26 octubre 2005

TODAS LAS SOMBRAS SON NEGRAS

Hace unos años me pidieron un cuento basado en un hecho histórico (a mi elección) para una antología de Ediciones Santillana titulada "Cuentos de la historia". Lo transcribo hoy porque está basado en la historia de Rosa Parks, fallecida anteayer. En el libro también hay relatos de Accame, Arias, Birmajer, Brizuela, Cáceres, Consiglio, Falconi y Laragione.

TODAS LAS SOMBRAS SON NEGRAS
Verónica Sukaczer

Un día cualquiera de diciembre de 1955, en un pueblo del estado de Alabama, Estados Unidos.

Hacía varios minutos que esperaba el único autobús destartalado que recorría el pueblo, y no podía dejar de sentir que ese día todo había salido mal: a la mañana había volcado el café con leche en la tarea que trataba de terminar a las apuradas; en la escuela me habían tomado una prueba sorpresa y ahora, que casi anochecía, tenía que viajar hasta una granja a buscar dos pollos para una cena que mis padres daban a no sé quién. Encima, el autobús llevaba más de diez minutos de retraso.
Parecía que el mundo se había enojado conmigo. Pues bien, ya llegaría mi turno de desquitarme.
El autobús apareció por el camino de tierra cuando ya estaba a punto de regresar a casa y sugerirle a mamá que cambiara el menú de la noche. Pero ni siquiera tendría esa suerte. Llegó destartalado como siempre, echando humo y levantando polvo y, para colmo, completo.
Subí de mala gana, saludé a John, el conductor, y me planté al frente, a ver dónde podía acomodarme para descansar los veinte minutos que duraba mi viaje.
Entonces la ví. Estaba sentada en una fila que no le correspondía, y se hacía la distraída, con la mirada perdida en el paisaje.
Me encaminé decidida hacia ella. Hoy no estaba para tolerar injusticias.
-Está en el lugar equivocado –le dije despacio para que entendiera. Papá me había dicho que a veces, los negros no entienden ni lo que se les dice en su propio idioma.
La mujer me miró y, de verdad, pareció no comprender. Tenía el rostro más arrugado que había visto en mi vida y una mirada que me reflejaba, aunque yo no quería verme en ella.
-No voy a esperar toda mi vida –me impacienté.
-Perdón, señorita –dijo por fin la negra con voz queda-, estaba cansada y el asiento estaba libre.
-Por menos han linchado a muchos –amenazó un hombre a mis espaldas.
No agregué nada. Esperé a que la mujer, con sus gestos lentos, desocupara el asiento, y enseguida me acomodé. Ella se dirigió al fondo del autobús, al lugar de los negros; yo no me dí vuelta para verla.

