24 enero 2006

LONG-SELLER

A mí me da como vergüenza hablar de mí, ¿viste? Me da cosa que la gente crea que me siento importante, ¿me entendés? Me pasa desde siempre, y creo que de ahí sale lo de la sátira, de no tomarme nada muy en serio. Mirá... cuando trabajaba en periodismo y le hacía entrevistas a gente interesante (ponele Soriano, Julio Bocca, Blaisten, tanto actor y actorcito, Imanol Arias, ¡uau!, etc, etc) yo nunca lo contaba. La gente me pedía intimidades, detalles, y yo me hacía la intelectualoide y decía que era sólo trabajo. Y lo sigo pensando, no te creas, que era sólo trabajo. O ponele que cuando gané el premio Colihue también me dio cosa decirlo, y cuando fui a recibir el premio me ponía toda así colorada, y bajaba la cabeza y decía gracias y me iba rapidito para otro lado. Te puedo dar más ejemplos, pero me parece que ya me vas entendiendo, que me da no sé qué hablar de mí, que me parece que la gente va a creer que soy creída, valga la redundancia. Pero a veces hay que hacerlo. No te queda otra. Porque si vos no te vendés, ¿quién va a hacerlo por vos? Pero bueno, esto no es venderse, no te creas. Lo que pasa es que tengo algo atragantado en la garganta, que tengo ganas de decirlo, y me parece que a lo mejor va a caer mal, como que estoy diciendo que yo soy re-importante, ¿viste?, o que soy mejor que otros y no, nada que ver, simplemente que lo quiero compartir, ¿captás? Porque acá estamos como entre amigos, y de eso se trata, de decírselo a los amigos, porque si no, ¿a quién..? Está bien, voy al grano (vos sabés que me gusta dar vueltas así, que es como un sello de estilo, aunque en cualquier taller literario de medio pelo te lo critiquen hasta el suicidio). Bien, lo que quería decir, es que uno de mis libros, "Nunca confíes en una computadora", lleva vendidos más de 10.000 ejemplares. Más, ¿eh? De diez mil. Y eso hoy en día lo logran pocos libros para adultos de autor argentino. Libros para chicos sí, es normal. No es nada del otro mundo, ¿viste? Pero es mi libro, así que para mí sí es importante. Y se sigue vendiendo. Lo escribí en el ´96, creo, y se sigue vendiendo. Ahora estoy escribiendo la segunda parte. Vaya uno a saber cómo le irá. ¡Diez mil, viejo! Más, ¿eh? Y me da un poco de bronca, entonces (un poquito, no te creas) que no tenga entrada al mundo de la literatura "para grandes". Uuu, mirá qué miedo me da, "para grandes", cuando tengo un libro que se vende así, como picos dulces o helados gira boca en plena temporada. Eso. Eso quería decir. Ah, y que me voy de vacaciones. Así que chau loco, hasta pronto. Ah, y que mandé una carta a Clarín, si llega a salir publicada, ¿alguien me avisa? Después la subo. Cariños a todos. Los voy a extrañar.

13 enero 2006

PROBLEMAS DE IDENTIDAD

La travesura es vieja pero sigue resultando efectiva. Un medio, algún grupo literario o un escritor envía a las editoriales (o a algún concurso) una obra reconocida de la literatura como si perteneciera a un autor inédito, y se sienta a esperar las cartas de rechazo, con el único fin de demostrar que los editores no saben nada, y que las editoriales no ven más allá que los números de venta de los best-sellers.
Esta vez fue el periódico The Sunday Times, de Londres, el que envió a veinte editoriales y agentes el primer capítulo de "En un estado libre", del premio Nobel V.S.Naipaul. Todos, sin vergüenza, rechazaron la obra.

