31 julio 2006

¡QUE LINDA LA FERIA DEL LIBRO, CUÁNTOS NIÑOS PERDIDOS!

Alguien tiene que decirlo, y como siempre tengo que ser yo (he perdido tantos trabajos así...): el ingreso a la Feria del Libro Infantil y Juvenil tendría que ser prohibido para manores de 25 años. Es así, no hay vuelta que darle. Porque te juro que la feria estaba linda, pero lo que jodía era tanto chico corriendo, gritando, manoseando libros sin ningún respeto, empujando, perdiéndose -una imagen interesantísima, kafkiana podría decirse, fue la de una madre desesperada buscando a su retoño, al mismo tiempo que una niñita lloraba a grito pelado buscando a su madre. La muchedumbre las unió. La madre miró a la niña. La niña miró a esa madre. No coincidían. La madre continuó llorando y gritando un nombre. La niña quedó a disposición de la buena voluntad del público presente. No pude enterarme de cómo terminó la historia. Otra cosa interesante pero que me traumatizó es que yo visto a mis niños con colores llamativos en salidas de esta clase. El mayor tenía una remera amarilla y el menor una roja. Sirve para localizarlos a distancia o gritarle al guardia: ¡¡¡lleva una remera amarilla!!! ¡Y te juro que me la pasé cinco minutos siguiendo a un petiso con la misma remera! Hay gente que no tiene respeto por las ideas de los demás, che...
Bien, yo llegué puntual, como siempre, y me dirigí en primer lugar al baño, que es a donde siempre me dirijo primero. Una de las maravillas de la feria del libro, es que la cola del baño de mujeres es monstruosa, pero corre rápido. Pis express. No tardé mucho. Mis hijos ya corrían para cualquier lado. Tengo que agregar que llevé dos hijos propios, una sobrina, una bobe (mi mamá), mi linda lapicera Cross ion por si tenía que firmar, y algo de dinero.
Luego del baño, al stan de Alfaguara donde, ¡oh milagro! esta vez mi apellido estaba bien escrito en todos los carteles. Mi compañera de firmas fue María Granta. Un prócer de las letras infantiles. Si te digo que la leía yo en la escuela... Le conté que mi primogénito, en primer grado, leyó uno de sus cuentos. Lo que no le conté fue que el cuento lo fotocopié.
Nos sentamos. Charlamos un poco de todo. Que si ella sigue escribiendo, que cómo empecé yo. Que si ella vive de la literatura. Que qué suerte que yo vivo de mi marido. La conversación decayó y fue sustituida por un café regularcito que nos ofreció la editorial.
Lo de firmar libros debe tener relación directa con el sufrimiento del escritor. Es una tortura. Todo depende de que en esa hora que hacés acto de presencia alguien compre un libro tuyo, en la editorial en la que estás, se dé cuenta de que estás ahí, y no tenga vergüenza de pedirte que se lo firmes. Demasiadas coincidencias juntas. Yo sé que se venden mis libros. Me llegan los derechos de autor. Pero digamos que no sucede en ese bendito momento. Entonces la idea es estar, poner cara simpática, mirar a la gente que te mira cuando pasa, contestar algunas preguntas de alumnos con grabador, aburrirte. Firmé uno. Antología encima (de esos no cobro derechos). A Tamara. Gracias Tamara. También respondí una vez donde estaba el baño. Y dos veces puse mala cara cuando me preguntaron precios de otros libros. María Granata también firmó uno. Empate. Y mucha gente pasaba y la señalaba a ella, por eso de que es un prócer, y muchos pasaban y señalaban "Nunca confíes en una computadora" y decían que lo habían leído. Además firmé varios papelitos de una chicas con pinta de estudiantes de magisterio. Se dice en el mercado negro de autógrafos que con cinco firmas mías conseguís una de Bornemann.
Lo predominante en la feria es el ruido. Bochinchero y descomunal. Mi mesa daba a un escenario con títeres, chicos actores, música con instrumentos raros, murgas.
¿Dale que para el año que viene jugamos a que vendemos libros en un lugar silencioso que invite a disfrutar del libro, y dónde el libro sea el protagonista principal? ¿Dale..? No, dejalo, no importa.
Terminada mi hora saludé a todos con el respeto que corresponde y decidí recorrer la feria en compañía de mi tribu salvaje. No pude ser. Mis niñitos no querían mirar libros. Para nada. El menor me llevó a rastras hasta un libro de Patoruzito. Se lo compré ($7,20) y el mayor se quedó sin nada por no querer elegir. Que se joda. Así que los despaché con mi santa madre a un espectáculo de ciencias (hace siglos que trabaja este Melquíades, qué bien se conserva, una amiga mía salía con él. Cómo la hizo sufrir...) y yo hice un recorrido más rápido que el pis express. No vi nada interesante. Compré "Óyeme con los ojos", un libro español de Editorial Anaya que venía buscando hace tiempo (a ver si alguien adivina de qué se trata...) y unos stickers de "El extraño mundo de Jack" para mi computadora nueva.
Había una época en que en las ferias conseguías libros que no conseguías en las librerías. Eso desapareció. Lo que allí está, está en cualquier lugar. En la librería, en el supermercado, en Internet. Y tengo que admitir que tanto libro me marea. Al rato ya no veo nada.
La última hora la pasé al lado de unos juegos con gusto a poco, y en un stand de un país del primer mundo que ofrecía rompecabezas a los chicos para jugar. Los precios de bebidas y comidas, astronómicos. Y tengo que denunciar desde aquí al vendedor de panchos de carrito, que se lució en esquivar cualquier mínima regla de limpieza. Hasta fumaba cuando creía que nadie lo veía, y luego servía pan y salchichas con la mano. Puaj. Un control bromatológico allí.
Cuando nos íbamos vi a Pablo De Santis firmando en Colihue. Pero él tampoco firmaba, y eso que es él. Me consoló un poco.
Eso fue todo.
Hasta el año que viene.

