25 diciembre 2007

REGALO DE NAVIDAD

Creo que si Dios quisiera que los judíos festejáramos la Navidad, ¡no me enviaría cada Nochebuena a la casa de mi suegra!
A mí me parece que me está usando para enviar un mensaje a la colectividad...

Aquí , un pequeño presente para las fiestas.

Sí, sí, es el cuento con el gané el segundo premio en el concurso Imaginaria. ¡Y yo que quería que fuese sorpresa!

Gracias por acompañarme en esta aventura del blog.

20 diciembre 2007

GRAGEAS

Hace unos meses, el escritor y editor Sergio Gaut vel Hartman me envío un mail. Yo creo que las grandes historias siempre comienzan así: con un llamado telefónico, con una carta, con un mail.
Decía que había llegado a mi blog a través del de Gus Nielsen y que le había gustado lo que yo escribía. Yo creo que si no recibiera ese tipo de comentarios cada tanto, sería adicta al Rivotril o a cualquier otro ansiolítico. Pero los recibo. Hay gente -y no soy yo quien va a poner en discusión el gusto ajeno- a quien le llega, se divierte, le gusta lo que yo escribo.
Sergio me contaba que estaba armando una antología de microrrelatos, o cuentos breves o cuentos cortísimos, como acostumbran llamarse, y quería saber si podía contar con un texto mío.
Yo primero le agradecí, claro. Y luego dije que sí.
El problema comenzó después.
Yo nunca escribí un microrrelato. Me gustan mucho. Los leo. Sé varios de memoria. Pero escribirlos... escribirlos no.
Mis cuentos para adultos ocupan, aproximadamente, entre diez y veinticinco carrillas. El cuento con el gané el concurso de Inarco tiene veinte. Tal vez por no ser novelista me despacho a gusto en el cuento. O daré muchas vueltas yo.
Lo cierto es que quería estar en esa antología pero sabía que no podría escribir un microrrelato.
Sergio me había dado una fecha de entrega. Faltaba un mes. Comencé a intentarlo.
Lo primero que hice fue pensar, aislar temáticas -obsesiones- que me interesaran y que pudiera contar en 250 palabras, aproximadamente, que era la medida obligada.
Comencé varios cuentos. En uno, una mujer encontraba la máquina de la felicidad, que se parecía a la máquina que hace ping de los Monty Phynton, y hasta allí llegaba. En otro había un Papá Noel real en un geriátrico judío por motivos que no voy a revelar porque sé que algún día escribiré ese cuento. En otro tanteaba el tema de la incomunicación. También hice la trampa de escribir textos totalmente dialogados, que como saben me salen con cierta facilidad.
Pero nada. Uno puede escribir cien cuentos, y tener la certeza de que ninguno merece la publicación.
Le escribí entonces a Sergio un mail preguntándole si el cuento podía llegar a las 450 palabras (porque además todos mis intentos superaban el límite establecido). Pasaron los días y Sergio no me respondió. Yo supuse que el mail no le había llegado porque hasta el momento me había contestado todas mis dudas al toque (fue así, nunca le llegó), pero además suponía que no podría hacer otra cosa que decirme que no. Si le pedís a cien autores cuentos de unas 250 palabras, no podés comenzar a ofrecer excepciones. No puede haber en un libro cuentos así, y de pronto uno asá. Lógica pura. Ética laboral.
Así que tiré la toalla. Yo era una escritora de textos largos. La única otra vez que rechacé un pedido fue cuando me solicitaron un cuento con animales -para chicos- para una antología. Ni lo pensé. Dije que no porque odio los cuentos con animales. Y más si hablan.
(El concurso de Imaginaria -segundo lugar-, sin embargo, lo gané con un cuento de animales que hablan).
Nunca digas nunca.
Creo que el último día para entregar los cuentos era el 30 de septiembre. El 29, entonces, me senté frente a la computadora y me dije que si me consideraba escritora, me tenía que salir. Que darme por vencida era de cobardes. De ineptos. De fracasados. Los riesgos existen para ser tomados. Los desafíos son los que te hacen crecer.
Además, hay algo en la fecha límite que me estimula. Yo digo que es un resabio de la práctica periodística. Pero no estoy segura. Siempre tomé decisiones sobre la fecha límite. Estudiaba el último día. Me pasó lo mismo con el cuento "Alas para la Paloma" con el gané el premio Colihue en el ´92. Lo escribí el día que cerraba el concurso y tuve que ir a llevarlo a la editorial personalmente.
Volviendo a la antología, le dije a mi marido ese día que no contara conmigo. Que alejara a los niños, y puse mi mente en modalidad "puedo hacerlo, cuento cortísimo".
¿Pero qué corno iba a escribir?
¿Qué era lo que me estaba picando? ¿Lo de la máquina de la felicidad, el Papá Noel, un diálogo desopilante? No... lo que me provocaba escozor, lo que estaba ahí a punto de explotar, era el tema de las doscientas cincuentas palabras. Eso era lo que me obsesionaba. 250 palabras. Así que comencé a jugar con eso. ¿Qué me pasaba a mí, como escritora, al tener que escribir un cuento de doscientas cincuenta palabras? Puse la mente en blanco y largué. A ver qué salía. Y a medida que escribía eso de "me pidieron un cuento de doscientas cincuenta palabras", me dí cuenta de que para que todo tuviera sentido, el cuento debía tener 250 palabras. No 249. Tampoco 251. 250 exactas.
Como desafío era insuperable. El riesgo llevado a su máxima potencia. La gran lucha contra la imposibilidad.
Fui escribiendo y contando palabras. Lo hice.
Enseguida se lo envié a Sergio. Le gustó. Lo publicó.
El libro se llama "Grageas" y son 100 cuentos breves de todo el mundo. De autores conocidos y desconocidos.

A Sergio, gracias por creer en mí y desafiarme.

Para todos ustedes:
para el arbolito, para la janukia, para los zapatitos, va abajo, de regalo. Ojalá lo disfruten.

¡¡¡Escribí un cuento cortísimo!!!! ¡¡¡Escribí un cuento cortísimo!!!!

(¡Y compren el libro, está muy bueno! En la librería del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Av. Corrientes 1543, y en otras que no me acuerdo).

DOSCIENTAS CINCUENTA PALABRAS

Me pidieron un cuento de 250 palabras. No es mucho. La palabra está devaluada. En el caso de una novela se hace precio por mayor. Pero en los cuentos cortísimos a uno no le queda más remedio que contabilizar hasta las comas. De eso vivo. Con 250 palabras te alcanza para medio kilo de picada y una ensalada.
Por eso a mí me obsesiona el número de palabras. Si me encargan 250 no puedo gastar ni una más, porque después termino pagándolas yo. Ni un adverbio terminado en mente, que en general son los que se usan para los vueltos cuando no queda efectivo. Yo no los acepto. A mí que me den un vale, pero que no me llenen la libreta con efectivamente o románticamente que no voy a usar en mi puta vida.
Ahora con la computadora contar las palabras es otra cosa. Antes, con la Olivetti, las contaba cada renglón, como una poseída. Contaba y anotaba. Y enseguida volvía a escribir, contar y sumar. El resultado nunca coincidía con el texto final, no sé por qué. Hay palabras que se te extravían por el camino. Que se te van. Si vos no atrapás la palabra indicada en el momento justo, perdiste. Son traicioneras las palabras. Se quedan agazapadas a tu alrededor, burlándose sin disimulo. Y el cuento se te va a la mierda. Eso pasa. Por eso, si a mí me piden un cuento de 250 palabras, les doy eso y ni una más. No como cuando

Verónica Sukaczer
en "Grageas, 100 cuentos breves de todo el mundo"
Compilador: Sergio Gaut vel Hartman. Ediciones Desde la Gente.

13 diciembre 2007

IMAGINARIA

El lunes, en un lluvioso y pesado y luego soleado día peronista, en el que mi mayor preocupación era saber qué se iba a poner Cristina, recibí el premio del concurso de Imaginaria. Yo y los otros. ¿Pero por qué tengo que hablar acá de los otros? Que lo hagan en sus blogs, si los tienen.
Estábamos citados a las 16 en la Fundación Telefónica. Yo llevé a mis niños y sorprendentemente, mi marido dijo que iba a pasar. Mis niños no existían cuando gané el premio Colihue (y mi marido actual tampoco), y como no pude ir a recibir el premio de La Pampa, consideré que teniendo en cuenta que tal vez no vuelva a ganar un premio, quería compartir con ellos un momento de tamaña importancia. Por supuesto los amanecé. Y los chantajée, para que se mantuvieran no digo tranquilos ni callados, sino aparentemente normales el tiempo que durara un acto.
Pero no fue un acto. Fue otra cosa.
Llegué casi puntual luego de tres vueltas a la manzana para conseguir estacionamiento en la calle (mirá si voy a pagar $8 la hora en un garage de Santa Fé), y resulté la última. Y no había acto. Ya lo dije. Estaban los ganadores con uno o dos acompañantes cada uno, sentados en ronda en unos sillones blancos muy lindos. Estaba la gente de Imaginaria, de Telefónica y de EducaRed (creo, había gente que era de algún lado, eso seguro). Así que llegué y me senté en el sillón que quedaba libre, y ya estaba mi marido, y mis hijos se sentaron tiesos y bajo amenaza de muerte. Y empezó. La gente de Imaginaria dijo que habían pensando en hacerlo íntimo, el acto, digo. Y estuvo bien. Fue íntimo. Éramos 15 y yo era la que tenía más público.
Hablando de público, mi hijo mayor (9 años) me había dicho que podía matar al que ganó el primer premio para que yo ocupara ese lugar. Le expliqué que no, que aunque lo matara éramos cinco segundos premios, y que a veces los premios se dejan vacantes. Me ofreció, un dulce él, matar a los otros cuatro segundos premios. Por mí. Le dije que tampoco. Que con tanta sangre se iba a opacar la fiesta. Y que además en las cárceles no le iban a dar la leche en un vaso con tapa con pajita, para no verla. Me dijo que nadie se iba a enterar que había sido él. Le dije que eso era muy difícil y le agradecí su preocupación, pero que me iba a quedar con el segundo premio. No le gustó. Él quería matar a alguien.
¿En qué estábamos? Empezó la repartija de premios. Contaban la síntesis del cuento ganador, la biografía del autor, mostraban el sobre que había escondido el número (en Imaginaria se da un número que sirve de seudónimo, tengo que explicar todo yo) y luego te daban el diploma, un sobre con el cheque y te aplaudían y te hacían hablar. Todo muy lindo.
Si escuchara les podría decir qué dijeron los otros. Escuché una parte nomás. Una de las ganadoras dijo que le dedicaba su premio a una escuelita que no tenía nada, y a mí me dio miedo de que nos pidiera que donáramos la suma del premio, pero no pasó. Yo dije, que es lo único que escuché completo, que agradecía a Imaginaria, que había pocos concursos como este, y que este año me había ido mal en relación a las editoriales y que cuando estaba a punto de suicidarme cortándome las venas con el borde de una hoja, llegaron los premios y decidí seguir viviendo. Y escribiendo. Una reinvindicación de fin de año.
Ah, uno de los de Imaginaria dijo que yo tenía una "parva" de libros publicados y eso me gustó mucho. Mirá vos. Yo.
Y luego le dieron el primer premio a un tipo de Montevideo, y después nos levantamos y comimos masitas y tomamos coca y café. Mis hijos ya habían descubierto el bar y se bajaron cinco vasos de coca cada uno. Y también encontraron una cosa rarísima, una instalación, en otra sala, que estaba bárbara. Un arpa electrónica. Tres paneles de tela en la que se proyectaba las cuerdas del arpa, y vos acercabas la mano y la cuerda se movía y ¡sonaba! Buenísimo. Se mantuvieron entretenidos ahí un buen rato y no mataron a nadie. Claro que con los cinco vasos de coca cuando nos fuimos y estábamos en medio del congestionamiento post-Cristina les agarró unas ganas bárbaras de mear y tuvimos que parar en cualquier lado.
Fue muy lindo.
Después mi marido dijo que empezara a dedicarme a los concursos porque la plata le venía bien (a él). Y yo volví a casa con mi diploma y mi cheque (que ya cobré, previa cola de 45 minutos en el banco con caída de sistema incluida y la única loca que se pone a protestar y grita cualquier cosa y exige sillas para los ancianos y alguien que ofrezca explicaciones y un vasito de agua y se ocupe del cliente, como siempre, fui yo), y feliz y hasta prontito.

03 diciembre 2007

¿PUEDEN TRABAJAR DE VERDAD LOS ESCRITORES?

A menos que uno se dedique a ganar premios (lo redactado no tiene relación alguna con la vida real de quien escribe :-) o cobre por derechos de autor lo equivalente a un sueldo mínimo por mes (y que con eso logre vivir), la profesión de escritor no resulta lucrativa. No alimenta a señora y dos niños. No cubre la canasta básica de Navidad. No sirve para solicitar un préstamo bancario.
Es por ello que, en vistas de que creo que un blog debe ofrecer una función social, acerco a mis queridos lectores escritores estas posibilidades laborales, en las que podrán hacer uso y gala de sus talentos literarios. Y por fin tendrán la certeza de que, aún escritor, uno trabaja. De verdad.

