29 agosto 2005

ARTE PARA RECHAZAR

Dice Stephen King en "Mientras escribo" sobre los rechazos editoriales:
"Al recibir la nota de rechazo del AHMM, clavé un clavo en la pared de encima del Webcor, escribí "Happy Stamps" en la nota y la enganché en el clavo. (...) La verdad es que estaba bastante contento. A la edad en que todavía no hay que afeitarse, el optimismo es una respuesta perfectamente legítima al fracaso.
Cuando tuve catorce años (y me afeitaba dos veces por semana, hiciera o no falta), el clavo de mi pared ya no aguantaba el peso de todas las notas de devolución que había ido acumulando. Lo sustituí por uno más largo y seguí escribiendo. A las dieciséis ya había recibido algunas notas con mensajes a mano un poco más alentadores que el consejo de no grapar y usar clips. La primera de las notas esperanzadoras era de (...) y escribió: "El cuento es bueno. No está en nuestra línea, pero es bueno. Tiene usted talento. Envíenos más cosas".

Va mi clavo virtual y mi primera nota de rechazo:
Estimada Verónica: Finalmente leí "Mal de familia". Por supuesto que la estructura, la prosa y los procedimientos con que llevás adelante cada uno de los relato, revelan un grado de destreza que se ve poco en la literatura argentina, pero el perfil del libro no se corresponde con el que estamos buscando en esta etapa para el catálogo de IZ. Sumando a esto, y sin dejar de apreciar la hechura del libro, tengo que decir, también, que su lectura no me entusiasmó lo suficiente; esto, por supuesto, es algo completamente subjetivo.
Esto no tiene que ver con que sea un libro de cuentos; de hecho publicamos muchos libros de cuentos. El original va a estar a disposición tuya a partir del miércoles que viene en las oficinas de la editorial.
Saludos cordiales,
Damián Ríos

Damián Ríos es editor de Interzona, y hay que decir que sabe escribir una carta de rechazo, porque no puedo llegar siquiera a deprimirme un poco con las palabras de su e-mail (bueno, un poco sí). Le agradezco en primer lugar que haya leído el original, en este país editorial en el que "no-se-leen-originales-no-solicitados". Y le agradezco aún más el iniciar mi clavo de cartas de rechazo con un e-mail tan agradable, directo y claro.

En cuanto a lo que dice Stephen King mi problema, ahora, es que ya no tengo dieciséis años, y que aquí podemos contar la cantidad de editoriales que-si-reciben-originales con los dedos de una mano.

Y como dice otro editor, Alejandro Alonso, "ser escritor hoy significa, sobre todo, ser perseverante".





26 agosto 2005

ANTÁRTIDA Y YO

A pedido del público, va este texto que subí hace un par de días, luego borré, y vuelvo a subir, como para confirmar cierta fama de histeria que me precede. Lo había quitado por su estilo didáctico (esa es su función), pero tiene algo rescatable: YO ESTUVE AHÍ (sí, 22 días, repartidos entre dos bases y el rompehielos).

LA AVENTURA DE MI VIDA
Verónica Sukaczer
Una vez yo estuve parada en la punta del mapa, allí donde dicen que se termina el planeta. Sobre mi cabeza tenía un cielo que había olvidado la noche y, bajo mis pies, hielos eternos que guardan los secretos de nuestra historia. Estaba en la Antártida, el continente blanco que, dicen, tiene un imán que atrae a las personas y las enamora para siempre.
El viaje a la Antártida
Estoy en un avión militar que no tiene asientos, sino una lona estirada entre dos caños, ni silenciadores. Luego me veo frente a un océano color turquesa y pasa a mi lado un témpano sobre el que duerme una foca. Hundo mis pies en un glaciar y al rato estoy entre pingüinos que graznan buscando a sus parejas. El sol es tan fuerte que me duelen los ojos, y a lo lejos se desprenden gigantes trozos de hielo de las montañas blancas.
Todas postales de la Antártida, el lugar que me enamoró para siempre en el año 1992 cuando, gracias a mi trabajo como periodista, pude conocerla y vivirla. Base Marambio, Base Esperanza, buque rompehielos Almirante Irízar. Ésos fueron mis destinos y la que sigue, mi historia.
Los preparativos
La primera parada de mi viaje fue en el Comando Antártico Argentino de Buenos Aires donde, literalmente, me vistieron para la aventura. Enterito naranja (el naranja es el color que mejor se destaca sobre el hielo, por si me perdía), campera del mismo color, botas enormes y pesadas (se coloca primero una botita de fieltro, y luego unas botas parecidas a las que usan los astronautas), pasamontañas, guantes, ropa interior de abrigo, poulover antártico de pelo de oveja (tan caluroso, que nunca lo usé), antiparras y un bolso para guardar todo.
Con el equipo antártico completo, que me quedaba enorme, parecía un pingüino y caminaba como tal, pero seguro que no me perdería ni me congelaría en el continente blanco.
El lunes 30 de noviembre de 1992, con mi bolso a cuestas, cámara fotográfica y miles de mariposas en el estómago, me subí a un avión Fócquer TC 73 de la Fuerza Aérea Argentina, que salió a las 18,30 horas del aeropuerto del Palomar. Luego de un par de paradas, primero en Comodoro Rivadavia y más tarde en Río Gallegos, donde cambiamos el Fócquer por un Hércules (parecido, pero mucho más grande y tan incómodo como el primero), sobrevolamos Base Marambio el 1 de diciembre a las 7 de la mañana.
Mar y témpanos
Había llegado a pesar del tiempo: el viento, la nieve, los temporales, que aquí son amos y señores que pueden cancelar vuelos a su antojo y decidir quién llega hasta sus dominios. Había llegado, y la Antártida se descubrió ante mí a través de las ventanillas de la cabina del avión, con su mar turquesa salpicado de témpanos. El sol ya estaba alto y fuerte, y yo nunca había visto un mar tan azul, nunca me había sentido, como en ese momento sobre la Antártida, tan pequeña frente a la majestuosidad de la naturaleza. Nunca antes había estado frente a tanta belleza.
Base Marambio
Mi consigna era recorrer Base Marambio en apenas unas horas, y seguir viaje hacia Base Esperanza, mi destino final. Pero esta vez el tiempo no me perdonó, y quedé varada allí durante cinco días: porque estábamos en medio de una nube, o porque los vientos nos doblaban, o porque aquí brillaba el sol que faltaba en Esperanza, siempre la naturaleza tenía una excusa para no permitirme seguir el viaje. Lo cierto es que tuve la oportunidad única de conocer a fondo esta base y a quienes, en 1992, la habitaban.
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La isla me recibe con una temperatura primaveral de 2 grados sobre cero y, como el clima es seco, el frío no se siente demasiado. En un par de días me enteraré, y por experiencia propia, de que lo que te vence aquí es el viento. La península antártica, donde se encuentra Marambio, es la zona más ventosa del planeta. Quizás, y si no fuera por mis botas pesadas, los vientos que corrían a más de 70 km por hora hubieran podido remontarme como un barrilete.
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Pero allí estaba, frente a un cartel que me daba la bienvenida a la base, rodeada de aquél mar tan azul y de cientocinco hombres que me miraban con curiosidad. Aquella, parecían decirme con la mirada, no era una tierra para mujeres.
Yo no les hice caso y, como aún no sabía que tendría tiempo de sobra para recorrer el lugar, me apuré por sacar fotografías y recorrer la base.
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Marambio está formada por varias construcciones naranjas que, desde afuera, parecen galpones. La más grande alberga el comedor, sala de juegos, biblioteca, consultorio médico, capilla, la habitación del jefe de la base y más cuartos para sus habitantes. Atravesando pequeños puentes construidos sobre barriles, se llega al Centro Meteorológico Antártico “Vicecomodoro Marambio”
Allí se estudia y se investiga el achicamiento de la capa de ozono atmosférico, las radiaciones solares, la contaminación del aire y los efectos que la actividad humana provoca en el medio ambiente.
Más lejos, se encuentran los hangares y toda clase de maquinaria que sirven para que la base pueda autoabastecer de energía, agua potable (se saca de lagunas cercanas), calefacción (dentro de la base está más que agradable), y comunicaciones.
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Y más allá, el paisaje... el océano parece estar al alcance de la mano, y las imágenes van cambiando a cada momento, según el movimiento de los témpanos. Yo trato de absorber esa belleza, de que se me quede grabada en la retina para poder traérmela de regreso al continente.

