23 agosto 2007

ESAS IDEAS MARAVILLOSAS

Como siempre sucede, las ideas maravillosas jamás se me ocurren a la hora de escribir ni frente a la PC. Frente a la computadora tiendo a dispersarme bastante. Me preparo un té o un mate cocido. Pienso en medialunas. Entro a Internet. Reviso el correo. Vuelvo a entrar a Internet. Vuelvo a revisar el correo, y continúo en ese círculo vicioso hasta que el día se fue y me aferro a la excusa de que si no trabajé, fue porque la idea no apareció.
Un escritor amigo que ronda este blog me dio el siguiente consejo: a la hora de la literatura, la red se apaga. Yo le hice caso. Porté mi notebook a mi dormitorio, y me preparé para recibir a las musas. Pero, como en toda trama, surgió un problema. Se me ocurrió probar el botoncito de la conexión inalámbrica. El wi-fi. Y encontré una red. ¡Encontré una red gratuita e inalámbrica desde mi cama! Magia. Milagro. Así que reinicié la obsesión de Internet y el correo desde un paisaje nuevo. Porque total, a mí las ideas nunca se me ocurren cuando estoy frente a la PC.
Se me ocurren, en general, antes de dormirme. Casi siempre. A veces en la ducha, lugar común. O en los viajes. O leyendo. O mirando una película. Pero casi siempre antes de dormirme. En ese lugar de la vigilia que va llegando lentamente y del que uno no desea escapar. Y las ideas que se me ocurren en ese momento son, por supuesto, maravillosas. Son únicas. Son las mejores. Y yo no las anoto. Sé que son maravillosas con la poca lucidez que me queda, pero no puedo estirar la mano, por no decir erguirme, prender el velador, buscar un cuaderno, una lapicera, pedirle al cerebro que le ordene a la mano que escriba. Me consuelo mintiéndome que si la idea es tan perfecta, continuará acompañándome cuando me despierte. Pero las ideas se van. El sueño, en cambio, raras veces.
Tengo la suerte de tener una memoria prodigiosa (producto, creo yo, de mi entrenamiento en lectura) y a la mañana siguiente, sabiendo que una idea perfecta cruzó mi cabeza (¿por qué uno recuerda que tuvo una idea y no la idea?) realizo todo un ejercicio de meditación para recuperarla. La idea permanece en alguna conexión sináptica, creo yo. En los axones, en las dendritas, en los neurotransmisores. No se ha ido a ningún lado. Pero es como el inconciente para los psicoanalistas, o Dios para los creyentes: saben que está aunque no tengan forma de probarlo. Medito, decía. Trato de recordar la cadena de hechos que me llevaron a tener esa idea. Qué estaba mirando en la TV, qué conversaciones tuve, de qué modo me acosté, si busqué un vaso de agua, si los chicos me llamaron, si fui una última vez al baño. Tal como hago para encontrar las llaves o un documento perdido, voy desandando camino. Algunas veces la encuentro. A la idea. Y puede ser que a la luz del día no sea tan maravillosa ni tan perfecta. Puede ser que apenas sea un recuerdo, hasta un plagio de algo que leí antes de dormirme o que ví en la televisión. Otras veces sí vale la pena y la anoto para no cometer la tontería de volver a perderla. Tal vez en algún momento rinda sus frutos. Tal vez no.
Admito que en general son lo que yo llamo medias premisas. "Un chico que se cree payaso" (digo por decir, no voy a divulgar aquí mis ideas maravillosas), anoto. Bien, pero... ¿qué le pasa a ese chico? ¿Cuál es la trama, cuál es el argumento? Tengo a un chico que se cree payaso, ¿hacia dónde voy? Mi trabajo, claro, es que las ideas que aparecen como media premisas logren convertirse en premisas completas. A veces lo logro. El resultado se llama "cuento". Otras no.
Lo cierto es que ayer por la noche, 22 de agosto de 2007, alrededor de las 22,30 horas (tiendo a dormirme temprano, sepan comprender, me levanto 6,30 y se terminó la temporada de series) sé que tuve una idea maravillosa. Tal vez la más maravillosa que haya tenido en toda mi vida como escritora. Fue un pequeño orgasmo literario. La respuesta a todas mis preguntas. LA IDEA. No estoy escribiendo esto como una generalización, ni estoy usando algo que me sucede a menudo para una crónica justo hoy. No, ayer sucedió. La semana pasada tuve otras ideas maravillosas que logré recordar al despertar. Pero ninguna como esta. Era tan maravillosa que no tuve ninguna duda de que me acordaría de ella. De que se convertiría en un cuento, o hasta en un libro, por supuesto, maravilloso. Ideas así no se olvidan, a menos que algunas neuronas hayan muerto mientras dormía. Eso no puedo confirmarlo. El tema es que no me acuerdo. Ni con meditación, ni con tranquilidad, ni engañando a mi mente haciéndole creer que pensaba en otra cosa para agarrar a la idea desprevenida. Nada. No está más. Como Dios o el inconciente. O los Reyes Magos. Allí donde debería haber una idea maravillosa, no hay nada.
De todos modos no pierdo las esperanzas, y esta noche prepararé hoja y Parker antes de dormirme. Miraré el último capítulo de Dr. House. Me levantaré a tapar a los niños. Tomaré un último sorbo de jugo Tang. Acomodaré mi almohada y me daré vuelta porque el sueño me llega boca abajo, y esperaré... como el deprepador espera a su víctima.
Pero hay otro problema y yo lo sé: que esas ideas increíblemente maravillosas no permiten que las atrapemos ni siquiera en el papel.

