23 marzo 2006

CARTA ABIERTA A LOS PADRES ARGENTINOS

Yo recuerdo:

"Carta abierta a los padres argentinos"
Buenos Aires, 16 de diciembre de 1976
(Revista "Gente". Texto completo)

Pasaron los buenos y viejos tiempos. ¿Se acuerda? Un día de marzo. Primer día de clases. Guardapolvo blanco y almidonado. Trenzas. O moño azul. Su hijo o su hija "empezaban la escuela", como solía decirse. Mucha emoción, un poco de miedo, algunas lágrimas. Pero en el fondo, una gran tranquilidad. "Me dijern que la señorita Rodríguez es una monada, que quiere mucho a los chicos". Después, la primera fiesta patria. Y su hijo, a lo mejor, abanderado. Los buenos y viejos tiempos.

Así, a vuelo de máquina, le quiero recordar algunos hechos, algunos nombres, algunas cifras. Después del 25 de mayo de 1973, cuando Cámpora asumió el poder y liberó a los guerrilleros, la izquierda marxista que había trabajado en todos los frentes para facilitar ese asalto al poder recibió el premio más codiciado: la conducción de la educación del país. Un marxista ocupó el Ministerio y un cura tercemundista que había dejado los hábitos para casarse quedó como responsable de la enseñanza privada. La guerrilla ocupó facultades, expulsó profesores y convirtió las aulas que usted pagaba -no lo olvide, que usted pagaba- en arsenales y muestrario de hoces y martillos y banderas rojas. A su hijo le impusieron una materia (estudios de la realidad social argentina) que lo obligaba a leer libros de Marx, Engels, Fidel Castro y el "Che" Guevara. A eso se le llamó "transformación educativa y cultural". Linda frase. Sonora. A lo mejor a usted mismo le pareció, entonces, algo importante. ¿Sabe qué significó esa materia y esa "transformación educativa y cultural"? Anote: 5757 profesores expulsados. En pocas palabras, una purga marxista a la manera de la Unión Soviética. Su hijo, por aquellos días, oía hablar del "compañero decano", de "liberación", de "patria socialista". El marxista peronista Rodolfo Puiggrós gobernaba la Universidad de Buenos Aires, y la de Bahía Blanca la manejaba el terrorista Víctor Benamo. Mientras tanto, Francisco Urondo, un escritor marxista implicado en el asesinato del almirante Berisso, hacía y deshacía en Filosofía y Letras. Raúl Aragón, rector del Colegio Nacional Buenos Aires, proclamaba: "Los combatientes lucharon por el cambio y son la garantía de una Argentina que va hacia el socialismo. Hay que continuar la lucha.." Se llegó a proponer un sistema curioso. Que los alumnos se calificaran mutuamente, o bien que se prorratearan las notas. Ejemplo: su hijo, con esfuerzo y tal vez sacrificio, estudiaba y sacaba un 10. Un compañero de su hijo, que no estudiaba y se pasaba el día pintando carteles guerrilleros, sacaba un 1. Pero como estaba prohibido "estimular la competencia capitalista" el 10 de su hijo se dividía por 2, y así le tocaban 5 puntos al vago guerrillero, que además gozaba de todas las ventajas de una universidad gratuita. La que usted, con sus impuestos, les regalaba. Le puedo contar cien o mil casos similares. Pero creo que es suficiente.

Durante ese tiempo, muchos hijos de familias honestas y trabajadoras, de familias que los habían educado dentro de un sistema de valores donde Dios, la Patria, la familia, el respeto por el prójimo, la escuela, la propiedad y las jerarquías ocupaban un lugar importante, fueron adoctrinados sutilmente. Los ideólogos de turno les dijeron que todo eso era mentira, y en muchos casos consiguieron que su presa empuñara las armas y pasara a la guerrilla. Yo supongo que muchos padres vieron el peligro. Las malas compañías, las reuniones sospechosas, los libros extraños, el desorden de costumbres. Pero no hicieron nada. No se defendieron contra la agresión. Se callaron. Fueron cómplices. Por amor o por comodidad o por indiferencia o por cobardía fueron cómplices. No hablaron con sus hijos. No les preguntaron nada. No intentaron detenerlos. Tampoco denunciaron el caso cuando se desató -por fin- la lucha contra la guerrilla. Y a lo mejor terminaron en la morgue, reconociendo el cadáver de su hijo o su hija. Cuando era demasiado tarde para arrepentirse.