1. ESCRITOR DE ACRÓNIMOS EN FIESTAS DE QUINCE O CASAMIENTOS.
El escritor se pasearé, a la hora de la recepción, por el salón, provisto de tarjetas y lapicera, preguntándoles a los invitados sus nombres. Con cada nombre escribirá un acrónimo, que el invitado se llevará de souvenir al finalizar la fiesta.

2. ESCRITOR DE TÍTULOS DE MISIONES ESPECIALES.
Para trabajar en la SIDE, Ministerio de Defensa, FFAA o empresas privadas de seguridad, la tarea del escritor será redactar títulos para las diferentes misiones especiales, tanto de asesinato selectivo (por ej.: Misión Dalia Roja, Misión Calaverita de azúcar, etc) como de escucha ilegal (Misión Su Secreto Lo Condena; Misión Celular Liberado), entre tantas otras.

3. ESCRITOR DE PROSPECTOS MEDICINALES PERSONALIZADOS.
Aquellos pacientes que no soportan la lectura de los prospectos medicinales (ya que todos amenazan con hemorragias imparables, cegueras repentinas, ardores vergonzosos y, en definitiva, muertes dolorosas) podrá solicitar los servicios de este escritor, cuya tarea será "traducir" el prospecto en un lenguaje cálido y accesible. Se permiten licencias poéticas.

4. REDACTOR DE AGENDAS JUVENILES.
Tarea mayor que implica la creación de un personaje que dará nombre a la agenda. Frases, chistes, curiosidades en cada página. Recetas de cocina. Páginas especiales para que el escritor demuestre su creatividad (¿sueños, mejores amigos, trucos para conquistar?). Este trabajo ofrece también la posibilidad de ir un paso más allá en el uso del lenguaje. Por ejemplo: en vez de "agenda telefónica", "contactos amistosos". En vez de "gastos mensuales", "quiero, quiero, quiero".

5. ESCRITOR DE BLOGS.

05 noviembre 2007

¡GRACIAS, GRACIAS!


Es posible que quien bucee en la historia de "La vida con subtítulos" encuentre artículos críticos sobre los concursos literarios.
Pues bien, ha llegado el momento de aclarar que tales comentarios corresponden exclusivamente a los concursos que no gané.
Porque sobre este concurso no tengo más que elogios.
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Ah...
LO GANÉ YO
(en cuento).

02 noviembre 2007

NOTAS DEL APUNAMIENTO

De eso querés vivir. De viajar. Hay gente que lo hace. Existe la profesión. "Turista profesional". Lo hace el cheff Anthony Bourdain. Así como uno debe aprender a usar cualquier baño en cualquier circunstancia, él debe haber aprendido muy bien a vomitar tanto la foca cruda de Groenlandia como el asado pampeano, y en cualquier idioma.
Para viajar conviene tener buen equipaje y poca familia. Nada de hijos, en primer lugar. Te encarecen el viaje. Les tenés que traer una caja de alfajores, tres animalitos de palo santo, un bombo, un charanguito vegetariano (de calabaza), un juego de ajedrez de españoles malos vs. incas buenos, y dos remeras que digan Salta en algún lado para que te perdonen el viaje. Y otro tanto a quien los cuidó. Y tu marido o tu esposa seguro te dicen que nunca más los dejás solos y ocupándose de todo.
Linda Salta. Salta la linda. La bajada del taxi a $1.08. Dos kilos de frutillas a $6. Conviene vivir en Salta. La plaza principal, la 9 de julio te parece de postal. Del primer mundo. Los museos lindos. Lindos los museos. Vos entrás por ejemplo al de arqueología de Alta Montaña, ese donde tienen a la momia "La doncella" en un freezer, y en realidad lo que hiciste es cruzar a una dimensión desconocida donde las cosas están bien hechas. Muy bien. Del primer mundo. Y no lo podés creer. Más que la momia, que está bárbara, ojalá llegues así a los 600 ó 700 años, lo que mirás son las instalaciones, los baños, la tecnología, el guardia muy amable que le dice al tipo vivo que no se pueden sacar fotos y el tipo dice que creía que con la digital no pasaba nada. La puesta a punto del Museo mirás vos. Esa no es la Argentina que conocés.
En cambio llegás a Jujuy capital y parece un pueblucho. Y vos, curiosidad e inocencia todo en uno, preguntás por qué. ¿Por qué Salta es la linda y Jujuy es la olvidada? Y el guía de la combi que lleva canadienses y alemanes, gente para quien esa distinción entre ciudad linda/ciudad pobre resulta pintoresca, haciendo gala de su dosis de xenofobia del día (tómese una pastilla en ayunas) dice: porque Jujuy está tomado por bolivianos, y en cambio en Salta la linda vive otra gente, es otra sociedad... ¿Se entiende..? Ahhhhhh...
Viva Jujuy, viva la Puna, viva mi aymará... qué lindo es apunarse. No es como el dolor de cabeza porteño ni como el bonaerense. Es lo que debe sentir un buzo al sumergirse a tres mil metros de profundidad. O el del accidente del avión cuando se despresuriza. Sentís que la cabeza te va a explotar. Que tenés algo adentro (¿las neuronas?) que están presionando contra el hueso. Podés imaginar el resultado, los pedazos de cerebro volando en todas las direcciones, la sangre salpicando las paredes. Va a explotar. Lo sabés. Si te quedás más tiempo, va a explotar. Y el guía, el que no quiere a los bolivianos, está coqueando, y de pronto le tenés mucha envidia. Porque él se anima a coquear y vos no. Porque el sólo hecho de imaginar el bolo de coca en tu boca, la saliva verdosa, te produce náuseas. Y porque suponés que más que aliviarte el apunamiento en Humahuaca a 2900 metros y monedas sobre el nivel del mar, va a producirte la cagadera más terrible que hayas tenido en tu vida. Una descompostura de la puta madre.
¡Una chola! ¡Una chola! La primera y única chola que ves. La perseguís con tu camarita digital de turista. Vende té de coca. Cinco pesos la caja chica. Se la pedís por tres. No podés ir en contra del mandato divino de pedir descuento. Dice que no, que viene de Bolivia, que es bueno. Mirás el té. La chola se ríe. Dice que no te animás. Vos te reís, le decís que no, que no te animás. Ya sabés lo que pasan con esas cosas. Las comprás, las traés a casa, las mostrás y nunca en tu vida preparás un té de coca.
En la clase de convivenvia ciudadana aprendés: que los porteños hablan rápido. Vos retrucás que los salteños tienen tonito. Que los porteños son muy educados y cuidadosos en casa ajena, contra los tucumanos que se te instalan. Y el trilladísimo que los porteños creen que la Argentina empieza y termina en Buenos Aires. Y vos muy educado no decís nada y pensás que toda esta gente es divina y en qué país vivirán.
Con los días vas preparando para el regreso tu menú de anécdotas: el sapito que encontraste el la pileta del baño. El piquete jujeño. El sol que quema pero no da tanto calor (porque no hay humedad, te dicen). Y el broche de oro: que trataste de matar a una culebra que se metió en el jardín pero se te escapó, tal vez porque conoce mejor Salta que vos.
Y cuando volvés te decís que de eso querés trabajar. De viajar. Aunque te apunes. Porque no es lo mismo ver un cerro desde tu ventana (y al día siguiente un mar, una isla, una estatua, una callecita empedrada, un mercado, un río) que siempre el mismo edificio. Pero no. No aprendiste a usar cualquier baño. Y no hay como tu cama. Y tus hijos te abrazan luego de haber logrado subirse a la cinta transportadora de equipaje cuando fueron a buscarte. Y tu marido aprendió a usar el lavarropas. Y estás en casa. Aunque quieras volver a irte.

Desde aquí, gracias de corazón a la familia que me invitó, me cobijó y me acompañó en mis días salteños.

09 octubre 2007

ADVERTENCIA: ESTE BLOG NO ES CASHER

El post que sigue no tiene que ver con literatura. Ni es uno de esos diálogos que me invento. No habla sobre el acto de escuchar. No es un cuento. Es un descubrimiento. Una inspiración. Algo que me llegó a la cabeza como un rayo divino. Conocimiento para toda la humanidad. Por eso aprovecho este espacio que tengo, ampliamente leído en todo el mundo, para decir lo que tengo que decir a continuación:

A pesar de ser una atea confesa y de que me da risa, por lo menos, todo acto religioso (pero soy una chica muy respetuosa, me río en privado nomás), me gusta conocer la verdad detrás de la tradición (yo digo tradición y lo escucho al lechero del Violinista en el Tejado cantando "Tradition, tradition". ¿Sabían que yo soy Java, la menor de esa película? Ok, me estoy yendo por las ramas, desvarío, lo dejo para otro post). Para mí el judaísmo es una mitología tan preciosa como la griega, la católica o la mapuche. No se crea, sin embargo, que reniego de mi religión. Nada de eso. Me siento parte de un pueblo y una cultura, tanto como argentina, por ejemplo, o adicta a la Coca Zero, o celulítica, o hipoacúsica, o clase media venida abajo. Es parte de mi ser.

Hace muchos años a mi familia se sumó un miembro que come casher. O kosher, como les guste. Algunos lo dicen en ídish, otros en hebreo, pero todos estamos de acuerdo en qué se trata: prohibición de comer cerdo, mariscos, no mezclar lácteos con carne (aunque esto a mi familiar político no parece importarle demasiado, pero sepan que en el Mc Donald casher no hay hamburguesa con queso) y cantidad de indicaciones para el resto de los alimentos. A mí no me preocupa. Que haga lo que quiera. No me parece un acto inteligente el suyo, no le encuentro justificación en la era moderna, no me gusta que en su casa obligue a los demás a comer casher, pero en la mía le sirvo su sandwichito de queso al lado de mi sandwichito de jamón, y todos felices.
Uno aprende mucho cuando alguien en la familia tiene costumbres diferentes. Por ejemplo, sé que mi marido no es casher. Que las salchichas se pueden hacer con vaca. Que la vaca casher usa kipá y come jalá. O koilich. Que los carniceros casher tienen barbas largas y podés encontrar pelos en la carne. Que algunos cortes casher son más ricos y más tiernos que los cortes goy. Es como empaparse de otra cultura. Como viajar a otro país pero que queda en Almagro o Villa Crespo.
Pues bien. A mí me encanta el cerdo. Matambrito, pechito, churrasquito, bondiola, chuleta, no tanto las costillitas. En mi casa -precios mediante, ahora el cerdo está más barato, cosa e´Mandingan- me he acostumbrado a comer más cerdo que vaca. Cocino en wok, y el cerdo es ideal para eso. Voy tirando en el wok todo lo que se me ocurre, y en general el resultado es rico. Ayer por ejemplo corté en tiras una bondiola de cerdo. Puse un poco de aceite en el wok y un mini cubito nuevo de verduras. Puerro y tomate (el último que quedaba de antes del boicot) cortado en tiras, y un poco de mostaza diluída en vinagre. Algo medio raro. Ahí salté el cerdo. Delicioso. Pero el cerdo es traicionero. Y por eso, lo supe de pronto, como una inspiración divina, no es casher. Ni siquiera un cerdo que se convierta, que haga el bar-mitzvá y se deje los peies puede ser casher. Porque nunca dejará de ser cerdo.


Desde el principio de los tiempos, el pueblo judío ha sido calumniado de avaro. En algún viejo diccionario escolar todavía se pueden encontrar avaro y judío como sinónimos.
Este hecho tiene una razón histórica, que la repasaremos rapidito: en la Edad Media los cristianos tenían prohibido por la Iglesia la profesión de prestamista, de banquero, y los judíos, para sobrevivir, ocuparon ese lugar. A mí se me ocurre, además, que debido a que en cualquier momento eran expulsados de aquí y se reubicaban allá, acostumbraban guardar todo el dinero que podían para el momento de necesidad. El dinero, se sabe, compra vidas.
Pero por otra parte, gran parte de los judíos ashkenazies, mis antepasados, eran gente realmente pobre. Muy pobre. Por eso en su cocina -las cocinas de los pueblos son muestra perfecta de su cultura- hay mucha papa, mucha cebolla, mucha cabeza de pescado, mucho poco de mucho. Lo que los cristianos tiraban. Lo que sobraba en Pascua. Pero no cerdo. Cerdo no. Porque el cerdo no es casher. Porque el cerdo es traicionero. Porque cuando comprás cerdo, ponele un kilo de bondiola, fresca, jugosa, tierna, rosada, y creés que de allí podés sacar churrascos como para cuatro personas, el cerdo te traiciona, se te ríe en la cara, y en el aceite, en el horno, en la plancha, en el asador, se achica, se encoge como testículos en agua helada. Creías que iban a comer cuatro y apenas comen dos y se quedan con hambre. Eso no pasa con un churrasco con lomo de vaca, por ejemplo. Lo ponés a la plancha y cuando está cocinado sigue ocupando el mismo espacio. Pero el cerdo no. Los bordes del cerdo se retuercen, se levantan, la cosa parece viva, las moléculas se agrupan como en la nanotecnología. Ponés a cocinar un matambrito de cerdo que ocupa una plancha común, y sacás un mini bocado que se quedó solito en el medio, mientras alrededor saltan siempre hacia tus partes más sensibles y tu pantalón clarito invisibles flechas hirvientes de grasa.
Por eso el cerdo no es casher. Porque no rinde. Porque hay que comprar el doble o triple de lo que uno cree que necesita, y así se despilfarra. No alimenta a una familia ortodoxa de ocho miembros y una shikse goy. Ni decir en los tiempos bíblicos, cuando eran un millar de expulsados de Egipto y un solo cerdo, y al final el único que comía era Moisés, y los otros construían becerros de oro en su delirio hambriento.
Si hay un pueblo sabio, esos son los judíos. Circuncidaron a sus hijos mucho antes de que se supiera que la circuncisión ayuda a evitar el contagio del HIV. Y abandonaron el cerdo cuando descubrieron que por la misma plata compraban más vaca.

