24 febrero 2006

MILAGRO ARGENTINO

Hay ciertas situaciones, diálogos, hechos, que a los escritores nos resultan fascinantes más allá de los valores morales, éticos, religiosos, etc, que encierren esa situación. Claro que la situación elegida depende de cada escritor.

Siempre según el gran diario argentino, esperaban para entrar gratis al primer recital de los Stones un grupo de personas en silla de ruedas. Cada uno puede llevar a un acompañante que también entra gratis, ya que se supone encargado de empujar la silla. Bien, parece que hubo quien ofrecía el puesto de remolcador por $100.- Más allá de la picardía, la estafa, el uso de una discapacidad... a mí el tema me pareció fascinante. Qué quieren que les diga.

También parece que, cuando el escenario se movió al centro de la cancha, aparecieron varias sillas de ruedas vacías. Milagro de los Stones o viveza argentina, la visión de una silla vacía, ¿caída?, en medio de la multitud, no tiene precio... No tiene.

20 febrero 2006

LO LEÍDO Y VIVIDO

Yo pensaba que iba a leer en las vacaciones. No sé para qué otra cosa pueden servir las vacaciones, a menos que uno haga turismo cultural y trabaje de turista que visita museos. Fui a un museo. El museo Rocsen, en Nono, realmente muy bueno. Desde carruajes del siglo XVIII, pasando por el único cóndor embalsamado que me mostró Córdoba, hasta fetos productos de abortos espontáneos. Un museo que quiere mostrarlo todo. Pero no leí. El año pasado en Mar de Ajó si, leí bastante. Mis chicos le tenían miedo al mar y como ellos no se le animaban, yo no tenía que vigilarlos tanto. Pero al río le perdieron el respeto el primer día, y aunque la naturaleza los traicionó con más de un pozo oculto, el agua que tragaron y el susto no alcanzó para que se quedaran en la orilla. O sea que no pude despegar mis ojos de ellos, porque para colmo de males mi marido pescaba. Pescaba y regresaba el pececito al agua, con una linda herida en la boca que seguramente se les infectó y los mató por falta de penicilina acuática. Por eso no leí. Encima nuestro dormitorio no tenía veladores (y nadie me dirá que se puede leer de noche con la luz del techo) y sí televisor con... con... ¡closed caption! Una vez lo pesqué. Al closed caption. Y me desilucionó un poco. Como que resumían la noticia (con errores de ortografía) para un público no oyente y definitivamente no pensante. Deben creer que nos contentamos con migajas de información. Antes de irnos sí leí. "Nunca me abandones", del japonés-británico Ishiguro, y me encantó. Claro que yo estaba esperando un poco más de ciencia-ficción y un poco menos de monólogo interior. Un poco más de morbosidad con todo eso de los donantes y un poco menos de aceptación del destino. Pero aún así me ganó. El libro. Para las vacaciones, en cambio, había preparado literatura liviana y sandwiches light. El último de cuentos de Fontanarrosa, "El rey de la milonga"; y uno de humor que me recomendó el amigo Rudy, "Inconcebible", de Ben Elton. Creo que Fontanarrosa ha escrito algunos de los mejores cuentos argentinos. Y de los pocos que leí de este último libro me gustó el de las vacaciones en la playa, pero admitamos que ya sabíamos qué iba a pasar después de la primera página. No me asombró, quiero decir. Es demasiado parecido a todos sus últimos libros. Y eso me parece bárbaro, porque... ¿qué es lo que un escritor debe demostrar, logrando que cada libro haga olvidar a los anteriores? ¿Por qué no puede escribir lo que ama, aunque siempre mantenga el estilo y el tono? Y si sé todo eso y lo acepto, ¿por qué me desilucionó un poco el libro..? "Inconcebible" es gracioso, pero no me termina de interesar la forma en que está escrito (dos personajes que escriben sus diarios). Cuando un escritor hace que su personaje escriba, es como que vive poco, ¿o no? Siempre quise aprender a criticar, decir "el metalenguaje de la narrativa esquizofrénica con que este autor ha castigado la lírica romántica como concepto del neo modernismo, no termina de cuajar su significante ni significado, etc, etc", pero no me sale. No creo tampoco que pudiera aprenderlo, porque nunca termino de entender los libros que hay que leer para aprender. Bien, en definitiva, no leí estas vacaciones. Empecé pero no terminé. También me llevé "Pequeños cuentos misóginos" de P.Highsmith, que es definitivamente un libro para el baño, porque cada cuento no supera las dos o tres páginas, pero tengo que admitir que siendo cuatro con un solo baño, la que se las aguanta soy siempre yo.
Encima no termino de regresar al ritmo capitalino. He respondido a todos los e-mails que me llegaron por la carta, pero no alcanzo a leer los blogs. Superé mis alergias con el aire puro de las sierras, y aquí vuelve a atacarme con saña. Y como si esto fuera poco y al mismo precio, y no sé si ustedes me entenderán, la calle Ramón Falcón entre Pumacahua y Carabobo, está desapareciendo lenta y misteriosamente, y sé que al final lo único que quedará de ella, de la calle en la que siempre soñé vivir, son los gigantes plátanos que me obligan a darle al antihistamínico. Desaparece. Se van vendiendo todas las hermosas casas y en su lugar aparecen edificios clones. Todos iguales.
De todos modos a Fontanarrosa y a Ben Elton los voy a terminar. Qué menos puedo hacer por ellos. No sé si ustedes saben, pero al año todavía no empezó, por eso no puedo comenzar todavía con mis proyectos. Entre que terminan las clases y hasta que empiezan, vacaciones mediante, es un tiempo-no-tiempo. Uno proyecta pero no hace. Planifica. Espera. Organiza estrategias. Compra guardapolvos. Piensa. Administra. Pero todavía no... todavía no se puede empezar nada nuevo. Así que arrancamos el 6 de marzo. Segundo grado para el mayor, preescolar para el menor, y libro nuevo para mí. Cuando empiece de verdad el 2006, porque todo esto es un mero ensayo.

