02 julio 2007

AMAR, TEMER, PARTIR

Conocí a la profesora Delia Nilda Garcelazo del Prado Marcchetti de casualidad, en una conferencia en mi viejo colegio Normal a la que acudí sólo por nostalgia. El tema de la charla era "La literatura para jóvenes, ¿una apuesta real o una estrategia de mercado?" y admito, sólo dos líneas después, que mi motivación más que la nostalgia, fue que alguien me reconociera como ex-alumna, actual escritora, y me ofrecieran, por lo menos, un puesto de preceptora o coordinadora de talleres literarios. De todos modos no es ese el motivo de este post (no me reconocieron), sino el hecho de haber conocido a la ilustre profesora. Una mujer que, pasados los noventa años, y a pesar del exceso de maquillaje y el olor a naftalina y humedad que emanaba su viejo tapado de visón, permanece lúcida, atenta, informada y jovial.
La profesora Delia se sentó a mi lado, en la primera fila (éramos unos veinte los asistentes a la conferencia) y pronto me pidió ayuda para entender de qué corno se hablaba allí lejos, sobre el escenario, y sin micrófono. Yo la miré. ¿Qué le podía decir? A sus ojos soy joven y oyente, ¿para qué cansarla con largas explicaciones sobre déficil auditivo y comprensión de la palabra? Así que inventé. ¿De qué podían estar hablando? De que los primeros libros para adolescentes fueron en realidad libros escritos para adultos, y que ahora los adolescentes son un mercado en sí mismos aunque no hay púber que yo conozca que prefiera gastar su plata en un libro en vez de un nuevo celular. En fin, digamos que le hice a la profesora un resumen de lo que yo supuse que se diría, y pronto nos encontramos conversando de otras cosas. De la vida.
-¿Usted a qué se dedica? ¿Es profesora de lengua? -me preguntó.
-No, escribo. El estudio del castellano nunca fue mi fuerte. Pero escribo naturalmente bien, no se preocupe -bromeé.
-¿Y de verbos, cómo andaba?
Ese había sido un golpe bajo.
-Bueno... nunca acepté el hecho de tener que aprender de memoria. En ninguna materia. Y admito que no encontré la manera de estudiar los tiempos verbales razonando...
-O sea que no puede distinguir un infinitivo de un imperfecto.
-Eh... no. Pero a la hora de escribir uso los verbos correctamente.
-Pero no puede conjugarlos -atacó ella. ¿Tenía un trastorno obsesivo-compulsivo relacionado con los verbos? ¿Era una anciana asesina serial que mataba a quien no pudiera distinguir un verbo irregular de uno regular? ¿Acaso se había dado cuenta de que yo le había dicho cualquier cosa sobre la conferencia y se estaba vengando? O... ¿cómo no me había dado cuenta? Era una vieja profesora de castellano que me recordaba y sabía que siempre, pero siempre, me había copiado. Esperaba que por lo menos le diera gusto saber que me había dedicado a la literatura.
-No, la verdad es que no recuerdo las conjugaciones. Nunca pude aprenderlas.
Conozco decenas de poesías de memoria, teoremas, pero las tablas de mutiplicar y los verbos fueron mi talón de Aquiles (quería demostrarle que era culta, que de mitología griega sí me acordaba). Lo intenté, pero no pude.
-Los verbos estaban destinados a hacernos sufrir... -dijo ella. No supe si me había escuchado.
-Sí, supongo que siguen siendo un sufrimiento para los estudiantes.
-Oh, no de esa manera. Lo que le digo... -aquí bajó la voz -es que los verbos los inventé yo.
Ahora quedaba claro. Estaba senil.
-Pensé que se habían inventado en la Biblia -dije- por eso de "primero fue el verbo". O antes, ¿no? Tal vez el hombre de las cavernas ya conjugaba el verbo matar o comer, puede ser.
-¡No sea bestia, alumna! -dijo ella con un tono docente que no había perdido a pesar de los años.
-No sé... es que me parece que los verbos existen desde antes que usted. No puedo probarlo, pero... tal vez sean del Renacimiento o la Revolución Industrial.
-Lo que yo le digo, es que inventé el sistema de conjugación universal de verbos regulares, "amar, temer, partir".
-Oh... no entendí.
-¿Cuántas veces hay que repetirle a usted las cosas?
-Ni se imagina.
-Mire, cuando yo estudiaba el profesorado, cada profesor decidía con qué verbos enseñaba las conjugaciones. Hasta que yo escribí una tesis sobre la practicidad de utilizar los verbos amar, temer y partir en la enseñanza de la lengua, y la idea tuvo tal repercusión que se transformó en una regla del castellano. Se enseña verbos con amar, temer y partir.
-¿Y por qué esos tres verbos?
Ella calló. Se quedó con la mirada perdida. Me dí cuenta. Había estado esperando esa pregunta. Toda la conversación no había sido otra cosa que el preludio, el camino que había trazado para llevarme a esa única cuestión.
-Amar... temer... partir... -repetió en voz queda. -¿Se imagina, no? Usted que es escritora.
-Imagino una historia de amor.
-Soy soltera -saltó ella.
-Como casi todas las profesoras de castellano viejas, no sé por qué -se me escapó, sin ninguna sutileza.
-Él era un caballero -inició su historia. -Un profesor de matemática, física y química. Nos conocíamos apenas de la sala de profesores, pero nos envíabamos a los alumnos con problemas. Él me mandaba a los que no sabían escribir un teorema, y yo le devolvía el favor con los que no sabían contar. Así sumábamos unos pesitos a nuestros magros sueldos de docentes argentinos. Esto fue hace muchos años, como se puede imaginar. Yo no tenía más de 23 ó 25, y él debería estar en sus 30. Nos enamoramos perdidamente. El problema fue que él estaba casado con la profesora de educación práctica. Siempre fueron unas brujas las profesoras de educación práctica. Se creen profesoras cuando sólo enseñan ganchillo o a cambiar un enchufe. Y es eso, justamente, la falta de conocimiento, lo que las amarga. Las profesoras de educación práctica son obreras glorificadas, nada más. El tema es que él y yo teníamos una afinidad... éramos almas gemelas. Podíamos pasar horas conversando sobre filosofía, pedagogía, literatura, mecánica cuántica, filología, historia comparada de las religiones, números primos. Conversar era para nosotros como hacer el amor, mire lo que le digo. Yo podía morir escuchando su voz, que no precisaba más. Él me miraba como si fuera la única mujer en el mundo que conociera la diferencia del sujeto y el predicado. Cosas tan comunes... tan normales... y sin embargo para él eran especiales si las decía yo. Si hemos tomado café él, té con leche yo, en la sala de profesores... o escondidos en el gimnasio, detrás del tatami, o en la sala de música, adentro de la cola del piano... Fue un amor como ninguno, le juro. Un amor de esos que trascienden fronteras y anudan las almas. Cuando hice mi tesis sobre los tiempos verbales, era su amor el que guiaba mis palabras.
-Entiendo lo de amar y partir. Supongo que él se fue...
-Sí -ella agachó la cabeza y buscó en su pequeña cartera de cocodrilo un pañuelo amarillo, de hombre, con las iniciales F.J.H.U.Y. No era de ella. -Él se fue. En esa época uno no dejaba a su esposa. Y ella, Dios mío, ella, era una mujer tan vil, que a pesar de que se enteró de lo nuestro, no lo dejó ir. No le importó su felicidad. Hizo lo que hacen todas las mujeres de poca calaña, lo que hacían las profesoras de educación práctica de aquél entonces... se quedó embarazada. Él no se animó a dejar al fruto de su vientre.
-Bueno... eran esposos, eso no tenía relación con su actividad como profesora de educación práctica.
-Sí, porque en ese entonces eran las profesoras de educación práctica las que dictaban las clases de "higiene, moral y castidad". Ella sabía cómo hacerlo.
-Ah... Pero... ¿y por qué temer?
-Porque cuando ella se enteró empezó a correrme por toda la escuela. Como una yegua enloquecida. Me tiraba tizas, borradores, papel glacé, engrudo. Cualquier cosa me tiraba. Este ojo, ¿ve este ojo que lo tengo como mal, como torcido? Me dio con una aguja de crochet. Yo le tenía pánico a esa mujer. Por eso lo de temer.
-Siempre me pareció muy romántico eso de "amar, temer y partir". Como una triste canción de amor.
-Gracias. Ojalá todos los alumnos, a través de estos años, hayan sentido lo mismo. Fue la única forma que encontré de contar lo que me había pasado, de transmitir mi historia a las siguientes generaciones.
-Yo creo que lo ha conseguido, sin dudas -mentí.
-¿Me puede hacer un favor?
-Por supuesto.
-Conjúgueme el pretérito pluscuamperfecto del verbo amar. Escucharlo de boca de una mujer joven me hace recordar viejas épocas.
-Lo siento pero... no puedo ¡No puedo! ¡No puedo!