No puedo contarles cómo es que supe todo esto. Fue así de golpe, les decía (mientras cocinaba, claro, y el mayor quiso repetir, y al final yo me quedé sin cenar. Junté el arrocito del fondo del wok). Una inspiración. La voz de dios todopoderoso llegando a través de la antena satelital con subtítulos ocultos. Que dijo: "vieja... qué desperdicio..."

LAS CHICAS BUENAS NO CUMPLEN 39

Desde el día en que descubrí los secretos de la suma y la resta, y dejé de sentirme intimidada por decenas y centenas, mi preocupación fue averiguar cuándo cumpliría los 40, y cuántos cumpliría el 10 del 10 del 10. Ambas cifras me parecían mágicas y aterradoras a la vez. Portales hacia espacios que aún no existían en la mente de una niña de 7 u 8 años.
La primera revelación fue que los 40 llegarían en el 2008.
En el siglo XX yo consideraba que el 2008 nunca llegaría. Que se trataba de una visión apocalíptica de los científicos, como predecir futuras eras glaciales o choques con meteoritos. El 10 del 10 del 10, en cambio, pleno fervor del bicentenario (¿me harían notas, saldría mi fecha en los diarios?), me llegarían los 42. Tener 42 años, en ese entonces, en la época en que aquello me preocupaba seriamente, era ser como mi mamá. Llegar a ser mi mamá. No una mamá con otros niños, sino una señora, una persona que pierde identidad, gracia, humor, independencia, y gana kilos, arrugas, enojos, crisis. Alguien a quien los pendejos le piden la pelota gritándole "señora", y los médicos le explican las cosas con un "¿entiende mamá?". Ya nunca más Verónica.
Pero eso no me iba a pasar. Al menos a mí. No me iba a pasar porque en ese entonces el tiempo transcurría tan lentamente que estaba destinado a durar siempre. Un año de antes equivalía a tres meses de ahora. Y tampoco me podía pasar porque yo era la feliz destinataria del gen de la juventud. Nunca parecía de mi edad. Si tenía 7, me daban 5. A los 15, 12. A los 20, 15. Yo sufría con ese desconcierto que provocaba en los demás. Lo sufría cuando los chicos de mi edad no me miraban. Cuando, siendo mayor de edad, me pedían documentos en los boliches o en los cines prohibidos para menores de 14. Pero sabía que algún día, acercándome a los 40, parecería de 32. Y aquello me mantenía entera.

La vida prometía ser larga y complicada. Interesante. Repleta de recodos, caminos alternativos, baches, cruces. La vida era algo que había que vivir antes de llegar al 2008 o al 10 del 10 del 10.
Pero las cosas no siempre suceden como uno lo desea.
Yo fui una chica buena.
Hice caso a mis padres. Me rebelé, pero poquito. Viví con ellos hasta que comencé a vivir con mi marido. Leí muchos libros. Bailé poco. La música fuerte nunca me gustó. La única vez que quise escaparme de mi casa, y esconderme en lo de mi bobe, mi hermana me vio en la calle y me trajo de vuelta. Cuando viajé sola lo hice escoltada por las Fuerzas Armadas o por Albergues de la Juventud. La única vez que me bajé un vaso entero de cerveza, me descompuse. Nunca fumé, y las minifaldas me resultaban incómodas. Una vez me desmayé a bordo de un colectivo, y me llevó a mi casa una monja. Todo lo que encontré perdido, lo devolví. Nunca despilfarré un peso. Nunca nadie me ofreció droga. Volví siempre a la hora que me correspondía. Siempre fui la mejor alumna que podía ser. Siempre usé preservativo.

Es por eso, por todo lo que les faltó vivir, experimentar, hacer, arriesgar, elegir, que las chicas buenas no pueden cumplir 39. Ni siquiera un 10 del 10 del 07. No pueden cumplir 39 porque se han quedado en los 23 ó 25. En aquella época en que ya se pueden tomar decisiones con cierta madurez, pero se cree que todavía hay tiempo.
Pero el tiempo es implacable. No ofrece tregua. No negocia. Todo lo que se haga después se hará, justamente, a destiempo. Como el viejo que se enamora. Como la mujer madura que regresa a la escuela. Como el profesional que cambia de profesión. Como el hombre que vuelve a subirse, después de veinte años, a una montaña rusa, y se da cuenta de que preferiría mil veces otra colonoscopía que aquello.
Porque ese tren ya pasó.
Así que una termina corriéndolo con ese paso vergonzoso con que corren las señoras, aún sin taco. Lo corre sin soltar la cartera porque se llevan cosas importantes. Sin soltar a los niños. Casi sin respiración. Lo corre como si fuera lo único que importara en el mundo, porque es el último tren, lo sabe, y luego la estación queda a oscuras y todo el mundo se convierte en sospechoso.
Lo corre pensando que cuando cumplió 10 sabía que volvería a cumplir otros 10. Que cuando cumplió 20 volvería a cumplir otros 20. Lo corre porque ahora no está tan segura... Ojalá... Mientras sea con salud y lucidez...
Lo corre no para cumplir 39, una cifra tan ajena, tan desarticulada de todo, sino porque hay que correr, como siempre. Y porque las niñas buenas corren cuando les dicen. A la escuela. A la facultad. Al registro civil. A la maternidad. Y otra vez a la escuela. Y así.

Pero hay algo... algo que compensa todo aquello. La corrida. Los niños. El dolor en los pies. Las pérdidas. Las asignaturas pendientes. Y es la seguridad de que uno puede hacer lo que se le cante y que nadie tiene el derecho siquiera de opinar. Es lo que yo llamo segunda adolescencia políticamente aceptada.
En la primera había que pedir permiso para hacerse un tatuaje y te decían que no. En la segunda te lo hacés aunque duela y vos digas que no dolió nada, que molesta un poco. En la primera adolescencia sabés que fumar un porro es malísimo porque corrés el riesgo de volverte adicto, tarado y morirte. En la segunda todavía no conseguís quién te lo ofrezca, pero andás preguntando por allí, porque hay experiencias que un escritor debe vivir. En la primera vivís esperando y detestando el que dirán, pero siempre acorde a ello. En la segunda podés mandar a todos a la puta que los parió, aunque no lo hagas porque ya no te interesa. En la primera usás lociones astringentes. En la segunda, cremas ultranutritivas. En la primera estás libre de responsabilidades. En la segunda tenés dos hijos nacidos en dos siglos distintos. En la primera todo está en su lugar, pero no lo usás. En la segunda todo comienza a caerse pero hay alguien a quien no le importa. En la primera el tiempo no pasa. En la segunda no alcanza. En la primera creés que lo sabés todo. En la segunda has descubierto que todavía no sabés nada.

Igual todavía no es 2008. Ni 10 del 10 del 10. Y a mí me parece cuento que llegarán esos años. Una fantasía que me inventé cuando aprendí a contar. No, seguro que no. Seguro que lo salteamos. Como los pisos 13 en algunos edificios. Porque las chicas buenas ni siquiera cumplen 39, y yo, lo juro, siempre me he portado muy bien.

P.D: el tatuaje duele poquito. En serio.

21 septiembre 2007

TODA LA VIDA EN UN CANAL (mi vida es una serie, parte II)

Querido hijo: te dejo estas palabras por si llegara a suceder que, algún día,
-cuando tú todavía no has probado tus propias alas- yo no esté a tu lado. Me habrán quedado tantas cosas por decirte... tanto camino por acompañarte... Pero quiero que sepas que, aunque no puedas verme, siempre estaré a tu lado. Aquí, pon tu mano sobre la pantalla, ¿sientes el leve cosquilleo que te provoca mi alma? Allí estaré para tí. Cada día. Podrás hablar conmigo y yo te contestaré. Nunca estarás solo. Te contaré, hijo mío, sobre el sentido de la vida.
El sentido de la vida es más que la máquina que hace ping de los Monty Phyton, un grupo humorístico que tu madre disfrutaba y admiraba. Es mucho más. El sentido de la vida, hijo mío, todo lo que no he podido decirte cuando estaba físicamente a tu lado, está en un canal de cable. Espero puedas seguir pagando el cable, porque el alma de mamá no transmite por canales de televisión abierta. Mamá está en el cable, hijo. Y no en cualquier canal. No en el adorado Sony, ni en Warner, ni en AXN. Mamá estará junto a tí, para siempre, en Discovery Home&Health.
Hijo, un día te harás hombre y querrás abandonar el nido. Sé que te será difícil sin mi guía, pero piensa que yo estaré alentándote, cuidándote, guiándote, aconsejándote desde DH&H. Por favor, no te pierdas los capítulos de "Sexo al desnudo con el Dr. Drew" y "Simplemente sexo", y nunca olvides los preservativos. Tal vez te dé pudor ver esos programas conmigo desde la pantalla, pero piensa en todas las conversaciones que habremos perdido... y en que esa será la única manera de conectarnos. Y si tienes alguna duda... preguntále a tu padre. Luego de tantos años a mi lado se desempeñaba aceptablemente bien en ese aspecto. Es importante, hijo mío, que aprendas a dar goce, no sólo a recibirlo. La sexualidad de la mujer es como un capullo que hay que ir abriendo de a poco para descubrir todo su aroma. Sí hijo, ha llegado el momento de hablarte sobre las mujeres. Busca en la programación "Soltera en la ciudad". Allí aprenderás sobre el alma femenina, y sus métodos de caza. No intentes luchar. Ellas ganarán. Encontrarás el amor, estoy segura, y entonces será el momento de sintonizar "Cuadrando parejas". No lo he visto nunca. Pero imagino que te será de utilidad. Y luego, ¡qué emoción! será el momento de "Novias neuróticas". Sí hijo. Eso es lo que sucederá cuando llegue el gran momento de dar el sí. Tú tendrás que ser fuerte y contener y acompañar a tu novia en ese difícil momento en que una no puede decidir si desea flores naturales en el cabello o una diadema. Yo he lucido flores naturales, pero no es mi intención presionarte desde aquí. Estoy segura de que lo que ella elija será lo mejor. Si tienes la dicha de casarte con alguien que profese la religión católica (tal vez suceda... yo no habré estado allí, contigo, y de alguna manera tu inconciente querrá castigarme), pide ayuda a tus tíos o primos en cuanto a la realización de la boda. Los judíos saben hacer fiestas. Hijo mío... escucha mis palabras... ¿estás confundido? Este es el secreto que te lego: si ella te obliga a ver "Nuestro primer baile", no es la muchacha indicada para tí. Pero si en cambio te sugiere una maratón de "¡No te lo pongas"!, uno de los programas favoritos de tu madre, no la dejes ir. Coloca tu mano y la de ella sobre la pantalla, y yo les daré mi bendición.
Y pronto, hijo mío, será la hora de formar tu propia familia. Pon atención en "Historia de un bebé", "Desarrollo de un bebé", "La llegada de un bebé", "Sala de maternidad". Lamentablemente ninguno de esos programas tienen subtítulos, y por lo tanto no sé qué dicen, pero creéme que con las imágenes alcanzan. La cosa es siempre más o menos igual. Por algún lugar, te lo aseguro, tu hijo saldrá al mundo. Un solo consejo: prepaga. ¡Qué dicha! ¡Qué alegría! Eso es lo más importante que te sucederá en la vida. Hijo mío, haz esto por tu madre: toma a tu hijo nonato en tus brazos, y míralo con el alma, porque antes de que te des cuenta estarás aferrado a la TV, desesperado por un nuevo capítulo de "Niñera SOS" o "La niñera experta" (¿sabes que no sé si es el mismo programa?), preguntándote cuándo ese bebé rollizo y dulce se ha convertido en este sociópata enano. Este ha sido, tal vez, mi mayor dolor en la vida. Tampoco este programa tiene subtítulos, y yo lo necesito tanto... Miro las promociones, miro a esos niños que tienen la misma edad que tienes tú ahora, saltando del sillón al lavarropas, pateando al gato, tirándole las sobras de la comida a la madre, metiendo la cabeza del hermano en el horno, o los rastis en el microondas, y se me llenan los ojos de lágrimas: ¡ese eres tú! Y como esas madres, yo tampoco sé qué hacer contigo. Este es el momento en que tendrás que ser no sólo un gran padre, sino también un maravilloso marido. Acompaña a tu mujer durante la hora de "Madres desesperadas", conviértete en "Chef a domicilio", e invítala a ser "Modelo por un día". Porque créeme, ella llevará la peor parte.
Otra vez, otro pestañear de ojos, y será el turno de "Ángeles adolescentes" (si estás leyendo esto es porque yo no llegué a ese programa y, te juro, desde la distancia de la vida, se siente como una bendición), y por mi parte ya estaré recomendándote "Gimnasia a domicilio" porque de pequeño tu cuerpo se parecía peligrosamente al de tu padre, y el stress hace estragos. Y no seas, por favor, tan descuidado o desubicado como para pedirle a tu esposa (no hay programas sobre divorcio en DH&H, por lo cual tendrás que mantenerte casado cueste lo que cueste) que repase "Diez años menos" o "Escultores de cuerpos". Si tu padre me lo hubiera dicho a mí, te aseguro que hace rato hubiera cambiado de canal.
Esa es la vida, hijo mío. Mi herencia. De allí en más, todo vuelve a repetirse. Lamento no haber estado a tu lado. Pero allí estoy. Toda la vida en un solo canal. Te amo, hijo mío, yo, que he sido "Una madre modelo".

