17 julio 2006

ESCRIBIR DA HAMBRE

Está comprobado científicamente: escribir provoca hambre. El hecho de estar horas sentada, realizando como único ejercicio "flexión de dedos sobre teclado de computadora" hace que se tengan ganas de comer. Más aún si el texto literario en curso se niega a fluir como manantial inspirador. Un poco menos, si se está tan enfrascado en lo que se escribe que se olvida retirar a los niños del colegio.
Pero volviendo al tema del hambre, la literatura no provoca hambre de, por ejemplo, brotes de soja, barrita de cereal o tallo de apio. En absoluto. Existe una relación estrecha e íntima entre literatura y: 1) galletitas: ópera, anillitos de chocolate, surtidos de chocolate o, en su defecto, lo que se haya comprado para los vástagos; 2) chocolate en cualquiera de sus formas; 3) pan lactal integral tostado con manteca y mermelada a elección; 4) dulce de leche con cucharita; 5) medialunas de manteca. Según este estudio, es increíble que no exista una epidemia de obesidad entre escritores. Ser escritor debería ser sinónimo de ser obeso. En este momento, por ejemplo, yo no estoy pensando en cómo resolver una historia que me tiene a mal traer, sino en que hace más de diez años que no pruebo leche condensada con cucharita, directamente de la lata y haciéndole dos agujeritos para que fluya correctamente, y eso me pone lo suficientemente nerviosa como para que no pueda encontrar la solución para el cuento que les dije. Otro tema vinculado a la literatura es el de la bebida. Me agrada la imagen del escritor que coloca al lado de la Remington o la Olivetti una copa de vino tinto de buena cosecha, o un whisky añejado desde la Primera Guerra Mundial, (también queda elegante la petaca de alpaca) y se emborracha a medida que escribe un plomazo. Soy abstemia. Lo cual es un problema que no sé cómo solucionar, porque de verdad no me agrada el sabor de nada que contenga alcohol, a excepción de unas botellitas de chocolate rellenas de licor. Es por eso que yo escribo junto a un vaso de Temaikén con tucanes, color rosa, lleno de coca diet. Tengo copas, no sé por qué no las uso. Debería probar.
Quienes hayan leído hasta acá, benditos sean, pueden llegar a pensar que el estado hambriental del escritor concluye al momento de salir del word e ingresar a páginas web de juegos para derribar maliciosamente unos simpáticos pingüinitos que seguramente están en peligro de extinción, pero no es así. No se termina. El hambre. Porque cuando se termina de escribir se ingresa al más temible y escalofriante momento en la vida de un escritor: la espera de respuesta de la editorial.
Uno lleva a la editorial su original bellamente encarpetado y manchado con manteca y lo deja en un sobre a nombre del editor/a que no conoce, y regresa a su casa a esperar. La espera mínima inservible es de un mes. Es decir, nunca y bajo ninguna circunstancia, ni siquiera bajo ataque de ansiedad y bizcochuelo, se debe llamar antes del mes para preguntar si hay "novedades", palabra vaga y desinteresada que significa: ¿¿¿lo van a publicar???
Al mes la única respuesta que lograremos será que todavía no lo leyeron, o que lo entregaron a uno de sus lectores de Groenlandia. Pero, esto es lo importante, y por eso hay que llamar: les recordaremos, bocadito cabsha y tres havanenetes mediante, que existimos, que estamos esperando, que no olvidamos. A los dos meses, cuarenta alfajores y veintidós Sandy de dulce de leche, hay que llamar otra vez. Y así, hasta que nos lean por cansancio, se nos desborde el colesterol o nos rechacen junto a una olla de arroz con leche con canela y trocitos de cáscara de naranja, y encima nos recuerden que no devuelven originales no solicitados.
Una sola vez en mi vida tuve la suerte de que a los diez días de entregado el original, la editora me llamara encantada y con buenas nuevas, lo cual significó festejar con torta.
Y si creen que entregar un original a una editorial no puede provocar tanta tortura (algo que creyó una antigua psicóloga y que me llevó sin escalas a un biznike nevado)lean lo que sigue, párrafo de una novela titulada "Felicidad" en la que el protagonista, Edwin, es un editor:
"Cuando Edwin pasó ante su patético y reducido cubículo de cartón y cinta, se le cayó el alma a los pies. Allí, sobre su escritorio, se alzaba una alta torre de papel. Gruesos bloques de texto original. Basura. No solicitados, no representados por un agente, no queridos. Era allí donde iban a morir los sueños. Propuestas de libros, cartas de presentación, originales enteros, se acumulaban como detritos en las mesas de las editoriales de todo el mundo.
(...)
-¿Y por qué no se ocupa la becaria de la basura? -dijo Edwin -¿O es muy difícil meter cartas de rechazo en un sobre?
(...)
-¿Por qué nos tomamos la molestia? ¿Por qué no contratamos a un chimpancé adiestrado para que se ocupe de la tarea y ya está?
(...)
-Nunca deja de llegar basura, ¿eh? -No era tanto una pregunta como una afirmación.
-Nunca -dijo May-. Es un rasgo característico de la civilización: los sueños no deseados, no representados por un agente. El montón de basura es uno de los pocos elementos irreductibles de la vida."
"Felicidad", Will Ferguson, Emecé.
¿Qué se puede comer después de semejante bofetada? ¿Después de que alguien escriba justamente lo que significa para el mundo editorial lo que una hace? Una porción de mouse, podría ser... una bolsita de maní con coca cola, si optamos por salado, o chizitos, tal vez. ¿Por qué se dejaron de fabricar los kesbún? ¿Alguien pensó que un paquete de kesbún podía salvar del suicido a una escritora medio-conocida-sólo-en-el-ambiente-de-literatura-infantil? ¿Eh?
Para cerrar mi tesis tengo que admitir que este texto fue escrito gracias al aporte calórico de una rebanada de pan integral Fargo estilo casero con mermelada de durazno, y unos sorbos de coca diet en copa. Como detalle simpático tengo que agregar que mi esposo me dijo que lo de la copa era "extravagante" y que por qué sacaba las copas del juego, que la podía romper, y que entonces la próxima vez que invitemos a doce personas a comer a casa, a la mesa de cuatro que tenemos, no podremos completar para cada uno el juego de copas de agua, vino y champagne, y seguramente alguno se irá ofendido. Y como se viene la discusión, porque son unas copas berretas de vidrio que nos regaló una tía de él, y que ni siquiera estaban en la lista de casamiento, iré por la segunda tostada, y recién son las nueve y treinta de la mañana. Así es la vida. El milagro, y este será el elemento sorpresa de mi tesis, es que yo sea flaca.

