31 octubre 2005

¡YO QUIERO UN PREMIO!

No he ganado muchas cosas en mi vida. Una vez, estando en la primaria, me gané una guitarra. Cuando la quise retirar me informaron que el instrumento venía acompañado o-bli-ga-to-ria-men-te de un curso de música que costaba lo que valían varias guitarras juntas. Mi vida está llena de frustraciones.
No es lo mismo ganarse algo por tener el numerito acertado, claro está, que ganar un concurso literario por mérito propio.
A mí me preguntan seguido por qué no participo en concursos. Me dicen, con las mejores intenciones, que los concursos son la puerta para publicar. Además dan prestigio y dinero. O dinero y prestigio. En el orden que a ustedes les guste. Te hacen conocida. Y si luego hay quilombo, ni les cuento. También me dicen que es más fácil ganar un concurso de cuentos que lograr que te publiquen un libro de cuentos. Pero yo no participo de concursos. Y como lo digo, tengo que explicar el por qué.

No participo de concursos literarios porque ya he ganado uno y, así como luego de casarme no necesité seguir buscando a otra persona, o luego de tener dos hijos dije basta, o luego de recibirme no me interesó estudiar otra carrera; luego de ganar un concurso me quedé realmente satisfecha y no sentí necesidad de volver a probarme.
Gané entonces la publicación de un libro y dinero. Me gustaron las dos cosas, para qué mentir. También me habían dicho que me iban a dar una escultura y no la recibí y a pesar del libro y el dinero me frustré un poco (yo lo quiero todo).
Cuando quise publicar mi segundo libro -que fue aceptado por la editorial- me enteré de que ya me conocían por ese premio, y que posiblemente ni me hubieran leído de no ser por él. Todo lo que se debía cumplir, se cumplió: el libro, el dinero, las puertas, el nombre.
Tuve suerte una vez y creo que en el libro del destino, mi sección premio ya tiene un ok. No puedo volver a tentar a la suerte.
¿Fue sólo suerte? Sí, quién lo va a negar. Se dio la conjunción mágica de que mi cuento les gustó a dos de los tres jurados. Les gustó más que los otros. No es más raro a que un chico entre a la feria del libro infantil y compre tu libro entre todos los millones de otros libros. Es suerte. Y gusto. Y el gusto es personal, ya lo sabemos.

Sin embargo no cualquier cuento/obra puede ganar un concurso. Se escribe "para" concursos de la misma manera que se escribe para tal colección o a pedido. Los cuentos que ganan concursos en general son profundos, conmovedores, con un pequeño toque de humor, y dejan un gran mensaje. Un cuento de Woody Allen o de Fontanarrosa no podrían ganar un concurso. Los cuentos sobre desaparecidos son favoritos. Si hay niños se gana un punto. Si es una historia de amor hay que huír del melodrama y de Corín Tellado. Corín Tellado tampoco ganaría un premio de cuentos. La ciencia-ficción no puede ganar a menos que el concurso sea de ciencia-ficción. Los cuentos cortos y los muy largos también están en veremos. Una buena trama política -como una buena policial- puede llegar a tener chances. Algo al estilo (aunque sea cine) "Z" o "I como Ícaro".

Yo, lo admito, participé de ese concurso con todo el deseo de ganar. Y escribí para eso. Hay otros cuentos que jamás podría enviar a concursos. Mis cuentos para adultos no sirven para ningún concurso. Por eso tampoco participo. (Y resulta que después de escribir todo esto y de hablar de sentirme satisfecha, no participo porque sé que mis cuentos no son "concursables").

Tampoco hay que olvidarse del jurado. Si una/uno no desea acostarse con todos, hay que ver quién es el jurado para saber qué le gustaría.
Siempre en el jurado ponen a algún escritor consagrado, venerado y viejo, que suponemos no va a leer más que los títulos y firmar donde le digan que tiene que firmar. Luego hay algún extranjero que no sabemos si comprende y lee nuestro idioma. Alguien más ligado a la editorial que por supuesto defenderá a muerte los principios económicos de la empresa. Y un par de escritores que están en pleno boom y uno se pregunta, con tanto trabajo y viajes de presentación, cuándo leen.
Le sigue la editorial que realiza el concurso. Yo puedo decir hoy, sin ninguna vergüenza (poquita en realidad) que cuando escribí para ese concurso, me leí, estudié y profundicé todos los cuentos que habían ganado los años anteriores, y el resto de la colección por si las moscas. No plagié a nadie, por supuesto, pero me "embebí" del estilo y temática que se premiaba. Sin embargo yo creo que se equivocaron conmigo. Esa colección es para chicos más chicos, y mi cuento es para más grandes. Pero qué le vamos a hacer, el dinero ya lo gasté.

Allí está: esa es toda la explicación de por qué no participo de concursos. Y además, y esto es lo importante, porque la mayoría de los premios, hoy en día, parece, están arreglados.
(Menos el mio, ¿eh?).

Eso sí, si me quieren dar algún premio sin tener que participar, lo tomo con gusto. Por favor, que nadie tome esto como una prédica anti-premios, o algo por el estilo. Nada que ver, muchachos, no se enojen, me encantan los concursos. Les abren las puertas a muchos. Doy fe. Así que ya saben: ¡yo quiero un premio! (cualquiera, no tengo grandes pretensiones).

27 octubre 2005

LO QUE EXTRAÑO DEL PERIODISMO

Leandro Zanoni de e-blog está censando a los periodistas con blog (dense una vuelta por allí, muchachos/as) y amablemente me ha incluído (además de pedirme publicidad gratuita :-)