La vida cotidiana en Marambio
Mi primer desayuno en base Marambio es chocolate caliente con pan casero. Me acompañan los únicos tres civiles que llegaron conmigo: un técnico de Radio Nacional encargado de arreglar los equipos de radio de Base Esperanza, y dos muchachos que cargan con la responsabilidad de hacer funcionar una máquina de gaseosa. Una frase pintada con grandes letras en la pared del comedor me llama la atención: “No te extrañe que quieras irte, no te asombres que quieras volver”. Todavía no sé que veinte días más tarde comprenderé muy bien qué quiere decir.
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Pasan las horas y nadie parece con ganas de llevarme a Base Esperanza. Deambulo por la base y aprovecho para hacer entrevistas. El carpintero Pepe me cuenta que el secreto para vivir un año completo en la Antártida, es trabajar todo el tiempo. Para no pensar –dice-, lo importante es no pensar. Luego aclara: -no pensar en la familia que quedó lejos, no dejarse ganar por la melancolía. Alguien lo escucha y, al recordar a la familia, también recuerda a un cocinero que pasó por Marambio, el cocinero Tato, que se paraba en la puerta del comedor y miraba si todos se alimentaban bien. Si alguien dejaba algo en el plato, se acercaba y preguntaba: “¿qué te pasa a vos?”.
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La constante en la base es la camaradería. Cien hombres viviendo en el extremo del mundo, medio año sin días y otro tanto sin noches, en un sitio en donde el hielo los puede encerrar y en donde hay que salir a trabajar siempre de a dos, para que cada uno cuide que su compañero no se congele necesitan, más que nada, llevarse bien. Y eso intentan hacer. Por eso comparten tanto el tiempo libre como el trabajo, y a cada rato se arman partidos de metegol, se comparte una película en video o se juega a las cartas con los amigos.

Una pregunta
¿Por qué eligen los hombres de las Fuerzas Armadas, habiendo tantos destinos en el país, pasar un año en alguna de las bases antárticas? Ésa es la pregunta que intento responder, y para ello colecciono respuestas. Algunos hombres están allí por segunda o tercera vez, y dicen que un año lejos de la familia se les hace largo y solitario, (“no te extrañe que quieras irte...”) pero que aguantan en parte por la aventura, por el paisaje y, por qué no, porque podrán ahorrar lo que ganen ya que allí no tienen gastos. “La Antártida es un sentimiento” –dicen-, “es un estado emocional” (“no te asombres que quieras volver”). Todos hablan de la Antártida como si mutuamente se pertenecieran, y por momentos el continente parece ser una persona más, un amigo que a veces da problemas pero a quien no se abandona.

El menú del día
La primera noche cenamos sopa de verduras con fideos y pedacitos de carne del locro del mediodía. Las comidas no son muy variadas, pero siempre sustanciosas y llenas de calorías para soportar el frío. Luego de unos días es fácil adivinar qué habrá de comer. Si al mediodía hubo carne, a la noche hay sopa con carne. Si hubo fideos, guiso de fideos. Nada se tira.
Las provisiones llegan cada tanto en los Hércules y todo se guarda en heladeras y congeladores enormes. El resto, está todo en polvo: la leche en polvo, por supuesto, los huevos, en polvo.

Sobremesa y mi primera noche antártica
La conversación corre por cuenta de uno de los pilotos del Hércules, que se quedará unos días. Escucho historias antárticas increíbles, como la del jefe de una base que enloqueció y le prendió fuego a todo lo que tenía delante. Historias tristes de gente que se perdió en el desierto blanco; de una base que navega perdida sobre un témpano... Las palabras continúan pero mis ojos se cierran y me retiro a mi habitación.
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Cada habitación es ocupada por varios hombres, y no sobran camas. A mi me toca ocupar la única habitación privada: la del jefe de la base que tuvo que buscarse otro lugar.
Estoy a punto de dormirme cuando me doy cuenta de que por la ventana entra el sol, y son las 12 de la noche. No hay noche en la primavera antártica.

Trabajar en la Antártida
Cuando veo que los días se suceden y yo continúo en Marambio, busco algo que hacer. No hay más para ver ni para pasear, los hombres trabajan y no puedo molestarlos a cada rato. Mis opciones son trabajar o mirar el paisaje hasta que me duelan los ojos (y de verdad duelen los ojos por la intensidad de la luz y los reflejos del hielo). Así es como termino en la cocina, cortando tortas fritas y lavando verduras en el agua helada que llega desde la laguna de la isla. Me detengo cuando ya no siento mis manos.
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Cuando termino, abro las puerta de la cocina que da al exterior y que parece cerrada a presión (tiene un mecanismo similar al de los grandes refrigeradores), buscando aire fresco. No llego muy lejos, el viento me tumba y la niebla no me permite ver dónde piso. De regreso, me retan: no puedo volver a salir sola. El viento podría tirarme, la niebla perderme, los precipicios tragarme. Además, como todo es barro y piedras sueltas (una de las características de la isla es que no se forma nieve sobre su superficie) es más que sencillo terminar rodando. Acepto las indicaciones y sigo trabajando en lo que encuentro: pinto marcos de paredes, vuelvo a la cocina, ayudo a armar maquetas de futuras construcciones.
Más tarde busco una solución para el tema que más me preocupa: ¡desde Buenos Aires que no me bañado! Es que allí los baños son compartidos y dicen que el agua es sucia y fría y que aguante. Pero no puedo y, como insisto, por fin logro que me presten un baño y descubro que sí, que el agua que se recolecta de la laguna es sucia, y que el chorro es tan escaso como frío. Pero yo me siento renovada para continuar con mi aventura.