Regresé en el mismo autobús de John una hora más tarde, con dos pollos y sin problemas; y ayudé a mamá a preparar la comida, mientras ella me contaba que pronto llegarían los dueños de varios periódicos de los pueblos vecinos.
-Sus periódicos no son tan importantes como el de tu papá –me dijo-, y por eso vienen a pedirle asesoramiento sobre un grave problema. No tuvo que agregar que podía cenar con ellos, pero no hablar, y que todo lo que escuchara no debía salir de casa. Ya lo sabía de memoria.
Los hombres eran cuatro, y todos se parecían y hablaban al mismo tiempo de economía, de leyes y hasta de cómo redactaban las necrológicas, y yo deseé que llegara el postre para poder retirarme.
El postre llegó con la novedad: hacía pocos días en Montgomery, la capital del estado, una costurera negra se había sentado en un espacio reservado para blancos, en el autobús y, a pesar de los reclamos del conductor y de los pasajeros, no había aceptado dejar su lugar. ¡Se había quedado sentada!
Rosa Parks dijeron que se llamaba. Que no importaba que el autobús estaba casi vacío, escuché, que las leyes de Jim Crow* eran muy claras, que aquello era una afrenta y no podía permitirse, que fue inmediatamente detenida.
Luego escuché un nombre que no conocía, Martin Luther King. Decían que era un agitador, un pastor negro, claro, que con esa mentira de la resistencia pacífica había revolucionado a los negros.
Este Luther King, a pesar de que Rosa Parks, en un juicio justo había sido declarada culpable, había llamado a los negros a boicotear los autobuses. Ningún negro tomaría un autobús hasta que las leyes que indicaban cuáles asientos les correspondían fueran abolidas.
-Abolir leyes, que calamidad –exclamó mamá.
-Están caminando, los negros –dijo uno de los hombre. –Los malditos caminan kilómetros y kilómetros con tal de no subirse a un autobús
-¿Qué hacemos? –preguntó otro a papá.
-Nada –dijo papá. –No podemos informar algo así. Nuestros periódicos son la única relación que los habitantes de aquí tienen con la capital. Si contamos qué sucede, quizás nuestros negros se sumen al boicot, y eso no podemos permitirlo.
-Claro, -dijo uno.
–Es lo correcto –dijo otro.
–Para eso estamos –concluyó papá-, para enseñar y proteger a los habitantes. A veces lo tenemos que hacer callando.
-¡Muy bien! –exclamó alguien y, cuando todas las miradas me encontraron, me di cuenta de que había sido yo, y los colores comenzaron a subir por mis mejillas.
-¡Karen! –me regañó mamá.
Bajé la cabeza, avergonzada, pero uno de los hombres me salvó:
-Déjela que hable, señora, nuestra tarea es escuchar a la juventud.
Mi mamá no pareció muy convencida, pero yo había tenido un día más que malo, y quería hablar. Entonces conté lo que me había sucedido aquella tarde en el autobús, y todos me escucharon con mucha atención, intercalando exclamaciones y suspiros y, cuando terminé, papá me sonrió y dijo a los demás:
-¿Ven? La semilla de la rebeldía ya está sembrada. Es nuestro deber cortar las malas hierbas de raíz.
Yo no entendí por qué papá hablaba de jardinería, pero me alegré de haber hecho mi aporte, y me retiré para acostarme, no sin antes recibir el sermón de mamá:
-Aunque te haya salido bien –me dijo al oído mientras me despedía-, una niña de 12 años tendría que saber comportarse en una cena de adultos.
Vaya que había sido un día difícil.