Hace mucho que no transito el periodismo. Empecé mi vida laboral en La Nación, a los tres meses de haberme recibido de periodista en el viejo y tradicional Instituto Grafotécnico, y la terminé seis años después en el mismo lugar, con un retiro voluntario que me permitió pagar la luna de miel. Nunca trabajé en un medio full-time, siempre fui colaboradora permanente. También de Billiken durante un año, y de alguna que otra revista menor. Llegué a publicar en La Nación una nota por semana y con eso me bastaba. Claro que como escribía en el suplemento infantil quedé "marcada" y no se me consideró del todo periodista. Era una periodista de un género menor, nadie me iba a enviar a cubrir una noticia importante y "para grandes". No me importó (sí me importó pero soy de las que se hacen las superadas). El periodismo para chicos me dio gratificaciones (entre ellas, viajar a la Antártida fue mi gran logro gran) y llegué a agradecer la tranquilidad en la que trabajaba.
Claro que prefiero escribir ficción que periodismo. No me gusta depender de nadie para escribir, ni perseguir a nadie para que me dé una nota, ni consensuar los temas con mis jefes, ni escribir sobre cosas que no me interesan, ni hacerles publicidad gratuita a espectáculos y demás, ni desgrabar, ni vivir colgada al teléfono, ni irme a la loma del peludo por una nota de diez minutos, ni hacer notas que luego quedaban en parrilla por el resto de mi vida, ni pagar un eterno derecho de piso.
¿Qué es entonces lo que extraño del periodismo? El poder. Es eso. Me gustaba el poder que me daba el ser periodista. Amaba incondicionalmente mi pequeño carnet rojo de periodista profesional otorgado por el Estado. Me encantaba cómo me abría todas las puertas. Me gustaba decir "soy periodista de..." y que me dejaran pasar primera en cualquier sitio. Pedir hablar con x persona, y que x persona me atendiera porque soy "periodista". El glamour. La forma en que me miraba la gente cuando mostraba el carnet o me anunciaba. No pagar entradas (cosa que tampoco hago ahora por motivos mucho menos glamorosos). Conseguir entradas para espectáculos, muestras, etc, Invitaciones. Algún regalo. Cartas de agradecimiento. Me gustaba saber lo que la gente todavía no sabía. Me gustaba cuando me acompañaba un fotógrafo a hacer una nota. Me gustaba pertenecer al mundo del periodismo.

Eso extraño. Aún me sigo sintiendo periodista. Aún estoy atenta a lo que pasa a mi alrededor. Aún pienso como periodista. Pero mi carnet rojo está vencido y no creo que pueda volver a usarlo.

Tal vez algún día regrese al periodismo. Pero sin pagar derecho de piso. Y con la condición de que me renueven mi matrícula. Entonces sacare mi carnet rojo y con él se me abrirán todas las puertas.

26 octubre 2005

TODAS LAS SOMBRAS SON NEGRAS

Hace unos años me pidieron un cuento basado en un hecho histórico (a mi elección) para una antología de Ediciones Santillana titulada "Cuentos de la historia". Lo transcribo hoy porque está basado en la historia de Rosa Parks, fallecida anteayer. En el libro también hay relatos de Accame, Arias, Birmajer, Brizuela, Cáceres, Consiglio, Falconi y Laragione.

TODAS LAS SOMBRAS SON NEGRAS
Verónica Sukaczer

Un día cualquiera de diciembre de 1955, en un pueblo del estado de Alabama, Estados Unidos.

Hacía varios minutos que esperaba el único autobús destartalado que recorría el pueblo, y no podía dejar de sentir que ese día todo había salido mal: a la mañana había volcado el café con leche en la tarea que trataba de terminar a las apuradas; en la escuela me habían tomado una prueba sorpresa y ahora, que casi anochecía, tenía que viajar hasta una granja a buscar dos pollos para una cena que mis padres daban a no sé quién. Encima, el autobús llevaba más de diez minutos de retraso.
Parecía que el mundo se había enojado conmigo. Pues bien, ya llegaría mi turno de desquitarme.
El autobús apareció por el camino de tierra cuando ya estaba a punto de regresar a casa y sugerirle a mamá que cambiara el menú de la noche. Pero ni siquiera tendría esa suerte. Llegó destartalado como siempre, echando humo y levantando polvo y, para colmo, completo.
Subí de mala gana, saludé a John, el conductor, y me planté al frente, a ver dónde podía acomodarme para descansar los veinte minutos que duraba mi viaje.
Entonces la ví. Estaba sentada en una fila que no le correspondía, y se hacía la distraída, con la mirada perdida en el paisaje.
Me encaminé decidida hacia ella. Hoy no estaba para tolerar injusticias.
-Está en el lugar equivocado –le dije despacio para que entendiera. Papá me había dicho que a veces, los negros no entienden ni lo que se les dice en su propio idioma.
La mujer me miró y, de verdad, pareció no comprender. Tenía el rostro más arrugado que había visto en mi vida y una mirada que me reflejaba, aunque yo no quería verme en ella.
-No voy a esperar toda mi vida –me impacienté.
-Perdón, señorita –dijo por fin la negra con voz queda-, estaba cansada y el asiento estaba libre.
-Por menos han linchado a muchos –amenazó un hombre a mis espaldas.
No agregué nada. Esperé a que la mujer, con sus gestos lentos, desocupara el asiento, y enseguida me acomodé. Ella se dirigió al fondo del autobús, al lugar de los negros; yo no me dí vuelta para verla.

Regresé en el mismo autobús de John una hora más tarde, con dos pollos y sin problemas; y ayudé a mamá a preparar la comida, mientras ella me contaba que pronto llegarían los dueños de varios periódicos de los pueblos vecinos.
-Sus periódicos no son tan importantes como el de tu papá –me dijo-, y por eso vienen a pedirle asesoramiento sobre un grave problema. No tuvo que agregar que podía cenar con ellos, pero no hablar, y que todo lo que escuchara no debía salir de casa. Ya lo sabía de memoria.
Los hombres eran cuatro, y todos se parecían y hablaban al mismo tiempo de economía, de leyes y hasta de cómo redactaban las necrológicas, y yo deseé que llegara el postre para poder retirarme.
El postre llegó con la novedad: hacía pocos días en Montgomery, la capital del estado, una costurera negra se había sentado en un espacio reservado para blancos, en el autobús y, a pesar de los reclamos del conductor y de los pasajeros, no había aceptado dejar su lugar. ¡Se había quedado sentada!
Rosa Parks dijeron que se llamaba. Que no importaba que el autobús estaba casi vacío, escuché, que las leyes de Jim Crow* eran muy claras, que aquello era una afrenta y no podía permitirse, que fue inmediatamente detenida.
Luego escuché un nombre que no conocía, Martin Luther King. Decían que era un agitador, un pastor negro, claro, que con esa mentira de la resistencia pacífica había revolucionado a los negros.
Este Luther King, a pesar de que Rosa Parks, en un juicio justo había sido declarada culpable, había llamado a los negros a boicotear los autobuses. Ningún negro tomaría un autobús hasta que las leyes que indicaban cuáles asientos les correspondían fueran abolidas.
-Abolir leyes, que calamidad –exclamó mamá.
-Están caminando, los negros –dijo uno de los hombre. –Los malditos caminan kilómetros y kilómetros con tal de no subirse a un autobús
-¿Qué hacemos? –preguntó otro a papá.
-Nada –dijo papá. –No podemos informar algo así. Nuestros periódicos son la única relación que los habitantes de aquí tienen con la capital. Si contamos qué sucede, quizás nuestros negros se sumen al boicot, y eso no podemos permitirlo.
-Claro, -dijo uno.
–Es lo correcto –dijo otro.
–Para eso estamos –concluyó papá-, para enseñar y proteger a los habitantes. A veces lo tenemos que hacer callando.
-¡Muy bien! –exclamó alguien y, cuando todas las miradas me encontraron, me di cuenta de que había sido yo, y los colores comenzaron a subir por mis mejillas.
-¡Karen! –me regañó mamá.
Bajé la cabeza, avergonzada, pero uno de los hombres me salvó:
-Déjela que hable, señora, nuestra tarea es escuchar a la juventud.
Mi mamá no pareció muy convencida, pero yo había tenido un día más que malo, y quería hablar. Entonces conté lo que me había sucedido aquella tarde en el autobús, y todos me escucharon con mucha atención, intercalando exclamaciones y suspiros y, cuando terminé, papá me sonrió y dijo a los demás:
-¿Ven? La semilla de la rebeldía ya está sembrada. Es nuestro deber cortar las malas hierbas de raíz.
Yo no entendí por qué papá hablaba de jardinería, pero me alegré de haber hecho mi aporte, y me retiré para acostarme, no sin antes recibir el sermón de mamá:
-Aunque te haya salido bien –me dijo al oído mientras me despedía-, una niña de 12 años tendría que saber comportarse en una cena de adultos.
Vaya que había sido un día difícil.