3 comentarios:

Capitan Burton dijo...

Estimada Verónica,

completamente de acuerdo con usted.
Sin embargo le confieso algo, en mi caso el problema suele ser la puesta en práctica de esas ideas. Cada tanto se me da por inventar cosas. Pero nunca las he llevado a cabo. Publicidades flotantes para días nublados, cucharitas de azucar de azucar (después de revolver se tiran en el remolino), sorbetes tang (tienen jugo cristalizado en distintas densidades dentro, de forma que uno se sirve un vaso de agua pero bebe un refrescante jugo de naranja) etc, etc.. Se que moriré viejo y veré como mis inventos van siendo creados. Y mis nietos no me visitarán porque dirán que el abuelo está senil y que se la pasa diciendo que el inventó todo.
Pero claro, usted hablaba de literatura, y yo me he ido por las ramas.

Saludos
Capitán Sir Richard F. Burton

Antonia Romero dijo...

Cuando empecé a escribir no tenía internet en mi ordenador, era el portátil de trabajo de mi marido y no podía conectarme con él. Eso lo hacía en el trabajo. Entonces me levantaba a las seis de la mañana y escribía y escribía sin parar hasta la hora de marcharme. Ahora me pasa muchas veces exactamente lo que has explicado (tan sabiamente como siempre) al principio. Me daría de bofetadas, no lo hago porque, como sabes, soy anti-violencia (quiera decir lo que quiera decir eso).
Me ha dado mucho alivio descubrir que no soy la única que sufre la obsesión del "enviar y recibir" o el "voy a buscar esto en la red". Ahora mismo me había puesto a trabajar y ya ves, aquí, de visita.

Lo de las ideas es otro tema. Algún día escribiré sobre ello...

Un besote

Ruth dijo...

Je, je, yo he encontrado la solución: escribir a mano. Aunque es una solución bastante cutre, porque no puedes darle al delete cuando te equivocas, ni borrar párrafos sin que quede una guarrada, ni insertar una idea o un personaje nuevo a mitad de la historia. Pero bueno, es un borrador, y siempre es más fácil trabajar a partir de borrador que con la página en blanco (al menos para mí).
Ánimo, Vero, que seguro que aparece otra super idea.