Un nuevo viaje
Al quinto día me levanto y corro a la estación meteorológica. Me he convertido en una experta en leer los aparatos que marcan la velocidad del viento en nudos: 35 nudos ahora (70 km/h). Así descubro que esta vez no hay impedimentos para volar, y que por fin llegaré a base Esperanza. Corro por mi equipaje que siempre estuvo listo, y me subo a un Twin Otter dotado de grandes esquíes que durante media hora me muestra lo más hermoso del océano antártico: témpanos a la deriva sobre ese mar azul, islas perdidas, montañas nevadas.

Descender sobre un glaciar
Sobre el glaciar Buenos Aires, a metros nomás de la base Esperanza, el avión da tres vueltas cerradas buscando donde aterrizar. Es que por las altas temperaturas el glaciar se está derritiendo, y corren pequeños riachos por su superficie. Todos deseamos, en silencio, que no haya grietas escondidas por allí.
Pero el avión aterriza sin problemas, aunque levanta olas a su paso, y los puntitos naranja que yo veía desde el cielo se convierten en personas que nos dan la bienvenida y que, como una forma de bautismo, reciben al piloto del Twin Otter haciéndolo rodar por el hielo.

Base Esperanza
Base Esperanza. Me hundo en el glaciar hasta las rodillas y observo a mi alrededor. Parece un pueblo: pequeñas casitas naranjas se suceden una al lado de la otra, de cara al mar. Al frente de ellas, el llamado casino de oficiales que sirve de comedor, lugar de reunión y de juegos, y un pequeño muelle que parece a punto de venirse abajo (de todos modos, está clausurado), que se interna varios metros en el océano. Al final del mismo, una casilla con un letrero que dice: “antiguo baño Pipper”. Pregunto enseguida de qué se trata y me entero de que es el baño que utilizaron los primeros pobladores de la base, que desemboca justo... sobre el mar, y que se llama Pipper, como el avión, por cómo se bamboleaba los días de viento.
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Detrás de las casas algunas cruces recuerdan a quienes murieron en la base y más allá, subiendo una pequeña loma de piedras, la pingüinera donde viven los verdaderos habitantes de la Antártida.

Un paisaje maravilloso
En Base Esperanza todo el paisaje es diferente. La base se encuentra entre el mar y las montañas más fantásticas que haya visto. Hacia un lado, el glaciar Buenos Aires y el esqueleto de una vieja base inglesa, que ahora está abandonada; hacia el otro, témpanos gigantes de los que se desprenden trozos de hielo. Arriba los pingüinos de Adelia, y en un costado la jauría de perros polares argentinos que ese año regresó para siempre al continente, acusada de contagiar el moquillo a las focas y de alterar el ecosistema antártico.

Las familias de Esperanza
Y hombres, y mujeres, y niños. Esperanza es la única base argentina en donde conviven, a lo largo de un año, personal del ejército con sus familias. Durante aquella campaña ´92, la dotación de la base estaba formada por 23 hombres, 6 mujeres y 18 niños entre 2 y 16 años. Para los más chicos, aquella será una aventura con mucho frío, pingüinos y fútbol sobre el mar congelado. Recuerdo que uno de los chicos me dijo: “la Antártida es el único lugar del mundo en donde se puede vivir como en el principio de los tiempos”.

Hogar, pingüinos y fósiles
Luego de la experiencia en Marambio, estoy lista para enfrentar cualquier incomodidad en Esperanza, y por eso no termino de creer que voy a habitar una casa yo solita, la casa número 13, con tres habitaciones, comedor, cocina, baño, altillo, sótano y calefacción central. Pero allí me dejan con mi bolso y me quedo un buen rato parada sin reaccionar, acompañada por un par de pingüinos.
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Cuatro días completos estuve en Esperanza, y estoy segura de que durante esos cuatro días eran siempre los mismos pingüinos los que se acercaban a la puerta de mi casa. Yo los acompañaba hasta su nido (llevaban piedritas en el pico para completarlo), y me quedaba un largo rato allí, en medio de la pingüinera, escuchando los graznidos con los que los pingüinos avisan a su pareja dónde están, ya que uno se queda cuidando el nido y los huevos, mientras el otro va en busca de alimento.
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Pingüinos y fósiles. Ambos abundan en Esperanza. Cada vez que miraba hacia el suelo algo me llamaba la atención: un reflejo, un dibujo, y cuando levantaba cualquier piedra me encontraba con alguna planta prehistórica grabada para siempre en ella. En cada piedra de la Antártida está la historia del mundo.

Datos sobre la base
Durante mi estancia en la Base Esperanza, que fue fundada el 17 de diciembre de 1952 por el hoy general Jorge Leal, y que está ubicada en el extremo noroeste de la Península de Trinidad o Tierra de San Martín, me dediqué a mi trabajo de periodista: acompañé a los hombres durante sus tareas de mantenimiento de la base, en la radio de onda corta, en el comedor o en el consultorio veterinario. Y conversé con las mujeres que se dedican a la docencia en la escuela de la base, ayudan en la cocina, son locutoras o enfermeras.
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Cada mediodía y cada noche, además, compartía las comidas con quienes no tenían a su familia allí, en el casino de oficiales. Los menúes eran similares a los de Marambio: comidas nutritivas, abundantes y calientes y acompañadas de sabrosas historias. Y de mucho aprendizaje.

Anécdotas antárticas
Yo me acabo de quedar sin agua en mi casa y ahora me entero de que el agua hay que “hacerla”. Dos veces a la semana: martes y jueves, se “hace” agua. Esto significa que hay que subir al altillo, donde se encuentra el tanque de agua, abrir la llave de paso, y avisar por teléfono (todos están comunicados) que envíen el líquido vital. El encargado del agua, entonces, hace lo suyo y, cuando el tanque se llena, hay que volver a llamar para que cierren el paso hacia la casa en cuestión.
También, por supuesto, y porque dicen que a todo recién llegado le debe suceder lo mismo, me quedé al segundo día sin calefacción y supe lo que era el frío antártico. Encima aquél día se había largado una tormenta de aquellas: la casa entera temblaba, había vientos de más de 90 km/h, llovía, nevaba, todo junto. Un valiente, por suerte, se animó a llegar hasta mi casa para llenar de gasoil la calefacción.
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De todos modos, no habrá muchas más aventuras. Al tercer día se recorta el perfil del buque rompehielos Almirante Irízar frente a la costa de Esperanza, y hay que prepararse para partir.