12 septiembre 2007

CULPABLE DE HABER LEÍDO


"Perdí a Fritzy. Estaba estudiando en Vilna, tateh... alguien que conocía a alguien que conocía a alguien me dijo que lo habían visto por última vez en un tren. Perdí a Sari y Hanna por los perros. Perdí a Herschel por la lluvia. Perdí a Josef por una grieta del tiempo. Perdí el sonido de la risa. Perdí unos zapatos que me quité para dormir, los zapatos que me había dado Herschel habían desaparecido cuando desperté, anduve descalzo varios días hasta que me rendí y robé los zapatos a otro. Perdí a la única mujer que quise amar en mi vida. Perdí años. Perdí libros. Perdí la casa en que nací. Y perdí a Isaac. Así pues, ¿quién me asegura que, por el camino, sin darme cuenta, no he perdido también la razón?"
"La historia del amor" Nicole Krauss

Lo leí con la misma emoción con que leía de adolescente. Con esas ganas de que no se termine y la necesidad de saber cómo termina. El mejor elogio: ojalá lo hubiera escrito yo.

06 septiembre 2007

EL libro

El juego es el siguiente.
Uno está a punto de autoexiliarse en una isla desierta.
De ser abducido por extraterrestres.
De donar todas sus pertenencias a las carmelitas descalzas.
De encerrarse en la casa de un reality show.
De ser condenado a cadena perpetua en una cárcel de máxima peligrosidad.
Y puede elegir un libro.
Sólo un libro. Libro solo. Único. Solitario.
A ver si se entendió: un-so-lo-li-bro.
Que lo acompañará el resto de su existencia. Uno solo. No sé si lo dije.
Yo fui la primera en boicotear mi propio juego.
Me dije que era imposible. Que podía ser un libro de cada género. Pero no.
No se puede.
Que dos libros chicos a cambio de uno grande. No.
Uno de autor americano y otro europeo. Menos. No, no y no.
Un solo libro.
Intenté visualizarme en un callejón oscuro. Un hombre apoya su arma entre mis cejas. Siento el frío del cañón. Me dice: un libro o te mato. Bien, así es más sencillo.
La presión ayuda.
Así que finalmente, y luego de pensarlo por dos semanas dos, he decidido cuál es mi único libro.
No estoy convencida, por supuesto.
Es como en "La decisión de Sophie", al final todo sale mal.
Pero tuve que hacerlo.
Porque buscar un tema para escribir un post cuando no se te ocurre otra cosa es un sacerdocio.
El libro es...

LA MEJOR POESÍA, selección de Héctor Yánover. Editorial Abril.

Los sorprendí, ¿no? Esperaban que me llevara cuentos, humor, una novela.
La Biblia no, soy atea.
Y he elegido poesía.
Las raíces. La infancia literaria. El hogar.
¿Por qué?
Porque llevar poesía es también como llevar música.
Una fuente inagotable de inspiración. De pensamiento.
Y me gustan las antologías para tener un poco de todo.
Llevar poesía es como llevar la vaca para después tener leche, manteca, un bizcochuelo.

Los invito a jugar.
El que deshonre el juego eligiendo más de un libro será castigado severamente con la eliminación de su comentario.
He dicho.

27 agosto 2007

NUEVA IMAGEN

¿Qué es lo que diferencia a un verdadero escritor de historias para chicos, de un escritor cualquiera que de pronto escribe para chicos porque está de moda? La capacidad de asombro, similar a la de un inadaptado sociópata de 8 años, y la capacidad de juego, que no hay que confundir con déficit de atención o vagancia en general. Bien, yo me pasé mis buenas horas jugando a simpsonizar a todo el mundo, y a simpsonizarme, para lograr esta nueva imagen. Dicen los que están de este lado, que se parece increíblemente a mi persona real.
Los que quieran jugar, sepan (esto lo descubrí luego de muchas horas de boludeo, así que espero que agradezcan esta información) que subiendo cualquier foto de mujer o hombre se puede lograr un parecido con cualquier mortal. Y no gasten tiempo -como hice yo, como si no tuviera otras cosas que hacer- en ver cómo aparecerían a los 200 años. No me hagan decir se los dije. Que se diviertan.
Conste en este post que no es mi intención promocionar comida chatarra alguna(a menos que me paguen, claro está).

24 agosto 2007

MI VIDA ES UNA SERIE

Sucedió que a uno de mis hijos comenzó a salirle sangre por la nariz. No es algo extraño. Es un niño. Escarba con gusto en sus fosas nasales llegando incluso hasta el cerebelo. Sin embargo, esta vez era, digamos, mucha sangre. La suficiente como para que el médico que llegó a casa nos subiera, a él y a mí, a la ambulancia con sirena y todo.
En la ambulancia pedí un pizarrón blanco, saqué de mi cartera un marcador especial, y comencé a anotar. Porque aquello era Dr. House. Hemorragia nasal. Vómitos con sangre (¿cómo, no lo dije? No estaban atentos. El paciente vomitó sangre. No hay nada más perturbador para una madre que ver que su hijo vomita sangre. Pero yo había dejado de ser una madre. Era Dra. Casa, así, en onda latina). ¿Por qué vomitó sangre? Se tragó gran parte de la sangre que intentaba salir por la fosa nasal izquierda. Sí, izquierda, esos detalles son importantes. Puede ser. ¿Qué otros síntomas tenemos? El niño tiene náuseas. Teniendo en cuenta la forma en que maneja el conductor de la ambulancia, yo también, pero concentrémonos en el paciente. Llegamos al sanatorio de alta complejidad donde ese niño ha nacido. Ese es un dato a cuenta de nada, pero le agrega un toque simpático a la situación. Bien, el niño es trasladado a un consultorio, donde entre cinco enfermeros intentan sacarle sangre, sin lograrlo. Yo anoto en el pizarrón que bajé de la ambulancia: colapso venoso. No se encuentra la vena. El niño grita "¡me quieren matar!, ¡ayúdenme!" repetidamente. No entra en razón. Yo anoto: rabia, cambio en su personalidad. ¿Cambio en su personalidad? Bueno... digamos que el niño es siempre así, pero como soy Dra. Casa y no su madre, no puedo saberlo. ¿Qué me dicen todos estos síntomas? ¿Ha viajado el niño a algún país africano en los últimos meses? ¿Puede tratarse de una fiebre hemorrágica? Le pregunto al niño. Él dice que no. Yo anoto un signo de pregunta. No le creo del todo. Los pacientes siempre mienten. El niño pide agua. Yo anoto: sequedad bucal. ¿Deshidratación? Mientras los cinco enfermeros luchan contra él, noto cierta mirada de complicidad entre una joven y un muchacho. Eso es Grey´s anatomy. Me dicen que la chica está atrás del chico. Que son residentes. Yo dejo el pizarrón y me siento a charlar con una enfermera entrada en años y en kilos. El paciente sigue gritando por su vida pero deja de interesarme. Resulta que la chica empezó a salir con el chico, pero el chico salió un par de veces con una médica, a pesar de que está prohibido por la empresa, pero entonces un anestesista, que también está detrás de la médica, los encontró apretando en la salita de sutura y los denunció. Pero el papá del pibe, del residente digo, es un empresario que prometió una donación para construir un ala de investigaciones -siempre y cuando el pibe tenga un puesto grosso ahí- y entonces al jefe no le quedó más remedio que hacer la vista gorda, y ahora el pibe se cree la gran cosa y sigue jugueteando con la doctora y con la pobrecita residente que está verdaderamente enamorada de él. La enfermera va a contarme ahora lo que pasó con el jefe, que se enredó con una paciente famosa, pero llega el padre del pibe y quiere hablar conmigo. Me pregunta por qué no lo llamé a él en primer lugar en vez de a la ambulancia. Estamos en Mad about you. Yo le digo que soy lo suficientemente inteligente como para saber que primero se solucionan los problemas y después se informa a los posibles involucrados. Él me recuerda que hice lo mismo el día en que le pregunté si quería casarse conmigo (ok... ok... él no se decidía y yo fui al grano). Llamé al salón para ver si tenían fecha antes de discutir el tema con él. Total yo sabía que iba a decir que sí. La discusión puede continuar eternamente, pero suena su teléfono celular, el del padre del chico, con la música de Mamma. Es su madre, mi suegra. Eso es Everybody loves Raymond. La suegra: -"¿¿¿qué le pasó al nene???". El hijo: -lo están atendiendo, una hemorragia... La suegra: "ay Dios mío, ay Dios mío, me muero, me muero" El hijo: -mamá, estoy en un sanatorio, ocupándome de mi hijo, no tengo tiempo para atenderte a vos. La suegra: -claaaro, a mí que me parta un rayo. ¿Sabés lo que sos vos? Un desagradecido. El hijo: -mamá, no empieces... La suegra: -ay mi amor, ¿te acordás del día que te salió sangre de la nariz? ¿Le dijiste a los doctores que a vos te pasó también? El hijo: -sí, pero porque me dieron un pelotazo de la puta madre. La suegra: -¡qué boquita! Yo no te eduqué para que me hablaras de esa manera. Desde que te casaste que estás así, tan nervioso. Decime... ¿estás bien vos? El hijo: -mamá, me casé hace más de diez años, ¿me lo vas a seguir recordando mucho tiempo? ¿Y te das cuenta de que me estoy ocupando de mi hijo? Después te llamo. La suegra: -bueno... ya veo que soy una molestia para vos. Seguro que lo que le pasa al nene es por nervios, porque vos y tu esposa son muy nerviosos. Casi fuera de sí, el padre del paciente corta la conversación. Yo corro a anotar en el pizarrón: ¿genético? padre con mal genio. El paciente, por suerte, se ha calmado. Intenta quitarse la vía pero el padre lo mantiene a raya. Yo salgo a buscar un vaso de agua. Me siento en la sala de espera. Otras tres madres se encuentran en la misma situación. Esto es Amas de casa desesperadas (versión original norteamericana). Resulta que una de ellas quiere tener un bebé pero no puede. Yo, que siempre ando necesitada de dinero, y que de verdad disfruté los embarazos, le ofrezco mi vientre en alquiler. Ella se entusiasma, pero sus óvulos, me dicen, no están en buenas condiciones, por lo cual tendríamos que utilizar los óvulos de la mujer que está a su lado, que se acuesta con el mecánico del auto del marido, que está asociado en una mala empresa con el esposo de la tercera, que tiene una enfermedad terminal aunque todavía no lo sabe. La tercera me ofrece una bebida energizante. Tiene cinco niños y se ha hecho adicta. Yo, por supuesto, la acepto. Mi marido sale un momento de la sala para ver dónde me he metido. Las tres mujeres lo miran y suspiran. No porque mi esposo sea de los que despiertan suspiros femeninos, sino simplemente porque está allí, a mano. Me parece que con esa actitud ya no quiero tener el hijo de una de ellas. Regreso a la habitación donde mi hijo ha descubierto un cajón repleto de agujas y trata de abrir una para pinchar al padre. Yo descubro de pronto que poseo el poder de leer su mente. Eso es Héroes. Lo que está pensando mi hijo no augura nada bueno para su futuro. Es un pequeño sociópata en potencia. De pronto otro niño ingresa a la habitación. También leo su mente. Al lado de mi hijo, es maligno. Me doy cuenta de que todos los niños del piso pediátrico están pensando en la forma de acabar con sus padres. Es un complot. Tengo que hacer algo. Está en mí la posibilidad de salvar a la humanidad. Le cierro la puerta en la cara al chico que no es mío. Por ahora que se ocupe su madre. Ha regresado la enfermera y me entrega los resultados del análisis de sangre de mi hijo. Leo los valores: 4, 8, 15, 16, 23, 42. Eso es Lost. Los números... ¡quiero saber qué signfican los números! ¡Los números! ¡Necesito saber! Los números están bien, me dicen... pero siento que algo queda flotando. Yo corro al pizarrón, borro lo escrito. He resuelto el enigma médico: hemorragia nasal por metedura de dedo. Le dan el alta al chico. De pronto, y a través de la ventana, aparece un negro grandote. Coloca un dedo sobre su boca, para que mantenga el silencio. Al paciente se lo lleva el padre.
Yo sigo al negro a través de la ventana y me interno en la selva.