Después del 24 de marzo de 1976, usted sintió un alivio. Sintió que retornaba el orden. Que todo el cuerpo social enfermo recibía una transfusión de sangre salvadora. Bien. Pero ese optimismo -por lo menos, en exceso- también es peligroso. Porque un cuerpo gravemente enfermo necesita mucho tiempo para recuperarse, y mientras los bacilos siguen su trabajo de destrucción. Hoy, aún cuando el fin de la guerra parece cercano, aún cuando el enemigo parece en retirada, todavía hay posiciones claves que no han podido ser recuperadas. Porque hay que entender algo, con claridad y para siempre. En esta guerra no sólo las armas son importantes. También los libros, la educación, los profesores. La guerrilla puede perder una o cien batallas, pero habrá ganado la guerra si consigue infiltrar su ideología en la escuela primaria, en la secundaria, en la universidad, en el club, en la iglesia. Ese es su objetivo principal. Y eso es lo que todavía puede conseguir. Sobre todo si usted, que tiene hijos, no está alerta.

Entienda algo y de una vez por todas. Esta guerra no es de los demás. También es suya. Si usted manda a su hijo a un colegio -religioso o laico- cumple apenas una obligación civil. Eso no es lo más importante. Lo importante es que cumpla también con las leyes morales de su sociedad y su cultura. ¿Cómo? No es tan difícil. Interésese por los libros que los profesores o los sacerdotes le recomiendan a su hijo. Sea cauteloso ante las actividades escolares que no son estrictamente materias de promoción, como por ejemplo Catequesis o Moral. No mire con indiferencia o con absoluta conformidad otras actividades que se presetan a desviaciones: los campamentos, los encuentros de convivencia, los retiros espirituales, las visitas a villas miseria. Usted tiene una gran responsabilidad en esto. Porque uste no sabe -no puede saber- qué cara tiene el enemigo. O de qué se disfraza. Usted le entrega, le regala a su hijo a la escuela durante muchas horas por día - a veces durante semanas enteras- e ignora qué ocurre. Seguramente lo estarán educando como corresponde. Pero cabe la posibilidad de que no sea así. Y un día, cuando su hijo empieza a discutir con usted, cuestiona sus puntos de vista, habla de "brecha generacional", afirma que todo lo que aprende en la escuela es bueno y todo lo que aprenda en la casa es malo o está equivocado, ya es demasiado tarde. Su hijo está hipnotizado por el enemigo. Su mente es de otro. De allí a la tragedia hay un corto y rápido paso. Si eso ocurre y un día usted tiene que ir a la morgue a reconocer el cadáver de su hijo o de su hija, no puede culpar al destino o a la fatalidad. Porque usted pudo haberlo evitado.

Por ejemplo: ¿usted sabe qué lee su hijo? Repasemos. Yó sé que hay colegios donde "Cien años de soledad", de Gabriel García Márquez, es texto obligatorio. "Cien años de soledad" es para muchos una novela bien escrita, interesante, llena de ganchos, entretenida. Pero... ¿usted la leyó? A lo mejor no. Confía en que es buena porque leyó comentarios, críticas, elogios. Porque fue best-seller. Porque durante mucho tiempo medio mundo habló de ella. Y de pronto en esa confianza hay un error. Yo la leó y me gustó. Pero yo soy un adulto. Y tengo una hija adolescente. ¿Y qué quiere que le diga? A mí no me gusta que mi hija adolescente lea -y menos por obligación- una novela que rezuma sexo, hedonismo, infidelidades y descripciones sicalípticas. En otros colegios ya no se lee a Cervantes. Ha sido reemplazado por Ernesto Cardenal, por Pablo Neruda, por Jorge Amado. Buenos autores para adultos seguros de lo que quieren, pero malos para adolescentes acosados por mil sutiles formas de infiltración y que todavía no saben lo que quieren. Si usted no los leyó, léalos y saque conclusiones. Eso también es parte de su trabajo y de su responsabilidad en este tiempo y en esta guerra. Piense que si no lo hace, de pronto tiene que aceptar que "Las venas abiertas de América Latina", por ejemplo, sea uno de los libros de texto de su hijo. No se asombre. Ocurrió.

