26 agosto 2005

ANTÁRTIDA Y YO

A pedido del público, va este texto que subí hace un par de días, luego borré, y vuelvo a subir, como para confirmar cierta fama de histeria que me precede. Lo había quitado por su estilo didáctico (esa es su función), pero tiene algo rescatable: YO ESTUVE AHÍ (sí, 22 días, repartidos entre dos bases y el rompehielos).

LA AVENTURA DE MI VIDA
Verónica Sukaczer
Una vez yo estuve parada en la punta del mapa, allí donde dicen que se termina el planeta. Sobre mi cabeza tenía un cielo que había olvidado la noche y, bajo mis pies, hielos eternos que guardan los secretos de nuestra historia. Estaba en la Antártida, el continente blanco que, dicen, tiene un imán que atrae a las personas y las enamora para siempre.
El viaje a la Antártida
Estoy en un avión militar que no tiene asientos, sino una lona estirada entre dos caños, ni silenciadores. Luego me veo frente a un océano color turquesa y pasa a mi lado un témpano sobre el que duerme una foca. Hundo mis pies en un glaciar y al rato estoy entre pingüinos que graznan buscando a sus parejas. El sol es tan fuerte que me duelen los ojos, y a lo lejos se desprenden gigantes trozos de hielo de las montañas blancas.
Todas postales de la Antártida, el lugar que me enamoró para siempre en el año 1992 cuando, gracias a mi trabajo como periodista, pude conocerla y vivirla. Base Marambio, Base Esperanza, buque rompehielos Almirante Irízar. Ésos fueron mis destinos y la que sigue, mi historia.
Los preparativos
La primera parada de mi viaje fue en el Comando Antártico Argentino de Buenos Aires donde, literalmente, me vistieron para la aventura. Enterito naranja (el naranja es el color que mejor se destaca sobre el hielo, por si me perdía), campera del mismo color, botas enormes y pesadas (se coloca primero una botita de fieltro, y luego unas botas parecidas a las que usan los astronautas), pasamontañas, guantes, ropa interior de abrigo, poulover antártico de pelo de oveja (tan caluroso, que nunca lo usé), antiparras y un bolso para guardar todo.
Con el equipo antártico completo, que me quedaba enorme, parecía un pingüino y caminaba como tal, pero seguro que no me perdería ni me congelaría en el continente blanco.
El lunes 30 de noviembre de 1992, con mi bolso a cuestas, cámara fotográfica y miles de mariposas en el estómago, me subí a un avión Fócquer TC 73 de la Fuerza Aérea Argentina, que salió a las 18,30 horas del aeropuerto del Palomar. Luego de un par de paradas, primero en Comodoro Rivadavia y más tarde en Río Gallegos, donde cambiamos el Fócquer por un Hércules (parecido, pero mucho más grande y tan incómodo como el primero), sobrevolamos Base Marambio el 1 de diciembre a las 7 de la mañana.
Mar y témpanos
Había llegado a pesar del tiempo: el viento, la nieve, los temporales, que aquí son amos y señores que pueden cancelar vuelos a su antojo y decidir quién llega hasta sus dominios. Había llegado, y la Antártida se descubrió ante mí a través de las ventanillas de la cabina del avión, con su mar turquesa salpicado de témpanos. El sol ya estaba alto y fuerte, y yo nunca había visto un mar tan azul, nunca me había sentido, como en ese momento sobre la Antártida, tan pequeña frente a la majestuosidad de la naturaleza. Nunca antes había estado frente a tanta belleza.
Base Marambio
Mi consigna era recorrer Base Marambio en apenas unas horas, y seguir viaje hacia Base Esperanza, mi destino final. Pero esta vez el tiempo no me perdonó, y quedé varada allí durante cinco días: porque estábamos en medio de una nube, o porque los vientos nos doblaban, o porque aquí brillaba el sol que faltaba en Esperanza, siempre la naturaleza tenía una excusa para no permitirme seguir el viaje. Lo cierto es que tuve la oportunidad única de conocer a fondo esta base y a quienes, en 1992, la habitaban.
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La isla me recibe con una temperatura primaveral de 2 grados sobre cero y, como el clima es seco, el frío no se siente demasiado. En un par de días me enteraré, y por experiencia propia, de que lo que te vence aquí es el viento. La península antártica, donde se encuentra Marambio, es la zona más ventosa del planeta. Quizás, y si no fuera por mis botas pesadas, los vientos que corrían a más de 70 km por hora hubieran podido remontarme como un barrilete.
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Pero allí estaba, frente a un cartel que me daba la bienvenida a la base, rodeada de aquél mar tan azul y de cientocinco hombres que me miraban con curiosidad. Aquella, parecían decirme con la mirada, no era una tierra para mujeres.
Yo no les hice caso y, como aún no sabía que tendría tiempo de sobra para recorrer el lugar, me apuré por sacar fotografías y recorrer la base.
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Marambio está formada por varias construcciones naranjas que, desde afuera, parecen galpones. La más grande alberga el comedor, sala de juegos, biblioteca, consultorio médico, capilla, la habitación del jefe de la base y más cuartos para sus habitantes. Atravesando pequeños puentes construidos sobre barriles, se llega al Centro Meteorológico Antártico “Vicecomodoro Marambio”
Allí se estudia y se investiga el achicamiento de la capa de ozono atmosférico, las radiaciones solares, la contaminación del aire y los efectos que la actividad humana provoca en el medio ambiente.
Más lejos, se encuentran los hangares y toda clase de maquinaria que sirven para que la base pueda autoabastecer de energía, agua potable (se saca de lagunas cercanas), calefacción (dentro de la base está más que agradable), y comunicaciones.
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Y más allá, el paisaje... el océano parece estar al alcance de la mano, y las imágenes van cambiando a cada momento, según el movimiento de los témpanos. Yo trato de absorber esa belleza, de que se me quede grabada en la retina para poder traérmela de regreso al continente.