Nada parecía diferente cuando me desperté la siguiente mañana: mi habitación estaba en su lugar, el sol entraba por la ventana, la tarea que tenía que entregar estaba lista... pero algo estaba sucediendo. El tum-tum de mi corazón no era el mismo...
Me incorporé y apoyé los pies en el piso con la esperanza de que el mundo dejara de dar vueltas, y entonces la vi. Más alta y más delgada que siempre, mirándome casi burlona, mi sombra era tan negra como el negro más oscuro. Tan negra como el rostro de la anciana negra del autobús de ayer. ¡Dios mío! ¡Mi sombra era negra!.
-¡No! –me dije levantándome-, que no sea cierto. No puedo ser negra.
Me acerqué al espejo con los ojos cerrados, tanteando el espacio y, cuando estuve frente al mismo, recité una y otra vez:
-No quiero ser negra, no, no quiero ser negra.
Abrí los ojos.
Seguía tan blanca y tan rubia como siempre. Dejé que el aire saliera lentamente de mis pulmones, y sonreí. Qué sueño espantoso.
No volví a pensar en aquello hasta que estuve vestida y con los útiles listos, y ella seguía allí. Mi sombra la negra, mi sombra tan grande y tan negra.
Desesperada, corrí las cortinas de la ventana para que se fuera con el sol, pero ella no se movió. Aún en medio de la oscuridad, mi sombra sobresalía.
Pensé en cómo soportar un día con aquella sombra negra. ¡Me moriría de vergüenza!.
Desayuné aún temblando, sin saber qué hacer. Mamá y papá parecieron no darse cuenta de lo que sucedía, como si despertarse con esta maldición fuera lo más normal del mundo.
-Estoy muy orgulloso de vos –me dijo papá al despedirse-, de tu comportamiento en el autobús y en la cena de ayer.
-Gracias... -respondí mirando a mi sombra de reojo.
-No hay nada que agradecer. Jamás vamos a permitir que un negro maltrate a una niña blanca. No todos somos iguales, Karen, así lo quiso el Señor.
Yo asentí sin mucha convicción. Mi sombra pareció ensombrecerse aún más.
-Hoy tendré un día fácil –me repetí mientras caminaba hacia el colegio. –Nada de pruebas sorpresa, y luego a casa a dormir y olvidar esta pesadilla. Mi sombra no dijo nada. Tampoco esperaba que opinara.
La ilusión de que una sombra negra no me traería problemas me duró hasta que pasé por un bebedero y, por costumbre, me incliné sobre el mismo para tomar unos sorbos de agua. Mi sombra me imitó.
-¡Los negros no pueden beber aquí! –le grité exasperada. ¿Cómo podría vivir tranquila, si mi sombra no sabía comportarse como una sombra negra?
-¿No ves el cartel? –señalé el letrero sobre el bebedero que decía “blancos solamente”.
Mi sombra levantó los hombros, altanera, y dio un paso hacia atrás, hacia el bebedero de los negros.
Fue apenas un empujón, una molestia. Como cuando alguien te tira del cabello. Mi sombra se estiró hasta llegar al lugar que le correspondía, y mi cuerpo pareció estirarse con ella. Sin embargo, era mejor sentirse de goma que compartir el bebedero con una sombra negra.
En el camino continuaron los sobresaltos; cada vez que una persona blanca se cruzaba con nosotras, mi sombra tenía que bajar a la calle para dejarla pasar, y yo volvía a sentir el tirón. La situación ya no me estaba gustando nada. La piel me picaba, los músculos me dolían de todo ese ejercicio.
Cuando llegamos a la escuela tuve que explicarle a mi sombra, como le había explicado a la mujer del autobús, con palabras sencillas, que no podía acompañarme:
-No pueden entrar los niños negros a las escuelas de los blancos. Ustedes tienen sus propias escuelas. Es la ley. ¿Está claro? Vamos a separarnos, pero sin tirones. No me gustan.
Mi sombra no pareció tener problema y, sin despedidas, tomó envión y dio un salto hacia atrás, un salto capaz de cortar la línea que la unía a mí.
-¡No! –grité asustada. Pero ya era tarde. Un dolor agudo me recorrió el pecho, como si se me resquebrajara, como si mi alma se estuviera partiendo en dos. Me tambaleé y caí en el asfalto sin fuerzas. A cierta distancia, mi sombra me observaba con curiosidad, casi divertida. Me incorporé doblada en dos, para que no creyera que esta era su victoria, abrazándome a lo que me quedaba de cuerpo.
Mi sombra no cruzó la puerta del colegio, y aquellas horas fueron un suplicio. Era sólo una mitad que contaba los minutos que faltaban para volver a estar entera.