14 febrero 2006

LA FAMOSÍSIMA CARTA A CLARÍN

Aquí va. Los párrafos en cursiva son los que Clarín no publicó.

Puedo decir que he tenido suerte. Mi trabajo es escribir. Claro que no vivo de escribir, no vayan a creer. Vivo de mi marido, que bastante trabajo también me da. Y como escribo, a nadie le preocupa que no escuche bien (“hipoacusia bilateral severa a profunda” desde los seis años, dijo el doctor), porque esto de escribir es tarea solitaria. No tengo oficina, no atiendo teléfonos, no trato con empleadores. Escribo. Y cuando terminé de escribir, siguen reuniones con gente macanuda (el corrector, la editora). Una, dos personas, en ambientes tranquilos. ¡El paraíso de los hipoacúsicos! Claro que antes de escribir así por ganas, fui periodista. Con título y todo. Con matrícula profesional (ese carnecito rojo que abre puertas como si uno fuera tan importante). Trabajar, trabajé. Pero aquí sí había gente, y mucha. Y muchos empleadores, y mucho ruido, y mucho ir de un lugar a otro, y mucho teléfono que atender, y todo rápido y al mismo tiempo. Ahí la gente se da cuenta, qué le vamos a hacer. Que no escuchás bien. Porque a la tercera vez que te llaman desde atrás, o desde al lado, o desde la otra punta, y no respondés, más vale que tengas un buen diagnóstico a mano o... “hay mucha gente queriendo tu puesto, que podría hacerlo más rápido, mejor, y con menos paga”. Sí, ya lo sabés. Es por eso (y lo sé como buena periodista, porque me lo dijeron “extraoficialmente”), que siempre trabajé en forma independiente, y cada vez que se producía una vacante, era para otro. Uno que escuchaba bien, por supuesto. Si hasta intenté especializarme en las temáticas relacionadas con la discapacidad y no, ese puesto también era para alguien que escuchaba bien.
Yo tuve suerte. Aunque al periodismo se lo extraña como a un viejo amante. Pero... ¿por qué iban a darme el trabajo a mí, si siempre había alguien que podía hacer lo mismo (o mejor, o peor), que podía atender el teléfono y hasta escuchar si lo llamaban por un intercomunicador, ese milagro? ¿Por qué..? ¿Por lástima? Paso. ¿Por ahorrarse unos pesos de impuestos..? ¿Porque lo dice una ley? ¿O porque realmente yo era/soy la mejor opción para ese puesto? Claro que para llegar a esta última respuesta tendremos que derribar años de prejuicios y cambiar mentalidades, y trabajar desde la educación, y el día en que me vean a mí, periodista, escritora, madre, esposa, como les guste; el día en que me vean a mí y se olviden del cartelito de la hipoacusia (de la ceguera, de la silla de ruedas, de las muletas, etc, etc), ese día sí, ese día seguro que me darán el trabajo porque me lo merezco. Pero para eso falta, no vamos a mentirnos. Lo bueno es ir peleándola. Y en eso estamos. Martín Basso, y Carlos Alberto Navarro, y Juan Marcos Sellarés (que escribieron cartas a Clarín o salieron en notas), y tanta otra gente que anda por ahí, haciéndose oír. Porque puede ser que no escuchemos bien, pero que tenemos voz, de eso, pueden estar más que seguros.

Verónica Sukaczer