26 julio 2006

EL EFECTO MARIPOSA

No me fue muy difícil viajar a mi pasado como lo hace el protagonista de "El efecto mariposa". Lo mío fue buscar mis agendas, con dibujitos, poemitas, frasecitas, stickercitos, firmitas de amiguitas, y por ahí hasta alguna la actividad del día, y sumergirme en el tiempo.
Como hasta ahora no he matado a nadie -sólo le he deseado cosas malas a algunos- no tenía muy en claro cuál debía ser mi destino. Así que hice un profundo trabajo de intronspección, para ver qué es lo que me falta ahora y cuya ausencia puede guardar relación con algún trauma de la niñez. Me falta plata. Llegar a fin de mes. Ahorrar. Debía regresar al momento en que descubrí que mi vida se trataba de escribir por placer, y lograr que la pequeña de ocho años deseara también algún incentivo económico. Zuuuuum. Estaba ahí, en mi cabeza de niña, escribiendo un poema sobre la muñeca de trapo, lastimosamente influenciada por Sebastián Tallón (guardo el poema, es real). Me estaba acercando a mi mamá para que lo leyera, cuando me di cuenta de todo: le pedí un monto en moneda nacional (¿o era ley 18.800?) por la lectura de mi poesía. Zuuuuum. Regresé, y estaba en el subte, sucia, drogada, leyendo poemas a cambio de monedas. Me doy cuenta de que en realidad no es por los poemas que me pagan, y con resignación me voy hacia un bañito inhabilitado con un viejo alcohólico. No llego. Saco de la bolsa de arpillera una de las agendas y zuuuuum. Estoy con mi primer novio. Si hubiera sido más osada, si hubiera experimentado más, si hubiera debutado antes eso hubiera liberado mi yo, mi ello, mi super yo y seguro que algo más, y en este presente sabría cómo venderme a mí misma, escribiría mucho más, sería parte de la movida literaria en Palermo Soho o donde fuera que andan ahora. Mi novio de quince años se mostró encantado con la novedad. Terminado el asunto, busqué la agenda de esa época, en la que justamente ese día había dibujado un corazón así de grande y había escrito chiquito: "me dolió", y zuuuuum. Regresé y tenía un hijo de 22 años, vivía en un ambiente y trabajaba en Mc Donalds en el programa para discapacitados. Mi hijo me robaba plata de la billetera, el drogadicto era ahora él, traía a sus amigos a casa y yo no podía dormir, y por la falta de sueño y la precocidad con que todo había sucedido en mi vida, terminaba acostándome con esos pibes, en busca de la juventud perdida. Esto no podía estar sucediendo. Me pregunté qué necesitaba para ser exitosa pero a la vez estable mentalmente. A mi esposo. Él me ofreció seguridad, estabilidad y amor. Así que zuuuuuum, lo busqué en nuestra preadolescencia. Me rateé de la escuela y fui a esperarlo a la suya de curas. Lo reconocí a lo lejos. Era un gordito con granos, ortodoncia, el pelo grasoso (¡pero tenía pelo!) y una timidez que debía vencer con mi cuerpo sin celulitis. Al final, me dije, no todo es dinero. También está el sexo. Me acerqué a él aunque admito que su aspecto me causaba cierto rechazo. Me llevó a su casa. Zuuuuum. Me despierto y mi esposo está a mi lado. Respiro aliviada. Lo abrazo. Está mucho más gordo de lo que lo recuerdo. Y yo también. Una voz nos ofrece el desayuno. ¡¡¡¡Dios mío!!!! ¡¡¡Vivo con mi suegra!!! Desesperada, busco mi agenda, zuuuuuuum. No importa a dónde voy, pero tengo que salir de allí. Caigo sin escalas en uno de esos momentos de mi adolescencia, en que escribía con pluma y tinta china, me creía Storni y estaba a punto de suicidarme, y comienzo a escribir no una historia, sino el esquema, el resumen, el proyecto de una obra en siete tomos, con un protagonista llamado Harry Potter. No sé cuánto tiempo estaré en esa cabeza, así que escribo a toda velocidad. Nombres, lugares, palabras inventadas, tramos de capítulos a grandes rasgos. Como no sé si mañana seguiré aquí, dejo una nota: pase lo que pase, mantener registrado este texto los próximos 20 años. Zuuuuum. Estoy de regreso. Es mi casa. Mis hijos. Mi esposo. Mis seis libros. Mi cuenta corriente en rojo. Estoy de regreso. Estoy en casa. Con las agendas no se juega. Desearía quemarlas pero es mal ejemplo para los chicos. Con dedicación y esmero rompo las hojas. Es hora de iniciar el juicio.

