) y pronto me pidió ayuda para entender de qué corno se hablaba allí lejos, sobre el escenario, y sin micrófono. Yo la miré. ¿Qué le podía decir? A sus ojos soy joven y oyente, ¿para qué cansarla con largas explicaciones sobre déficil auditivo y comprensión de la palabra? Así que inventé. ¿De qué podían estar hablando? De que los primeros libros para adolescentes fueron en realidad libros escritos para adultos, y que ahora los adolescentes son un mercado en sí mismos aunque no hay púber que yo conozca que prefiera gastar su plata en un libro en vez de un nuevo celular. En fin, digamos que le hice a la profesora un resumen de lo que yo supuse que se diría, y pronto nos encontramos conversando de otras cosas. De la vida.
-¿Usted a qué se dedica? ¿Es profesora de lengua? -me preguntó.
-No, escribo. El estudio del castellano nunca fue mi fuerte. Pero escribo naturalmente bien, no se preocupe -bromeé.
-¿Y de verbos, cómo andaba?
Ese había sido un golpe bajo.
-Bueno... nunca acepté el hecho de tener que aprender de memoria. En ninguna materia. Y admito que no encontré la manera de estudiar los tiempos verbales razonando...
-O sea que no puede distinguir un infinitivo de un imperfecto.
-Eh... no. Pero a la hora de escribir uso los verbos correctamente.
-Pero no puede conjugarlos -atacó ella. ¿Tenía un trastorno obsesivo-compulsivo relacionado con los verbos? ¿Era una anciana asesina serial que mataba a quien no pudiera distinguir un verbo irregular de uno regular? ¿Acaso se había dado cuenta de que yo le había dicho cualquier cosa sobre la conferencia y se estaba vengando? O... ¿cómo no me había dado cuenta? Era una vieja profesora de castellano que me recordaba y sabía que siempre, pero siempre, me había copiado. Esperaba que por lo menos le diera gusto saber que me había dedicado a la literatura.
-No, la verdad es que no recuerdo las conjugaciones. Nunca pude aprenderlas.
Conozco decenas de poesías de memoria, teoremas, pero las tablas de mutiplicar y los verbos fueron mi talón de Aquiles (quería demostrarle que era culta, que de mitología griega sí me acordaba). Lo intenté, pero no pude.
-Los verbos estaban destinados a hacernos sufrir... -dijo ella. No supe si me había escuchado.
-Sí, supongo que siguen siendo un sufrimiento para los estudiantes.
-Oh, no de esa manera. Lo que le digo... -aquí bajó la voz -es que los verbos los inventé yo.
Ahora quedaba claro. Estaba senil.
-Pensé que se habían inventado en la Biblia -dije- por eso de "primero fue el verbo". O antes, ¿no? Tal vez el hombre de las cavernas ya conjugaba el verbo matar o comer, puede ser.
-¡No sea bestia, alumna! -dijo ella con un tono docente que no había perdido a pesar de los años.
-No sé... es que me parece que los verbos existen desde antes que usted. No puedo probarlo, pero... tal vez sean del Renacimiento o la Revolución Industrial.
-Lo que yo le digo, es que inventé el sistema de conjugación universal de verbos regulares, "amar, temer, partir".
-Oh... no entendí.
-¿Cuántas veces hay que repetirle a usted las cosas?
-Ni se imagina.
-Mire, cuando yo estudiaba el profesorado, cada profesor decidía con qué verbos enseñaba las conjugaciones. Hasta que yo escribí una tesis sobre la practicidad de utilizar los verbos amar, temer y partir en la enseñanza de la lengua, y la idea tuvo tal repercusión que se transformó en una regla del castellano. Se enseña verbos con amar, temer y partir.
-¿Y por qué esos tres verbos?
Ella calló. Se quedó con la mirada perdida. Me dí cuenta. Había estado esperando esa pregunta. Toda la conversación no había sido otra cosa que el preludio, el camino que había trazado para llevarme a esa única cuestión.
-Amar... temer... partir... -repetió en voz queda. -¿Se imagina, no? Usted que es escritora.