Por eso, por todo eso, y por mucho más, prudencia. Cautela. Vigilancia. Analice las palabras que su hijo aprende todos los días en la escuela. Hay palabras sonoras, musicales, que forman frases llenas de belleza. Pero que encierran claves que el enemigo usa para invadir la mente de su hijo. Cierto tono clasista en los comentarios, la palabra "compromiso", descripciones del mundo como un mundo de pobres y ricos, y de la historia como una eterna lucha de clases. Por ese trampolín se salta rápidamente de la educación bancaria (la tradicional, la que reconoce jerarquías: el alumno en el banco y el profesor en el estrado) a la "educación liberadora" que preconizaba Paulo Freire, un ideólogo de Salvador Allende. ¿Sabe qué postula la "educación liberadora"? Yo se lo digo. Nada de jerarquías. Igualdad entre profesores y alumnos. Lo mismo el que sabe que el ignorante. En una palabra: anarquía.

Creo que esta carta llega a su fin. De ahora en adelante mucho -casi todo- depende de usted. No basta con almidonar el guardapolvo, comprar los libros y los cuadernos, y pagar la cooperadora. Hay otras responsabilidades más profundas. Esté atento. No se deje sorprender. Cuando le digan que un colegio es "serio", no traslade toda la responsabilidad a los otros. Interésese. Averigüe y controle. Esta carta no pretende alarmalos, señora, señor. No le pide tampoco que desconfíe hasta de su sombra. Simplemente le pide prudencia, que se interese -con más esfuerzo, si es posible- por el mundo que rodea a su hijo. ¿Sabe por qué? Porque lo que pasó durante la pesadilla del Camporismo no surgió por generación espontánea. Fue el resultado de veinte años de "trabajo" sutil de una cultura para matar otra cultura. Y ese trabajo sigue. En muchas trincheras. Se acabaron los buenos y viejos tiempos. La señorita Rodríguez puede ser una monada. Pero no deje librado todo a otros. Porque si usted se desinteresa, no tendrá derecho a cultar al destino o a la fatalidad cuando la llamen de la morgue.

Un amigo

20 marzo 2006

RECUERDO.

