07 septiembre 2005

DIRECTO DE FÁBRICA

Este cuento pertenece al libro "Los monos del mar", publicado por Alfaguara, y recomendado para chicos de más de 10 años.

Fue el pequeño brontosaurio el que lo vio llegar, y se largó a correr con sus cortas patas, sabiendo que el peligro estaba cerca y debía avisar al pueblo.
Aquella tarde de domingo, todo el mundo se divertía en la feria, intentando ganar el primer premio en el concurso de rugidos y tratando de insertar uno aros en los cuernos de algún amigo.
-¡¡¡Un hombre!!! -el pequeño brontosaurio llegó sin aliento -¡¡¡Viene un hombre!!!
El pánico invadió la plaza. Las hembras buscaron a sus hijos y los cubrieron con sus colas gigantes. Una triceratops, desesperada, gritaba el nombre de su bebé, que no aparecía por ningún lado.
Los machos se reunieron rápidamente y, todos a la vez, proponían soluciones y esparcían rumores de guerra.
Entonces llegó. Caminando por la calle central hacia la plaza. Traje y corbata, maletín en mano, silbando bajito, el hombre se aproximó hasta los dinosaurios.
El alcalde del pueblo, el tiranosaurio, se acercó cauteloso. Hombre y dinosaurio se midieron con la mirada. El tiranosaurio habló, y hasta las piedras vibraron con aquél vozarrón:
-Durante millones de años, dinosaurios y humanos hemos convivido en paz, respetando los límites de nuestras tierras. ¿Acaso ha llegado el fin de esta era?
El hombre escuchó atento, asintiendo ante cada palabra; luego dejó el maletín en la tierra, y lentamente buscó aldo dentro de su saco.
Las mamás dinosaurios se tiraron sobre sus hijos, protegiéndolos. Los machos retrocedieron asustados, buscando cualquier cosa que sirviera para defenderse.
De pronto, el llanto del bebé triceratops, ese que no había aparecido por ningún lado, y que ahora salía a duras penas de la fuerte de la plaza, hizo estallar la tensión del ambiente.
Su madre se lanzó a recogerlo, el padre quiso frenar a la madre. El alcalde tiranosaurio, haciéndose el héroe, trató de llegar primero hasta el bebé. Los seguidores del alcalde, para no quedar mal, salieron a las picadas, pero para cualquier lado. El choque de tantos dinosaurios movió la tierra y alguien gritó "¡terremoto!", originando la estmpida. Cayeron todos enrededados, patas para arriba, cuernos retorcidos, colas anudadas, ante la mirada atónita del hombre que no se había movido del lugar y que por fin había encontrado lo que buscaba en el interior de su saco.
Con una sonrisa, se acercó hasta el tiranosaurio, que no podía levantarse, y extendió su tarjeta: Carlos Magno. Vendedor. Y como nadie abrió la boca, siguió:
-Vengo a ofrecerles, directo de fábrica, estos lindísimos y divertidos juguetes -dijo mientras abría su maletían y sacaba varios dinosaurios de plástico, horribles, con cara de malos y pintura roja que simulaba ser sangre corriendo por sus cuellos-, que harán las delicias de sus vástagos. Útil para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, permite entretener al pequeño en cualquier sitio. Especialistas en niños aconsejan tener, aunque sea, uno de estos monstruos, porque eneseñan a los niños que hasta lo espeluznante y terrorífico se puede convertir en un juego. Aprovechen esta oferta que no se repite. ¡Dos dinosaurios asesinos al precio de uno!
El hombre mostró los muñecos. Los movía en el aire como si se estuvieran peleando y se pegaran mordiscones fatales.
Los dinosaurios miraron. Nadie habló. El hombre acercó un juguete al hocico de un braquiosaurio de apenas 6 años, que se había escapado de la cola de su madre. El pequeño se largó a llorar a grito pelado. Lo siguió otro, y otro, y al rato ninguna cría podía dejar de moquear. Las hembras los consolaban, pero era tal la impresión que les habían causado esos muñecos, que también ellas terminaron lloriqueando. Los machos, olvidándose del vendedor, intentaban calmar a todos. El pueblo comenzó a inundarse con lágrimas de dinosaurio.
Viendo que no iba a hacer ninguna venta, Carlos Magno guardó sus juguetes, se arregló la corbata y silbando bajito se puso en camino.
-Quizás en el próximo pueblo tenga mejor suerte... -dijo para sí, encogiéndose de hombros.

4 comentarios:

Voyeur dijo...

¿los especialistas en niños son niños? estaría bueno que sean niños.

cariños.

Verónica Sukaczer dijo...

Sí, ya voy a escribir un post sobre nosotros los niños, que escribimos para niños.
¡Gracias por leer!

Isil dijo...

La re pifio el chabon, tendria que haber vendido esos dinosaurios de esponja que crecian cuando los mojabas.
pero onda muñecas dinosaurias esponjas con la boquita abierta y demas.
Ahi la levantaba con pala.

Verónica Sukaczer dijo...

¿Cómo no se me ocurrió?