Entonces quise probar yo. Envié a todas las editoriales argentinas un texto de Simone de Beauvoir, como si fuera mío. Lo rechazaron con la excusa de que la temática no se relacionaba con su política editorial, y me desearon mucha suerte. Decidí cambiar de táctica. Envié un cuento mío como si fuera de Beauvoir. Lo acompañé de una carta que contaba que mi abuela había sido muy amiga de la escritora y que había encontrado el manuscrito en la baulera de su casa, luego de su muerte. Suponía que Simone de Beauvoir le había enviado el cuento para conocer su opinión y que, por alguna razón que desconocía, este nunca fue publicado. Me respondieron que el cuento era maravilloso, que se notaba la prosa excelsa de Beauvoir, que coincidía con su temática de toda la vida, y que era un gran hallazgo para las letras mundiales. Pero que lamentablemente no podían publicarlo ya que el cuento no vende por lo menos en la Argentina. Me invitaban a seguir hurgando entre los papeles de mi abuela, a ver si encontraba cartas con algún chimento o detalles de su vida sexual. Dándome cuenta de que eso era lo que querían las editoriales, escribí un libro detallando la vida sexual de una escritora de treinta y pico en la Buenos Aires de hoy. Incluso me animé a incluir algunos nombres conocidos, como gancho. Me respondieron que el libro era entretenidísimo, que podría venderse como pan caliente, pero que nada de eso sucedería porque no me conocía nadie. Y ellos no podían invertir en publicidad. Entonces decidí reescribir "Todos los hombres son mortales", pero aquí el único fin del protagonista, el que toma el líquido que lo hace inmortal, es pasarse la eternidad haciendo el amor con todos los grandes personajes de la historia. Digamos que colecciona sexo como si se tratara de figuritas. Hasta que se queda con el ratoncito que también había probado el líquido... y se imaginan lo que sucede. Lo firmé como Beauvoir, por supuesto, y lo titulé "Todos los hombres son sexuales". En ninguna editorial el tema les pareció conocido, ni encontraron similitudes con otra obra de la escritora. Como "Todos los hombres son mortales" está agotado hace años, parece que no habrá problemas para publicarlo. Las editoriales me están enviando ofertas cada vez más jugosas. Pero... teniendo en cuenta el éxito del libro, y por respeto a Simone de Beauvoir, informé a las editoriales interesadas que el texto me pertenecía, y que se trataba de una adaptación libre (cosa que no es ilegal). Ya varias empresas retiraron sus ofertas, y otras están pensando en presentarme como una hija ilegítima de Beauvoir, aunque no les cierran las edades. Yo las dejo hacer. Total, hasta ahora, lo único que me he ganado es un gran problema de identidad.

06 enero 2006

NOSTALGIA DE TALLER

En esta tarde bochornosa, en que intento empezar/terminar/desanudar un cuento, se me da por extrañar la época dorada en que concurría a talleres literarios. Cuando uno sabía que para el jueves debía tener un cuento, o volvería a leer fulanito, y fulanito siempre leía y se llevaba toda la gloria y las críticas. Más allá de enseñarte lo que es una metonimia, o de criticarte hasta el llanto la manera en que escribiste una línea, el taller me ofrecía disciplina. Había que escribir para leer, o responder a una consigna para ser parte. Disciplina. Eso. Llegar cada jueves y que te preguntan: ¿escribiste? ¿vas a leer hoy? Y por un lapso de veinte minutos ser el centro de tu pequeño universo literario. Y luego a otra cosa. Otro cuento. Otro ejercicio. Por supuesto que tengo disciplina. No podría de otro modo seguir escribiendo como lo hago, sin jefes, sin horarios, sin obligación, sin siquiera una promesa firme de publicación. Pero es poquita. La disciplina, digo. Se me está agotando, y encima hace calor. A veces, aunque suene perverso, quisiera tener un jefe que me presione, un horario, una fecha de entrega. Quisiera saber que hay alguien que está esperando el momento en que yo lea, o que termine el texto, o que publique. Pero la realidad es que cuando uno está solo en su casa y llega el momento de escribir, a menos que la idea sea firme y los dedos corran por el teclado sin pausa, sobre todo porque la primera línea fue la indicada (y ahí sí, ahí cantan las musas y desaparece el tiempo), se termina leyendo blogs, o mirando la tele, o hay que ir a hacer las compras, o preparando galletitas con manteca.
Sí, extraño los talleres literarios. A veces pienso en regresar, a cualquiera, como uno más, y ver qué pasa. Pero hay épocas que no regresan. Tengo que remarla sola, y lo admito, me he ido a mirar la tele allá donde tengo aire acondicionado y la culpa me persigue. En algún momento me alcanzará. El problema es que ella no es quien escribe el cuento.

1. Se ofrece el puesto de jefe. Requisitos: exigirme que escriba, presionarme, controlarme (sólo a distancia, ¿eh?).
2. ¿Quedó alguien ahí o se fueron todos de vacaciones o están leyendos otros blogs?