La despedida
Las despedidas son tristes. Las mujeres que también regresan al continente lloran y se abrazan, y los chicos tienen las caras largas pero siguen jugando hasta último momento.
Un helicóptero nos viene a buscar a Esperanza y nos lleva al buque. Dos horas más tarde estoy otra vez frente a la base Marambio, y allí me quedo otros cinco días, disfrutando de la vida en el barco, siempre alerta porque cuando el buque corta en dos un témpano todo tiembla, y tengo que recordarme, mientras busco mi salvavidas, que ésa es la tarea de un rompehielos: cortar el hielo.
La historia termina con otro Hércules llevándonos al continente, muy lejos de aquél mar turquesa salpicado de témpanos.
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Estos años me he preguntado muchas veces si he estado allí de verdad, y entonces busco las fotos y tengo que decir que sí, que esa joven perdida en su enterito naranja soy yo, y que detrás de mí están los témpanos o las montañas o los pingüinos. Cierro los ojos y estoy otra vez boca abajo en la punta del mapa, viviendo la mayor aventura de mi vida. Sé que en algún lugar quedó mi pisada marcada en el suelo antártico, y sé por sobre todo que ese imán que dicen que existe en el continente blanco me atrapó, y que desde entonces sueño con regresar.
“No te extrañe que quieras irte, no te asombres que quieras volver”. «

Dedicado a los hombres, mujeres y niños de la campaña antártica ´92.

(Esta crónica fue realizada para un libro para niños, que no se publicó)

24 agosto 2005

PRESENTE INTELECTUALOIDE

No me sale. No hay caso, intento ser intelectual, pero no me sale. Me esfuerzo, estudio los requisitos. Con gusto cambiaría mi falta de audición por falta de visión, para poder usar esos anteojitos redondos que, no te hacen intelectual pero ayudan a armar la imagen. En épocas no tan lejanas también usaba ropa de bambula y chatitas de cuero artesanales que te hacen ampollas y te obligan a tener un gesto así, como de "yo me la banco porque soy muy intelectual". Pero no hubo caso. Me compraba libros de Sartre y de Martin Buber, clásicos en ediciones viejas y libros de política post-dictadura. Empezaba a leerlos, lo intentaba, pero en cuanto sentía que me iba a suicidar de aburrimiento, los abandonaba en una sana actitud pro-vida, y leía otros libros que no puedo nombrar, porque entonces habré perdido para siempre la posibilidad de ser declarada intelectual. De todos modos a veces lo parezco. En la facultad lo parecía, y los profesores decían que me veían muy intelectual, y yo les sonreía con esa sonrisita medio torcida de intelectual. Así que seguí fingiendo (total, esto de fingir se ha hecho rutina en mi vida). Luego comenzaron a aparecer muchos libros de autores argentinos, nuevitos ellos, que no sabían contar una historia, pero que parecían así de intelectuales. Tenía que comprar sus libros, por supuesto, porque eso leían los intelectuales (pero sólo entre ellos). En sus libros hablaban mucho de dictadura, de desaparecidos (como si no hubieran sido tan niños como yo), y había mucho monólogo, mucha exploración metalingüística, mucha rotura de esquemas y muchos tropos que no sé nombrar. Eso es algo que tampoco me sale, y por eso no termino de ser intelectual. No sé usar las palabras metalenguaje, hipocorístico, axioma, concluyente ni estructural en una oración. Qué voy a hacer, no me sale. Pero volvamos a los escritores argentinos. Sus libros terminaron donde terminan los libros que no han cumplido su misión en este mundo: en el Parque Rivadavia. Por suerte encontré muchos otros libros -que tampoco puedo nombrar- que no me ayudaron a ser ni parecer intelectual, pero me entretuvieron de lo lindo y hasta me dejaron alguna de esas enseñanzas de vida que deben dejar los libros. Muchos nombres ingleses, mucho humor, ciencia-ficción, historias al estilo "había una vez" en formato adulto. Yo quiero que me cuenten una historia, porque para analizar la realidad tengo al pibe que husmea en mi basura todos los días en la puerta de casa. Y miren que los escritores argentinos siguen escribiendo y siguen queriendo parecer intelectuales, y aunque yo intento subirme a ese tren no hay caso, no lo alcanzo. Por eso tampoco entiendo, no me sale, la moda actual de la literatura infantil realista. Ahora hay libros con piqueteros, amigos drogadictos, padres abandónicos, madres ausentes. Y la crítica dice que está muy bien, porque los pibes ya tienen suficiente maravilla en sus vidas con Harry Potter, y si uno los quiere preparar para el mundo en el que supuestamente van a vivir (el mundo en el que se prohibe a Darwin y se regalan espejitos de colores que dicen "cuidado, arma química") tienen que leer que la vida es una reverenda porquería. Y a mí no-me-sa-le. No hay caso. No puedo. Supongo que es porque nunca pude ser una intelectual, y me quedé en intelectualoide. Porque creo que si el pibe tuvo la mala suerte de ser abandonado por la madre en la góndola de los lácteos, y encima tomó frío, no va a querer gastar unos quince pesos en un libro que le cuente que la mamá no es mala, que sólo tenía problemas, y que al final el nene la encuentra, la perdona y la entiende, para veinte años después convertirse en padre golpeador. No puedo. Por eso, creo, sigo leyendo libros que no me hacen intelectual, y escribo sin poder escribir palabras como significante y paradigma, y sigo esforzándome en parecer, para ser como los otros, pero no hay caso, no me sale. Juro que lo intento. Compré ayer un libro de Manguel, "Historia de la lectura", y admito que en las primeras cinco páginas me ha parecido entretenido (pero veremos si termino las 400). Siempre anda por allí un cuento de Fontanarrosa, un guión de los hermanos Marx, un texto de Woody Allen para rescatarme del naufragio intelectual. Qué voy a hacer, a mí me gusta reír.

¡NOS INVADEN LOS SPAM!

Nunca es tarde para una cuota de conocimiento. Mientras corremos a guarecernos de los spam, que están bombardeando mis comentarios, va esta perlita. (Y juro que hubo una vez en que todo estuvo en castellano, pero parece que nadie me cree).

Spam: en el año 1937, una empresa de alimentos norteamericana lanzó,con gran éxito, una carne en lata llamada Hormel´s Spiced Ham, nombre que pronto se acortó a “Spam”. El Spam sirvió de alimento a los soldados británicos y soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial, y más tarde fue comercializado en todo el mundo. En los años ´60 la lata se hizo aún más popular al traer un anillo de apertura automática, que permitía olvidarse del abrelatas. En ese tiempo un grupo de actores ingleses, los Monty Phyton, comenzaron a burlarse de la carne en lata. En un sketch del año 1969, representaban a un grupo de vikingos hambrientos, a quienes unas camareras les ofrecían, como menú: “huevo y panceta; huevo, salchichas y panceta; huevo y spam; huevo, panceta, salchichas y spam; spam, panceta, salchichas y spam; spam, huevo, spam, spam, panceta y spam; salchichas, spam, spam, panceta, spam, tomate y spam..." Al final todos terminaban cantando "spam, spam, spam, spam. ¡Rico spam! ¡Maravilloso spam! Spam, spa-a-a-a-a-am, spa-a-a-a-a-am, spam. ¡Rico spam! ¡Rico spam! ¡Rico spam! ¡Rico spam! ¡Rico spam! Spam, spam, spam, spam". Debido a la costumbre de estos comediantes de repetir la palabra spam en forma incansable, esta comenzó a utilizarse para designar el correo electrónico (generalmente mensajes de tipo comercial) no solicitado que invade las casillas.