Me escapé de la escuela cuando supe que no podía soportar más aquello de estar dividida. Me fui para buscar mi sombra negra.
La encontré a pocos pasos de la escuela, tan clara que por un momento creí que se había vuelto blanca y estuve a punto de saltar de la alegría. Pero no, en cuanto me acerqué ella volvió a ser oscura como siempre –mi lejanía también la afectaba-. En cuanto nos unimos, mi dolor desapareció.
-No me importa de qué maldición saliste –le dije-, pero no vuelvas a hacerme esto. Vamos a casa a buscar una solución a este problema espantoso.
Quise darme vuelta y regresar a casa, pero mi sombra hizo ademán de caminar en dirección contraria.
-¡No! –grité asustada a mi sombra. –¡No vuelvas a irte! Duele demasiado cuando nos separamos.
Nos quedamos las dos paradas, midiéndonos con la mirada. Y entonces ella dio un paso, y otro, y comenzó a alejarse, y yo hice lo que nunca creí que haría. La seguí. ¡Seguí a mi sombra negra!.
Mi sombra me guiaba y yo, acobardada, le iba indicando por dónde debía caminar para evitar separarnos. Le iba mostrando los carteles de letras grandes que, de tan comunes, nunca había mirado. Los carteles que decían “negros no”, “blancos solamente”.
Caminar con mi sombra era como caminar por campo minado. Debíamos alejarnos de los comercios, del restaurante del pueblo, de las veredas por donde transitaban muchos blancos, ni siquiera podíamos compartir un baño.
Seguí a mi sombra tan preocupada por los obstáculos que no vi por dónde me llevaba y, antes de darme cuenta, estaba en el barrio negro y todas las cabezas acompañaban mi marcha con resquemor. La que se sentía libre era ella. Bailoteaba de aquí para allá con un ritmo de tambores.
Caminamos hasta la última casa, hasta una construcción más antigua que el tiempo, y allí mi sombra se acomodó en una hamaca de la entrada y comenzó a mecerse.
-Sos mía –le dije haciendo esfuerzos por contener las lágrimas-. Tenés que volver conmigo.
Mi sombra se hamacó más alto.
Comprendí que ella había llegado a su hogar, y que algo tendría que hacer para no perderla. No podría vivir con el dolor que me causaba su ausencia.
Entonces toqué a la puerta. Quizás un negro supiera como tratar a las sombras negras.
La puerta se entreabió con mucho ruido, y detrás de la madera adiviné el rostro arrugado de la mujer del autobús y el miedo de sus ojos, como si mi presencia blanca viniera acompañada del Ku Klux Klan** u otra desgracia.
-¿Usted? –exclamé. -¡Usted me hizo algo ayer, en el autobús! Y ahora... ¡ahora tengo una sombra negra!
-¿Y qué quiere que haga, señorita? –preguntó la mujer mostrándome una gran sonrisa con pocos dientes.
-¡Que me la quite, claro! Yo... yo no quiero tener nada que ver con negros, ni con sombras negras. ¡Pero tampoco puedo vivir sin una sombra!
-Yo no sé nada de brujerías, niña –dijo la mujer, que parecía entretenida con la situación. –Pero si usted tiene algo para ofrecerme... quizás pueda buscar ayuda.
-No tengo dinero –contesté aturdida, pensando en qué podía darle a esa negra.
La mujer se encogió de hombros y ya estaba cerrando la puerta, cuando hablé. Le conté lo único que sabía que no debía contarle: eso de Rosa Parks y el boicot a los autobuses. Le dije de Martin Luther King y su resistencia pacífica. Le confesé que el periódico del pueblo, y los de los pueblos vecinos, no lo informarían; pero que los negros, en muchos sitios, estaban luchando. Que hacían sentadas, que marchaban, que se hacían oír.
La mujer me escuchó sin decir palabra y, cuando terminé, sólo me sonrió.
-¿Ahora me va a quitar a mi sombra negra, sin que me duela? –pregunté esperanzada.
-Yo no sé nada de sombras, niña –dijo la mujer. –Y me parece que usted tiene mucha imaginación.
La mujer se metió en su casa y yo sentí que nunca había estado tan desvalida. Me senté en la hamaca con mi sombra, y nos hamacamos juntas. Aunque sea, ella aceptó regresar conmigo.
Volví a casa con mi sombra negra, tan negra como el negro más oscuro, tan negra como el rostro de la anciana negra.