La vida cotidiana en Marambio
Mi primer desayuno en base Marambio es chocolate caliente con pan casero. Me acompañan los únicos tres civiles que llegaron conmigo: un técnico de Radio Nacional encargado de arreglar los equipos de radio de Base Esperanza, y dos muchachos que cargan con la responsabilidad de hacer funcionar una máquina de gaseosa. Una frase pintada con grandes letras en la pared del comedor me llama la atención: “No te extrañe que quieras irte, no te asombres que quieras volver”. Todavía no sé que veinte días más tarde comprenderé muy bien qué quiere decir.
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Pasan las horas y nadie parece con ganas de llevarme a Base Esperanza. Deambulo por la base y aprovecho para hacer entrevistas. El carpintero Pepe me cuenta que el secreto para vivir un año completo en la Antártida, es trabajar todo el tiempo. Para no pensar –dice-, lo importante es no pensar. Luego aclara: -no pensar en la familia que quedó lejos, no dejarse ganar por la melancolía. Alguien lo escucha y, al recordar a la familia, también recuerda a un cocinero que pasó por Marambio, el cocinero Tato, que se paraba en la puerta del comedor y miraba si todos se alimentaban bien. Si alguien dejaba algo en el plato, se acercaba y preguntaba: “¿qué te pasa a vos?”.
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La constante en la base es la camaradería. Cien hombres viviendo en el extremo del mundo, medio año sin días y otro tanto sin noches, en un sitio en donde el hielo los puede encerrar y en donde hay que salir a trabajar siempre de a dos, para que cada uno cuide que su compañero no se congele necesitan, más que nada, llevarse bien. Y eso intentan hacer. Por eso comparten tanto el tiempo libre como el trabajo, y a cada rato se arman partidos de metegol, se comparte una película en video o se juega a las cartas con los amigos.

Una pregunta
¿Por qué eligen los hombres de las Fuerzas Armadas, habiendo tantos destinos en el país, pasar un año en alguna de las bases antárticas? Ésa es la pregunta que intento responder, y para ello colecciono respuestas. Algunos hombres están allí por segunda o tercera vez, y dicen que un año lejos de la familia se les hace largo y solitario, (“no te extrañe que quieras irte...”) pero que aguantan en parte por la aventura, por el paisaje y, por qué no, porque podrán ahorrar lo que ganen ya que allí no tienen gastos. “La Antártida es un sentimiento” –dicen-, “es un estado emocional” (“no te asombres que quieras volver”). Todos hablan de la Antártida como si mutuamente se pertenecieran, y por momentos el continente parece ser una persona más, un amigo que a veces da problemas pero a quien no se abandona.

