24 mayo 2006

SIEMPRE GILA

Soy la feliz lectora de "Siempre Gila", libro que reúne monólogos del humorista. Traído especialmente y a pedido mío de la madre patria católica. Va una muestra.

DE MERCERNARIO
GILA
Antes de contarles nada, voy a hacer una llamada muy importante, porque tenemos un follón con la guerra que no nos aclaramos. Y todo lo tengo que hacer yo, el general se pasa el día con los prismáticos oteando los balcones y diciendo: "¡Huy, cómo está esa!" Nunca mira para las trincheras, siempre a los balcones, pero llega la hora de repartir las medallas y todas para él. Empieza: "Dame esa, y esa, y esa y la redonda, esa no, la tengo repe".
Yo tengo esta porque me la dio un cura, le dije: "Padre, deme una medallita", y me la dio, es de San Antonio, y está dedicada por detrás, dice: "A Gila, con un abrazo de su amigo San Antonio".
Y esta sí que no la tiene nadie, ni Franco, que tenía el brazo de Santa Teresa, pero sin dedicar. Y no será porque no me las merezco, porque mato yo.., no es por chulearme, pero cómo mato. Un día, en un combate, le pegué un tiro a uno y dijo: "¡Que me has dao!". Y dije: "Pues no seas enemigo. ¿Qué quieres que te dé, un beso en la boca?". Dijo: "Es que me has hecho un agujero". Dije: "Pues ponge un corcho". Y dijo: "¿Y con qué tapo la cantimplora?". Dije: "¡Muérte ya! ¿No ves que estoy avanzando?". Total, que quería conversación, que viene el coronel y me ve hablando con el enemigo y... Tengo un coronel que tiene una mala leche...
Ahora, también tiene buenos sentimientos. A veces estamos en pleno combate y cruza un ciego y una anciana y dice: "¡Alto el fuego!", y hasta que no termina de pasar no seguimos. Yo ya no trabajo para la patria porque es muy aburrido, trabajo como merceneario para Estados Unidos.
Da gloria trabajar para Estados Unidos. ¡Cómo hace la guerra esta gente! Primero mandan los portaviones, luego la aviación lanza los misiles, después la artillería pesada y detrás los tanques, cuando llegamos los de infantería ya está todo barrido.
Bueno, simpre hay algún enemigo que se esconde en un agujero, pero llegamos nosotros con el lanzallamas y le dejamos como un pollo a la parrilla. Y es que los americanos tienen de todo, bazokas, minas, morteros, misiles con cabeza nuclear, lanzacohetes de bolsillo, submarinos atómicos, galletas, chicles... bueno, de todo. Es una gloria trabajar con ellos.
Yo no sé qué opinión tienen ustedes de las guerras, a mí me encantan, porque te hinchas a matar, y la policía, nada. Un día maté a treinta y tantos, y pasaba la policía y dije: "He sido yo, ¿qué pasa?". Y dijeron: "Nada, nada, perdón". Dejo el tanque aparcado en doble fila, y a ver si tiene pelotas el de la grúa a llevárselo: le meto un cañonazo en la gorra que le jodo pa´vino.
A mí lo qe más me cabrea de las guerras son las broncas que tengo con mi mujer cuando vuelvo. Me abre la puerta y empieza: "Mira, mira cómo vienes de guarro, que te fuiste hecho un pincel y mira cómo vienes". Y digo: "Porque nos tenemos que arrastrar por el barro". Y dice: "Pues pon periódicos".
¡Periódicos! Me gustaría verla a ella arrastrándose por debajo de las alambradas, a ver qué hacía con el culo, que cuando vamos de excursión, dice la gente: "Que se le cae a su mujer la mochila", y nunca falta el galante de turno, que dice: "Yo se la levanto". Un día se me presenta en las trincheras con los niños, y digo: "¿Qué haces aquí?". Dice: "Que no encuentro las llaves". La que se armó. El pequeño se tragó una bala, y lo llevamos al médico de urgencias, y este dijo: "No es grave, pero no apunten a nadie con el niño".
Y por si fuera poco, tengo un teniente bizco que me da una vida... Dice: "Yo, donde pongo el ojo, pongo la bala". Y yo todo el día pendiente. A ver dónde pone ese cabrón el ojo, porque es lo que yo digo, si pusiera los dos para el mismo lado, pero es que los cruza y te vuelve loco...
A mí me gustan la guerra por libre, porque trabajar por libre tiene muchas ventajas, me asciendo y me desciendo cuando quiero. Que me levanto de buen humor, me hago coronel; que me levanto de mal sabor de boca, esos días que te despiertas y dices: "Hoy no me encuentro yo muy fino", me desciendo a sargento.
La ventaja de trabajar por libre es que te contratas, como yo, con los americanos y no te falta trabajo. Y lo bien que pagan... Yo les cobro a ocho dólares el muerto, y devolviendo el casco, dos dólares más. Los chicos más baratos, porque coo hay tantos, yo a los chinos ni les mato, les hago: "¡Ajjjj!", y les meto un susto... El susto no lo pagan, pero cómo te diviertes... Lo malo de los chinos es que como son todos iguales, si no te fijas bien, matas seis veces al mismo.
A mí es que las guerras me encantan, porque no es lo mismo que cuando te toca la mili. Como nunca hay guerra, te aburres, y si hay una guerra, te dicen: "Estás defendiendo a la patria", que yo no digo que a lo mejor algún día haya una guerra, pero te tienen dos años haciendo la instrucción, y ni guerra ni nada, te pasas dos años pelando patatas, fregando perolas y limpiando los retretes; sin embargo, con los americanos tienes la guerra asegurada, cuando no es en un país es un otro, pero tu guerra no te falta. Bueno, con permiso de ustedes voy a seguir matando, porque si se enteran en el Pentágono que no mato, me regañan.