17 julio 2006

ESCRIBIR DA HAMBRE

Está comprobado científicamente: escribir provoca hambre. El hecho de estar horas sentada, realizando como único ejercicio "flexión de dedos sobre teclado de computadora" hace que se tengan ganas de comer. Más aún si el texto literario en curso se niega a fluir como manantial inspirador. Un poco menos, si se está tan enfrascado en lo que se escribe que se olvida retirar a los niños del colegio.
Pero volviendo al tema del hambre, la literatura no provoca hambre de, por ejemplo, brotes de soja, barrita de cereal o tallo de apio. En absoluto. Existe una relación estrecha e íntima entre literatura y: 1) galletitas: ópera, anillitos de chocolate, surtidos de chocolate o, en su defecto, lo que se haya comprado para los vástagos; 2) chocolate en cualquiera de sus formas; 3) pan lactal integral tostado con manteca y mermelada a elección; 4) dulce de leche con cucharita; 5) medialunas de manteca. Según este estudio, es increíble que no exista una epidemia de obesidad entre escritores. Ser escritor debería ser sinónimo de ser obeso. En este momento, por ejemplo, yo no estoy pensando en cómo resolver una historia que me tiene a mal traer, sino en que hace más de diez años que no pruebo leche condensada con cucharita, directamente de la lata y haciéndole dos agujeritos para que fluya correctamente, y eso me pone lo suficientemente nerviosa como para que no pueda encontrar la solución para el cuento que les dije. Otro tema vinculado a la literatura es el de la bebida. Me agrada la imagen del escritor que coloca al lado de la Remington o la Olivetti una copa de vino tinto de buena cosecha, o un whisky añejado desde la Primera Guerra Mundial, (también queda elegante la petaca de alpaca) y se emborracha a medida que escribe un plomazo. Soy abstemia. Lo cual es un problema que no sé cómo solucionar, porque de verdad no me agrada el sabor de nada que contenga alcohol, a excepción de unas botellitas de chocolate rellenas de licor. Es por eso que yo escribo junto a un vaso de Temaikén con tucanes, color rosa, lleno de coca diet. Tengo copas, no sé por qué no las uso. Debería probar.
Quienes hayan leído hasta acá, benditos sean, pueden llegar a pensar que el estado hambriental del escritor concluye al momento de salir del word e ingresar a páginas web de juegos para derribar maliciosamente unos simpáticos pingüinitos que seguramente están en peligro de extinción, pero no es así. No se termina. El hambre. Porque cuando se termina de escribir se ingresa al más temible y escalofriante momento en la vida de un escritor: la espera de respuesta de la editorial.
Uno lleva a la editorial su original bellamente encarpetado y manchado con manteca y lo deja en un sobre a nombre del editor/a que no conoce, y regresa a su casa a esperar. La espera mínima inservible es de un mes. Es decir, nunca y bajo ninguna circunstancia, ni siquiera bajo ataque de ansiedad y bizcochuelo, se debe llamar antes del mes para preguntar si hay "novedades", palabra vaga y desinteresada que significa: ¿¿¿lo van a publicar???