11 comentarios:

ntx dijo...

Entre las cosas que hago para no escribir cuando estoy escribiendo: fumar cigarrillos, fumar otras cosas, tomar cerveza, tomar fernet, tomar vino tinto, comer queso, comer chocolates, en ese orden.

Ahora, me viene costando escribir, hace 1 año dejé de fumar cigarrillos, dos semanas sin las otras cosas, varios días que estoy mal del hígado y le escapo al drink, solamente me quedan queso y chocolates y el dilema: la forma literaria o la pérdida de la forma me tiene mal, qué querés que te diga.

Y además tu post me dio hambre!!

saluti

voyeur dijo...

yo cuando escribo tengo preferencia por lo dulce. y lo que más me inspira es el chocolate shot. y si es el grande, mejor.

cariños.

liter-a-tres 3 dijo...

La obesidad tiene relación directa con el tipo de comida que se ingiere, pero también con la cantidad. Y es ahí donde se entiende que los escritores no sufran de obesidad, pobres...!!!!

Amistoso dijo...

Super simpático tu post.
De hecho lo es todo tu blog.
Siempre te leo en silencio. Hoy me reí mucho y decidí comentarte.

No soy escritor, pero de verdad que cuando la mente se tranca al escribir uno busca cualquuier excusa comestible para ver si oxigena el cerebro... o lo aliemnta más bien ¿verdad?

Saludos y felicitaciones por tu espacio desde Venezuela Vero.

Alicia R. dijo...

Snif, yo pienso en las pobres (yo misma sin ir más lejos) que si comiéramos todo eso, rodaríamos. Sólo podemos consolarnos con coca ligth, gelatina ídem y yoghurt diet. Decime si no es para llenar el teclado con nuestras lágrimas..
Muy bueno tu post :-)

daisy dijo...

No solo a los escritores les pasa... sino a todo bicho que trabaja todo el día junto a la computadora. En mi caso, suele ser un café con leche (que en épocas de liberalidad se acompaña con un alfajor) o un vaso de jugo de naranja (mi debilidad en este embarazo). Pero los días que en casa hay papas fritas o maníes salados son un descontrol... Lo peor es que como no puedo tipear y comer al mismo tiempo, en esos momentos leo el diario en Internet, y pierdo tiempo como loca. Ahora mismo, mientras leía tu post me tomé una taza de leche chocolatada con Zucaritas... qué terrible!
Saludos, Vero. No estás sola en esto.

Rosa Roja dijo...

No se si es milagro o qué nos pasa!!! Porque mirá que yo escribo y escribo y escribo y escribo y soy un fideo :((((((

nesiko dijo...

ahora entiendo , ahora inetrpreto esa imagenes repentinas de las galletas misteriosas... en el teclado...

pyro dijo...

pues yo tampoco soy escritor ni naa...pero d q t da habr cuando estas sentado sin hacer nada eso si no lo pongan en duda(aunke en mi caso prefiero galletas saladas y sprite)

capullo dijo...

Supongo que existe otra posibilidad, y es que el escritor fume y recurra a un cigarro antes que al pastel de chocolate.

Dori Pena Gayo dijo...

Qué buena eres!!, los argentinos tenéis una gracia especial. A mi me pasa lo mismo cuando escribo. Estoy también tratando de escribir un cuento infantil, y me veo totalmente identificada. Enhorabuena por tu blog.