7 comentarios:

PARARRAYOS dijo...

Empecé como sin querer, mirá vos... y me hiciste el cuento. Me encantó. "Obreras glorificadas", genial.

Ruth dijo...

¡Qué bonito! Historias de amor en los lugares y personas más insospechados...
En España se utiliza más "amar, comer dormir", será cultural...

pyro dijo...

Mmmm, pues me ha aliviado enormemente saber que un escritor no necesariamente pued conjugar el preterito pluscuamperfecto de algun verbo,justo ese era uno de mis temores, el de aunque estye imposibilitado para memorizar todas esas reglas era un impedimento a la hora de escribir;y por cierto, a mis 19 años aun me considera puber?porqeu la verdad preferiria comprar un libro..-_-U

BÁRBARA dijo...

CUál será el castigo de las viejas de castellano, no sé, siempre me lo había preguntado. todas solteronas, amargadas, buscando un tipo que sepa escribir bien, que no se le escape un zezeo. a la mierda con eso.
ahora que estoy a punto de convertirme en la "vieja de lenguaje" se me ponen las carnes de gallina, tal vez gracias al cambio de nombre de la especialidad pueda cambiar en parte la mala suerte amorosa de las dignas profes. mujeres igual al resto, escondidas detrás de una bonita letra.
a mis 21 años, temo que se me pasa el tiempo detras de un gran diccionario empastado. basta de palabras, luchemos por otros verbos: seducir, besar y tantos otros que se me vienen a la cabeza, pero que prefiero conjugarlos con alguien.
chauuuu.

mikaela dijo...

yo tengo 16
y siempre preferi un libro
y no tengo celular
jajaja
Un BESO!
y aplausos a tu magia descontrolada...

cecilia varela dijo...

simplemente genial.

P.D. Yo tampoco!

Sergio dijo...

Muy bonita historia. Utilizando el pluscuamperfecto de subjuntivo, si esta pobre profesora hubiera o hubiese trucado las bombillas de la malvada para que se electrocutase, tal vez tendríamos un final feliz, digno de un relato adolescente.