03 mayo 2006

ELOGIO DE LOS OBJETOS

El juego es el siguiente: frente a una catástrofe en la que hay que huir del hogar (un tsunami, un terremoto, un ataque extraterrestre, la próxima glaciación, una invasión yankee, un meteorito), ¿qué nos llevaríamos? Tenemos un par de horas para preparar lo que podamos. Hay que irse. No sabemos si algún día volveremos. ¿Qué llevamos?
Mi cabeza pierde tiempo en este juego mental (se ve que no tengo mucho mejor que hacer), pero nunca termino de decidir qué es lo importante. Primero pienso en dónde llevaré las cosas. Una mochila de mochilero de mi época flower and power, mochilas más pequeñas que puedan llevar mis hijos. El changuito para hacer las compras. Una valija chica con rueditas. Sería ideal un cochecito infantil, pero regalé y vendí todos los que tuve para pensarlo dos veces antes de tener un tercero (¿quiero tener otro hijo?... pero mirá que hay que comprar un cochecito nuevo, y están carísimos, esa es mi línea de razonamiento).
Lo básico: frazadas livianas o bolsas de dormir, un par de toallas, dos conjuntos de ropa interior para cada uno. Además de la ropa que llevamos puesta (la más resistente), otro conjunto para cada uno. Un buen abrigo. Jabón. Vasos y botellas. Platos hondos. Utensilios de cocina. Tijera. Un buen cuchillo para usar también como defensa (me gustan las armas, he tirado en un polígono, pero no tengo ninguna). Siempre libre. Cepillos de dientes (me jode terriblemente el aliento y la sensación de la boca arenosa al levantarse). Toda la comida y bebida que tenga en ese momento en mi casa y que se pueda transportar y comer sin cocción. Y los alimentos no perecederos. Mis hijos podrían elegirse algunos juguetes para llevar. Las joyas, para usar como material de intercambio (aún en los peores momentos, siempre aparece algún gil que cambia espejitos de colores). Los documentos. El dinero que tengamos encima. Una linterna. Una radio. Todas las pilas que encuentre. Anteojos de sol (por si pasa algo que quema la vista). Un cuaderno limpio. Varias lapiceras y lápices. Una foto familiar que debe llevar cada uno encima para que, en caso de perderse, pueda mostrarla a la gente y tratar de reencontrarse con los otros.
A mis hijos les escribiría en el pecho, o les daría una tarjeta con su nombre, su grupo sanguíneo, el nombre de los padres, su fecha de nacimiento, su número de documento. Si los perdemos, que aunque sea no pierdan su identidad.
Eso es lo indispensable, creo yo. Todo se terminará, por supuesto. Las pilas, los alimentos y, lo peor, el siempre libre, y llegará el momento "darwinesco", sobreviviremos los más inteligentes, los más fuertes y los más vivos. Creo poder quedarme en ese grupo, aunque sea mientras tenga pilas para el audífono.
Ahora sigue lo no imprescindible, y en lo primero que pienso siempre es en las fotos y los videos caseros. Sin ellos pierdo mi historia, la infancia de mis hijos. Los rostros, lo sabemos, se van desdibujando con el tiempo. ¿Quiénes somos, si no formamos parte de un grupo? Una selección rápida. Los chicos recién nacidos, cada año, mis abuelos fallecidos, mis padres y hermanas, mis sobrinos. Los videos no, aunque duela, son pesados, ocupan lugar y se rompen fácilmente. Un libro. ¿Qué libro? Si fuera religiosa, la salida fácil sería la Biblia. La gente la lee y la relee y parece no aburrirse. ¿Cuál es la Biblia de los ateos? Pienso en poesía. Sé muchos poemas de memoria. Como en "Fahrenheit 451", tal vez los libros deba llevarlos encima. ¿"Cien años de soledad"?. ¿A qué libro regreso siempre? A ninguno. Soy una lectora voraz en pleno crecimiento. Lo que amé a los 20 no me interesa tanto a los 37. Un libro mío. Dos. Algo que me recuerde quién fue y qué hice. Eso sí. "Nunca confíes en una computadora" y "Los monos del mar". Todavía no se los he leído a mis hijos. Será la pobre herencia que les deje. Tengo lugar para algo más. Mi casa está repleta de adornos, casi todos pequeños, y cada uno significa algo. No me gusta mucho que me regalen adornos, porque son para mí algo especial. Ningún objeto en mi casa está simplemente porque sea lindo o combine con el sillón. ¡Mis lapiceras! Me olvidaba de mis lapiceras. No ocupan nada de lugar. Las llevo. Dos Parker que fueron de mi abuelo, otras dos mías, una que me compré con mi primer sueldo periodístico, y otra que me regaló mi papá, también amante de las lapiceras. La cross nueva, que me dijeron que parece un supositorio, la cross bordeaux que llevo en la agenda. Debo tener una pequeña fortuna en lapiceras. Las agendas no. Desde que entré a primer año que llevo una agenda en la que cuento, día a día, qué hice. Hasta hoy. En las actuales se mezclan los horarios de actividades y obligaciones con un recordatorio de lo que hice. Puedo recordar cualquier día de mis últimos años sólo buscándolo en la agenda. Las cartas que recibí a lo largo de mi vida... no, tampoco. ¿Y los libros que estoy escribiendo? Impresos en hojas tamaño carta, de un solo lado, ocupan muchísimo lugar. Terminarán como alimento para el fuego, lo sabemos. Si aún la mochila no pesa tanto... Pero estaba pensando en los adornos, y me fui por las ramas. Tengo una alcancía "El genio" de mi zeide Mauri, una pequeñísima máquina de escribir hecha en papel regalo de mi esposo, varias estatuitas que representan dioses griegos, fósiles ilegales que encontré yo misma, las fotos artísticas que saqué cuando quería ser fotógrafa, esa escultura de un hombre volando que le compré a un artesano y que es la esencia de mi fantasía. No, nada. Imposible. Una aguja de tejer al crochet. La estoy mirando ahora, está en el lapicero de mi escritorio, con ella podré tejer cualquier cosa con cualquier hilo que encuentre. Es más útil que un adorno.
Creo que es todo. Luego cierro todas las llaves de gas, desenchufo todo y desconecto la electricidad, cierro las puertas, ventanas, bajo persionas. Libero al balcón todas mis plantas. Me digo que lo importante es que sigamos vivos, pero parte de mi alma se queda con los objetos que junté a lo largo de mi vida, y de los cuales, a pesar del poco espacio que nos queda en casa, y de las limpiezas con ideología de "vamos a vivir al estilo minimalista", no puedo desprenderme. Salgo de casa con la mochila, el chango de la cocina lleno de frazadas, los chicos cada uno con una mochila con sus juguetes, y cierro la puerta con llave. Cuando imagino esto, imagino que la alerta la darán un día laboral y que mi marido estará trabajando, que tengo que irme sola. Le escribo en la pared que sólo piense en salvarse, que ya nos volveremos a encontrar. Rápido, escribo esa frase que me gusta tanto, de una canción de Joe Sample: "Cuando las circunstancias nos separan, siempre cierro los ojos. Mis pensamientos vuelven a la imagen de tu rostro. De algún modo, nuestro amor sobrevive". Y luego recito mi mantra: "A veces sólo el humor nos permite sobrevivir al espanto". Les digo a los chicos que se lo tomen como una gran aventura. Y que no se separen de mí. A último momento vacío el changuito y pongo las frazadas en mi mochila. Voy a necesitar las manos libres. Bajamos los cuatro pisos por la escalera y salimos al infierno. Afuera, los extraterrestres están fulminando humanos. ¿O tal vez es fuego amigo? Corremos. Me pregunto si antes de apagar la electricidad apagué bien la computadora, o si otra vez me dará mensaje de error al encenderla.