Recuerdo que en marzo de 1976 yo tenía 7 años y empezaba segundo grado con la señorita Martha, que fue una de las maestra que más quise. Iba a una escuela pública, jornada completa, y mi mayor preocupación era que sirvieran sopa de vitina al mediodía.
Recuerdo que aparecía Isabelita en la tele blanco y negro, y que en el comedor de la escuela, en mesas de a seis, comentábamos con increíble seriedad que "Isabelita se había robado el país". Lo recuerdo porque imaginaba a Isabelita llevándose un mapa de la Argentina, o metiendo en forma mágica todo el territorio en un arcón similar al que Sobremonte usó para llevarse su parte.
Recuerdo, antes de Isabelita, ver a Perón en la tele, y decir que era mi novio. En una casa antiperonista, ese comentario hacía dudar de mi capacidad para elegir pareja. No sé por qué elegí a Perón como novio, pero sí que cuanto más me prohibían el romance, más me encaprichaba yo.
No recuerdo comentarios sobre la llegada de los militares al poder.
Recuerdo las reglas prusianas que se impusieron en la escuela, sobre todo con el uniforme: guardapolvo blanco que cubriera las rodillas; pollera azul que no superara el largo del guardapolvo; medias azules tres cuarto; zapatos mocasines o abrochados negros o marrones; debajo del guardapolvo, ropa blanca; el pelo recogido en una colita o una trenza, atado con una gomita azul o marrón; hebillas sólo de carey; las únicas alhajas permitidas eran los aros pequeños, no colgantes, y una cadena con el símbolo religioso (preferentemente cruz). Nada de mechones ni flequillos sobre la cara. Para la clase de gimnasia: zapatillas blancas sin rayas, pantalón azul sin rayas o bombachón negro, remera blanca, buzo azul.
Recuerdo que con la llegada de la democracia, de lo primero que nos liberamos los adolescentes fue justamente de las reglas de vestimenta, llegando a extremos absurdos y ridículos.
Recuerdo ver pasar una vez, a toda velocidad y por Avenida Rivadavia a la altura del parque Rivadavia, un Falcon verde con varios integrantes con sus fusiles y armas apuntando hacia afuera. Recuerdo mis ganas de observarlos, y el reto de mi mamá para que no mirara.
Recuerdo que la directora de la escuela en la que cursé los últimos dos años ponía el disco de "mi hermano es un soldado" cada recreo, y que de grande comprendí que, para mí, la representación de la dictadura está en la señora directora Traversa.
Recuerdo que en la biblioteca de mi papá había libros sobre Cuba, Rusia, comunismo, judaísmo, etc, y que siguen estando allí, en el mismo lugar, hasta el día de hoy.
Recuerdo que salí a festejar cuando se ganó el mundial, y que mis hermanas cortaban de los diarios las fotos de los jugadores, y que lo que más me gustó fue que me dejaron sentarme en el borde de la ventanilla del auto mientras dábamos la vuelta triunfal.
Recuerdo que iba a participar de un increíble acto en la cancha de Ríver por el ¿centanario? de la ciudad de Buenos Aires. Bailaba el pericón y todas las chicas de la capital usábamos el mismo vestido de paisana, y que el organizador era Cacciatore, y que el acto finalmente se suspendió por lluvia dos veces seguida y nunca se hizo.
Recuerdo que viajamos a Disney durante la época de la plata dulce, y nos trajimos el televisor a colores, el equipo de audio, una filmadora super 8, y miles de cosas más en cajas enormes que pasábamos sin vergüenza por Ezeiza luego de pagar la coima correspondiente. Y que yo me traje un montón de stickers, y que Disney era maravilloso.
Recuerdo perfectamente que nunca supe nada sobre desaparecidos.
Recuerdo haber participado de un concurso de dibujo y ganar un diploma de la Policía Federal.
Recuerdo que nos pedían que tejiéramos medias para los soldados en Malvinas, pero como tejo muy despacio, no lo hice.
Recuerdo el programa de televisión en el que los famosos donaban sus joyas y tapados de piel.
Recuerdo que mis hermanas me comentaban que les habían explicado en la escuela que, en caso de ataque aéreo debían guarecerse debajo de los pupitres, pero no sé por qué a mi división de primer año no llegó la información.
Recuerdo saber con total seguridad que a la escuela Dámaso Centeno iba gente "mala", y que yo la imaginaba como una sucursal del orfanato de Jane Eyre, y que no sé cómo lo sabía.
Recuerdo las tapas de la revista ¿Gente o Siete Días?. "Estamos ganando". Y las historietas de Billiken. Y que todo me lo creí.
Recuerdo que apenas inaugurada la democracia salía con un chico que era del PI, y que pintábamos la sigla con aerosol en las paredes.
Recuerdo empezar a saber.
Recuerdo haber participado de la Marcha de la Conadep, junto a la gente de derechos humanos de la comunidad judía, y llevar uno de los palos de una enorme y larguísima y pesada bandera, y que para ello me dieron guantes de obrero, y que había gente de civil en los techos sacando fotos. Recuerdo escribir y leer y buscar información sobre lo que había sucedido, y que todo me resultaba muy lejano a mi vida.
Recuerdo...

10 marzo 2006

A LA DIRECCIÓN

Cada vez que se entrevista a un escritor, se le pregunta cuáles son sus miedos, sus fantasmas. Ese algo profundo que busca combatir a través de la escritura. En general las respuesta suenan a: "la intangibilidad del alma humana en la inmensidad del cosmos"; "la soledad desgarradora de los gatos siameses"; "la incomprensión de la sociedad por la sintaxis utópica"; "el silencio inconmensurable de la llanura femenina"; "la partición del átomo en la crueldad humana".
A mí nada de eso me preocupa mucho, aunque podríamos ponernos a pensar lo del átomo. A mí, lo que verdaderamente me da miedo, pavor, terror, me provoca pesadillas y transpiración indeseable, es que me manden a la dirección.