Al mes la única respuesta que lograremos será que todavía no lo leyeron, o que lo entregaron a uno de sus lectores de Groenlandia. Pero, esto es lo importante, y por eso hay que llamar: les recordaremos, bocadito cabsha y tres havanenetes mediante, que existimos, que estamos esperando, que no olvidamos. A los dos meses, cuarenta alfajores y veintidós Sandy de dulce de leche, hay que llamar otra vez. Y así, hasta que nos lean por cansancio, se nos desborde el colesterol o nos rechacen junto a una olla de arroz con leche con canela y trocitos de cáscara de naranja, y encima nos recuerden que no devuelven originales no solicitados.
Una sola vez en mi vida tuve la suerte de que a los diez días de entregado el original, la editora me llamara encantada y con buenas nuevas, lo cual significó festejar con torta.
Y si creen que entregar un original a una editorial no puede provocar tanta tortura (algo que creyó una antigua psicóloga y que me llevó sin escalas a un biznike nevado)lean lo que sigue, párrafo de una novela titulada "Felicidad" en la que el protagonista, Edwin, es un editor:
"Cuando Edwin pasó ante su patético y reducido cubículo de cartón y cinta, se le cayó el alma a los pies. Allí, sobre su escritorio, se alzaba una alta torre de papel. Gruesos bloques de texto original. Basura. No solicitados, no representados por un agente, no queridos. Era allí donde iban a morir los sueños. Propuestas de libros, cartas de presentación, originales enteros, se acumulaban como detritos en las mesas de las editoriales de todo el mundo.
(...)
-¿Y por qué no se ocupa la becaria de la basura? -dijo Edwin -¿O es muy difícil meter cartas de rechazo en un sobre?
(...)
-¿Por qué nos tomamos la molestia? ¿Por qué no contratamos a un chimpancé adiestrado para que se ocupe de la tarea y ya está?
(...)
-Nunca deja de llegar basura, ¿eh? -No era tanto una pregunta como una afirmación.
-Nunca -dijo May-. Es un rasgo característico de la civilización: los sueños no deseados, no representados por un agente. El montón de basura es uno de los pocos elementos irreductibles de la vida."
"Felicidad", Will Ferguson, Emecé.
¿Qué se puede comer después de semejante bofetada? ¿Después de que alguien escriba justamente lo que significa para el mundo editorial lo que una hace? Una porción de mouse, podría ser... una bolsita de maní con coca cola, si optamos por salado, o chizitos, tal vez. ¿Por qué se dejaron de fabricar los kesbún? ¿Alguien pensó que un paquete de kesbún podía salvar del suicido a una escritora medio-conocida-sólo-en-el-ambiente-de-literatura-infantil? ¿Eh?
Para cerrar mi tesis tengo que admitir que este texto fue escrito gracias al aporte calórico de una rebanada de pan integral Fargo estilo casero con mermelada de durazno, y unos sorbos de coca diet en copa. Como detalle simpático tengo que agregar que mi esposo me dijo que lo de la copa era "extravagante" y que por qué sacaba las copas del juego, que la podía romper, y que entonces la próxima vez que invitemos a doce personas a comer a casa, a la mesa de cuatro que tenemos, no podremos completar para cada uno el juego de copas de agua, vino y champagne, y seguramente alguno se irá ofendido. Y como se viene la discusión, porque son unas copas berretas de vidrio que nos regaló una tía de él, y que ni siquiera estaban en la lista de casamiento, iré por la segunda tostada, y recién son las nueve y treinta de la mañana. Así es la vida. El milagro, y este será el elemento sorpresa de mi tesis, es que yo sea flaca.