El menú del día
La primera noche cenamos sopa de verduras con fideos y pedacitos de carne del locro del mediodía. Las comidas no son muy variadas, pero siempre sustanciosas y llenas de calorías para soportar el frío. Luego de unos días es fácil adivinar qué habrá de comer. Si al mediodía hubo carne, a la noche hay sopa con carne. Si hubo fideos, guiso de fideos. Nada se tira.
Las provisiones llegan cada tanto en los Hércules y todo se guarda en heladeras y congeladores enormes. El resto, está todo en polvo: la leche en polvo, por supuesto, los huevos, en polvo.

Sobremesa y mi primera noche antártica
La conversación corre por cuenta de uno de los pilotos del Hércules, que se quedará unos días. Escucho historias antárticas increíbles, como la del jefe de una base que enloqueció y le prendió fuego a todo lo que tenía delante. Historias tristes de gente que se perdió en el desierto blanco; de una base que navega perdida sobre un témpano... Las palabras continúan pero mis ojos se cierran y me retiro a mi habitación.
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Cada habitación es ocupada por varios hombres, y no sobran camas. A mi me toca ocupar la única habitación privada: la del jefe de la base que tuvo que buscarse otro lugar.
Estoy a punto de dormirme cuando me doy cuenta de que por la ventana entra el sol, y son las 12 de la noche. No hay noche en la primavera antártica.

Trabajar en la Antártida
Cuando veo que los días se suceden y yo continúo en Marambio, busco algo que hacer. No hay más para ver ni para pasear, los hombres trabajan y no puedo molestarlos a cada rato. Mis opciones son trabajar o mirar el paisaje hasta que me duelan los ojos (y de verdad duelen los ojos por la intensidad de la luz y los reflejos del hielo). Así es como termino en la cocina, cortando tortas fritas y lavando verduras en el agua helada que llega desde la laguna de la isla. Me detengo cuando ya no siento mis manos.
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Cuando termino, abro las puerta de la cocina que da al exterior y que parece cerrada a presión (tiene un mecanismo similar al de los grandes refrigeradores), buscando aire fresco. No llego muy lejos, el viento me tumba y la niebla no me permite ver dónde piso. De regreso, me retan: no puedo volver a salir sola. El viento podría tirarme, la niebla perderme, los precipicios tragarme. Además, como todo es barro y piedras sueltas (una de las características de la isla es que no se forma nieve sobre su superficie) es más que sencillo terminar rodando. Acepto las indicaciones y sigo trabajando en lo que encuentro: pinto marcos de paredes, vuelvo a la cocina, ayudo a armar maquetas de futuras construcciones.
Más tarde busco una solución para el tema que más me preocupa: ¡desde Buenos Aires que no me bañado! Es que allí los baños son compartidos y dicen que el agua es sucia y fría y que aguante. Pero no puedo y, como insisto, por fin logro que me presten un baño y descubro que sí, que el agua que se recolecta de la laguna es sucia, y que el chorro es tan escaso como frío. Pero yo me siento renovada para continuar con mi aventura.

Un nuevo viaje
Al quinto día me levanto y corro a la estación meteorológica. Me he convertido en una experta en leer los aparatos que marcan la velocidad del viento en nudos: 35 nudos ahora (70 km/h). Así descubro que esta vez no hay impedimentos para volar, y que por fin llegaré a base Esperanza. Corro por mi equipaje que siempre estuvo listo, y me subo a un Twin Otter dotado de grandes esquíes que durante media hora me muestra lo más hermoso del océano antártico: témpanos a la deriva sobre ese mar azul, islas perdidas, montañas nevadas.