1. La señorita Ionne era el alma mater de la primaria que me cobijó entre primero y quinto grado. Era alta y flaca, y creo que tenía el rostro huesudo. La primera vez que me enviaron a la dirección, en primer grado, no me dieron ninguna explicación. Partí hacia allí con el alma en pedazos y pensando qué miserias me reservaría la vida a los seis años. Cuando llegué hasta la puerta (nunca entré a la dirección sin pedir permiso), la señorita Ionne me señaló una bandera, y me pidió que la llevara hasta no sé dónde. Yo estiré mis brazos y me depositaron encima la azul y blanca que creí sagrada, y la llevé caminando erguida y lanzando el aire despacido. No fue la primera vez. Pronto me convertí en "Sukaczer". Sepan disculpar lo que sigue, que sonará increíblemente pedante, pero para qué voy a mentir. Sukaczer llevaba las banderas. Sukaczer le entregaba el ramo de flores a la supervisora cuando la invitaban. Sukaczer llevaba y traía registros divinos. Sukaczer mostraba su cuaderno a los ministros. Sukaczer era dulce y limpita y la mejor del grado, y sin embargo jamás dejó de temer cada vez que la enviaba a la dirección para mostrarla como ejemplo. No hace falta decir que mis compañeras me odiaban.

2. La señora Traversa aún puebla mis pesadillas y varios de mis cuentos. Era bajita y flaca. Con el rostro arrugado pero altivo. Un peinado blanco e impecable a fuerza de spray. Jamás bajaba la vista. Se sabía de ella que era antisemita en un colegio público poblado de judíos (allí donde cursé sexto y séptimo). No le gustaban los negritos, los pelirrojos, los pobres, y su especialidad era la humillación pública.
Si a Ionne le tuve miedo, Traversa me provocó pánico. Todos los días, durante los recreos, nos ponía el disco ese de "mi hermano es un soldado, que cuida las fronteras de la Patria". Y tanto a la entrada como a la salida había que acercarse a su puerta y decir: "Buenos días señora directora Traversa".
Mi primer encuentro con Traversa tuvo lugar poco antes del 25 de mayo. Yo era nueva, pero ya me había hecho notar. En medio de una clase, entra Traversa y dice (lo recuerdo como si fuera hoy..) "A mí nunca me gustó que los hijos de los maestros vengan a esta escuela (esa era yo, mi mamá era maestra en la misma escuela). Y ahora tenemos que decidir quién va a ir a la bandera durante el acto, y los mejores promedios son los de una alumna que hizo toda su escolaridad acá, y una alumna nueva. ¿Quién debe ir a la bandera?" Obviamente no fui yo.
Traversa detenía los recreos para señalar a un alumno que se había olvidado la escarapela en plena semana de mayo. Entraba al aula para señalar a alguien que no tenía dinero para comprar los útiles. A mí me dijo que "no merecía tocar la bandera de la Patria" porque me había olvidado los guantes blancos un día que era escolta. A mí mamá le preguntó otra vez si no le daba vergüenza ser judía. Pero de alguna manera nos vengamos de ella. Durante todo séptimo grado, la abanderada (yo, ¿quién más?) y las escoltas fuimos judías.