10 julio 2006

¿TERMINÓ?

¿Cómo que se terminó el Mundial, viejo? ¿¿¿Seguía??? No te lo puedo creer... Te juro que pensaba que había terminado junto a Argentina. Qué cosa loca, ¿no? ¿y quién ganó? ¿Hubo fiesta de cierre y todo eso? ¿Qué, lo hacen todo igual aunque gane otro país? Ah... ¿y para qué?

06 julio 2006

MI PRIMER CONGRESO

Ayer comenzó el Congreso "Universidad y Discapacidad" en la UBA, que continuará hasta el viernes. A mí me invitaron a participar, luego de aceptar el trabajo que escribí y que titulé: "Entre dos mundos: mi vida como hipoacúsica". De entrada eso no me pareció muy bien. Cuando yo invito a alguien no le digo que antes de tomar el café en mi casa tiene que ser aprobado por un comité pero qué vamos a hacer. No eran mis reglas.
Me tocó participar ayer, en un taller sobre el derecho a la educación. De todas las ponencias que hubo, la mía fue la única historia de vida. Empecé con un chistecito tonto "a mí me toca hablar exclusivamente de mí, lo cual le hace bien a mi ego", para romper el cubito, y luego leí parte de mi trabajo. Tenía 15 minutos para exponer, que me alcanzaron para ponerme colorada y avisar que si me veían la cara a punto de explotar no se asustaran. Aquí van mis agudas observaciones:
¡La Facultad de Derecho tiene pileta de natación cubierta! No sé si esto puede tener que ver con el Congreso, pero me pareció lo más interesante de la jornada. Ahora me pregunto por qué no estudié derecho, pero igual sé que cada vez que hubiera querido usar la pileta, seguramente estaría sin depilar.
A los Congresos sobre discapacidad va gente con discapacidad o gente que trabaja con gente con discapacidad, por lo cual todos ya conocen en tema y el tema no sale de allí.
Para las ponencias no había micrófono, ni vasito con agua, ni traductora de lengua de señas, ni traducción estilo subtitulado electrónico. Pero sí había personas sordas que me parece que se aburrieron de lo lindo. En las tres horas que duró el taller, yo me aburrí. Lo dije.
Una chica muy simpática que sabía lengua de señas se ofreció a hacer de ínterprete para esas personas, yo incluida, pero no con lengua de señas, que no todos sabemos, sino repitiendo lo que se decía con modulación exagerada y clarísima. Luego de las tres horas, la mandíbula le quedó a la miseria.
La chica simpática que traducía para los sordos hablaba sin voz. Lo cual es más que difícil. En algún momento las cuerdas vocales te traicionan. Y por susurrar, y en medio de un congreso sobre discapacidad, ¡¡¡una mujer la mandó a callar!!!
Me quedó clarísimo que en las Universidades hay un montón de investigadores, docentes, profesionales y hasta aficionados que saben mucho mejor que yo qué precisa una persona con discapacidad.
Es decir que si yo volviera ahora a estudiar, y necesitara pedirle a un profesor, por ejemplo que no camine entre los bancos mientras habla, tendría que dirigirme al departamento asistencial correspondiente, contarle mi problema a un profesional, para que este le enseñe en cuatro clases básicas al profesor cómo dirigirse a mí. Porque parece que no es lo indicado, profesionalmente, que yo hable directamente con el profesor.
Algo interesante que se dijo: que los profesores desean en su fuero íntimo que los alumnos con discapacidad... ¡deserten!
Otra cosa intersante: que los profesores no saben cómo evaluar a los alumnos con discapacidad, que a veces no pueden tomar los mismos exámenes que los demás (porque no pueden escribir, porque no escuchan, etc), con la misma rigurosidad que al resto. Es decir: creen que los exámenes deberían ser más fáciles.
Esto lo digo yo y no puedo dar pruebas, pero me parece que a mí me aplaudieron más que al resto.
El café en el bar lindo de enfrente de Derecho, ¡cuesta $4,50!, y te sirven la tacita por la mitad.
El problema de los lugares donde hay muchas personas con discapacidad, es que no podés hacer valer ninguno de tus derechos. Para hacer uso de un dicho popular que algún día explicaré, y que tiene que ver con un ungüente médico: acá no hay tu tía.
Ah, pero a mí me gustó participar. Creo que compartir experiencias de vida es interesante. Más que conocer estadísticas. Y cuando alguien te dice, te hace sentir que le aportaste algo, es maravilloso. Sentirme útil fue siempre una de mis primeras necesidades. Ayudar. Y espero que no sea mi último congreso (eso siempre y cuando ninguno de los organizadores lea esto).