Pocos días después, los negros de mi pueblo se rebelaron contra las normas de los blancos. La primera sentada fue un domingo, frente al restaurante en donde solían almorzar, a la salida de la iglesia, casi todas las familias blancas del pueblo.
Nadie pudo entrar, claro está y, tres semanas más tarde el dueño del lugar, vencido, decidió quitar el cartel que decía “Negros no”. Fue su primera victoria.
Hubo más protestas, otras sentadas, marchas. A pesar de la resistencia de los blancos, muchas cosas cambiaron. Los bebederos separados, las entradas diferentes en los edificios públicos, el hecho de que cualquier niño pudiera tratar a los negros como les diera la gana.
Otras cosas siguen como siempre. Ningún negro puede entrar todavía a mi escuela, y cuídese el joven de color que sea encontrado conversando amigablemente con una muchacha blanca. El Ku Klux Klan no perdona esas afrentas.

Regresé otras veces al barrio negro, empujada por mi sombra, que me amenazaba con separarse de mí si no la seguía. Regresaba siempre a la casa más antigua que el tiempo, a decir lo que sabía, y cada vez le pedía a la negra que me quitara la maldición, y cada vez ella sonreía.
Un día volví para contar que Martin Luther King había dicho: “sueño que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, habrán de sentarse unidos en la mesa de la hermandad.(...) Sueño que mis cuatro pequeños hijos vivirán un día en un país en el que no serán juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad”.
Papá nunca supo cómo los negros se enteraban siempre de todo lo que sucedía más allá del pueblo, si él, que era el único que tenía acceso a la información, no publicaba esas noticias en su periódico, y yo no se lo dije.

El día que no encontré a la anciana, supe que tendría una sombra negra toda la vida.
Me llevó años aprender a convivir con ella; olvidar todo lo que había aprendido sobre los negros, los prejuicios. Pero un día logré ver a mi sombra como a cualquier sombra, y dejé de pensar en su color. No sé, ahora, si hubiera preferido que la mujer me la quitara. Mi vida hubiera sido más fácil tal vez, pero... ¡dios mío! ¡quitarme mi sombra!.

Un día cualquiera de abril de 1968
Hoy hubo otra marcha. Una marcha silenciosa y triste, una marcha de pies lentos. Yo también marcho hoy, y reparto mi periódico a quien quiera recibirlo. Allí, junto a la noticia del asesinato de Martin Luther King, cuento la historia de una sombra negra.
Mi padre me encuentra cuando la multitud comienza a dispersarse. Hace mucho que no hablamos.
-Ojalá comprendieras, Karen –me dice-, que no todos somos iguales. Y que somos más los que pensamos así.
Yo sólo atino a señalar la luz del sol, y las siluetas que esta dibuja sobre la tierra.
-Mirá papá, todas las sombras son negras.

*las llamadas leyes “Jim Crow” segregaban todo aspecto comunitario de la vida de los negros del sur de los Estados Unidos. Estas leyes indicaban dónde podía sentarse un negro en un autobús, por qué puerta debía entrar a un edificio público, y que debían tener baños, escuelas, bebederos, restaurantes, etc, separados de los blancos. También prohibían los matrimonios mixtos, y hasta indicaban que debía haber dos Biblias en las cortes, una para que juraran los negros, y otra para los blancos.
**El Ku Klux Klan es una organización racista violenta, que fue creada en el sur de Estados Unidos en 1865, y que sobrevive hasta hoy en día. El KKK está formado por hombres blancos, cuyo fin es perseguir a los negros y defender la supremacía blanca. Ataviados con sus clásicas túnicas y capuchas blancas, han azotado, mutilado y asesinado a miles de personas, además de incendiar casas, iglesias y pueblos enteros.