Nada parecía diferente cuando me desperté la siguiente mañana: mi habitación estaba en su lugar, el sol entraba por la ventana, la tarea que tenía que entregar estaba lista... pero algo estaba sucediendo. El tum-tum de mi corazón no era el mismo...
Me incorporé y apoyé los pies en el piso con la esperanza de que el mundo dejara de dar vueltas, y entonces la vi. Más alta y más delgada que siempre, mirándome casi burlona, mi sombra era tan negra como el negro más oscuro. Tan negra como el rostro de la anciana negra del autobús de ayer. ¡Dios mío! ¡Mi sombra era negra!.
-¡No! –me dije levantándome-, que no sea cierto. No puedo ser negra.
Me acerqué al espejo con los ojos cerrados, tanteando el espacio y, cuando estuve frente al mismo, recité una y otra vez:
-No quiero ser negra, no, no quiero ser negra.
Abrí los ojos.
Seguía tan blanca y tan rubia como siempre. Dejé que el aire saliera lentamente de mis pulmones, y sonreí. Qué sueño espantoso.
No volví a pensar en aquello hasta que estuve vestida y con los útiles listos, y ella seguía allí. Mi sombra la negra, mi sombra tan grande y tan negra.
Desesperada, corrí las cortinas de la ventana para que se fuera con el sol, pero ella no se movió. Aún en medio de la oscuridad, mi sombra sobresalía.
Pensé en cómo soportar un día con aquella sombra negra. ¡Me moriría de vergüenza!.
Desayuné aún temblando, sin saber qué hacer. Mamá y papá parecieron no darse cuenta de lo que sucedía, como si despertarse con esta maldición fuera lo más normal del mundo.
-Estoy muy orgulloso de vos –me dijo papá al despedirse-, de tu comportamiento en el autobús y en la cena de ayer.
-Gracias... -respondí mirando a mi sombra de reojo.
-No hay nada que agradecer. Jamás vamos a permitir que un negro maltrate a una niña blanca. No todos somos iguales, Karen, así lo quiso el Señor.
Yo asentí sin mucha convicción. Mi sombra pareció ensombrecerse aún más.
-Hoy tendré un día fácil –me repetí mientras caminaba hacia el colegio. –Nada de pruebas sorpresa, y luego a casa a dormir y olvidar esta pesadilla. Mi sombra no dijo nada. Tampoco esperaba que opinara.
La ilusión de que una sombra negra no me traería problemas me duró hasta que pasé por un bebedero y, por costumbre, me incliné sobre el mismo para tomar unos sorbos de agua. Mi sombra me imitó.
-¡Los negros no pueden beber aquí! –le grité exasperada. ¿Cómo podría vivir tranquila, si mi sombra no sabía comportarse como una sombra negra?
-¿No ves el cartel? –señalé el letrero sobre el bebedero que decía “blancos solamente”.
Mi sombra levantó los hombros, altanera, y dio un paso hacia atrás, hacia el bebedero de los negros.
Fue apenas un empujón, una molestia. Como cuando alguien te tira del cabello. Mi sombra se estiró hasta llegar al lugar que le correspondía, y mi cuerpo pareció estirarse con ella. Sin embargo, era mejor sentirse de goma que compartir el bebedero con una sombra negra.
En el camino continuaron los sobresaltos; cada vez que una persona blanca se cruzaba con nosotras, mi sombra tenía que bajar a la calle para dejarla pasar, y yo volvía a sentir el tirón. La situación ya no me estaba gustando nada. La piel me picaba, los músculos me dolían de todo ese ejercicio.
Cuando llegamos a la escuela tuve que explicarle a mi sombra, como le había explicado a la mujer del autobús, con palabras sencillas, que no podía acompañarme:
-No pueden entrar los niños negros a las escuelas de los blancos. Ustedes tienen sus propias escuelas. Es la ley. ¿Está claro? Vamos a separarnos, pero sin tirones. No me gustan.
Mi sombra no pareció tener problema y, sin despedidas, tomó envión y dio un salto hacia atrás, un salto capaz de cortar la línea que la unía a mí.
-¡No! –grité asustada. Pero ya era tarde. Un dolor agudo me recorrió el pecho, como si se me resquebrajara, como si mi alma se estuviera partiendo en dos. Me tambaleé y caí en el asfalto sin fuerzas. A cierta distancia, mi sombra me observaba con curiosidad, casi divertida. Me incorporé doblada en dos, para que no creyera que esta era su victoria, abrazándome a lo que me quedaba de cuerpo.
Mi sombra no cruzó la puerta del colegio, y aquellas horas fueron un suplicio. Era sólo una mitad que contaba los minutos que faltaban para volver a estar entera.