03 julio 2006

PÓNGANSE DE PIE, ARGENTINA REGRESÓ

Cuando eligieron el slogan "Pónganse de pie, Argentina avanza" para el micro de la selección, a muchos no les gustó. Gente sin visión, ¿viste?, que vieron el patrioterismo y no el patriotismo. A mí sí me gusta. Tiene esa cosa de dignidad, de respeto. Esa cosa escolar que todos los argentinos escolarizados compartimos en común. Pónganse de pie para recibir a la bandera de ceremonias. Pónganse de pie para cantar el Himno Nacional Argentino. Pónganse de pie para un minuto de silencio por el gato de la directora. Pónganse de pie los chistosos, así nos reímos todos. Esa cosa que nos retrotrae a nuestra niñez, mirá que psi que me pongo, a la época de inocencia en que un partido de fútbol significaba la vida. Es lo que yo digo, corazón, acá siguen siendo todos unos inmaduros.
Pasando al partido... ay, ay, ay, me llegaron amenazas, insultos, me pararon en la calle porque no comenté a tiempo Argentina-Alemania. Yo los entiendo, corazones, porque manejo información que ningún otro medio tiene, porque lo mío es el sacerdocio de la observación aguda y grave, pero qué quieren que les diga. Estaba con una cosa así en el pecho, con una depresión que sólo se hubiera disipado en la bruma de la nostalgia si alguien me hubiera hecho un regalito. Pero ni eso conseguí. Ni el regalito ni la victoria.
Fue puro dolor, ¿viste? Y aquí empiezo con lo mío: me parece injusta una competencia en la que se premia el resultado y no el desempeño, ¿me entendés? Yo creo que tendría que sacarse un promedio entre los goles, las faltas de cada equipo, el arbitraje, la nota de concepto de cada jugador, y el desempeño general. Hasta los insultos tendrían que entrar en la ecuación, y mirá las palabras que me salen, eh, ecuación. Chupate esa mandarina. La nota la pondría un equipo de profesionales que mirarían los partidos en mudo y en blanco y negro, y... ¿viste cuando en la tele borronean las marcas?, bueno, con las caras y los nombres de los futbolistas borroneados, para no saber a qué país pertenecen. La boca también borroneada, no se olviden. Porque es tan fácil distinguir un "hijo de la remilputa que lo parió" de un "frankurfarteinheitenpijen", ¿no te parece?. Entonces ahí sí que ganamos, corazón. Por goleada. Siempre y cuando nadie le haya hecho mucho caso a Tévez agarrando del cuello a ese negro grandote alemán. Yo lo ví, sí cielo, y te juro que lo único que pensé es que negro y alemán es una contradicción que no le gustaría vos sabés a quién.
Estuvo interesante el partido. El drama in crescendo. La tensión al límite. Imaginate que en el medio te ponían un cartel de "continuará", y por fin hubieras entendido lo que siente una mina bancándose una telenovela un año entero. Pero qué integridad, qué honestidad, qué pasión, qué fortaleza, qué garra que pusieron los muchachos en el partido, ¿no te parece? Pero qué querés cielo, es fútbol... Ahora, yo te voy a decir desde el alma cómo me sentí. ¡Me sentí como una madre! Te lo juro. Y eso que todavía no tengo edad para ser madre de ninguno de ellos, ni siquiera de Messi, que tenía una cara de adolescente mufado que ni te cuento. Me sentí una madre por Abbondanzieri. Ay