9 comentarios:

angie dijo...

hola, aqui yo de nuevo,
el cuento esta re bueno (a este si lo entiendo) y me ayudo a comprender que significaban las siglas KKK de la cancion where is the love de black eyed peace ;)jajajja.
bueno volviendo al tema del movimiento literario y caracteristicas de tus obras me parece que va a quedar sin respuesta porque nadie lo sacó y aparte eso lo decidis vos.
mmm... nose que mas
chau chau

Matías Guillán dijo...

cuenta mi madre, porque yo era muy chiquito y ya no recuerdo casi nada, que yo fui al jardín de infantes con una negra mota.
a los tres meses de empezado el ciclo lectivo, se citó a reunión a los padres de mi división porque decían que había discriminación entre los chicos y aquella compañerita.
en la reunión se dijeron barbaridades e incluso a todo el mundo le llamó la atención que los padres de noelia no eran negros mota, ni mucho menos. son normales, habrán dicho algunos.
mi mamá estaba aterrorizada porque le dijeran algo de mí; yo acababa de entrar a aquel jardín por algún acomodo político ya que en mi colegio no había vacantes.
entonces, el speech de la maestra fue claro, concreto, apuntó a que varios de los niños y niñas discriminábamos a noelia, que esto era pura y exclusivamente culpa de los padres, que esto no puede seguir así, dijo según mi mamá.
sobre el final del discurso de la maestra agregó: sólo uno de los chicos está con ella durante todo el horario de clases y eso es contraproducente.
luego, cuando los padres se dispersaron la maestra llamó a mi mamá aparte. mi mamá se puso colorada a pesar de que casi nadie la estuviera mirando hablar con la maestra. pensó que yo era racista o algo así, qué se yo. la cuestión fue que la maestra le dijo que ella no me dijera nada, que hiciera como si nada hubiera sucedido porque yo era el chico que estaba todo el día con noelia.

mi mamá llegó a casa y me felicitó con un kilo de helado de verona y yo no supe por qué era aquel momento de gula compartido hasta que de grande se jacta de contar esta historia a cualquiera que entre a mi casa, toda orgullosa ella con su primorcito de hijo sentado al lado lleno de vergüenza.

cariños.

flor dijo...

Muy bueno el cuento. Me lo leí de un tirón. Gracias.

Ary dijo...

No lei tu cuento porque era muy largo, pero si lei varios post anteriores, aunque tambien eran largos. No tengo trabajo para darte, parece que la vida de los escritores es así. Mal paga.

claris dijo...

Hola, me parecio excelente el cuento, y que deja mucho para pensar...(en un pais que se jacta de recibir a los extranjeros con los brazos abiertos, y subestima y a veces maltrata a los hermanos de paises limitrofes). De nuevo mis felicitaciones por el post, espero seguir disfrutando de tan buena lectura. Saludos

Laura dijo...

Verónica, escribís muy bien,muy bien y eso no es una novedad para vos.Vaya como un mimo desde este lado del río. Me emocionó mucho leerlo.

Verónica Sukaczer dijo...

¡¡¡Gracias a todos por sus comentarios!!! Es un placer subir un cuento y recibir sus lecturas, apoyos y comentarios. ¿Me animaré alguna vez a subir uno inédito? Mmm...

Angie: ¿¿¿qué??? ¿¿¿Cómo que nadie sacó mi movimiento??? ¿¿¿Qué estaban haciendo cuando el profesor lo explicó??? ¿Me estudian en clase pero ni pelota que me dan? Me sentía casi un prócer y ahora me imagino a todos enviándose mensajes con el celular y jugando al hundido mientras el pobre y sufrido y abnegado profesor les dice a qué movimiento pertenezco, y el dato se pierde para siempre entre el ruido de ustedes. ¡Ja! Es una buena historia.
Ok... lo decido yo. ¡Están todos aplazados! :-) Y he decidido que pertenezco al movimiento de escritoras jóvenes, lindas, flacas, con guita, y ¡sin celulitis! A ese movimiento quiero subirme yo.

Barbarita dijo...

¡Es precioso este cuento, Verónica!

Muchas gracias por ponerlo en el blog.

AnaSofia dijo...

Me gustó mucho el cuento. Sobre todo por el hecho difícil de cuestionar lo que nos dicen nuestros propios padres.
Saludos.