3. Trabajaba en La Nación y ya había viajado a la Antártida y nadie me había dado la más mínima pelota. Sólo me publicaron una nota sobre los pingüinos y sobre la escuela de Base Esperanza en el suplemento infantil. Nada más. Un día, sin embargo, leí una gacetilla que decía que una periodista mujer había viajado por primera vez a la Base Marambio (ida y vuelta en el día), y que eso era un logro para todos los periodistas. Me calenté, por supuesto. Escribí una carta a dirección contando que yo no sólo había viajado antes, sino que me había quedado 21 días (5 días en Marambio, 7 en Esperanza, el resto en el buque Irízar), que en Marambio había sido la única mujer entre 105 hombres, que había probado todos los medios de locomoción habidos y por haber: un Hércules, un Fókker, helicóptero, buque, vehículos para la nieve; que había realizado decenas de entrevistas, que había sido testigo de la partida de los últimos perros que hubo en Antártida, y que todo eso lo había hecho para el diario sin apoyo de nadie, totalmente sola y perdida, y que era una falta de respeto publicar esa gacetilla. ¿Quién me llamó? Escribano, por supuesto. Alto y flaco. Serio. Imponente. En su búnker de madera oscura me dijo que "esa no era manera de comunicarse con el diario, que ahí no hacían las cosas de esa manera, que aprendiera y me callara". Sin derecho a réplica, salí humillada y vencida.

4. Al momento de inscribirlos, me presenté a la directora de la escuela nueva de mis hijos. Ayer, al ir a buscar al inadaptado del menor, me la crucé y me llamó. Me envió a hablar con la bibliotecaria para ofrecer mis servicios. Y allí fui, cabizbaja, con el corazón lastimándome el pecho, sabiendo, otra vez, que esta vez tampoco había sido yo.

08 marzo 2006

SEGURO QUE LE HICIERON UN HECHIZO

Advertencia: no lean este post si aún no leyeron el último libro de Harry Potter y quieren hacerlo, ya que prácticamente cuento qué sucede. Después no digan que no les avisé.

Son 602 páginas de nada. Y las dos únicas novedades: que Snape es el príncipe mestizo y que Dumbledore muere, lo sabíamos desde hace meses gracias al maldito talento de una periodista de Clarín, que seguro se tuvo que acostar con alguien para conseguir el título.
Harry se enamora en un par de capítulos y en otro par la deja heroicamente por el bien de la humanidad. Pero, y aquí va mi análisis profesional, se nota la hilacha. Se nota que cada palabra y cada gesto de amor está "escrito" por una adulta que cree que así aman los chicos. En ningún momento los personajes realmente viven. No son verosímiles. De Voldemort vemos sólo recuerdos, y esta vez sus enviados son patéticos. Cada indicio está plantado como un baobab, de tan obvios. Sabemos cuáles son las puertas que quedaron abiertas para el próximo y último libro: ¿será Snape bueno o malo? Cuando Dumbledore le ruega, ¿le está rogando que no lo mate, o que sí lo mate? ¿Harry vivirá o morirá? ¿Se quedará con Ginny o no se quedará?.
La única idea original e interesante es la de los Horrocruxes. Eso de que los magos malos pueden dividir su alma en varias partes, y guardarlas en el banco a salvo de corralitos para ganar inmortalidad y algunos intereses, me gustó, lo admito.
Pero el resto... nada. No pasa nada. No vale nada. No dice nada.
Entonces...
Entonces...
¿¿¿Por qué miércoles las 602 páginas se leen de un tirón, casi sin respiro???
He intentado leer libros mil veces mejores. Tengo en lista una cantidad de clásicos que sé, me harán mejor escritora, persona, que agregarán algo a mi vida. Quiero leer otros que hay que leer. Que debo leer. Que quiero leer. Pero luego de las primeras líneas, del primer capítulo, mi mente dice basta. Hay tramas, estilos, tonos, que no los puedo procesar. Que me aburren solemnemente. Que me agobian hasta la desesperación. Que me provocan pensamientos suicidas o asesinos, según el tema.
Entonces...
¿Qué es lo que tiene la escritura de Harry Potter que, incluso cuando no dice nada, provoca tal adicción que no se puede dejar?
¿Será magia? ¿Vendrán las hojas impregnadas con alguna poción?

Para mí que le hicieron un hechizo.