corazón, cómo sufrí... yo pensaba ¿se habrá lastimado mucho este muchacho? ¿Cómo se sentirán los hijos, con lo dulce que es el Pato, que al final siempre se saca la camiseta y tiene la remera con la cara de los chiquitos, al ver a su papá con ese gesto de dolor, saliendo en camilla? Si a mí me dolió, cielo, imaginate a ellos. Y cuando logres la empatía total, cuando puedas sentir lo que sintió esa familia, ponete en el lugar de la familia de Franco, el arquero suplente. Mirá, te lo voy a hacer más claro: ponele que te estás casando con la mujer de tu vida, y que sos virgen, que esperaste hasta ese momento. Te pido que lo imagines, corazón, con la imaginación se puede imaginar cualquier cosa, ¿viste? Sos virgen (sin risitas taradas, ¿estamos?). El rabino ya te casó. Ok... ok... el cura también puede ser. La llevás a tu mujer al Sheraton, porque hasta pagaste la noche de bodas con todos los chiches, y justo en el camino... un calambre ponele, un pinzamiento de un nervio, una contractura de la san puta, un accidente (pero nada muy grave), algo que te impide continuar. Ella te toma de la mano. Vos le decís que debe seguir. Que la institución matrimonial, que no estará de todo conformada hasta que no se desfloren, es mucho más importante que los intereses particulares. La besás tiernamente en los labios. Te llevan al Pirovano porque con todos los gastos para el casamiento no pagaste la prepaga. Entonces entra tu suplente. Un muchacho elegido por vos, tu pichón. La toma a ella de la mano y la lleva a la habitación. Pero viste que él no está enamorado de ella como vos, no compartieron el tiempo que compartieron ustedes. Sabe en teoría dónde debe tocar, pero a pesar de que se lo habías prometido, siempre a último momento le impedías la práctica. Él da unas vueltecitas por la habitación, elonga, hace unos ejercicios de pilates. Ella está nerviosa. Siente que en la cancha algo cambió. Llega el momento. Ella se prepara. Él se prepara. Pero algo paso. No se le para.
¿Ahora me entendés, cielo? ¿Ves todas las ramificaciones del asunto, todos los sentimientos disparados, todas las coyunturas develadas por la sustitución de las identidades, si es que alguien me puede explicar qué quise decir? Eso pasó en la cancha, ¿viste? Qué cosa rara.
Y ya está. No voy a pensar que hay que esperar cuatro años para el próximo mundial porque empiezo a hacer cuentas sobre mi edad y se me deprime el día. Ánimo, corazones.
Ah, y lo que todos estaban esperando: averigüé el secreto de los pechera naranja. Son de una secta, yo tenía razón, ¿viste? Son gente que leyó "El código Da Vinci" y le gustó. Qué podés esperar de esta gente... Entonces parece que quisieron hacer un sacrificio. Son sadomasoquistas, te lo digo yo. Pagan fortunas para ser un pechera naranja y estar allí, en el quid de la cuestión, sin ver el partido. Y cuánto más fanáticos del fútbol son, más pagan. Algo extraño, qué querés que te diga. Dicen que se ha llegado a pagar medio millón de euros por ser un pechera naranja. Después de cada partido se reúnen y como tampoco pueden ver los partidos por diferido, se pegan entre ellos con las camisetas empapadas en transpiración que supieron conseguir.

Hasta siempre.