23 agosto 2007

ESAS IDEAS MARAVILLOSAS

Como siempre sucede, las ideas maravillosas jamás se me ocurren a la hora de escribir ni frente a la PC. Frente a la computadora tiendo a dispersarme bastante. Me preparo un té o un mate cocido. Pienso en medialunas. Entro a Internet. Reviso el correo. Vuelvo a entrar a Internet. Vuelvo a revisar el correo, y continúo en ese círculo vicioso hasta que el día se fue y me aferro a la excusa de que si no trabajé, fue porque la idea no apareció.
Un escritor amigo que ronda este blog me dio el siguiente consejo: a la hora de la literatura, la red se apaga. Yo le hice caso. Porté mi notebook a mi dormitorio, y me preparé para recibir a las musas. Pero, como en toda trama, surgió un problema. Se me ocurrió probar el botoncito de la conexión inalámbrica. El wi-fi. Y encontré una red. ¡Encontré una red gratuita e inalámbrica desde mi cama! Magia. Milagro. Así que reinicié la obsesión de Internet y el correo desde un paisaje nuevo. Porque total, a mí las ideas nunca se me ocurren cuando estoy frente a la PC.
Se me ocurren, en general, antes de dormirme. Casi siempre. A veces en la ducha, lugar común. O en los viajes. O leyendo. O mirando una película. Pero casi siempre antes de dormirme. En ese lugar de la vigilia que va llegando lentamente y del que uno no desea escapar. Y las ideas que se me ocurren en ese momento son, por supuesto, maravillosas. Son únicas. Son las mejores. Y yo no las anoto. Sé que son maravillosas con la poca lucidez que me queda, pero no puedo estirar la mano, por no decir erguirme, prender el velador, buscar un cuaderno, una lapicera, pedirle al cerebro que le ordene a la mano que escriba. Me consuelo mintiéndome que si la idea es tan perfecta, continuará acompañándome cuando me despierte. Pero las ideas se van. El sueño, en cambio, raras veces.
Tengo la suerte de tener una memoria prodigiosa (producto, creo yo, de mi entrenamiento en lectura) y a la mañana siguiente, sabiendo que una idea perfecta cruzó mi cabeza (¿por qué uno recuerda que tuvo una idea y no la idea?) realizo todo un ejercicio de meditación para recuperarla. La idea permanece en alguna conexión sináptica, creo yo. En los axones, en las dendritas, en los neurotransmisores. No se ha ido a ningún lado. Pero es como el inconciente para los psicoanalistas, o Dios para los creyentes: saben que está aunque no tengan forma de probarlo. Medito, decía. Trato de recordar la cadena de hechos que me llevaron a tener esa idea. Qué estaba mirando en la TV, qué conversaciones tuve, de qué modo me acosté, si busqué un vaso de agua, si los chicos me llamaron, si fui una última vez al baño. Tal como hago para encontrar las llaves o un documento perdido, voy desandando camino. Algunas veces la encuentro. A la idea. Y puede ser que a la luz del día no sea tan maravillosa ni tan perfecta. Puede ser que apenas sea un recuerdo, hasta un plagio de algo que leí antes de dormirme o que ví en la televisión. Otras veces sí vale la pena y la anoto para no cometer la tontería de volver a perderla. Tal vez en algún momento rinda sus frutos. Tal vez no.
Admito que en general son lo que yo llamo medias premisas. "Un chico que se cree payaso" (digo por decir, no voy a divulgar aquí mis ideas maravillosas), anoto. Bien, pero... ¿qué le pasa a ese chico? ¿Cuál es la trama, cuál es el argumento? Tengo a un chico que se cree payaso, ¿hacia dónde voy? Mi trabajo, claro, es que las ideas que aparecen como media premisas logren convertirse en premisas completas. A veces lo logro. El resultado se llama "cuento". Otras no.
Lo cierto es que ayer por la noche, 22 de agosto de 2007, alrededor de las 22,30 horas (tiendo a dormirme temprano, sepan comprender, me levanto 6,30 y se terminó la temporada de series) sé que tuve una idea maravillosa. Tal vez la más maravillosa que haya tenido en toda mi vida como escritora. Fue un pequeño orgasmo literario. La respuesta a todas mis preguntas. LA IDEA. No estoy escribiendo esto como una generalización, ni estoy usando algo que me sucede a menudo para una crónica justo hoy. No, ayer sucedió. La semana pasada tuve otras ideas maravillosas que logré recordar al despertar. Pero ninguna como esta. Era tan maravillosa que no tuve ninguna duda de que me acordaría de ella. De que se convertiría en un cuento, o hasta en un libro, por supuesto, maravilloso. Ideas así no se olvidan, a menos que algunas neuronas hayan muerto mientras dormía. Eso no puedo confirmarlo. El tema es que no me acuerdo. Ni con meditación, ni con tranquilidad, ni engañando a mi mente haciéndole creer que pensaba en otra cosa para agarrar a la idea desprevenida. Nada. No está más. Como Dios o el inconciente. O los Reyes Magos. Allí donde debería haber una idea maravillosa, no hay nada.
De todos modos no pierdo las esperanzas, y esta noche prepararé hoja y Parker antes de dormirme. Miraré el último capítulo de Dr. House. Me levantaré a tapar a los niños. Tomaré un último sorbo de jugo Tang. Acomodaré mi almohada y me daré vuelta porque el sueño me llega boca abajo, y esperaré... como el deprepador espera a su víctima.
Pero hay otro problema y yo lo sé: que esas ideas increíblemente maravillosas no permiten que las atrapemos ni siquiera en el papel.

UN LIBRERO ALLÍ

El capitán Burton, hombre de letras, autor de blog, encargado de librería porteña. Aventurero que me ha devuelto la esperanza sobre la supervivencia de algunos libreros que saben de libros, se ha despachado con este cuento , juego, guiño, homenaje -dice él-, agradecimiento, que me incluye. Para mí es un honor. Un regalo. Y desde aquí le agradezco de corazón.

13 agosto 2007

LA LITERATURA ARGENTINA Y YO

Decidí acudir a la Licenciada Rabinovich de Cohen para conversar sobre mi malestar en lo referente a la literatura argentina.
La Lic. R.C es, tal vez, la única terapeuta especializada en literatura. Uno no acude a ella cuando tiene una crisis marital, ni cuando está a punto de suicidarse, ni cuando siente que la vida no ofrece alternativas. No, el diván de la Lic. R.C sólo es útil para críticas literarias, para el momento en que nos empantanamos con un cuento, cuando una lectura nos provoca un shock o, por el contrario, hemos perdido la capacidad de asombro que regala la literatura.
Esta vez, necesitaba entender qué me pasa con la literatura argentina.
Lo que sigue es la transcripción de la sesión.

Lic: -Me alegra volver a verte, Verónica. ¿Pudiste superar el tema del rechazo editorial?
Yo: -No, en absoluto.
Lic: -¿Querés hablarme de ello?
Yo: -No, no vine para eso. He vuelto a escribir. Creo que lo único que me sanará es la escritura. Publicar o ganar un premio también serviría. Lo que me está angustiando ahora, lo que da vueltas en mi cabeza es cierta problemática que arrastro relacionada con la literatura argentina.
Lic: -¿Sólo la argentina?
Yo: -Sí, puede no gustarme un libro de un autor inglés o yankee pero no me produce alteraciones mentales.
Lic: -¿Qué es lo que creés que pasa, entonces?
Yo: -Bueno... acabo de leer dos libros de autores argentinos. El primero fue "El pasado" de Alan Paul. Excelente crítica, premio de Anagrama, qué más se puede pedir...
Lic: -Entonces...
Yo: -No llegué a la mitad. Dios mío, no se termina nunca. Parece que pasaron cinco horas y recién leíste una frase. No avanza. No pasa nada. Lo abandoné. Ojalá pudiera cambiarlo, pero como es gordo se marcó al abrirlo, y además es el libro que cambié por En el scriptorium, de Paul Auster. Me da bronca que un libro que cambié de otro también sea malo, ¿me entiende?
Lic: -Te entiendo.
Yo: -Pero como soy tenaz, volví a probar con Pablo De Santis. Leí casi todas las novelas de De Santis para adultos, y algunas me parecieron buenas y otras no tanto, pero en general las encontré entretenidas. Como sucede con los que escriben para chicos, De Santis sabe contar una historia. Hay un libro de él que es una maravilla, El inventor de juegos. Esta vez probé con El enigma de París, con el que se ganó un premio importante.
Lic: -Y entonces...
Yo: -Lo leí completo en sólo tres fines de semana. Y es interesante, pero... pero...
Lic: -¿Pero qué?
Yo: -Es soso. Es interesante, pero no es emocionante. Cuando lo terminé de leer no me dejó nada. El lenguaje es correcto, no hace ningún experimento como acostumbran otros autores, pero no me llegó. Me dispersaba tanto durante la lectura que me costaba recordar los nombres de los personajes.
Lic: -Interesante elección de palabras... ¿acostumbrás dispersarte mientras leés?
Yo: -Bueno... leí N.P de Banana Yoshimoto antes de este y tampoco me enganchó. Pero si el libro es bueno, si siento que ingreso a la historia, si me apropio de ella, del lenguaje, entonces el tiempo fluye y se produce la magia. ¡Pero nunca con autores argentinos actuales!
Lic: -Contame con qué libros te pasó en los últimos tiempos.
Yo: -Y... con En picado, con El abanico de seda, con los de Sánchez Piñol, con Eres una bestia Viskovitz, hasta con El libro negro del psicoanálisis, pero con los argentinos nada... no hay química.
Lic: -¿Pensás que puede deberse a algo personal, a algo que tiene que ver con vos..?
Yo: -Comienzo un libro sin prejuicios, abierta a su historia, trama, contexto. No veo por qué debería ser personal...
Lic: -Tal vez dos libros no sean muestra de nada. ¿No leíste ninguno más de autor argentino?
Yo: -No... los libros están carísimos y yo no llego a fin de mes. Tengo que ser muy cuidadosa con lo que compro. Antes de comprar un libro lo hojeo, en general ya leí algún comentario, trato de que el autor me sea conocido, no voy a comprar por ejemplo los libros de autores jóvenes, las nuevas antologías, esas cosas.
Lic: -¿Por qué no?
Yo: -Porque no logran interesarme... lo que cuentan no me llega, si es que cuentan algo. Me interesó por ejemplo, desde el título, el de Jacinta Pichimahuida, pero cuando comencé a leerlo, cómodamente sentada en una Yenny no hubo caso, no me pareció bueno.
Lic: -Vos también sos una autora joven.
Yo: -Parece que ya no. Todos esos libros engloban a autores nacidos después del ´70. Parece que por dos años yo soy de la generación vieja, de la que no entró en ninguna antología.
Lic: -Me parece a mí o escucho cierto... resentimiento...
Yo: -No... para nada... me encanta que se publiquen. A mí no me conocen, yo no publiqué para adultos, aunque haya escrito algunas cosas. No formo parte de ningún grupo, no voy a ningún taller literario, no conozco personalmente a ninguno de ellos, no tengo contactos... no hay forma de que ellos lleguen a mí ni viceversa.
Lic: -Entonces...
Yo: -Está bien, por supuesto que me gustaría tener un lugar y publicar y ser leída. Pero de todos modos no me siento identificada con ese grupo. Lo más importante para mí es contar historias, y para ellos hacer Literatura. El otro día, en una crítica de un libro que no viene al caso, leí dos palabras que a mí no se me hubieran ocurrido juntar, que me resultaron bastante esclarecedoras. Eran literatura e instalación, por instalación artística. ¿Vio esas instalaciones artísticas en las que alguien pone cualquier cosa en cierto espacio, y dice que eso es arte? Bueno, para mí eso es la literatura argentina actual: una instalación.
Lic: -¿Alguna vez viste una instalación?
Yo: -Una vez, hace un par de años, creo, en las viejas galerías Harrods. En realidad yo quería ver Harrods por dentro, porque para mí Harrods era el lugar donde estaban los verdaderos Reyes Magos, pero estaban estas instalaciones. La que más recuerdo era una de vías (por la vía que se coloca en una vena para pasar suero) que goteaban. Una cosa muy extraña. También había un esqueleto disfrazado de Papá Noel, en el viejo sector de peluquería infantil. Ese sí me gustó.
Lic: -Muchas veces hablaste de tu molestia por llegar a los 40.
Yo: -No, no, no, eso no tiene que ver. Acabo de empezar, justo hoy, La historia del amor, de Nicole Krauss, una pendeja del ´74, y no tengo problema. Cierta envidia acompañada de admiración tal vez. Pero nada más, nada malsano. Y leí tres páginas y hasta ahora me enganchó. No sé cómo seguirá, pero va bien.
Lic: -Entonces volvemos a los argentinos...
Yo: -Y, sí... hay algo, una cosa... ¿no? Por ejemplo, a veces me cuesta entender por qué los publican, cómo llegan a la edición.
Lic: -A ver...
Yo: -Hay una escritora, Samanta Schweblin... Su primer libro fue de cuentos, y eso que es dificilísimo que te publiquen cuentos de primera. En eso la felicito. Yo no lo compré al principio, aunque me interesaba justamente por eso, porque eran cuentos de una mujer joven, pero al año el libro ya estaba en la mesa de ofertas muy barato, y lo pude leer. No me gustó. Terminó en la pila de libros a vender para poder comprar otros. Yo no sé si se reeditó ni cuánto vendió ese libro, pero al tiemp estaba en todas las mesas de saldos. Y hace poco publicó otra vez. Me pregunto entonces... ¿quién la lee? Si el primer libro hubo que liquidarlo, ¿por qué le publican un segundo? No es nada personal, no la conozco, y podría usar de ejemplo a cualquier otro autor joven. Los lectores en general no los conocen, me da la impresión de que leen y publican entre ellos en este grupo. Es literatura para cierta élite, para esos tipos de treinta y pico con aspecto bohemio, que van a las instalaciones artísticas y a las lecturas en donde hay una mina con aspecto de alcohólica leyendo algo que nadie entiende. No sé... me parece. Es la impresión que da de afuera...
Lic: -A ver Verónica, para ir terminando, pensemos en hasta dónde llega en vos esta cierta... aversión... por la literatura argentina joven. Si te ofrecieran publicar en alguna de esas antologías, por ejemplo, en una antología de autores nacidos después del ´65 podría ser. ¿Aceptarías?
Yo: -¡Pero por supuesto! Si me publican una instalación, yo encantada. Perdón, un cuento, quise decir un cuento. Si me publican un cuento... eso dije.