8 comentarios:

Robinsong dijo...

Solo queria aclararte que la letra que mencionas no es de Joe Sample, sino de Michael Franks:

When circumstances divide us, I always close my eyes.
My thoughts retrace the image of your face.
Somehow our love survives.

El CD se llama "Abandoned garden" (1995)

Bye!

Verónica Sukaczer dijo...

¡Gracias! A mí me habían pasado la frase, que me encanta, y buscándola en Internet me apareció Joe Sample. Buscaré otra vez.

voyeur dijo...

Yo sólo quería decirte que a mí también la pc me recibe con el maldito mensajito de error.

cariños.

pd: en mi blog regalo un libro por mes y esta semana y la que viene podés participar con sólo enviarme un e-mail con un texto que te guste. si te interesa...

2+2=5 dijo...

Si tuviese los cojones, tomaría todos los cables de mi casa, los pelaría cuidadosamente con mi pelapapas, y..., luego de despedirme de mi casa incendiada, me iría a Retiro a vender cobre.

El Bambi dijo...

Justo hace poco escribí en mi blog, con motivo de la Feria, sobre mis tres libros preferidos.

Soy creyente, pero no fue la Biblia el que elegí en ese sentido.

Si querés develar la incógnita, mirá en http://despejateunpoco.blogspot.com

alberto dijo...

Acertado lo tuyo. Personalmente llebaria libros que no lei, lo de la compu olvidate o esmerate. La mia no tira errores pero le dedico el mismo tiempo que vos a tus hijos.

Anónimo dijo...

Te va a sonar extraño lo quete voy a decir, pero desde que a los ocho años de edad (por esas bestiadas de la escuela) escuché por vez primera la historia de un sobreviviente del holocausto me he preguntado una y otra vez esta pregunta.
Al punto tal que cada cumpleaños me preguntaba si ya era lo suficientemente grande para sobrevivir.
Esas cosas que heredamos y que se nos meten en el cuerpo como un órgano más.
Me gustó mucho el estilo de tu redacción.
Salu2 de otra Vero

Anónimo dijo...

¿¿¿hermosa tu forma de entrarle a la realidad intangible???

saludos.Verónica. Escribo buscando la energía de las cosas sencillas y por causalidad de la vida y el tiempo te encontré, excelente tu escritura. un amigo poeta de venezuela.