02 marzo 2006

NOSTALGIA POSTAL

Guardo en una caja grande con rosas rojas, todas las cartas que recibí en mi vida. Cartas, tarjetas de cumpleaños, telegramas, notitas. Todo material escrito y personal que me fue dirigido. Desde la primera postal que me envió una maestra jardinera cuando yo tenía 3 ó 4 años, y que lleva el dibujo tridimensional de una princesa; hasta las copias de los chats que mantenía con mi novio -actual marido- hace diez años. Los imprimí, sí. Porque la computadora es un aparato traicionero que te puede robar, en apenas segundos, gran parte de tu historia. Aquí podrán decirme que el papel se gasta, se pierde, se rompe, se apoliya, pero a mí no me ha sucedido. Le tengo un respeto y un cariño al papel y a la letra impresa (y también, debe ser por asociación, a las lapiceras de pluma) que su cuidado me parece primordial. Puedo vender y cambiar una computadora, y ya lo hice varias veces. Pero si perdiera, por ejemplo, mi ejemplar de 1909 de "Las mil y una noches", o el Simulcop de primer inferior, o el leído y releído "Cien años de soledad". Ay... si los perdiera...
Y las cartas... Si perdiera una carta perdería parte de mi memoria. La carta de G., que se me declaró por papel cuando teníamos 12 años y que dice, lo recuerdo de memoria, que me espera en "Torino" para hablar de algo que yo debo saber a través de mis amigas. Las cartas en inglés de esos amigos postales y japoneses que me enviaban stickers nunca vistos. Los papeles que me dejaban los chicos de la UTN cuando nos carteábamos en horas del secundario (yo iba a la mañana, ellos a la noche, nos dejábamos las cartas pegadas con cinta scotch debajo del pupitre). A dos de ellos llegué a conocerlos. Uno era hermoso. Pero su vida pasaba por el club alemán... saquen ustedes sus conclusiones. El otro se enamoró de mi y, cuando dejé de escribirle, me dejaba mensajes amenazantes en el pizarrón. Esa servilleta de confitería que me escribió un gran escritor gran para decirme qué lindos ojos que tengo. Y la grulla que me hizo otro gran gran que luego intentó propasarse conmigo al final de una clase de taller literario. Las tarjetas con corazones y palabras cursis de mis novios de adolescencia. Las cartas de un chico al que nunca conocí, que pensaba en suicidarse y decía que yo lo había salvado del naufragio. Las decenas de cartas de escolares que recibí por mis libros. La carta de un ex-novio en la que acepta que se equivocó y que perderme fue el precio que tuvo que pagar. La carta de una compañera del secundario que me dice que no debo ser tan mala como me pintan, que quiere ser mi amiga. La carta de un intendente. Las cartas de la gente de la Antártida. Las libretas que hacía yo misma para que mis compañeras la firmaran al terminar las clases. Las cartas y dibujos de mi prima, que murió cuando tenía 9 años, y me pedía que le escribiera más cuentos. Cartas de mi mamá. Cartas de mis hermanas que me muestran con cariño cómo puedo irme a la recontra que me parió. Tantas cartas. Casi todas escritas a mano. Con dibujos, con perfume que se perdió, con firmas infantiles, con frases de amor.
Ya casi no guardo nada nuevo en esa caja. Me llegan mails, tarjetas virtuales, sigo chateando con mucha gente. Pero no recibo cartas. Alguna tarjeta de mi esposo, claro está. Algún papelito que me deja. Muy pocos dibujos de mis hijos (son chicos y varones...) La gente ha dejado de decirme las cosas por escrito. Y yo también, para qué negarlo.
Y me duele enormemente saber que no habrá más cajas como la mía. Que la historia de mis hijos no quedará escrita en las cartas que reciban. Es nostalgia pura, lo sé, porque las cosas cambian y se modifican, y nadie puede decir que sea peor o mejor. ¿O acaso yo no doy gracias a los dioses informáticos por esta tecnología? Pero la carta... vaya... la carta. La magia de abrir el sobre sin saber qué encontraremos, la elección del papel, la letra tan individual, el encabezamiento y la firma... Alguna vez descubriremos que al perder las cartas hemos perdido también algo de nosotros mismos.
Allí quedan las mías. Algún día alguien las tirará. Pero hasta el último momento, con sólo leerlas, yo podré reconstruir todo mi camino. Mis cartas son mis huellas.