Me escapé de la escuela cuando supe que no podía soportar más aquello de estar dividida. Me fui para buscar mi sombra negra.
La encontré a pocos pasos de la escuela, tan clara que por un momento creí que se había vuelto blanca y estuve a punto de saltar de la alegría. Pero no, en cuanto me acerqué ella volvió a ser oscura como siempre –mi lejanía también la afectaba-. En cuanto nos unimos, mi dolor desapareció.
-No me importa de qué maldición saliste –le dije-, pero no vuelvas a hacerme esto. Vamos a casa a buscar una solución a este problema espantoso.
Quise darme vuelta y regresar a casa, pero mi sombra hizo ademán de caminar en dirección contraria.
-¡No! –grité asustada a mi sombra. –¡No vuelvas a irte! Duele demasiado cuando nos separamos.
Nos quedamos las dos paradas, midiéndonos con la mirada. Y entonces ella dio un paso, y otro, y comenzó a alejarse, y yo hice lo que nunca creí que haría. La seguí. ¡Seguí a mi sombra negra!.
Mi sombra me guiaba y yo, acobardada, le iba indicando por dónde debía caminar para evitar separarnos. Le iba mostrando los carteles de letras grandes que, de tan comunes, nunca había mirado. Los carteles que decían “negros no”, “blancos solamente”.
Caminar con mi sombra era como caminar por campo minado. Debíamos alejarnos de los comercios, del restaurante del pueblo, de las veredas por donde transitaban muchos blancos, ni siquiera podíamos compartir un baño.
Seguí a mi sombra tan preocupada por los obstáculos que no vi por dónde me llevaba y, antes de darme cuenta, estaba en el barrio negro y todas las cabezas acompañaban mi marcha con resquemor. La que se sentía libre era ella. Bailoteaba de aquí para allá con un ritmo de tambores.
Caminamos hasta la última casa, hasta una construcción más antigua que el tiempo, y allí mi sombra se acomodó en una hamaca de la entrada y comenzó a mecerse.
-Sos mía –le dije haciendo esfuerzos por contener las lágrimas-. Tenés que volver conmigo.
Mi sombra se hamacó más alto.
Comprendí que ella había llegado a su hogar, y que algo tendría que hacer para no perderla. No podría vivir con el dolor que me causaba su ausencia.
Entonces toqué a la puerta. Quizás un negro supiera como tratar a las sombras negras.
La puerta se entreabió con mucho ruido, y detrás de la madera adiviné el rostro arrugado de la mujer del autobús y el miedo de sus ojos, como si mi presencia blanca viniera acompañada del Ku Klux Klan** u otra desgracia.
-¿Usted? –exclamé. -¡Usted me hizo algo ayer, en el autobús! Y ahora... ¡ahora tengo una sombra negra!
-¿Y qué quiere que haga, señorita? –preguntó la mujer mostrándome una gran sonrisa con pocos dientes.
-¡Que me la quite, claro! Yo... yo no quiero tener nada que ver con negros, ni con sombras negras. ¡Pero tampoco puedo vivir sin una sombra!
-Yo no sé nada de brujerías, niña –dijo la mujer, que parecía entretenida con la situación. –Pero si usted tiene algo para ofrecerme... quizás pueda buscar ayuda.
-No tengo dinero –contesté aturdida, pensando en qué podía darle a esa negra.
La mujer se encogió de hombros y ya estaba cerrando la puerta, cuando hablé. Le conté lo único que sabía que no debía contarle: eso de Rosa Parks y el boicot a los autobuses. Le dije de Martin Luther King y su resistencia pacífica. Le confesé que el periódico del pueblo, y los de los pueblos vecinos, no lo informarían; pero que los negros, en muchos sitios, estaban luchando. Que hacían sentadas, que marchaban, que se hacían oír.
La mujer me escuchó sin decir palabra y, cuando terminé, sólo me sonrió.
-¿Ahora me va a quitar a mi sombra negra, sin que me duela? –pregunté esperanzada.
-Yo no sé nada de sombras, niña –dijo la mujer. –Y me parece que usted tiene mucha imaginación.
La mujer se metió en su casa y yo sentí que nunca había estado tan desvalida. Me senté en la hamaca con mi sombra, y nos hamacamos juntas. Aunque sea, ella aceptó regresar conmigo.
Volví a casa con mi sombra negra, tan negra como el negro más oscuro, tan negra como el rostro de la anciana negra.

Pocos días después, los negros de mi pueblo se rebelaron contra las normas de los blancos. La primera sentada fue un domingo, frente al restaurante en donde solían almorzar, a la salida de la iglesia, casi todas las familias blancas del pueblo.
Nadie pudo entrar, claro está y, tres semanas más tarde el dueño del lugar, vencido, decidió quitar el cartel que decía “Negros no”. Fue su primera victoria.
Hubo más protestas, otras sentadas, marchas. A pesar de la resistencia de los blancos, muchas cosas cambiaron. Los bebederos separados, las entradas diferentes en los edificios públicos, el hecho de que cualquier niño pudiera tratar a los negros como les diera la gana.
Otras cosas siguen como siempre. Ningún negro puede entrar todavía a mi escuela, y cuídese el joven de color que sea encontrado conversando amigablemente con una muchacha blanca. El Ku Klux Klan no perdona esas afrentas.

Regresé otras veces al barrio negro, empujada por mi sombra, que me amenazaba con separarse de mí si no la seguía. Regresaba siempre a la casa más antigua que el tiempo, a decir lo que sabía, y cada vez le pedía a la negra que me quitara la maldición, y cada vez ella sonreía.
Un día volví para contar que Martin Luther King había dicho: “sueño que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, habrán de sentarse unidos en la mesa de la hermandad.(...) Sueño que mis cuatro pequeños hijos vivirán un día en un país en el que no serán juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad”.
Papá nunca supo cómo los negros se enteraban siempre de todo lo que sucedía más allá del pueblo, si él, que era el único que tenía acceso a la información, no publicaba esas noticias en su periódico, y yo no se lo dije.

El día que no encontré a la anciana, supe que tendría una sombra negra toda la vida.
Me llevó años aprender a convivir con ella; olvidar todo lo que había aprendido sobre los negros, los prejuicios. Pero un día logré ver a mi sombra como a cualquier sombra, y dejé de pensar en su color. No sé, ahora, si hubiera preferido que la mujer me la quitara. Mi vida hubiera sido más fácil tal vez, pero... ¡dios mío! ¡quitarme mi sombra!.

Un día cualquiera de abril de 1968
Hoy hubo otra marcha. Una marcha silenciosa y triste, una marcha de pies lentos. Yo también marcho hoy, y reparto mi periódico a quien quiera recibirlo. Allí, junto a la noticia del asesinato de Martin Luther King, cuento la historia de una sombra negra.
Mi padre me encuentra cuando la multitud comienza a dispersarse. Hace mucho que no hablamos.
-Ojalá comprendieras, Karen –me dice-, que no todos somos iguales. Y que somos más los que pensamos así.
Yo sólo atino a señalar la luz del sol, y las siluetas que esta dibuja sobre la tierra.
-Mirá papá, todas las sombras son negras.