03 agosto 2007

CÓMO CRIAR A UN BLOG DE DOS AÑOS

"Con franqueza, los blogs de uno a tres años, los deambuladores, me asustan. Ya sé, ya sé, se supone que soy una valiente veterana de las guerras literarias. Después de todo, he soportado por seis libros ese manteo, prácticamente sin tiempo para recobrar la cordura entre una excursión y la siguiente. Debería estar llena de sabiduría, de anécdotas divertidas y frases reconfortantes. Así será, te lo prometo, en cuanto me calme. Visitar de nuevo ese territorio me pone nerviosa y algo paranoica; todavía me deja atónita la dinámica que nuestra buena madre naturaleza creó al juntar un blog deseoso de ser libre con una mamá deseosa de controlarlo".
(De "Cómo convertir a tu hijo de dos años en un ser... ¡civilizado!" de Vicki Iovine)

El 2 de agosto este blog cumplió 2 años, y se me pasó. ¿Qué estaba haciendo, tan importante, como para olvidar un aniversario fundamental en mi historia? Veamos... el jueves los niños fueron al cine con su abuela y yo escribí un cuento que titulé "Un caso de superpoblación", y que es el cuarto texto de un libro en el que estoy trabajando, que por supuesto no tiene editorial a la vista.
Creo que fue una buena manera de festejar este blog.

Que en estos dos años los buenos deseos, abrazos, tirones de orejas y felicidades sean para ustedes, los que leen. Se lo merecen. Me apoyan, me empujan a seguir. Me conocen, los conozco.
Los regalos, por supuesto, que sean para mí.

LA HERMANA MAYOR


La hermana mayor expone. El arte es a veces un asunto de familia.

30 julio 2007

LOS MEJORES TÍTULOS

En periodismo nos enseñan que el título es el cartel de venta de una noticia. En la literatura sucede lo mismo. El título es un cross a la mandíbula de la atención del lector. El título es un arte que a veces escapa a los mejores escritores. Por eso hoy los mejores títulos -sin importar el contenido del libro- que guarda mi pequeña memoria. Espero que agreguen los suyos.

¿Tocan los violines los peces de colores?, David Henry Wilson
Cien años de soledad, Gabriel García Márquez
El chofer que quería ser Dios, Etgar Keret
El hombre que está solo y espera, R.Scalabrini Ortiz
Todos los hombres son mortales, Simone de Beauvoir
Primavera con una esquina rota, Benedetti
Mala noche y parir hembra, Angélica Gorodischer
Como agua para chocolate, Laura Esquivel
Triste, solitario y final, Osvaldo Soriano
Zen en el arte de escribir, Ray Bradbury
Mr. Vértigo. Paul Auster
Un libro para niños basado en un crimen real, Chloe Hooper
Cómo ser buenos, Nick Hornby
Las venas abiertas de América Latina, Eduardo Galeano
Veo una voz, Oliver Sacks
Eres una bestia, Viskovitz, Alessandro Boffa
De qué hablamos cuando hablamos de amor, Raymond Carver
El nombre de la rosa, Umberto Eco
¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? Raymond Carver
Un mundo feliz, A.Huxley
Se acabaron las espinacas y otros delitos por computadora, varios
El largo adios, Raymond Chandler
El arrancacorazones, Boris Vian
Jenny y el inventor de problemas, H.Oram
Si una noche de invierno un viajero, Italo Calvino
El amor es un número imaginario, Roger Zelany
Los superjuguetes duran todo el verano, Brian Aldiss
Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura, Kenzaburo Oé
Cerrado por melancolía, Isidoro Blaisten
Debí decir te amo, Juan Gelman
Me alquilo para soñar, Gabriel García Márquez

20 julio 2007

EL CIELO DEL NEGRO

(...)
-¡Ah! -dijo Roque de repente, desinteresándose de su amable diálogo con el Sordo-. Hay que poner un plato más en la mesa...
Telmo, Hernán que volvía y el Sordo lo miraron.
-¿Quién viene?
-El Pepe.
-¿El Pepe? -exclamaron todos al unísono.
-El Pepe, en persona...
-El Pepe... ¡Qué raro! -se ensombreció la cara del Telmo.
-Pero... Si estaba bien.
Roque se encogió de hombros y se metió en la boca un pedazo enorme de pan con salame.
-¿No lo habías visto vos, antes de venirte, y estaba bien? -le preguntó Telmo a Hernán.
-Sí. Pero hace ya como tres meses, no te olvidés...
-Sí, pero...
-¿Algún accidente? -preguntó el Sordo.
El Roque se volvió a encoger de hombros.
-No sé, Sordo... Yo te digo lo que me dijeron...
-¿Quién te dijo?
-En la puerta de entrada... Ya debe estar viniendo para acá...
-Mirá vos... -Hernán se rascó una mejilla, pensativo-. Pero... ¿el Pepe andaba mal del bobo o una cosa de ésas? Nunca me...
-¿Qué sé yo, Hernán! -casi se enojó el Roque, con la boca llena. -No es necesario andar mal del bobo, ¿no? Mirá yo... Estaba fantástico también... ¿y?
-Bué... -suspiró Telmo, volviendo su atención a la parrilla. -Será bienvenido.
-¿Acaso no te alegra que venga el Pepe? -preguntó Roque.
-¡Nooo! ¡Por favor! -se ofendió Hernán- Encantado de Dios que venga el Pepe. ¿Cómo no voy a tener ganas de verlo? Por favor, me cago de gusto... No me interpretés mal, Roque... Te digo, nomás...
-Por eso.
-¿Sabés qué? Hacemos la fiesta completa con Pepe...
-Además, es futbolero... -agregó Telmo, enjuagándose una gota de sudor que le irritaba el ojo. -No va a venir a rompernos las bolas con que quiere ver ballet... o un concierto.
(...)
-Llegás justo, Pepín -le dijo Telmo, volviendo a su reducto junto al fuego.
-¿Agregaste el vacío? -se preocupó Hernán.
-Llegaste justo porque... -Telmo miró a Hernán.
-Sí, lo agregué -tranquilizó- Porque ahora tenemos Peñarol y Ríver.
-¿Peñarol y Ríver? -preguntó Pepe, aún un poco ido, como absorto, mirando hacia todas partes, ubicándose.
-Claro, papá -dijo Roque, sin dejar de comer. -Y mañana tenemos el Bayern y Manchester United... Y pasado.. ¿Pasado qué teníamos?
-Box -gritó el Sordo desde adentro. -La pelea por el título.
-La pelea por el título -sonrió Roque, ufano. -Los medianos welters.
-El negro que ganó las otras noches y... No sé qué otro... Un nigeriano...
-Y así todas las noches. Todas -informó Roque- No hay una sola en que no tengas nada para ver.
-Y... Acá se agarra todo -dijo Hernán, que también se había sentado y estaba descorchando el blanco.
-Che, Pepe, Pepín... -sonrió Telmo. -Y de pedo no te encontraste con el Charro...
-¿Qué Charro?
-El Charro Moreno. Le habíamos dicho que viniera a comer, y a ver el partido.
-¿El Charro Moreno? -se asombró Pepe. -¿El de Ríver?
-Y claro, papá... El otro día vino Angelito.
-¿Qué Angelito? ¿Labruna?
-Sí. Vino a ver... vino a ver... -dudó Telmo. -No sé qué partido vino a ver.
-Con el que nos cagamos de risa fue con Fidel -dijo Hernán.- Con Fidel Pintos.
-¿Fidel Pintos? ¿Estuvo acá? -el Pepe no lo podía creer.
-Sentado ahí mismo donde estás sentado vos -aportó el Sordo. -Un fenómeno.
-¿Sabés a quién quiero traer yo? -dijo Hernán -Digo... algún día...
-¿A quién?
-A Carlitos...
-¡Ah! -se golpeó las palmas de las manos, Roque. -Mirá qué joda.
-Y que cante -siguió Hernán.
-¡Yo también quiero que venga, boludo! -dijo el Roque. Telmo se reía. -Mirá qué piola que sos. Todos. Pero no tiene ni una fecha libre el guía. Si todo el mundo lo invita.
-¿Carlitos? -los miró Pepe- ¿Está acá?
-Todos están acá, querido -dijo Roque- Acá te los podés encontrar a todos. A todos. El otro día vino un sobrino de Irigoyen.
-No... Pero yo a Carlitos lo quiero traer... -insistió Hernán, como atrapado por una ensoñación.
-Ya va a venir. Ya va a venir -consoló Telmo- Hay que agarrarlo con tiempo. Si acá, lo que sobra es tiempo.
-Por otra parte, no es de hacerse el estrecho.
-¡Para nada! ¡Le gustan estas cosas! Y el fútbol le cabe...
-Hincha de Rácing, además.
-Y los burros. Los burros más todavía.
-Por él soy capaz hasta de ver una carrera, te digo.
-A la que me gustaría traer es a la rubia... -dijo el Sordo- La Marilyn...
-¿Está acá? -preguntó Pepe.
-Y sigue buena -asintió el Sordo, con la cabeza. -Aunque sea para mirarla...
-Con esa mina te caga el idioma, Sordo -dijo Roque. -Como cuando vino Fred Astaire...
-Para mirarla nomás, te digo, Roque.
-Después se arma el quilombo con las mujeres.
-¿Vino Fred Astaire? -el Pepe los miraba procurando detectar una broma colectiva.
-Pero a pedir una escoba. Pasa siempre -dijo Hernán.
-Baila con la escoba, Hernán -puntualizó Roque. -No te creas que es para barrer.
-Che Pepe... -Telmo se acercó hasta la mesa, se secó la transpiración con un repasador y empezó a pelar minuciosamente un pedazo de salame. -¿Llegaste bien?
-Sí.
-¿Quién te recibió?
-No sé... Un pelado, de barba...
-¡Pedro! ¡Pedrito viejo nomás!
(...)