Los Monty Phyton encarnan el ideal que yo tengo del humor. En una de sus películas hay una escena en la que un profesor da una clase de educación sexual a un grupo de adolescentes. Llega la esposa del profesor, el pizarrón se transforma en cama, y ambos -profesor y esposa- se desnudan y hacen el amor, mientras el profesor da explicaciones sobre estimulación y posiciones. La esposa, entre tanto, le recuerda que tienen una cena. El profesor llama la atención a un alumno. Y allí reside la magia: los alumnos se comportan como lo harían en cualquier clase. Uno está aburrido, otro conversan. alguien no presta atención. Cuando suena el timbre, todos se apuran por irse.
Los Monty Phyton sabían lo que era la risa.

22 agosto 2005

EN PALABRAS DEL AUTOR

Bill Watterson
autor de la historia "Calvin & Hobbes"

"Tres tiras de prensa han supuesto una tremenda inspiración para mí: Peanuts, de Charles Schulz; Pogo, de Walt Kelly; y Krazy Kat, de George Herriman. Cada una tiene sensibilidad distinta, pero todas me ayudaron a descubrir hasta donde podían llegar las tiras de prensa. Funcionan a distintos niveles, y entretienen mientras tratan de las cuestiones básicas de la vida. Y, lo más importante, es que las tiras sólo reflejan puntos de vista personales sobre el mundo. Muestran que los cómics pueden ser vehículos de un arte serio y maravilloso, una forma de comunicación inteligente. Son el ejemplo que he querido seguir."

"Calvin recibió el nombre de un teólogo del siglo XVI que creía en la predestinación. Mucha gente cree que Calvin está inspirado en un hijo mío, o que se basa en recuerdos detallados de mi propia infancia. En realidad no tengo hijos, y fuí un niño bastante tranquilo y obediente, casi lo contrario que Calvin. Una de las razones que hace divertido escribir el personaje de Calvin es que, a menudo, no estoy de acuerdo con él. Calvin es autobiográfico en el sentido de que piensa sobre los mismos temas que yo, pero en esto, Calvin refleja más mi madurez que mi infancia. Muchos de los conflictos de Calvin son metáforas de mí mismo. Sospecho que muchos de nosotros envejecemos sin crecer, y que dentro de cada adulto (a veces muy adentro) hay un crío que quiere que todo se haga a su manera. Utilizo a Calvin como salida a mi inmadurez, como una forma de mantener mi curiosidad por la naturaleza, como una forma de rediculizar mis propias obsesiones, y como una forma de comentar la naturaleza humana. No querría tener a Calvin en mi casa, pero en el papel, me ayuda a sortear y entender mejor mi vida."

"Hobbes recibió el nombre de un filósofo del siglo XVII que tenia una visión negativa de la naturaleza humana. Hobbes está inspirado en uno de nuestros gatos, uno gris atigrado al que llamábamos Sprite. Sprite no sólo me proporcionó el largo cuerpo y las características faciales de Hobbes, también fue el modelo de su personalidad. Era bonachón, inteligente, amistoso y entusiasta. Sprite me sugirió la idea de Hobbes saltando sobre Calvin al llegar a casa. En la mayoria de las historias de animales, el humor procede de su comportamiento humanizado. Por Supuesto, Hobbes camina erguido y habla, pero trato de conservar su lado felino, tanto en su porte físico como en su actitud. Su reserva y tacto me parecen muy gatunos, con su apenas contenido orgullo de no ser humano. "

"Al igual que Calvin, a menudo prefiero la compañia de animales a la de la gente, y Hobbes es mi idea de amigo ideal. El llamado "truco" de mi tira -las dos versiones de Hobbes- suele malinterpretarse. No pienso en Hobbes como un muñeco que cobra vida milagrosamente cuando aparece Calvin. Ni tampoco pienso en Hobbes como un producto de la imaginación de Calvin. La naturaleza de la realidad de Hobbes no me interesa. Calvin ve a Hobbes de una manera, y todos los demás lo ven de otra. Muestro dos versiones de la realidad, y cada una tiene sentido para el participante que la ve. Creo que es así como funciona la vida. Todos no vemos el mundo de la misma manera, y eso es lo que dibujo en la tira. Hobbes trata más sobre la naturaleza subjetiva de la realidad que sobre muñecos que cobran vida. "

"Al principio, los padres de Calvin fueron criticados por los lectores por ser poco cariñosos e innecesariamente sarcásticos.(El padre de Calvin ha señalado que lo que realmente quería era un perro). Creo que era poco frecuente que una tira se centrara en los aspectos exasperantes de los niños sin dejar mucho lugar al sentimentalismo. Normalmente sólo vemos a los padres de Calvin cuando reaccionan ante él, por tanto como personajes secundarios. He tratado de hacerlos más reales, con un razonable sentido del humor sobre lo que supone tener un hijo como Calvin. Creo que lo hacen mejor de lo que lo haría yo."

“Cuando encuentro un tema, lo observo a través de los ojos de Calvin. La personalidad de Calvin abre todo un abanico de posibles reacciones ante cualquier tema, así que me pongo en su lugar para saber lo que él haría.”

19 agosto 2005

CODEX BLOG

Bien, aquí va... el blog que me resultó simpático pero que no me animo a recomendar porque entonces el nombre va a aparecer permanentemente es... Yeguas del Orto. A veces mi hijo mayor se asoma sobre mi hombro y trata de leer lo que escribo. La-vi-da-con-sub-tí-tu-los. ¿Por qué con subtítulos, má? Porque a mí me resultaría más fácil la vida si pudiera leerla. Ah... ye-guas-del-or-to. ¿Qué es orto, má? Orto es en italiano, y es huerto. Un huerto es donde se plantan las lechugas y las espinacas. Hoy no hay espinaca, ¿no má? No, hoy hay milanesas con puré. Uf...¿por eso ahí dice milanesa con papa? Sí, voy escribiendo el menú del día. ¿Y yegua qué es, má? Yegua es la mujer del caballo. Caballo y yegua, ¿entendés? Estas yeguas están en un huerto muuuuy lindo, lleno de espinacas. Cada vez que el dueño planta espinacas, las yeguas se las comen porque les encanta, y para crecer sanas y fuertes. Pero seguro que la persona que escribió esto es italiana, y le gustó poner una palabra en castellano y otra en italiano, ¿entendés? Sí, má. Má, ¿viste que tengo que escribir oraciones para el cole? ¿Puedo escribir "La señorita nos llevó al orto?". Mmmm... mejor no, mi amor, mirá si la seño no sabe italiano y no entiende. Entonces le enseño má, orto, orto, orto. Ahora ya no me voy a olvidar más porque la repetí como tres veces. ¡Qué bueno, cielo! ¿Viste cuántas cosas se aprenden en un blog? Si má, ¿cuándo vamos a ir al orto? Mirá cielo, yo soy judía, prefiero decir traste. ¿Traste es huerto en ídish? Sí, ¡qué inteligente que sos! Salís a mí. Ahora andá a mirar dibujitos que seguro están pasando mucha mucha violencia, como te gusta a vos. Pero lo del orto... mejor que quede entre vos y yo, porque a bobe y a zeide no les va a gustar que te enseñe italiano. Pero má, papá y la abuela son italianos. Yo tengo una mitad italiana, y otra mitad judía. Sí, y tu mitad judía es la del orto. Andá, dale...