*las llamadas leyes “Jim Crow” segregaban todo aspecto comunitario de la vida de los negros del sur de los Estados Unidos. Estas leyes indicaban dónde podía sentarse un negro en un autobús, por qué puerta debía entrar a un edificio público, y que debían tener baños, escuelas, bebederos, restaurantes, etc, separados de los blancos. También prohibían los matrimonios mixtos, y hasta indicaban que debía haber dos Biblias en las cortes, una para que juraran los negros, y otra para los blancos.
**El Ku Klux Klan es una organización racista violenta, que fue creada en el sur de Estados Unidos en 1865, y que sobrevive hasta hoy en día. El KKK está formado por hombres blancos, cuyo fin es perseguir a los negros y defender la supremacía blanca. Ataviados con sus clásicas túnicas y capuchas blancas, han azotado, mutilado y asesinado a miles de personas, además de incendiar casas, iglesias y pueblos enteros.

24 octubre 2005

LITERATURA SE VENDE (2 NOTAS AL PRECIO DE 1)

Todos los que de alguna manera (por mérito o por habernos colgado) vivimos alrededor de la literatura, sabemos lo difícil que es dedicarse a escribir sin contar con recursos propios o con el apoyo -económico- de alguna editorial/mecenas/beca/chulo/etc. Es decir, escribir en serio sin necesidad de salir a trabajar.
Por eso propongo un método simple y sencillo de apoyo a la producción cultural. Algo que se hace en toooodos los otros campos de la cultura y que, por alguna razón seguramente oscura, no se hace con la literatura. El método del padrinazgo empresarial.

Vamos al ejemplo. Algunos saben que yo deseo, además de llegar a fin de mes (algo que ha quedado en el mar de las utopías), un televisor con closed caption y me gustaría, por qué no, una notebook Sony Vaio. Además no me vendría mal contar con el envío mensual de ciertos alimentos que ofrezco a mis hijos y que pesan en mi bolsillo (lomo, leche con hierro, Danonino) y otros elementos necesarios para la supervivencia (papel higiénico, productos de limpieza, nunca probé el Skip que dicen que es tan bueno). También saben algunos que escribo mucho -por gusto- sobre cómo las computadoras influyen, cambian, modifican y alteran nuestras vidas.
Entonces... yo no tendría ningún problema en escribir que mi personaje se lleva una Sony Vaio en su aventura, en vez de poner "computadora portátil", en ese castellano neutro que utilizo para todo Sudamérica. O que alguien está mirando la TV Panasonic pantalla planta de 29 pulgadas con closed caption, porque tuvo que bajar el volumen para escuchar también lo que dicen sus viejos de su futuro. O puedo poner, como al pasar, que el hermanito no quiere comerse su lomo y se lo da al gato, pero acepta el Danonino porque trae letras imantadas, que trata, sin éxito (aquí va el detalle gracioso) de pegar en el papel higiénico Higienol doble hoja.

Para mí no es un ningún problema. Si hay algún empresario leyendo esto, por ahí está mi e-mail. Hablamos y arreglamos. Yo estoy terminando un par de libros. Les doy un retoque y quedan listos. La Sony Vaio la quiero con grabadora de DVD, y la TV... ¿cuántas veces debería nombrarla para que fuera de plasma?
Un poco de apoyo a la literatura, muchachos, y les digo con qué computadora estoy escribiendo en este mismo momento, y qué marca de mate cocido estoy tomando, y qué lapicera a pluma (porque además soy amante de las lapiceras) me acompaña al lado del teclado.

LITERATURA SE VENDE (SI LEÍSTE LA DE ARRIBA, ESTA VA REGALADA)

A PEDIDO... DEL AUTOR

No tengo una opinión formada sobre las editoriales que cobran a los autores por publicarles el libro, ni sobre las personas que pagan por publicar. Sin embargo a veces fantaseo con un mundo idílico en el que estos libros y los "consagrados" se mezclan en las librerías, sin mención de editorial, y nosotros, lectores, elegimos qué leer sin ningún prejuicio, sólo porque una palabra, una frase, un comienzo, un final, nos atrapó de tal manera que necesitamos leer ese libro.
No tengo una opinión, digo, porque considero que cada uno es libre de hacer lo que le plazca, siempre y cuando no se meta con los demás. Como dijo Moisés Mendelssohn (siempre quise copiar esta frase y no encontraba dónde): "Dejemos que todo aquél que no altere el bienestar común; que obedezca al gobierno civil; que actúe virtuosamente hacia el prójimo; tenga derecho a decir lo que piensa, de rogar a Dios a su manera, y de buscar la salvación eterna donde piensa poder encontrarla". (Y eso aunque la salvación literaria nunca esté en un libro pagado por uno).
Ahora bien... sabemos que los libros pagados por el autor no pasaron por una selección, no cuentan con el aval de una casa editorial, no fueron debidamente leídos y corregidos, no hubo un editor que acompañara el proceso; y en general todo ese conjunto del que carecen significa, en gran parte, que también carecen de méritos literarios. Dicho en criollo: son malos. Pero alguien puso su alma ahí, su corazón, y quiere verlo en formato libro. Tal vez es alguien que plantó un árbol y tuvo un hijo... Entonces... y aquí viene todo el quid de la cuestión. ¿Por qué las tapas son tan pero tan asquerosamente feas? ¿Por qué las contratapas están tan pero tan mal escritas? ¿Por qué no hay nadie allí, en la editorial, o el mismo autor, que cuide un poco su producto, ya que sabe que no tiene acceso al mundo editorial "de verdad", y tendrá que competir, no digamos ya con autores, sino con equipos de marketing y de diseño que saben lo que hacen?

Cuando uno lee, por ejemplo: "Estos cuentos se refieren a la eterna lucha de los hombres para realizar sus objetivos. A veces los objetivos son exagerados, a veces son equivocados", o "A veces la poesía es un dolor, o casi siempre, no obstante todo me lleva a ella...", o "Vibrar frente a las historias es parte imprescindible de una vida sana. Cuando ese niño "siente" un cuento, "pinta" las imágenes desde su propia esencia", ¿no le dan ganas de salir corriendo? Si el objetivo de estos textos es que alguien compre el libro, ¿por qué no se le paga un salario decente a alguien que pueda escribir algo diferente a "ansiedad inagotable", "sensación de estar arrepentidos y la posibilidad de considerar a los demás", "no hay felicidad sin lucha", etc, etc? Habiendo tanto ghostwriter por ahí...
Y las tapas... con cualquier programa de diseño se puede hacer algo mucho más lindo. ¿Por qué esas fotos antiguas, esos dibujos infantiles, esa tipografía antigua, esos colores oscuros y apagados, esas reproducciones de cuadros que se parecen tanto a los que están colgados en el comedor de mi suegra?