-Imagino una historia de amor.
-Soy soltera -saltó ella.
-Como casi todas las profesoras de castellano viejas, no sé por qué -se me escapó, sin ninguna sutileza.
-Él era un caballero -inició su historia. -Un profesor de matemática, física y química. Nos conocíamos apenas de la sala de profesores, pero nos envíabamos a los alumnos con problemas. Él me mandaba a los que no sabían escribir un teorema, y yo le devolvía el favor con los que no sabían contar. Así sumábamos unos pesitos a nuestros magros sueldos de docentes argentinos. Esto fue hace muchos años, como se puede imaginar. Yo no tenía más de 23 ó 25, y él debería estar en sus 30. Nos enamoramos perdidamente. El problema fue que él estaba casado con la profesora de educación práctica. Siempre fueron unas brujas las profesoras de educación práctica. Se creen profesoras cuando sólo enseñan ganchillo o a cambiar un enchufe. Y es eso, justamente, la falta de conocimiento, lo que las amarga. Las profesoras de educación práctica son obreras glorificadas, nada más. El tema es que él y yo teníamos una afinidad... éramos almas gemelas. Podíamos pasar horas conversando sobre filosofía, pedagogía, literatura, mecánica cuántica, filología, historia comparada de las religiones, números primos. Conversar era para nosotros como hacer el amor, mire lo que le digo. Yo podía morir escuchando su voz, que no precisaba más. Él me miraba como si fuera la única mujer en el mundo que conociera la diferencia del sujeto y el predicado. Cosas tan comunes... tan normales... y sin embargo para él eran especiales si las decía yo. Si hemos tomado café él, té con leche yo, en la sala de profesores... o escondidos en el gimnasio, detrás del tatami, o en la sala de música, adentro de la cola del piano... Fue un amor como ninguno, le juro. Un amor de esos que trascienden fronteras y anudan las almas. Cuando hice mi tesis sobre los tiempos verbales, era su amor el que guiaba mis palabras.
-Entiendo lo de amar y partir. Supongo que él se fue...
-Sí -ella agachó la cabeza y buscó en su pequeña cartera de cocodrilo un pañuelo amarillo, de hombre, con las iniciales F.J.H.U.Y. No era de ella. -Él se fue. En esa época uno no dejaba a su esposa. Y ella, Dios mío, ella, era una mujer tan vil, que a pesar de que se enteró de lo nuestro, no lo dejó ir. No le importó su felicidad. Hizo lo que hacen todas las mujeres de poca calaña, lo que hacían las profesoras de educación práctica de aquél entonces... se quedó embarazada. Él no se animó a dejar al fruto de su vientre.
-Bueno... eran esposos, eso no tenía relación con su actividad como profesora de educación práctica.
-Sí, porque en ese entonces eran las profesoras de educación práctica las que dictaban las clases de "higiene, moral y castidad". Ella sabía cómo hacerlo.
-Ah... Pero... ¿y por qué temer?
-Porque cuando ella se enteró empezó a correrme por toda la escuela. Como una yegua enloquecida. Me tiraba tizas, borradores, papel glacé, engrudo. Cualquier cosa me tiraba. Este ojo, ¿ve este ojo que lo tengo como mal, como torcido? Me dio con una aguja de crochet. Yo le tenía pánico a esa mujer. Por eso lo de temer.
-Siempre me pareció muy romántico eso de "amar, temer y partir". Como una triste canción de amor.
-Gracias. Ojalá todos los alumnos, a través de estos años, hayan sentido lo mismo. Fue la única forma que encontré de contar lo que me había pasado, de transmitir mi historia a las siguientes generaciones.
-Yo creo que lo ha conseguido, sin dudas -mentí.
-¿Me puede hacer un favor?
-Por supuesto.
-Conjúgueme el pretérito pluscuamperfecto del verbo amar. Escucharlo de boca de una mujer joven me hace recordar viejas épocas.
-Lo siento pero... no puedo ¡No puedo! ¡No puedo!