18 agosto 2005

BLOGS Y MÁS BLOGS

Sigo leyendo blogs. Mi método es entrar a uno, y de allí ir probando todos los links. Practico el arte de boicotearme el poco tiempo libre que tengo para trabajar en cosas verdaderamente productivas. He visto/leído cosas muy interesante, otras no tanto, y otras olvidables. He notado mucha histeria entre blogs. Que en uno se dijo algo y en el otro se dijo lo otro, y todos enojados. He leído a gente realmente original que no está a la espera de ser nombrada ni comentada (no es mi caso, necesito de la palmadita en la espalda). El grupo que le prende la vela a San Editorial (y que lamentablemente me incluye) firma su blog con nombre y apellido. Mientras que los que tienen como única meta expresarse (sin contrato de por medio), usan seudónimo. En mis épocas anónimas yo era Talía, como la musa de la comedia en la mitología griega. Hasta que me empezaron a joder con eso de "eres piel morena" y tuve que volver a mis orígenes caucásicos.
Van nuevos links. Otros todavía no me convencen... Y admito que uno me gustó, pero me remití a la autocensura y no me animo a ponerlo (a ver si me echan del sindicato de escritores para chicos).

17 agosto 2005

POR QUÉ LOS CHICOS NO LEEN

Hace varios años me invitaron a participar de una mesa redonda en la Feria del Libro. El tema: "Por qué los chicos no leen". Como dudo de mi coherencia cuando hablo, llevé las respuestas por escrito y las leí. Todavía, y gracias a la magia de la Web, se sigue bajando y usando este texto. Aquí va.

Gabriel es un chico de, pongamos, 10 años. Sus padres tiene alrededor de 35, y se quejan de que su vástago no lee.
En realidad sólo lee comics, los chistes del diario, los manuales de la escuela, los carteles de la calle, las indicaciones que dan sus programas de computación y los carteles de los bancos para saber a cuánto está el dólar. Es un chico moderno.
Los padres, preocupados porque saben que su hijo, estudie lo que estudie en el futuro, igual no va a encontrar trabajo, deciden darle una educación completa y compleja. De 8 a 12 escuela primaria, de 15 a 16 computación, de 16 a 17, inglés, de 17 a 18,30 escuelita de fútbol porque en cuerpo sano mente sana, y de 19 a 20 taller de arte para que desarrolle su creatividad.
Gabriel vuelve molido a su casa a las 9 de la noche. A esa hora, y porque los niños deben leer para desarrollar su espíritu, si es que el espíritu se desarrolla, el padre intenta leerle algúna fábula de Esopo. Ustedes ya se imaginan a dónde manda el chico a todos los animales juntos.
Un día, Gabriel pasa por una librería y ve un estupendo libro de tapas duras: "Por qué se extinguieron los dinosaurios, y cuándo se extinguirán los humanos". Gabriel se enamora del libro. Aunque la madre supone que saber cómo murieron los dinosaurios no va a aportar nada a la educación del chico, igual entra a la librería y pregunta el precio. 50 pesos, pero se puede pagar en dos cómodas cuotas de 30.
Para que Gabriel no se sienta mal, la madre pregunta al librero qué otro libro, más accesible, claro está, puede llevar para un chico despierto y curioso de 10 años. El librero le recuerda que en este momento existen sólo libros de terror para los chicos. Es una moda, le explica. Ya pasó la moda del humor absurdo, y antes la del amor infantil, y antes la de los versitos y antes la de había una vez.
A la madre le suena lo de había una vez, así que lleva un libro viejo, y por eso barato, que comienza así: había una vez un señor que tenía un paraguas mágico.
Mientras el padre le lee, Gabriel se levanta de la cama, prende su PC, y dibuja un paraguas en tres dimensiones.
-¿Era así el paraguas mágico, papá? -pregunta.
-Bueno... -dice el papá- puede que sea así, no es lo mismo... ¿no es más lindo imaginar el paraguas que tener que verlo?
-Andá viejo... no seas dinosaurio -responde Gabriel- y para completar su obra, agrega al dibujo del paraguas ruido de lluvia y la canción la bruja está en la cueva.
La verdad, queda muy bonito.
El padre, algo molesto, cierra el libro del paraguas mágico y se va a la cama. ¿Qué hace cuándo se acuesta? ¿Lee un libro? No, mira Videomatch y se ríe como loco con las cámaras ocultas.
Al día siguiente el padre se reúne en un café con sus amigos y les comenta lo sucedido. Uno recuerda los libros que leía de chico: Julio Verne, Salgari, Bomba el niño de la selva. Ya no existen libros como aquellos.
Otro comenta que un amigo escritor de libros para chicos presentó a su editor una novela como aquellas, con más de 200 páginas, y que editor no se la quiso publicar porque dijo que los chicos ya no leen tanto. Cultura light y rápida. Mucha imagen, fue el consejo del editor.
Alguien se da cuenta: estamos en un círculo vicioso, los chicos no leen tanto como antes porque la cultura cambió, los editores no publican libros buenos porque dicen que los chicos no leen.
Como ese mismo día llueve, Gabriel no va a la cancha de fútbol y se pone a ver por cable viejos capítulos del Super-agente 86. Luego se pone a jugar con una imaginaria 99, investigan un caso que acaba de inventar.
-¿Es tan mala la televisión? - habrá que preguntarse.
Los padres de Gabriel se criaron con la TV y tan mal parece que no salieron. Yo me crié con la TV y con los libros, todo al mismo tiempo, y les puedo asegurar que era capaz de dejar Mujercitas de lado para ir a ver La mujer biónica, luego soñaba que era Jo March, pero todos mis movimientos los acompañaba con el ruidito característico que hacen los miembros biónicos. Y nadie me saca de la cabeza que si algún día se construyen piernas y brazos biónicos van a hacer ese ruido.
Así que me parece que debemos responder otra pregunta: ¿no será que los chicos sí leen, pero de otra manera? ¿no tendremos que buscar la manera de incluir el libro en las nuevas formas de comunicación?
Por supuesto no tengo la respuesta.
Pero volvamos a Gabriel, un día descubre en el sótano de su casa un arcón lleno de libros. La colección Robin Hood completa, con las páginas amarillas. Gabriel supone que es un pirata y que acaba de descubrir un tesoso. Abre un libro y comienza a leer. No puede parar.
Aparece la madre y le dice: ¿qué hacés acá a oscuras sin hacer nada?, mejor andá a mirar la tele.
Cualquier semejanza con la vida real no es pura casualidad.