¡Basta viejo! Si quieren publicar un libro publiquen lo que quieran, pero ¡cuiden el producto! Un libro entra por los ojos (y de todo lo que entra por los ojos y no por los oídos yo sé mucho). Lo que dice adentro, es otro problema, pero lo de afuera... algunos todavía amamos el formato libro, nos gustan los libros lindos, nos llaman la atención como la ropa de Zara que no podemos comprar.

Y juro... esto lo juro... que llego a encontrar otro libro infantil que lleva algún diminutivo como título... y... no sé qué puedo llegar a hacer.

19 octubre 2005

SE BUSCA AYUDA PARA ESCRITORA QUE NO SABE QUÉ ES

Angie me escribió en un comentario del post de abajo:

"En el colegio, área lengua estamos leyendo un cuento tuyo y tnego una tarea para el dia lunes 24 de octubre y es sobre uno de tus cuentos: "el último sobreviviente", en realidad la tarea es que debo buscar el moviminto literario al que perteneces y las características generales de tus obras(es decir de que hablan la mayoría de ellas)"
Viva la niña, le dan tarea y me busca en Internet. A eso lo llaman ser inteligente.
Ahora bien, en primer lugar lamento que Angie me tenga que leer para tarea, aunque después dice que el cuento le gustó. Ojalá me pudieran leer sólo por placer, pero para qué mentirnos. Los libros para chicos están atados a la escuela. Venden si la escuela los pide.
Vamos al siguiente ítem: ¿¿¿yo pertenezco a un movimiento??? ¿Desde cuándo? ¿Por qué nadie me avisó? ¿Por qué yo ando así, ignorante de la vida, escribiendo por el placer que siento en las entrañas al escribir, y resulta que me metieron en un movimiento sin preguntarme, y ni siquiera me invitaron a la fiesta?
No sé qué decirle a Angie, y ella tiene que presentar la tarea el lunes, y ahora me siento responsable por no saber. ¿Le puedo decir que soy anti-movimientos? ¿Le puedo decir que esas cosas las inventan los profesores para poder decir algo en la clase? En el fondo me encanta esto de pertenecer a un movimiento... para qué negarlo. Me produce un cosquilleo... ¡pero no sé a cuál!
¿Y la característica de mi obra?: escribo cuando se me canta y gano poca plata y siento que no me tienen en cuenta. Esas son algunas características. Escribí un libro de periodismo, un libro de cuentos relacionados con la informática, un libro de cuentos para chicos más chicos, de historias fantásticas y humor, un libro de curiosidades del mundo. ¿Qué tienen en común todos ellos, además de que los escribí yo?
¿Alguien puede ayudar a Angie y ayudarme a mí?
Angie: veremos si aquí recibimos respuesta. Temo que si invento algo para vos, el profesor te diga que estás (estoy) equivocada sobre mi (mi) obra. Y si no... copiate y después me contás a qué movimiento pertenecía.

Sí, ya sé, ahora estás frustrada. "Le pregunto a la autora y la mina una joda, pero nada que me sirva, al pedo total". Pero la verdad es que no sé qué responderte. Cualquier cosa, mandámelo al profesor.

18 octubre 2005

YO FUI UNA GHOSTWRITER

Tenía la edad de la esperanza y ninguna responsabilidad (léase hijos). Hacía tiempo que me picaba el bichito del guión, y el aviso que apareció en el gran diario argentino: "Se busca guionista", sirvió de carnada. Yo venía de leer guiones y algún que otro libro sobre cómo escribir un guión. Siempre sentí y supe que podía escribir lo que quisiera. La escritura es mi herramienta y la puedo usar como otros usan un destornillador: con inteligencia y creatividad. Escribí publicidad para amigos, tarjetas postales, algún discurso. Podría escribir el prospecto de un remedio si quisiera. Acepto sugerencias y me gusta que me guíen. Allí fui entonces a mi entrevista de trabajo, vestida para la ocasión (tal como las mujeres nos vestimos cuando queremos parecer profesionales pero dejar una estela de sensualidad).
El lugar era un pequeño departamento en el centro. Los que buscaban guionistas eran los autores del programa "Son de Diez", el más visto de canal 13 en ese entonces. No era para desaprovechar.
Para conseguir el puesto no alcanzaba la sensualidad. Había que escribir un capítulo sobre un tema propuesto, con todos los personajes. ¡Un capítulo completo de la nada! Sus 60 páginas.
Yo era, lo admito, seguidora del programa. Todavía escuchaba la TV con auriculares y me gustaba más "Son de Diez" que su archienemiga "¡Grande pá!", que también veía, para qué mentir. Pecados de juventud.
Escribí el guión. Tal como lo hicieron unas dos docenas de personas, creyendo, como lo hice yo, que si lograba escribir el programa ¡más-visto-de-la-te-le-vi-sión-ar-gen-ti-na! entraba al mundo del guión por la puerta grande, me salvaba la carrera, la vida y el bolsillo. Me iba para arriba.
Me dieron el trabajo. A mí y a un muchacho llamado Melchor.
Conseguí todos los trabajos en los que tuve que hacer una prueba escrita. Nunca conseguí los que se decidían luego de la entrevista. O no me funcionó nunca el aspecto profesional, o no dejé mi aura sensual. O hablando no transmito lo que transmito escribiendo. O se pueden ir todos los entrevistadores juntos a...
Empecé a trabajar y a escribir enseguida. Éramos tres "ghostwriter" y los dos autores, Diani y Di Conza, en el departamento. La forma de trabajar era la siguiente: el más experimentado hacía el script. Muchas veces con uno de los nuevos a su lado. Luego otro hacía un desarrollo de cada escena. El último dialogaba. En general dialogaba yo, porque era -y es- mi fuerte. Diani y Di Conza leían el resultado final, hacían correcciones, y luego partían. Los veíamos poco. Ellos vivían de contactos y reuniones y no sé qué. Nosotros escribíamos. Todo.
Escribí "Son de Diez" por casi un año. En ese tiempo nunca fui al canal. Nunca mi nombre apareció en un guión. Nunca conocí a nadie. Cuando alguien venía al departamento -sobre todo actores en busca de algún bocadillo-, nos hacían trabajar en una de las habitaciones, con la puerta cerrada. Nadie debía vernos. Nosotros no existíamos.
Yo, todavía, tenía esperanzas. ¡Estaba escribiendo el programa más-vis-to-etc-etc! Yo le escribía a la "Pechocha" lo que debía decir. Yo escribía los terribles chistes machistas de los personajes. Las dulces escenas de amor. Las historias de la empleada doméstica. Yo escribí un capítulo en que un personaje deja a la hija con todo ese verso de "no sos vos, soy yo". Yo indiqué cuándo debían llorar o reír. Y nadie lo supo.
¿Por qué lo hice? Lo hice porque de verdad creía que me estaba abriendo una puerta. No lo hice por los $800.- que me pagaban por mes, teniendo en cuenta que ellos ganaban miles por capítulo. Lo hice porque quería ser guionista de TV (todavía me gustaría serlo alguna vez más), porque era buena, porque era una oportunidad.
Cuando se acumularon muchos programas, a mí me pusieron a inventar programas nuevos, que ellos presentaban al canal con su firma. ¡Y yo lo hacía! Es decir: se me ocurría una idea. Escribía los personajes. Buscaba los decorados necesarios. Hacía un desarrollo de los primeros capítulos. Escribía algunos guiones.
Les ofrecí una historia basada en la novela "Violeta". Una chica, Sabrina, superdotada, en medio de una familia algo tarada. Un "Malcom" sudamericano. También escribí algunas películas para TV. Y si mal no recuerdo, otro programa era de una familia con un extraterrestre.
Tuve la inteligencia de, sin que nadie me viera, grabarme todos esos trabajos en diskette. Que de nada me sirven si ellos los registraron a su nombre -no lo sé-.

