08 agosto 2005

LA RATA COCHERO

David Henry Wilson

-¡Madre, madre! -exclamé. -¡He tenido la experiencia más increíble! ¡Me he convertido en cochero! ¡Fui a la casa que te dije y allí conocí a Amadea y una mujer luminosa que me convirtió en hombre! Tenía un uniforme y conducía seis...
Me intrrumpí. Había una mirada en los ojos de mi madre que hizo que me sintiera como un completo extraño.
-¿Me oyes, madre? -exclamé.
Y habló. Por lo menos, abrió la boca, y pude ver que estaba hablando. Pero el sonido que de ella salía no era más que un agudo chillido.
-¿Qué dices? -grité.
Pero no salían palabras de ella, sólo ese chillido interminable. Quizá estuviera enferma, o quizá fuera el impacto de volver a verme cuando ya pensaba que me habían matado. Decidí esperar a que volvieran mis hermanos y hermanas. Ellos, al menos, podrían decirme qué le pasaba a mi madre.
Finalmente volvieron, pero, incluso antes de que pudiera hablar con ellos, mi madre volvió a empezar su agudo gimoteo, ¡y ellos contestaron con los mismos sonidos! Sólo entonces me di cuenta de lo que había pasado. ¡Ya no hablaba su idioma! ¡Había perdido la forma humana, pero no el habla humana! ¡Había perdido los medios de comunicarme con los de mi misma especie!
Me echaron de la madriguera y de la alcantarilla. ¿Puedo censurarlos? Siempre había sido diferente de ellos, aunque seguía siendo de su especie de forma reconocible. Y ahora hablaba como su más temido enemigo. ¿Cómo iban a dejarme permanecer entre ellos?
Me escondí en una grieta y me enfrenté a mi situación. Una solución se impuso por encima de todas las demás. Podía buscar una trampa mortal y poner fin a mi vida. Acabía en un momento: el resorte me rompería el espinazo y no sentiría nada más. En cambio, la vida me traería un sufrimiento ilimitado.
Pero quería vivir. Quería ser cochero, y, si me dejaba morir, sería el final de todo un sueño. Me había propuesto encontrar un mundo nuevo, y ahora que lo había encontrado y perdido con seguridad debía buscarlo de nuevo. El hallazgo de una vez es esperanza para futuros hallazgos. El no haber encontrado nunca nada es causa de desesperanza. Ese mundo existía, y ese mundo me había incluido una vez. ¿Podría no volver a incluirme más?"


La literatura existe gracias a una pregunta: ¿qué pasaría si..? ¿Qué pasaría si cuando el reloj marca las 0 horas, y el cochero de la Cenicienta vuelve a convertirse en rata, no pierde su conciencia de humano? Ese es el juego en el que se embarca Wilson, un escritor para chicos (por supuesto), en este libro para grandes.

3 comentarios:

Isil dijo...

Me encanto, lastima la moralina final, porque siempre tienen que disfrutar escribiendo lo obvio (que se desprende del texto)?

rolandgarron dijo...

muy bueno: en cuanto a amar, temer y partir, son los paradigmas verbales con a, e, e i en castellano, es una lástima serte útil sólo para semajante pelotudez.

Verónica Sukaczer dijo...

Si con cada hijo se pierde una neurona, y se supone que las mujeres tenemos dos, ya no me queda ninguna para el blog. Debe ser por eso que no sé qué están diciendo.
Verónica