¿QUE HICE, QUE ESTOY HACIENDO Y QUE HARE PARA INCENTIVAR LA LECTURA DE LOS JOVENES?
No hago nada.
Paso a explicarme porque la nada es muy amplia.
No voy por las escuelas diciéndoles a los chicos que lean, pero si alguno se acerca, me animo a recomendarles algunos libros muy buenos.
Tampoco soy una estudiosa de la literatura infantil, ni una pedagoga que sepa qué hacer para incentivar a los chicos a leer.
Lo único que sí hago es escribir. Supongo que mientras alguien escriba, va a haber alguien que lea.
Además, esto de tener que incentivar a los chicos para que lean... no me termina de cerrar. Ningún chico va a leer si no tiene interés de leer. Y todos sabemos que basta que uno le diga si a un chico, para que diga no.
Por eso se me ocurrió hacer una lista de ideas que tienen que ver con mi experiencia personal, es decir, sobre cómo yo me acerqué a la lectura.
1- No les "rompan" a los chicos para que lean. Porque el chico que lee por obligación no vuelve a leer. Por ejemplo, yo tuve que leer en la escuela el Martín Fierro, y tuvieron que pasar muchos años para que se me fuera la bronca y me acercara al libro de otra manera.
2- Doy otro ejemplo, cuando yo estaba en 6º grado, la directora de la escuela, una bruja, decidió que teníamos que leer más. Asi que tomó una pila de libros de la biblioteca de la escuela, y nos dio un libro a cada uno. Cualquier libro a cualquiera. Teníamos que devolverlo a los 15 días. Obviamente nadie lo leyó, y supongo que en ese momento murieron varios buenos lectores.
3- El chico que ve a la gente que tiene alrededor leer con interés, va a leer.
4- Lo mismo el que tiene libros a su alcance.
5- Escondan los libros. No es joda. Lo que conté que le sucedió a Gabriel me sucedió en realidad a mí. Encontré en el sótano de mi abuela un arcón lleno de libros viejos, parte de la colección Robin Hood y varios de Alejandro Dumas y Victor Hugo. Además un ejemplar de Las mil y una noches del año 1909. Los leí todos.
6- Prohiban a los chicos que lean. En cuanto ven que el chico agarra un libro, díganle que no es para su edad o que no lo entendería (también me sucedió a mi) y van a ver cómo el pibe se pone a leer a escondidas para saber qué tiene de prohibido ese libro.
7- No elijan los libros que sus hijos, dejen que ellos vayan a las librerías y hagan un poco de lío. No hay nada más interesante que tirar abajo una columna de libros para encontrar lo que se busca.
8- Permitan que el chico les cuente por milésima vez cómo hizo el Conde de Monte Cristo para escapar de la prisión de If, aunque ustedes hayan visto la película. Si el chico siente que para los demás también es apasionante la historia, buscará otro libro y volverá a contarles mil veces el argumento.
9- Hablen de libros. Cuéntenles a los chicos cuál fue el libro que leyeron de chicos y les abrió la cabeza.
10- Jamás de los jamases acompañen un libro con una actividad,por ejemplo: bueno, ahora que terminaste de leer buscá todos los sustantivos que empiecen con p. El chico tiene derecho a leer por placer, como lo hacen los adultos, y a no tener que buscar ninguna enseñanza en lo que lee.
11- Respeten los comics y las historietas. También son lecturas "serias"
Si después de todo esto, el chico no lee, permítanle que prenda la tele.

12 agosto 2005

EJERCICIO PARA EL DÍA DEL NIÑO

Como madre sostengo que a los chicos hay que enseñarles lo que es la frustración. La verdad, sin embargo, es que enseñamos frustración a nuestros hijos por venganza. Que ahora les toque a ellos, que nosotros ya lo pasamos.
Por eso... este ejercicio para el día del niño. Para que aprendan. Porque ese juguete que quiere, no se lo voy a comprar.

Nunca tuve una Barbie. (La Cindy no era lo mismo).
Pedí a los Reyes Magos una bicicleta, y me trajeron una armónica.
Nunca tuve una bicicleta.
Nunca me compraron Sea Monkeys.
Nunca conseguí el primer número de Hijitus, en el que, según yo, se explicaba cómo consiguió el sombreritus.
Nunca me gané nada en ninguna rifa.
Mis hermanas no me dejaron poner la foto de Menudo en nuestra habitación.
Nunca tuve un auto con puertas que se abrieran.
Mi tortuga Josefina me vomitó.
Nunca tuve una muñeca con disquitos.
Me perdí el último capítulo de Candy y el de La familia Ingalls, en el que queman el pueblo.
Nunca me compraron la enciclopedia de las preguntas.
No me dejaron faltar a la escuela cuando tuve piojos, y me enviaron con el pelo "envinagrado".
Nunca pasé a cero valiente en la colonia de Ferro.
No me eligieron para pasar a la lona en el Circus World.
Cuando sí me eligieron para participar del programa del Pato Carret, me morí de vergüenza.
Nunca soporté a Margarito Tereré, y era lo único que había para ver cuando faltaba a la escuela.
Me obligaban a comer la comida de la escuela, incluso la sopa de vitina con grumos.
La cuna para muñecas que recibí, no tenía tul.
Nunca me compraron el palo de hockey para las tres clases de hockey a las que fui.
Nunca me llevaron a danzas, y de más grande no me aceptaron en gimnasia artística.
Nunca me animé a darme por vencida (y eso siempre me agotó).

¡FELIZ DÍA DEL NIÑO PARA TODOS LOS QUE AÚN NO MADURARON!

09 agosto 2005

BUMA

Primo Levi
28 de diciembre de 1945

(...)
Cansado compañero, te veo en el corazón,
Te leo los ojos, dolorido compañero.
Adentro del pecho tienes frío hambre nada,
Tienes roto adentro el último esfuerzo.
Compañero gris que fuiste un hombre fuerte,
Una mujer caminaba a tu lado.
Compañero vacío que ya no tienes nombre,
Hombre desierto que ya no tienes llanto.
Tan pobre que ni dolor te queda,
Tan cansado que ya no tienes espanto.
Hombre apagado que fuiste un hombre fuerte:
Si aún nos encontráramos cara a cara,
Allá arriba en el dulce mundo bajo el sol,
¿con qué rostros estaremos de frente?

08 agosto 2005

INFORMACIÓN CLASIFICADA

Alfaguara: no reciben originales.
Adriana Hidalgo: no reciben originales.
Astralib: reciben originales.
Beatriz Viterbo: reciben originales, pero publican con subsidio conseguido por el autor.
De la Flor: reciben originales, pero no los leen.
Corregidor: reciben originales, no los devuelven.
Galerna: no reciben originales.
Interzona: reciben originales.
Longseller: no reciben originales. Derivan a otra editorial de ellos, paga.
Simurg: reciben originales, piden que el autor pague la edición.
Tusquets: no reciben originales.

La mayoría de las editoriales conocidas, que no aparecen en el listado, no respondieron a la consulta.