Descender sobre un glaciar
Sobre el glaciar Buenos Aires, a metros nomás de la base Esperanza, el avión da tres vueltas cerradas buscando donde aterrizar. Es que por las altas temperaturas el glaciar se está derritiendo, y corren pequeños riachos por su superficie. Todos deseamos, en silencio, que no haya grietas escondidas por allí.
Pero el avión aterriza sin problemas, aunque levanta olas a su paso, y los puntitos naranja que yo veía desde el cielo se convierten en personas que nos dan la bienvenida y que, como una forma de bautismo, reciben al piloto del Twin Otter haciéndolo rodar por el hielo.

Base Esperanza
Base Esperanza. Me hundo en el glaciar hasta las rodillas y observo a mi alrededor. Parece un pueblo: pequeñas casitas naranjas se suceden una al lado de la otra, de cara al mar. Al frente de ellas, el llamado casino de oficiales que sirve de comedor, lugar de reunión y de juegos, y un pequeño muelle que parece a punto de venirse abajo (de todos modos, está clausurado), que se interna varios metros en el océano. Al final del mismo, una casilla con un letrero que dice: “antiguo baño Pipper”. Pregunto enseguida de qué se trata y me entero de que es el baño que utilizaron los primeros pobladores de la base, que desemboca justo... sobre el mar, y que se llama Pipper, como el avión, por cómo se bamboleaba los días de viento.
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Detrás de las casas algunas cruces recuerdan a quienes murieron en la base y más allá, subiendo una pequeña loma de piedras, la pingüinera donde viven los verdaderos habitantes de la Antártida.

Un paisaje maravilloso
En Base Esperanza todo el paisaje es diferente. La base se encuentra entre el mar y las montañas más fantásticas que haya visto. Hacia un lado, el glaciar Buenos Aires y el esqueleto de una vieja base inglesa, que ahora está abandonada; hacia el otro, témpanos gigantes de los que se desprenden trozos de hielo. Arriba los pingüinos de Adelia, y en un costado la jauría de perros polares argentinos que ese año regresó para siempre al continente, acusada de contagiar el moquillo a las focas y de alterar el ecosistema antártico.

Las familias de Esperanza
Y hombres, y mujeres, y niños. Esperanza es la única base argentina en donde conviven, a lo largo de un año, personal del ejército con sus familias. Durante aquella campaña ´92, la dotación de la base estaba formada por 23 hombres, 6 mujeres y 18 niños entre 2 y 16 años. Para los más chicos, aquella será una aventura con mucho frío, pingüinos y fútbol sobre el mar congelado. Recuerdo que uno de los chicos me dijo: “la Antártida es el único lugar del mundo en donde se puede vivir como en el principio de los tiempos”.

Hogar, pingüinos y fósiles
Luego de la experiencia en Marambio, estoy lista para enfrentar cualquier incomodidad en Esperanza, y por eso no termino de creer que voy a habitar una casa yo solita, la casa número 13, con tres habitaciones, comedor, cocina, baño, altillo, sótano y calefacción central. Pero allí me dejan con mi bolso y me quedo un buen rato parada sin reaccionar, acompañada por un par de pingüinos.
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Cuatro días completos estuve en Esperanza, y estoy segura de que durante esos cuatro días eran siempre los mismos pingüinos los que se acercaban a la puerta de mi casa. Yo los acompañaba hasta su nido (llevaban piedritas en el pico para completarlo), y me quedaba un largo rato allí, en medio de la pingüinera, escuchando los graznidos con los que los pingüinos avisan a su pareja dónde están, ya que uno se queda cuidando el nido y los huevos, mientras el otro va en busca de alimento.
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Pingüinos y fósiles. Ambos abundan en Esperanza. Cada vez que miraba hacia el suelo algo me llamaba la atención: un reflejo, un dibujo, y cuando levantaba cualquier piedra me encontraba con alguna planta prehistórica grabada para siempre en ella. En cada piedra de la Antártida está la historia del mundo.