10 mayo 2006

SORAYA

Me dio una pena infinita enterarme de la muerte de Soraya. No porque me gustara especialmente. Me gustaban, sí, las pocas canciones de ella que conocía. Me parecía una mina sencilla, alguien que hacía lo suyo de corazón. Me da pena porque tenía mi edad, porque venía peleando contra el cáncer de mama desde hacía seis años, y hasta el último momento uno cree que puede ganar. Que nos merecemos el milagro. Y cuando uno junta todo eso: 37 años, cáncer, mama, te recorre un escalofrío por el cuerpo que te recuerda que no sos inmortal.
Por suerte, tengo hora con la ginecóloga dentro de unos días. Ella palpará.

NAUFRAGO, de Soraya
Perdida en el mar durante una tormenta
Mi alma inundada ya no aguanta mas
El cielo se oculta tras una manta de nubes
No se a donde voy ni lo que dejo atrás
(...)
De repente escucho una voz
Al instante siento una ayuda
Todo el peso de mi cuerpo flota en aire como una pluma
De repente los rayos del sol
Queman huecos en el cielo oscuro
Todo lo que siento es un amor un amor puro

A mi alrededor veo a los que yo he querido
Los que han sufrido y ya no sufren mas
Sacándome sobre sus alas de este peligro
Llevándome a otro lugar
(...)