No fue una muy buena experiencia. Los autores tenían mal humor. Había gritos. Nos escondían cuando llegaba alguien. ¡Y trabajábamos de lunes a sábado! Como si hiciera falta para escribir un programa a seis manos...
Finalmente renuncié, sobre todo por lo de trabajar el sábado.

Volví a escribir guión, para un programa infantil que tenía Soledad Sylveira en canal 2 y que nadie vio ni recuerda. Apareció mi nombre en los créditos, y estuve un par de veces en el canal. Pero no logré hacer ningún contacto.

¿Qué nos lleva a convertirnos en ghostwriter?
Supongo que la falta de oportunidades, a muchos el dinero, y la viveza de otros que se aprovechan de buenos escritores que no tienen "nombre". Como yo, muchos lo hacen por exceso de ingenuidad. Porque creen que ser ghostwriter puede convertirse en un punto de largada. Tal vez uno o dos lo logran... el resto se queda en el camino.

Ahora mismo hay miles de "ghostwriter" haciendo el trabajo de otro. ¿Qué pasaría si se rebeleran? ¿Cuántas malas novelas de autoayuda quedarían truncas? ¿Cuántas "investigaciones" para libros? ¿Cuántos programas de TV? ¿Y qué pasaría si esos escritores fantasmas comenzaran a exigir que se los respetara y nombrara? ¿Que sus nombres aparecieran en los créditos?

Yo no podría firmar ni una palabra que no escribí, que no surgió de mí. Pero esa soy yo.

¡Levantaos "ghostwriter" del mundo, y rebelaos contra sus amos pocos creativos, que necesitan vuestras metáforas, oxímoron y metonimias para vivir! No son ustedes los que deben llamarse fantasmas, son ellos los que deberían conocerse como vampiros literarios.

Eso sí, si hay un buen sueldo de por medio, y no se trabaja los sábados, acuérdense de que puedo escribir cualquier cosa.

13 octubre 2005

CITA ES MEJOR QUE PLAGIO

Hoy descubrí que Jorgeletralia citó un post mío, y me encantó. Me sentí tan bien como cuando recibo un piropo en el momento justo, el comentario de un lector, la noticia de que se publicará un cuento mío. Que te citen es, en definitiva, una forma de quererte (aunque sea a través de tus palabras). Y todos aquí estamos buscando la aprobación del prójimo. Seguramente muchos hemos pasado por la etapa "no me importa el que dirán", pero esa es otra miserable forma de mentirnos. No podemos vivir sin los demás.
Cómo se habrá sentido entonces la escritora española Mónica Cavallé cuando Jorge Bucay la cita sin citarla, como se defiende él. Y a nosotros, pseudo-intelectualoides, nos encanta que le haya pasado esto a Bucay. Se lo venía mereciendo desde el día en que publicó su primera línea. Es, como dice también Jorgeletralia, otro asesino literario.

Pero en realidad no quería hablar de Bucay, porque el tema sólo me produce una morbosa alegría y nada más.

Quería contar que a mí también me plagiaron una vez, y el hecho no me encantó en absoluto como cuando me citaron. Yo suponía que si alguna vez me plagiaban sería de pura admiración hacia mi trabajo. Pero el sentimiento cuando leés tus palabras bajo la firma de otro autor es más de violación que de agradecimiento. Y eso que fue un plagio pequeño, un plagio de morondanga, tan estúpido que no puedo creer que la escritora no haya encontrado sus propias palabras para copiarme. Tan pequeño, repito, que a la editorial ni siquiera le interesó el tema y allí me abandonaron, con mi historia de plagio a cuestas.

Mi libro se titula "Periodismo", y salió publicado creo que en el ´92, por Ediciones Albatros. Es un manual de periodismo para chicos de edad escolar. Nunca tuvo publicidad, ni apoyo de la editorial y, cuando salió la segunda edición me hicieron firmar un contrato que les "regalaba" el libro por diez años. Que se cumplen el año que viene.

El otro se titula "Curso de periodismo", es de Inés C. Tenewicki y está editado por Editorial Troquel en el año '95, para chicos del secundario.

Vamos a los ejemplos (y transcribo poquitos porque si no se van a aburrir rapidísimo):

Yo escribo sobre la noticia: "Debe ser actual. Si Claudia y Gabriel hubieran esperado un mes para contar el descubrimiento de los peces muertos, ya toda la gente conocería el tema y no sería noticia".

Tenewicki escribe: "Que sea información actual y oportuna. Si nuestra publicación relatara el descubrimiento de los restos de dinosaurios una semana después, el público ya estaría enterado y no habría noticia".

Yo escribo: "Debe ser inédita. Si todos los medios de comunicación ya transmitieron la noticia de la contaminación del río, no tiene sentido que tú, como periodista, te pongas a gritar: "¡El río está contaminado!", como si nadie lo supiera".

Tenewicki escribe: "Que sea inédito. Si en todos los periódicos, radios y revistas ya se informó que aparecieron restos de dinosaurios, sería absurdo e innecesario que publiques en tapa "Aparecieron restos de dinosaurios".

Yo escribo sobre la entrevista: "Formula preguntas directas y cortas. Si Chaplin se va por las ramas, llévalo de nuevo al tema del que estaban conversando. ¡Importante! La repregunta: no dejes que tu entrevistado te responda "sí" o "no" a una pregunta. Son respuestas pobres. Si te sucede, utiliza la técnica de la repregunta. Se trata de volver a realizar una pregunta, pero de otra manera. Haz lo mismo si la respuesta no te satisface o si no está muy clara".