Datos sobre la base
Durante mi estancia en la Base Esperanza, que fue fundada el 17 de diciembre de 1952 por el hoy general Jorge Leal, y que está ubicada en el extremo noroeste de la Península de Trinidad o Tierra de San Martín, me dediqué a mi trabajo de periodista: acompañé a los hombres durante sus tareas de mantenimiento de la base, en la radio de onda corta, en el comedor o en el consultorio veterinario. Y conversé con las mujeres que se dedican a la docencia en la escuela de la base, ayudan en la cocina, son locutoras o enfermeras.
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Cada mediodía y cada noche, además, compartía las comidas con quienes no tenían a su familia allí, en el casino de oficiales. Los menúes eran similares a los de Marambio: comidas nutritivas, abundantes y calientes y acompañadas de sabrosas historias. Y de mucho aprendizaje.

Anécdotas antárticas
Yo me acabo de quedar sin agua en mi casa y ahora me entero de que el agua hay que “hacerla”. Dos veces a la semana: martes y jueves, se “hace” agua. Esto significa que hay que subir al altillo, donde se encuentra el tanque de agua, abrir la llave de paso, y avisar por teléfono (todos están comunicados) que envíen el líquido vital. El encargado del agua, entonces, hace lo suyo y, cuando el tanque se llena, hay que volver a llamar para que cierren el paso hacia la casa en cuestión.
También, por supuesto, y porque dicen que a todo recién llegado le debe suceder lo mismo, me quedé al segundo día sin calefacción y supe lo que era el frío antártico. Encima aquél día se había largado una tormenta de aquellas: la casa entera temblaba, había vientos de más de 90 km/h, llovía, nevaba, todo junto. Un valiente, por suerte, se animó a llegar hasta mi casa para llenar de gasoil la calefacción.
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De todos modos, no habrá muchas más aventuras. Al tercer día se recorta el perfil del buque rompehielos Almirante Irízar frente a la costa de Esperanza, y hay que prepararse para partir.

La despedida
Las despedidas son tristes. Las mujeres que también regresan al continente lloran y se abrazan, y los chicos tienen las caras largas pero siguen jugando hasta último momento.
Un helicóptero nos viene a buscar a Esperanza y nos lleva al buque. Dos horas más tarde estoy otra vez frente a la base Marambio, y allí me quedo otros cinco días, disfrutando de la vida en el barco, siempre alerta porque cuando el buque corta en dos un témpano todo tiembla, y tengo que recordarme, mientras busco mi salvavidas, que ésa es la tarea de un rompehielos: cortar el hielo.
La historia termina con otro Hércules llevándonos al continente, muy lejos de aquél mar turquesa salpicado de témpanos.
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Estos años me he preguntado muchas veces si he estado allí de verdad, y entonces busco las fotos y tengo que decir que sí, que esa joven perdida en su enterito naranja soy yo, y que detrás de mí están los témpanos o las montañas o los pingüinos. Cierro los ojos y estoy otra vez boca abajo en la punta del mapa, viviendo la mayor aventura de mi vida. Sé que en algún lugar quedó mi pisada marcada en el suelo antártico, y sé por sobre todo que ese imán que dicen que existe en el continente blanco me atrapó, y que desde entonces sueño con regresar.
“No te extrañe que quieras irte, no te asombres que quieras volver”. «

Dedicado a los hombres, mujeres y niños de la campaña antártica ´92.

(Esta crónica fue realizada para un libro para niños, que no se publicó)

3 comentarios:

Roberto Iza Valdes dijo...
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Anónimo dijo...

me gusto mucho tu experiencia que la pude utilizar para un trabajo de la escuela, espero que puedas volver! gracias, ana

Anónimo dijo...

HOLA...... YO TAMBIEN TUE LA SUERTE DE IR A LA ANTARTIDA, MAS ESPECIFICAMENTE A LA BASE MARAMBIO...... ME EXTRAÑO UNA COSA DE TU HISTOIRA...... EN UN PARRAFO CONTABAS QUE TE LLAMO LA ATENCION UNA FRASE QUE DECIA EN EL COMEDOR, PERO ESO NO ES LO QUE DICE.... LA VERDADERA FRASE DICE ``CUANDO LLEGASTES APENAS ME CONOCIAS, CUANDO TE VALLAS ME LLEVARAS CONTIGO´´...... ESPERO QUE TENGAS UNA MUY BUENA EXPLICACION DE TU ERROR.

GRACIAS