03 mayo 2006

ELOGIO DE LOS OBJETOS

El juego es el siguiente: frente a una catástrofe en la que hay que huir del hogar (un tsunami, un terremoto, un ataque extraterrestre, la próxima glaciación, una invasión yankee, un meteorito), ¿qué nos llevaríamos? Tenemos un par de horas para preparar lo que podamos. Hay que irse. No sabemos si algún día volveremos. ¿Qué llevamos?
Mi cabeza pierde tiempo en este juego mental (se ve que no tengo mucho mejor que hacer), pero nunca termino de decidir qué es lo importante. Primero pienso en dónde llevaré las cosas. Una mochila de mochilero de mi época flower and power, mochilas más pequeñas que puedan llevar mis hijos. El changuito para hacer las compras. Una valija chica con rueditas. Sería ideal un cochecito infantil, pero regalé y vendí todos los que tuve para pensarlo dos veces antes de tener un tercero (¿quiero tener otro hijo?... pero mirá que hay que comprar un cochecito nuevo, y están carísimos, esa es mi línea de razonamiento).
Lo básico: frazadas livianas o bolsas de dormir, un par de toallas, dos conjuntos de ropa interior para cada uno. Además de la ropa que llevamos puesta (la más resistente), otro conjunto para cada uno. Un buen abrigo. Jabón. Vasos y botellas. Platos hondos. Utensilios de cocina. Tijera. Un buen cuchillo para usar también como defensa (me gustan las armas, he tirado en un polígono, pero no tengo ninguna). Siempre libre. Cepillos de dientes (me jode terriblemente el aliento y la sensación de la boca arenosa al levantarse). Toda la comida y bebida que tenga en ese momento en mi casa y que se pueda transportar y comer sin cocción. Y los alimentos no perecederos. Mis hijos podrían elegirse algunos juguetes para llevar. Las joyas, para usar como material de intercambio (aún en los peores momentos, siempre aparece algún gil que cambia espejitos de colores). Los documentos. El dinero que tengamos encima. Una linterna. Una radio. Todas las pilas que encuentre. Anteojos de sol (por si pasa algo que quema la vista). Un cuaderno limpio. Varias lapiceras y lápices. Una foto familiar que debe llevar cada uno encima para que, en caso de perderse, pueda mostrarla a la gente y tratar de reencontrarse con los otros.
A mis hijos les escribiría en el pecho, o les daría una tarjeta con su nombre, su grupo sanguíneo, el nombre de los padres, su fecha de nacimiento, su número de documento. Si los perdemos, que aunque sea no pierdan su identidad.
Eso es lo indispensable, creo yo. Todo se terminará, por supuesto. Las pilas, los alimentos y, lo peor, el siempre libre, y llegará el momento "darwinesco", sobreviviremos los más inteligentes, los más fuertes y los más vivos. Creo poder quedarme en ese grupo, aunque sea mientras tenga pilas para el audífono.
Ahora sigue lo no imprescindible, y en lo primero que pienso siempre es en las fotos y los videos caseros. Sin ellos pierdo mi historia, la infancia de mis hijos. Los rostros, lo sabemos, se van desdibujando con el tiempo. ¿Quiénes somos, si no formamos parte de un grupo? Una selección rápida. Los chicos recién nacidos, cada año, mis abuelos fallecidos, mis padres y hermanas, mis sobrinos. Los videos no, aunque duela, son pesados, ocupan lugar y se rompen fácilmente. Un libro. ¿Qué libro? Si fuera religiosa, la salida fácil sería la Biblia. La gente la lee y la relee y parece no aburrirse. ¿Cuál es la Biblia de los ateos? Pienso en poesía. Sé muchos poemas de memoria. Como en "Fahrenheit 451", tal vez los libros deba llevarlos encima. ¿"Cien años de soledad"?. ¿A qué libro regreso siempre? A ninguno. Soy una lectora voraz en pleno crecimiento. Lo que amé a los 20 no me interesa tanto a los 37. Un libro mío. Dos. Algo que me recuerde quién fue y qué hice. Eso sí. "Nunca confíes en una computadora" y "Los monos del mar". Todavía no se los he leído a mis hijos. Será la pobre herencia que les deje. Tengo lugar para algo más. Mi casa está repleta de adornos, casi todos pequeños, y cada uno significa algo. No me gusta mucho que me regalen adornos, porque son para mí algo especial. Ningún objeto en mi casa está simplemente porque sea lindo o combine con el sillón. ¡Mis lapiceras! Me olvidaba de mis lapiceras. No ocupan nada de lugar. Las llevo. Dos Parker que fueron de mi abuelo, otras dos mías, una que me compré con mi primer sueldo periodístico, y otra que me regaló mi papá, también amante de las lapiceras. La cross nueva, que me dijeron que parece un supositorio, la cross bordeaux que llevo en la agenda. Debo tener una pequeña fortuna en lapiceras. Las agendas no. Desde que entré a primer año que llevo una agenda en la que cuento, día a día, qué hice. Hasta hoy. En las actuales se mezclan los horarios de actividades y obligaciones con un recordatorio de lo que hice. Puedo recordar cualquier día de mis últimos años sólo buscándolo en la agenda. Las cartas que recibí a lo largo de mi vida... no, tampoco. ¿Y los libros que estoy escribiendo? Impresos en hojas tamaño carta, de un solo lado, ocupan muchísimo lugar. Terminarán como alimento para el fuego, lo sabemos. Si aún la mochila no pesa tanto... Pero estaba pensando en los adornos, y me fui por las ramas. Tengo una alcancía "El genio" de mi zeide Mauri, una pequeñísima máquina de escribir hecha en papel regalo de mi esposo, varias estatuitas que representan dioses griegos, fósiles ilegales que encontré yo misma, las fotos artísticas que saqué cuando quería ser fotógrafa, esa escultura de un hombre volando que le compré a un artesano y que es la esencia de mi fantasía. No, nada. Imposible. Una aguja de tejer al crochet. La estoy mirando ahora, está en el lapicero de mi escritorio, con ella podré tejer cualquier cosa con cualquier hilo que encuentre. Es más útil que un adorno.
Creo que es todo. Luego cierro todas las llaves de gas, desenchufo todo y desconecto la electricidad, cierro las puertas, ventanas, bajo persionas. Libero al balcón todas mis plantas. Me digo que lo importante es que sigamos vivos, pero parte de mi alma se queda con los objetos que junté a lo largo de mi vida, y de los cuales, a pesar del poco espacio que nos queda en casa, y de las limpiezas con ideología de "vamos a vivir al estilo minimalista", no puedo desprenderme. Salgo de casa con la mochila, el chango de la cocina lleno de frazadas, los chicos cada uno con una mochila con sus juguetes, y cierro la puerta con llave. Cuando imagino esto, imagino que la alerta la darán un día laboral y que mi marido estará trabajando, que tengo que irme sola. Le escribo en la pared que sólo piense en salvarse, que ya nos volveremos a encontrar. Rápido, escribo esa frase que me gusta tanto, de una canción de Joe Sample: "Cuando las circunstancias nos separan, siempre cierro los ojos. Mis pensamientos vuelven a la imagen de tu rostro. De algún modo, nuestro amor sobrevive". Y luego recito mi mantra: "A veces sólo el humor nos permite sobrevivir al espanto". Les digo a los chicos que se lo tomen como una gran aventura. Y que no se separen de mí. A último momento vacío el changuito y pongo las frazadas en mi mochila. Voy a necesitar las manos libres. Bajamos los cuatro pisos por la escalera y salimos al infierno. Afuera, los extraterrestres están fulminando humanos. ¿O tal vez es fuego amigo? Corremos. Me pregunto si antes de apagar la electricidad apagué bien la computadora, o si otra vez me dará mensaje de error al encenderla.