Del cuento "Cielo de los argentinos" del libro "Uno nunca sabe"
ROBERTO FONTANARROSA

16 julio 2007

LAS OTRAS LECTURAS

Lo que llamamos literatura es sólo una parte de las lecturas que nos formaron. Yo leía, a los 11 ó 12 años, por ejemplo, un libro de tapas celestes que mi mamá recibía a principio de año, y que para mí tenía el mismo interés y suspenso que una novela. Era el diseño curricular de la educación primaria. Allí me enteraba de lo que aprendería durante el año que empezaba, y por qué. Era como saber, antes que cualquiera de mis compañeros, quién era el asesino y los detalles de la autopsia.
Otra de mis lecturas favoritas eran los diarios personales de mis hermanas adolescentes. Había aprendido el arte de abrir los pequeños candados con la punta de una tijera, y me paseaba sin culpa ni remordimiento por la intimidad de quienes sólo existían para molestarme. Con esos diarios no sólo aprendí sobre seducción, sino sobre chantaje y venganza. También descubría secretos o intrigas familiares a los que, por mi edad, no estaba invitada. Tal como lo hacía con los diarios personales, perseguía con pasión las cartas de los demás. Las cartas de amor entre mis padres. Cartas de pacientes agradecidos o no que recibían mis familiares médicos. Dibujos, cartas, tarjetas de los alumnos de mi mamá, que siempre parecían quererla mucho más que yo. Cartas de tíos, primos, padres, amigos, con reproches viejos y cuentas pendientes. Todo caía bajo mi voracidad lectora. Las historias clínicas de mi padre, odontólogo. Los libros "de terror pediátrico" de mi tía médica, con fotos de miembros deformes y labios leporinos. Las escrituras de mi abuelo, escribano. Las revistas "del corazón" y de fotonovela de mi abuela. Yo lo leía todo. Lo que entendía y lo que no. Historietas, no hace falta decirlo. No respetaba en absoluto el carácter privado de ciertos papeles. No me importaban los derechos de los demás a su intimidad. No hacía caso de las prohibiciones. Aquello que existía en letra impresa existía para que yo lo leyera. Hurgaba, revisaba, requisaba en cajones, placares, escritorios, agendas, bibliotecas, en busca de cualquier trozo de historia que sirviera para calmar mi sed de querer leerlo todo.
Lo sigo haciendo. Leo las historias médicas en cuanto el médico se da vuelta. Los expedientes de cualquier cosa cuando el empleado no me ve. Las agendas personales sobre el hombro de un desconocido. Los mensajes de texto enviados y recibidos en los celulares de quien esté a mi alcance. La letra chica de lo que tenga letra grande. Los mails que no me pertenecen. La vida entera pasa por esas escrituras. De allí me nutro para poder escribir mi propia historia. Y estoy convencida de que cuando haya logrado reunir y leer todos esos pedacitos cargados de grafismos que me rodean, habré leído por fin la historia de todas las historias. El último libro.

10 julio 2007

AY QUÉ LINDO, NIEVA


Al principio me pareció re-romántico, re-fantástico y re-histórico. Me abracé a mi marido, en realidad porque él tenía un polar y una campera y yo apenas un bucito, y le dije:
-mirá, estamos en New York.
Pero enseguida me arrepentí, por la fecha patria, porque bien podríamos estar en Bariloche, y dije: nieva el día de la independencia. Porque para originalidad no hay como yo, ¿no? Los chicos divinos con esto de la nieve. El mayor se enojó porque no quería ponerse la campera. El menor se ofendió porque el mayor hizo algo para joderlo seguro, y ninguno quería bajar a la calle para jugar con la nieve, y yo, que paso rapidísimo de estar re-romántica a re-histérica, gritaba:
-¡pero qué pelotudos! les dejo bajar, mojarse, tocar la nieve, no la van a volver a ver en sus putas vidas en Capital, y ustedes se enojan. ¡Me pudrí!
Y bajé yo sola. Ellos bajaron un minuto después, claro, con abrigo y cara de qué me importa. Y volvieron a enojarse porque no les presté la cámara de fotos ni la filmadora. Y así todos enojados y gritándonos disfrutamos de la nieve. Qué linda. Como misteriosa, mágica... Navidad europea en Buenos Aires el 9 de julio. Han pasado cosas más insólitas.
Hay que salir a buscar a un tipo que tenga más o menos 95 años y recuerde la nevada anterior, pensaba yo como periodista. Porque cuando uno fue periodista sigue pensando como periodista toda su vida. De 89 no sirve, porque era un bebé y no se va a acordar. Menos mal que estoy desocupada.
Y después... después me empezó a dar como cosa... porque no paraba. Vos pensás que va a nevar diez minutos y listo. Pero no, siguió nevando y nevando, y yo que paso rapidísimo del re-romanticismo al re-histeriqueo a la re-alarmista, me puse a pensar en la película El día después de mañana. Y en El Eternauta también. Mis chicos ya habían tocado copos de nieve y seguían peleándose, así que la cosa no pasaba por El Eternatura. Mejor, porque yo no uso bolsas de basura de consorcio y no iba a poder hacer esos trajes impermeables que se hicieron en la historia. Yo uso bolsas de Coto. Y además no quería encontrarme con un Mano. Como no era El Eternauta tenía que ser El día después de mañana. Pronto iba a llegar el remolino ese y todo se iba a congelar. Y yo no tengo pilas ni linternas en casa. Ni agua mineral, porque tomamos agua de la canilla con jugo Tang. ¡Y ni en pedo iba a quemar mis libros para darles calor a dos pibes que cada vez que les pongo un buzo se lo sacan! Igual no fue. Dejó de nevar y parece que el mundo sigue por ahora. Pero te juro que lo pensé. Por un segundo, por un minuto, me pregunté si una nevada tan linda no ocultaba otra cosa. Como el secuestrador que te ofrece un caramelo para que te acerques.
En fin... no pasó nada. Nevó en Buenos Aires, qué lindo.

02 julio 2007

AMAR, TEMER, PARTIR

Conocí a la profesora Delia Nilda Garcelazo del Prado Marcchetti de casualidad, en una conferencia en mi viejo colegio Normal a la que acudí sólo por nostalgia. El tema de la charla era "La literatura para jóvenes, ¿una apuesta real o una estrategia de mercado?" y admito, sólo dos líneas después, que mi motivación más que la nostalgia, fue que alguien me reconociera como ex-alumna, actual escritora, y me ofrecieran, por lo menos, un puesto de preceptora o coordinadora de talleres literarios. De todos modos no es ese el motivo de este post (no me reconocieron), sino el hecho de haber conocido a la ilustre profesora. Una mujer que, pasados los noventa años, y a pesar del exceso de maquillaje y el olor a naftalina y humedad que emanaba su viejo tapado de visón, permanece lúcida, atenta, informada y jovial.
La profesora Delia se sentó a mi lado, en la primera fila (éramos unos veinte los asistentes a la conferencia) y pronto me pidió ayuda para entender de qué corno se hablaba allí lejos, sobre el escenario, y sin micrófono. Yo la miré. ¿Qué le podía decir? A sus ojos soy joven y oyente, ¿para qué cansarla con largas explicaciones sobre déficil auditivo y comprensión de la palabra? Así que inventé. ¿De qué podían estar hablando? De que los primeros libros para adolescentes fueron en realidad libros escritos para adultos, y que ahora los adolescentes son un mercado en sí mismos aunque no hay púber que yo conozca que prefiera gastar su plata en un libro en vez de un nuevo celular. En fin, digamos que le hice a la profesora un resumen de lo que yo supuse que se diría, y pronto nos encontramos conversando de otras cosas. De la vida.
-¿Usted a qué se dedica? ¿Es profesora de lengua? -me preguntó.
-No, escribo. El estudio del castellano nunca fue mi fuerte. Pero escribo naturalmente bien, no se preocupe -bromeé.
-¿Y de verbos, cómo andaba?
Ese había sido un golpe bajo.
-Bueno... nunca acepté el hecho de tener que aprender de memoria. En ninguna materia. Y admito que no encontré la manera de estudiar los tiempos verbales razonando...
-O sea que no puede distinguir un infinitivo de un imperfecto.
-Eh... no. Pero a la hora de escribir uso los verbos correctamente.
-Pero no puede conjugarlos -atacó ella. ¿Tenía un trastorno obsesivo-compulsivo relacionado con los verbos? ¿Era una anciana asesina serial que mataba a quien no pudiera distinguir un verbo irregular de uno regular? ¿Acaso se había dado cuenta de que yo le había dicho cualquier cosa sobre la conferencia y se estaba vengando? O... ¿cómo no me había dado cuenta? Era una vieja profesora de castellano que me recordaba y sabía que siempre, pero siempre, me había copiado. Esperaba que por lo menos le diera gusto saber que me había dedicado a la literatura.
-No, la verdad es que no recuerdo las conjugaciones. Nunca pude aprenderlas.
Conozco decenas de poesías de memoria, teoremas, pero las tablas de mutiplicar y los verbos fueron mi talón de Aquiles (quería demostrarle que era culta, que de mitología griega sí me acordaba). Lo intenté, pero no pude.
-Los verbos estaban destinados a hacernos sufrir... -dijo ella. No supe si me había escuchado.
-Sí, supongo que siguen siendo un sufrimiento para los estudiantes.
-Oh, no de esa manera. Lo que le digo... -aquí bajó la voz -es que los verbos los inventé yo.
Ahora quedaba claro. Estaba senil.
-Pensé que se habían inventado en la Biblia -dije- por eso de "primero fue el verbo". O antes, ¿no? Tal vez el hombre de las cavernas ya conjugaba el verbo matar o comer, puede ser.
-¡No sea bestia, alumna! -dijo ella con un tono docente que no había perdido a pesar de los años.
-No sé... es que me parece que los verbos existen desde antes que usted. No puedo probarlo, pero... tal vez sean del Renacimiento o la Revolución Industrial.
-Lo que yo le digo, es que inventé el sistema de conjugación universal de verbos regulares, "amar, temer, partir".
-Oh... no entendí.
-¿Cuántas veces hay que repetirle a usted las cosas?
-Ni se imagina.
-Mire, cuando yo estudiaba el profesorado, cada profesor decidía con qué verbos enseñaba las conjugaciones. Hasta que yo escribí una tesis sobre la practicidad de utilizar los verbos amar, temer y partir en la enseñanza de la lengua, y la idea tuvo tal repercusión que se transformó en una regla del castellano. Se enseña verbos con amar, temer y partir.
-¿Y por qué esos tres verbos?
Ella calló. Se quedó con la mirada perdida. Me dí cuenta. Había estado esperando esa pregunta. Toda la conversación no había sido otra cosa que el preludio, el camino que había trazado para llevarme a esa única cuestión.
-Amar... temer... partir... -repetió en voz queda. -¿Se imagina, no? Usted que es escritora.
-Imagino una historia de amor.
-Soy soltera -saltó ella.
-Como casi todas las profesoras de castellano viejas, no sé por qué -se me escapó, sin ninguna sutileza.
-Él era un caballero -inició su historia. -Un profesor de matemática, física y química. Nos conocíamos apenas de la sala de profesores, pero nos envíabamos a los alumnos con problemas. Él me mandaba a los que no sabían escribir un teorema, y yo le devolvía el favor con los que no sabían contar. Así sumábamos unos pesitos a nuestros magros sueldos de docentes argentinos. Esto fue hace muchos años, como se puede imaginar. Yo no tenía más de 23 ó 25, y él debería estar en sus 30. Nos enamoramos perdidamente. El problema fue que él estaba casado con la profesora de educación práctica. Siempre fueron unas brujas las profesoras de educación práctica. Se creen profesoras cuando sólo enseñan ganchillo o a cambiar un enchufe. Y es eso, justamente, la falta de conocimiento, lo que las amarga. Las profesoras de educación práctica son obreras glorificadas, nada más. El tema es que él y yo teníamos una afinidad... éramos almas gemelas. Podíamos pasar horas conversando sobre filosofía, pedagogía, literatura, mecánica cuántica, filología, historia comparada de las religiones, números primos. Conversar era para nosotros como hacer el amor, mire lo que le digo. Yo podía morir escuchando su voz, que no precisaba más. Él me miraba como si fuera la única mujer en el mundo que conociera la diferencia del sujeto y el predicado. Cosas tan comunes... tan normales... y sin embargo para él eran especiales si las decía yo. Si hemos tomado café él, té con leche yo, en la sala de profesores... o escondidos en el gimnasio, detrás del tatami, o en la sala de música, adentro de la cola del piano... Fue un amor como ninguno, le juro. Un amor de esos que trascienden fronteras y anudan las almas. Cuando hice mi tesis sobre los tiempos verbales, era su amor el que guiaba mis palabras.
-Entiendo lo de amar y partir. Supongo que él se fue...
-Sí -ella agachó la cabeza y buscó en su pequeña cartera de cocodrilo un pañuelo amarillo, de hombre, con las iniciales F.J.H.U.Y. No era de ella. -Él se fue. En esa época uno no dejaba a su esposa. Y ella, Dios mío, ella, era una mujer tan vil, que a pesar de que se enteró de lo nuestro, no lo dejó ir. No le importó su felicidad. Hizo lo que hacen todas las mujeres de poca calaña, lo que hacían las profesoras de educación práctica de aquél entonces... se quedó embarazada. Él no se animó a dejar al fruto de su vientre.
-Bueno... eran esposos, eso no tenía relación con su actividad como profesora de educación práctica.
-Sí, porque en ese entonces eran las profesoras de educación práctica las que dictaban las clases de "higiene, moral y castidad". Ella sabía cómo hacerlo.
-Ah... Pero... ¿y por qué temer?
-Porque cuando ella se enteró empezó a correrme por toda la escuela. Como una yegua enloquecida. Me tiraba tizas, borradores, papel glacé, engrudo. Cualquier cosa me tiraba. Este ojo, ¿ve este ojo que lo tengo como mal, como torcido? Me dio con una aguja de crochet. Yo le tenía pánico a esa mujer. Por eso lo de temer.
-Siempre me pareció muy romántico eso de "amar, temer y partir". Como una triste canción de amor.
-Gracias. Ojalá todos los alumnos, a través de estos años, hayan sentido lo mismo. Fue la única forma que encontré de contar lo que me había pasado, de transmitir mi historia a las siguientes generaciones.
-Yo creo que lo ha conseguido, sin dudas -mentí.
-¿Me puede hacer un favor?
-Por supuesto.
-Conjúgueme el pretérito pluscuamperfecto del verbo amar. Escucharlo de boca de una mujer joven me hace recordar viejas épocas.
-Lo siento pero... no puedo ¡No puedo! ¡No puedo!