LA RATA COCHERO

David Henry Wilson

-¡Madre, madre! -exclamé. -¡He tenido la experiencia más increíble! ¡Me he convertido en cochero! ¡Fui a la casa que te dije y allí conocí a Amadea y una mujer luminosa que me convirtió en hombre! Tenía un uniforme y conducía seis...
Me intrrumpí. Había una mirada en los ojos de mi madre que hizo que me sintiera como un completo extraño.
-¿Me oyes, madre? -exclamé.
Y habló. Por lo menos, abrió la boca, y pude ver que estaba hablando. Pero el sonido que de ella salía no era más que un agudo chillido.
-¿Qué dices? -grité.
Pero no salían palabras de ella, sólo ese chillido interminable. Quizá estuviera enferma, o quizá fuera el impacto de volver a verme cuando ya pensaba que me habían matado. Decidí esperar a que volvieran mis hermanos y hermanas. Ellos, al menos, podrían decirme qué le pasaba a mi madre.
Finalmente volvieron, pero, incluso antes de que pudiera hablar con ellos, mi madre volvió a empezar su agudo gimoteo, ¡y ellos contestaron con los mismos sonidos! Sólo entonces me di cuenta de lo que había pasado. ¡Ya no hablaba su idioma! ¡Había perdido la forma humana, pero no el habla humana! ¡Había perdido los medios de comunicarme con los de mi misma especie!
Me echaron de la madriguera y de la alcantarilla. ¿Puedo censurarlos? Siempre había sido diferente de ellos, aunque seguía siendo de su especie de forma reconocible. Y ahora hablaba como su más temido enemigo. ¿Cómo iban a dejarme permanecer entre ellos?
Me escondí en una grieta y me enfrenté a mi situación. Una solución se impuso por encima de todas las demás. Podía buscar una trampa mortal y poner fin a mi vida. Acabía en un momento: el resorte me rompería el espinazo y no sentiría nada más. En cambio, la vida me traería un sufrimiento ilimitado.
Pero quería vivir. Quería ser cochero, y, si me dejaba morir, sería el final de todo un sueño. Me había propuesto encontrar un mundo nuevo, y ahora que lo había encontrado y perdido con seguridad debía buscarlo de nuevo. El hallazgo de una vez es esperanza para futuros hallazgos. El no haber encontrado nunca nada es causa de desesperanza. Ese mundo existía, y ese mundo me había incluido una vez. ¿Podría no volver a incluirme más?"


La literatura existe gracias a una pregunta: ¿qué pasaría si..? ¿Qué pasaría si cuando el reloj marca las 0 horas, y el cochero de la Cenicienta vuelve a convertirse en rata, no pierde su conciencia de humano? Ese es el juego en el que se embarca Wilson, un escritor para chicos (por supuesto), en este libro para grandes.

05 agosto 2005

¿POR QUÉ?

¿POR QUÉ?

¿Por qué las editoriales grandes no me publican porque no tengo nombre? ¿Cómo hay que llamarse?
¿Por qué las editoriales chicas no me leen, si se supone que los que tienen nombre no publican en ellas, y por lo tanto necesitan encontrar material nuevo?
¿Por qué algunos editores y muchas recepcionistas me piden que pague por publicarme?
¿Por qué, si sabemos que en la Argentina no se publica cuento –aunque sí se lee- sigo escribiendo cuentos? ¿Por qué no utilizo ese masoquismo en cosas más excitantes?
¿Por qué hay escritores que, a pesar de que nos han presentado, nunca me recuerdan y no me dirigen la palabra? ¿Tengo que aceptar que soy olvidable?
¿Por qué pareciera que hay escritores que tienen una línea de producción literaria, y escriben y publican hasta el hartazgo de los lectores?
¿Por qué los que escriben para chicos –y que en general son excelentes escritores- son considerados escritores de segunda?
¿Por qué algunos de los que escriben sólo para adultos publican horribles libros para chicos cuando descubren que en ese mercado también se gana buena guita?
¿Por qué todos los escritores que hoy están publicando, y que son de mi generación, son hombres, y las pocas mujeres que lo hacen son solteras o sin hijos?
¿Por qué, desde que uno presenta un libro en una editorial, hay que esperar varios años para que salga publicado?
¿Por qué no me dedico a otra cosa?

03 agosto 2005

PARA SEGUIR LEYENDO

Para empezar sí, esos libros de tela o plástico con el dibujo de una pelota, que abajo dice pelota, y que nosotros señalamos y pronunciamos: pe-lo-ta. Babear un libro ya es señal de inteligencia.
Después, alguno de Graciela Montes, que por supuesto terminamos sabiendo de memoria. "Anastasio tenía un auto amarillo con las ruedas rojas, corría ligerito por los caminos del campo". Una estructura literaria perfecta en pocas líneas. Yo lo intenté y nunca me salió. De Montes se puede saltar al oriente con Keiko Kasza, "No te rías, Pepe" o "El tigre y el ratón". Y luego seguir el paseo con Kitamura. No soy muy fanática de Anthony Browne, pero me gusta "Cosas que me gustan".
Crecemos todos, y para dormir, carcajadas con "¿Quién pidió un vaso de agua?" de Jorge Accame.
Es el momento de iniciarse con Pescetti, con Ema Wolf, con Pez, con los fabulosos libros de Ediciones Iamiqué.
Y luego, cuando llegue el momento, cuando uno sabe que ya se puede, que van a entenderlo, que ninguna palabra o dicho o situación traumatizará ningún rincón de su infancia, Roald Dahl. "Las brujas", "Matilda", "Charlie y la fábrica de chocolate", no importa el orden. Dahl sabía lo que era la infancia, oscura y mágica, trágica y luminosa.
Después que sigan solos. Que se equivoquen. Que busquen, que prueben, que no les guste, que no puedan dormir. Ya les mostramos el camino, y ellos saben que se disfruta. Que sigan con Bradbury, con Asimov, con Cortázar si se animan, con Rowling (que no es mala palabra). Acerquemos, sin decir nada, alguno de nuestros tesoros: "Cocorí", "Violeta", "El conde de Monte Cristo", "Mujercitas". No creo que mis varones lloren cada vez que, en una relectura, se muera Beth. Pero algo van a encontrar, y eso los definirá para siempre.

"La verdadera tierra natal es aquella en donde por primera vez nos hemos visto de manera inteligente: mis primeras patrias han sido libros".M.Yourcenar

Quiero volver a disfrutar de un libro como lo hacía en la infancia. Tal vez por eso escribo para chicos.

02 agosto 2005

ENGENDRAR, PARIR, LEER, ESCRIBIR

He engendrado este blog tal como cuando engendré hijos: con total irresponsabilidad y sin medir las consecuencias.
Si lo hubiera pensado alguna de las tres veces no tendría a los niños ni el blog, aunque espero que este último no me despierte de madrugada.

Supongo que ahora tendré que comprar alguno de esos libros: "Cómo sobrevivir al primer año de vida del blog", o "Yo crío a mi blog".

Esperemos a ver cómo crece y si rompe la paciencia de alguien. Que después de todo, ese es su sentido.

Todavía no sé muy bien cómo manejar esto, pero prometo ir aprendiendo.