Tenewicki escribe: "No dejes que el entrevistado se vaya por las ramas. Vuélvelo al tema central, y si las respuestas no te satisfacen -porque son cortas, pobres, confusas o evasivas- repregunta. Es decir, formula la misma pregunta pero de otra manera".

Yo escribo sobre la fotografía periodística: "Debe servir para documentar un hecho, debe ofrecer un testimonio y siempre debe ser verdadera".

Tenewicki escribe: "puede servir para documentar un hecho y para aportar un testimonio, pero siempre debe ser verdadera".

Hay bastante más. Son siempre pequeños párrafos, la estructura de un capítulo, la forma de encarar un tema.
Eso sí, por suerte, yo aparezco en la bibliografía consultada.

Es la primera vez que hago público esto. Otra de las maravillas de tener un blog. Para mí fue siempre una espina clavada en mi carrera. Los periodistas refritamos siempre información, por supuesto. Utilizamos la información que publican otros medios. A todas las redacciones llegan las mismas gacetillas. Pero tenemos el profesionalismo, la decencia y la ética de decir las cosas con nuestras propias palabras. O la inteligencia suficiente para que no se note la copia.

Listo. Lo he sacado de mi sistema.

¿Hay algún abogado por ahí?

12 octubre 2005

ACÓGEME DEBAJO DE TUS ALAS

Jaim Najman Bialik

Acógeme debajo de tus alas;
sé para mí una madre, sé una hermana;
sea tu pecho el refugio de mi frente,
nido de mi plegaria errante y vana.

Y al atardecer, la hora tierna,
el secreto sabrás de mi inquietud;
se dice: "Juventud hay en el mundo",
¿dónde está, dime tú, mi juventud?

Y aún te reverlaré otro secreto:
Se ha quemado mi alma de calor;
se dice que el amor reina en el mundo.
¿Qué es amor?

Mintieron las estrellas;
tuve un sueño, pero él también ha muerto;
ahora no me queda nada, nada;
ahora soy como un desierto.

Acógeme debajo de tus alas;
sé para mí una madre, sé una hermana;
sea tu pecho el refugio de mi frente,
nido de mi plegaria errante y vana.

03 octubre 2005

ESCRIBIR O NO ESCRIBIR

Hay momentos en que me siento totalmente convencida de que no debo escribir más. De que tengo que dedicarme a hacer otra cosa (¿hacer collares, que me salen lindos?, ¿poner un kiosco?, ¿comprarme una combi y llevar chicos a la escuela?, ¿volver al periodismo? -no, eso es escribir-, ¿estudiar otra cosa? -ya pasó mi tiempo de estudios organizados-, ¿alquilar mi vientre, con lo que me gusta estar embarazada?). Pero escribir no, escribir es uno de los autocastigos con mejor prensa, pero no deja de ser eso: un castigo. El problema es que me miento: yo me siento mal cuando no escribo, porque cuando escribo estoy en el séptimo cielo. Me río sola, repito los gestos de mis personajes, hago ademanes, lloro, planifico historias. Escribir, cuando lo hago embalada, cuando sé hacia dónde voy, o no lo sé pero el viaje me está resultando fascinante, me hace feliz. Pero no debería escribir más, lo sé.

Lo sé cuando entro a la Feria del Libro y la cantidad de libros me abruma. Cuando sé que hay libros que nunca encontrarán un lector, y otros que ningún lector podrá descubrir entre aquella maraña.

Cuando entro a una librería y descubro que sólo sobreviven los libros editados esa semana, y que el que busco ya está agotado, inexistente, descatalogado por viejo, por haber pasado de moda, porque no vendió la cantidad estipulada por la editorial.

Cuando veo que otros escritores inundan el mercado con sus títulos, publican en todas las editoriales, y parecería que encontraron la fuente de las historias eternas, porque siempre tienen algo que decir. Son escritores que escriben sobre una cadena de producción, apurados por llenar el bolsillo con cada liquidación. Y yo no. Yo escribo cuando tengo la real gana, cuando no estoy pariendo hijos, cuando tengo una historia para contar. Y por eso escribo poco. Y me parece que un escritor de hoy en día que escribe poco no es un escritor. Por eso no debería escribir más.

Pienso que no debería escribir más cuando me descatalogan un libro porque no cumplió su cuota de venta, aunque unos niños de Tierra del Fuego digan que es su libro preferido. O cuando me piden un cuento y nunca lo publican. O cuando no me piden nada. O cuando nadie me conoce. O cuando me conocen pero como escribo poco ni se acuerdan. O cuando me dicen que no me podrán publicar hasta dentro de 2 ó 3 años, por esas cosas de la planificación editorial. O cuando mis libros no están en las librerías porque se agotaron.

Y también pienso que no debería escribir más cuando leo un libro tan pero tan maravillosamente bueno, que lo que hago yo me da un poco de vergüenza, porque me siento así de chiquita frente al talento del otro.

Y pienso, sobre todo, que no debería escribir más porque no escribo. Porque ahora estoy escribiendo esto en vez de trabajar en alguno de mis proyectos, en el de Tadeo o el de PC2, o cualquier otra cosa. (¡Y ahora tengo dos blogs!). Lo sé. Me lo hago sola. Pero es porque a veces pienso que no debería escribir más. Es difícil esto de escribir porque a uno le gusta, sin jefes, sin horarios, sin obligación, sin ninguna editorial esperando tu libro, sin una guía, sin un tutor, padre o encargado que te firme el boletín y te diga que tenés que sentarte a escribir.

Y sin embargo sigo escribiendo. Cuando tengo ganas. Cuando los chicos me dejan. Cuando tengo algo que decir. Si no sé hacer otra cosa... Aunque me publiquen dentro de 2 años o no me publiquen (como lo que escribo para grandes). Aunque no tenga una fábrica y saque un libro, con suerte, cada tres años. Aunque me pidan cuentos o no me los pidan. Porque una vez que probaste esa felicidad que te da la literatura, cuando sentís que tus dedos corren sobre el teclado y salen las palabras que necesitabas... eso es difícil de dejar. Y todos los demás, la Feria del Libro, las librerías con sus novedades, las editoriales, los escritores con fábrica propia, como dijo Girondo... que se vayan todos juntos a la mierda.

P.D: cierto aire depresivo de este post puede deberse a que el próximo lunes cumplo años y no voy a tener piñata.
Regalos de lectores de blog pueden servir para levantarme el ánimo enormemente.