28 junio 2007

POR QUÉ NO ESCRIBO CUANDO NO ESCRIBO

Me siento un poco culpable por no estar escribiendo seguido, y escribo como penitencia. (¿Veinte días sin escribir en el blog? Diez rosarios y un post aclaratorio. Soy judía, padre. Diez havanaguila y un post aclaratorio. Eso está mejor). El hecho de terminar de escribir un libro y tener tres proyectos tres en tres editoriales tres que tardan así tardan en responder, y además uno de esos proyectos uno es el que ya me rechazaron ya, me puso al borde del suicidio. Intenté cortarme las venas con la lucecita óptica del mouse creyendo que era un láser. No funcionó. Me deprimí. Me prometí no volver a escribir nunca más en mi vida. Busqué trabajo (en serio, creo que ese es el síntoma más peligroso de todos, habrá que vigilarme, a ver si termino de cajera en un supermercado). Tomé mucha coca cola zero. Le grité a mis hijos pero juro que ellos se lo merecían. Me patiné aproximadamente el 10% del aguinaldo de mi esposo en: un bolígrafo Parker muy lindo, una cartera, un saquito de $17, una crema, mostacillas para hacer collares. Casi me convierto en una compradora compulsiva. Volví a gritarles a mis hijos. Pero me parece que eso lo hago siempre. Compré comida hecha en vez de cocinar. En fin... una crisis de aquella. Y me la merezco. Me merezco tener una crisis como Dios manda. Hoy hice un collarcito muy lindo. Y de pronto... de pronto... no sé cómo decir esto. De pronto hice algo sin pensarlo. No quería hacerlo. Es lo mismo de siempre, cuando creés que lo dejaste algo pasa y regresás. Es un viaje de ida. Me bajé unas líneas. Y después otras. Y enseguida me dí cuenta de que tenía el germen de un nuevo libro. Empecé a investigar porque es con investigación. Ya parí un cuento. Y todo este tiempo que no escribí aquí lo hice allá. Pido mis más sinceras disculpas. Sé que los he abandonado, si es que alguien queda allí para apagar la luz. Igual el blog sigue. Pero... pero... estoy usando mi tiempo en escribir otras cosas... maldita literatura.

13 junio 2007

HOY ES EL DÍA. EL REGRESO.

Hoy es el día del escritor en la Argentina. Por el nacimiento de Leopoldo Lugones, en el año 1874. Yo nunca lo leí a Leopoldo Lugones, a pesar de haber hecho siempre lobby a favor del festejo del día del escritor. Pero mis intenciones son 100% interesadas. Teniendo en cuenta que con los años uno va perdiendo los regalos del día del niño, de Reyes Magos, del día del estudiante, y ya ni siquiera recibe un mísero peluche cada mes que cumple junto a su esposo, el ingenio dicta encontrar nuevas fechas en las que se pueda ligar algo. En mi caso he utilizado con fines de lucro el día del periodista cuando trabajaba como tal, y ahora lo hago sin vergüenza con el día del escritor. Mis padres caen fácilmente bajo esa manipulación. Y ya sabemos que en algún momento del día pasará el correo de Alfaguara con un obsequio empresarial.

Esta vez, entonces, para festejar algo que no tengo muchas ganas de festejar por motivos que no vienen al caso, se me ha ocurrido contar cómo funciona en verdad mi vida (y la de la mayoría de escritores) como escritora. La realidad tras el prestigio o el glamour que arrastra este oficio. Para todos aquellos que sueñan con dedicarse a escribir y creen que quienes lo hacemos ya pasamos la parte más difícil.

No escribo todos los días ni tengo un horario fijo para escribir. A pesar de que intento escribir con cierta asiduidad, en general ganan las tareas hogareñas, mis hijos y los trámites varios. A veces sucede que tengo ganas y tiempo de escribir, pero no sé qué. O que sé qué pero estoy cansada, desconcentrada, o tengo que ocuparme de otra cosa. Pero lo principal aquí es que nadie pero nadie está esperando un texto o libro mío. Algunas veces me piden un cuento sobre un tema específico (en general para libros escolares o antologías temáticas) pero más allá de esos pedidos muy esporádicos, no tengo arreglos previos con editoriales. Eso, por lo menos en el ámbito de la literatura infantil y juvenil, que es lo que conozco, sólo les sucede a los escritores con mucho nombre, los que además son músicos o actores con público propio, y a los que venden mucho pero mucho. Ellos sí firman contrato antes de escribir y se aseguran hogar para sus libros antes de sentarse frente a la computadora. No es mi caso.

Por eso no me queda más que tener enormes ganas de escribir, una muy buena idea, y creer ciegamente en ella, en mí, en el santo de turno, en la estabilidad económica, en la supervivencia del mundo. Porque soy la única que confía en ese libro y quiere verlo terminado, y cree que a alguien le gustará leerlo.

En general escribir un libro, aunque sea para chicos, me lleva un año de trabajo. Tengo la mala costumbre de que me gusta armar libros de cuentos con unidad temática (siempre diez cuentos) en vez de dedicarme a escribir cuentos sueltos que se puedan publicar de a uno. (Conste que en general se cobra más o menos lo mismo por un libro con un único cuento que por uno con diez cuentos), y la pésima condición de no escribir novelas -hasta ahora- que son más solicitadas que los cuentos para la franja de edad a la que me dedico (chicos de 10 en adelante).
Pero bien, digamos que tengo una historia en la que confío, ganas de escribir, y la posibilidad de ocupar un año de mi vida, en la más absoluta soledad, en ello. Si todo fluye, el trabajo realmente me entusiasma (y esa es la razón por la cual me dedico a esto). Me gusta tanto escribir como corregir como editar. Siento que lo hago bien, que ofrezco algo, y eso es lo que me anima a seguir.
Una vez terminado el libro, cuando decido que ya no puedo ni debo seguir corregiéndolo, tengo tres opciones: enviarlo a la editorial que me ha publicado hasta ahora; buscar una editorial nueva; enviarlo a un concurso.

Probé con lo del concurso dos veces. Una gané. Fue el premio de Colihue, hace más de diez años, y dicen los que saben que eso abrió las puertas de las siguientes publicaciones. Y es verdad, los concursos abren puertas. Te hacen conocido, te cubren con una pátina de seriedad, profesionalidad y algo de talento. Muchos años después de haber publicado "Nunca confíes en una computadora", alguien me comentó que el libro se tuvo en cuenta justamente porque acababa de ganar el premio de Colihue.
Prefiero, sin embargo, presentar mi libro al editor conocido porque ese es el paso seguro. La respuesta puede llegar en una semana como en un año. Tardaron diez días en responderme cuando dejé "Nunca confíes...". Uno o dos meses con "Los monos del mar". Un año para rechazarme el último proyecto. Un año en el que yo no lo presenté a otro lugar, en el que mantuve la confianza en mí misma y en mi libro.

Lo que hace el editor, conocido o desconocido, es enviar el original a uno de sus lectores. ¿Quiénes son los lectores? Otros escritores, egresados de la carrera de Letras y ahora de la carrera de Edición. Estos lectores tienen como tarea hacer un informe sobre lo leído. El gran problema es que en general los editores deciden sobre este único informe y única lectura. Si el informe es alentador, le darán un vistazo al libro, y es posible que se lo den a leer a alguien más como para desempatar. Lo que a mí me resulta atroz es que a lo largo de los años he aprendido que es tan subjetiva la lectura, tan particular, que el hecho de que el destino de un libro mío sea decidido por un único lector, en general jovencísimo, me resulta la injusticia más grande del universo editorial. Va un ejemplo sobre el gusto personal: durante el proceso de publicación de "Nunca confíes..." hubo un cambio de editores. El primer editor me había comentado que el final de uno de los cuentos era flojo, y me sugirió cambiarlo. Lo hice. Al siguiente editor este final nuevo no lo convenció. Yo le comenté cuál era el final original, y lo prefirió. El cuento regresó a su primera versión. Eso sucede a menudo, y el escritor tiene que tener una gigante seguridad en sí mismo si no quiere ser avasallado.
Un dato importante que se me traspapeló, es que una vez terminado un libro es casi imprescindible tener un grupo de lectura propio que opine, discuta y sugiera. Amigos o familiares que sepan. Yo no tengo la suerte de tenerlo, y eso provoca que a veces esté tan metida en mis propios textos que no pueda leerlos "a distancia". Lo que hago entonces es dejarlos "decantar" un tiempo, meses a veces, y volver a leerlos y corregirlos. Pero es siempre mi voz y mi mirada, por lo cual se me escapan muchos errores.

Ahora bien, ¿y si editor dice que no, que no quiere ese libro? En general durante la primera sacudida uno piensa en cortarse las venas con el filo de una hoja. Luego lo medita mejor y le carga toda la culpa al editor.
Los libros no siempre se rechazan porque son malos. Muchas veces esto sucede porque el texto no coincide con el perfil de la editorial. Porque la editorial no tiene una colección donde incluirlo. Porque tiene el plan de edición cerrado para los próximos cinco años. Porque es muy bueno pero lo consideran poco comercial. Porque es muy bueno pero otro libro de ese autor fracasó. Porque el autor es totalmente desconocido y la editorial no quiere o no puede jugarse. Porque ese libro no se encontró con el editor indicado en el momento preciso.
Ser rechazado (porque uno siente eso, que no es sólo el libro el que fue rechazado sino toda su persona) es terrible. Mata toda la confianza en uno mismo. Nos hace reveer toda nuestra carrera. Nos hace creer que ya no volveremos a lograrlo. Nos lleva directo al tratamiento antidepresivo, al diván del psicólogo o a las drogas psicodélicas. ¿Qué se hace entonces? Se presenta el libro en otra editorial (¡otro año de espera!) y así hasta que se juntan tantos rechazos que uno comienza a pensar que algo de verdad pasa con ese libro, y decide abandonarlo a su suerte, o hasta que por fin se logra publicarlo. En el primer caso, ¿qué se hace? Se escribe otro libro. O no se escribe más. Vaya uno a saber.
La literatura es un acto de confianza, pero también de paciencia infinita. La literatura es el arte de reinventarse en cada historia. Un ejemplo de supervivencia.

Y si se publica, si se publica uno siente que tocó el cielo con las manos. Pero todavía falta. Falta ver si la editorial lo publicita, si lo apoya, si lo lleva a las escuelas. Ver si te llaman de algún lado, si te hacen una entrevista, si el libro está bien mostrado en las librerías. Ver si las ventas te acompañan. Si la editorial lo reedita. Si te cuidan. Si las ilustraciones son buenas. Yo estoy convencida de que los buenos libros logran venderse con el famoso boca a boca aunque las editoriales lo hayan parido y abandonado. Pero a veces, entre tantos títulos, si no existe una mínima contención por parte de la editorial, es fácil que el libro termine al mes de su salida en las mesas de saldo, en los depósitos o en el Parque Rivadavia. Y eso, señores míos, es un pésimo antecedente para el próximo libro.

En definitiva: escribo libros que nadie me pide, para un público que no lo espera, y lo presento a editoriales que los aceptan o rechazan a su antojo, y que me hacen esperar meses para darme esa respuesta. Con cada nuevo libro pago otra vez mi derecho de piso. Cada nuevo libro es una primerísima vez. A pesar de que los editores conocen mi nombre, eso no ha cambiado las cosas, más allá de tener acceso a ellos.
Lo logré hasta ahora seis veces y muchos cuentos. No lo logré en la última. No sé si volveré a lograrlo. Sigo aquí. Estoy escribiendo.

Gracias a todos los que acompañan este blog, me acompañan y me leen.