No he escrito desde hace unos 20 días. Muy mal. Eso no se hace. Descuidar así el blog...
Pero problemas de este lado de la pantalla me han mantenido más que entretenida y posiblemente al borde de alguna neurosis de moda.
Además... a ver... me voy en unos días a Salta. No voy a estar. Y ser madre, ama de casa, escritora, estudiante y blogguera todo junto a veces se torna imposible. Actividades incompatibles que le dicen.
Y además... estoy un poco decepcionada conmigo misma. Es decir... en los últimos meses mantuve el blog más por obligación que por placer. Con lo suficiente como para no dejarlo morir. No es que quiera abandonarlo. No. Pero este espacio cumplirá 4 años en agosto (después no digan que no avisé) y como todo en la vida tiene sus ciclos. Sus altas y sus bajas.
Y además... bueno... ciertas cosas no las he logrado. No voy a negar que cuando empecé el blog esperaba hacer... no sé si decir algo mejor, porque me he esforzado en hacer lo mejor que puedo, pero sí algo diferente (admito que lo mejor mejor que escribo -según yo- no lo subo porque lo reservo para comer, o por lo menos para un postre una vez cada tanto). Lo que yo quería era tener cientos de comentarios en cada post (lo cual se contradice con el hecho de que yo leo bastantes blogs pero nunca dejo comentarios). Eso. Lo dije. Me lo quité del organismo. Quería tener éxito. Que el blog fuera un punto de partida para hacer otras cosas y sobre todo para conseguir trabajos pagos. Pero no. No pasó. Es un blog muy personal y demasiado disperso. En general los blogs que han tenido éxito tratan un único tema (tecnología, periodismo, mujeres, anorexia). Muchas veces pensé en cambiar el perfil del mismo para lograrlo, pero siempre desistí. No podría hacer algo que no soy yo. Así que aquí estamos. Un poco cansada. Necesito recargar baterías.
Cada vez que me pasa algo así, que algo no me termina de cerrar, que dudo, que histeriqueo un poco, que doy vueltas, trato de buscar lo positivo. Es como investigar la noticia buena que nunca se publicará en el diario. Ok... estoy en una época de desapego del blog pero... ¿qué me ha dado el blog, si bien no los cientos de comentarios y la fama instantánea? Eso hago. Los escépticos y cínicos también tenemos nuestro costado Osho-Coelho. Nuestro servicio mental de autoayuda.
Así que eso quiero hacer ahora. Como me voy de viaje, como no quiero escribir por escribir, como no sé si enfocar el blog de otra manera... quiero compartir lo bueno, maravilloso, excelente y fantástico que me ha dado el blog y sólo el blog y sólo el hecho de hacer este blog y sólo por el motivo de que ustedes lo leyeran:
Conocí a gente fantástica. No puedo nombrarlos porque seguro me olvidaría de muchos, pero allí están.
Hice amigos reales. Gente a la que veo en vivo y en directo y que conocí aquí en el blog. Por ejemplo, hay un escritor para chicos que siempre mantuvo el anonimato, con quien tomo café cada tanto. No sé si él lo sabe, pero cada vez que nos encontramos, yo vuelvo a casa con ganas de escribir.
Hay quien me ha salvado con un libro que además me ha prestado sin saber si yo soy de devolverlos o no (sí, lo soy). Esa persona puso en una vidriera un libro mío y me contó que se vendió.
Una profesora mexicana de la Universidad Autónoma de México leyó una de las crónicas periodísticas y me pidió autorización para publicarla en una guía para profesores.
El editor y escritor Sergio Gaut vel Hartman me invitó a participar de la antología "Grageas" luego de descubrir este blog.
La gente de una empresa yanquee me pidió un texto para incorporarlo en un examen.
Varios bloggueros (¿o bloggeros? siempre dudo) me otorgaron premios y mencionaron mi blog o lo recomendaron con una onda bárbara, y como yo nunca sé cómo reaccionar frente a los elogios, no lo dije antes aquí.
Otros blogs levantaron textos míos, lo cual me hace sentir muy importante y, por lo tanto, muy bien.
Por supuesto en casi 4 años pasaron muchas otras cosas pero lo de arriba es para mí lo más significativo. Mi ganancia.
Seguiré aquí. Luego de mi viaje y de poner en orden algunas cosas y de recuperar ganas.
Hasta prontito.
Gracias por estar.
12 mayo 2008
SERVICIO MENTAL DE AUTOAYUDA
24 abril 2008
MAMI COMPRAME COMPRAME
Hoy empezó la Feria del Libro en Buenos Aires.
Carajo...
La feria le hace mal a mi ego y a mi bolsillo. No sé a cuál peor. Pero además me involucra en una cantidad de rituales y obsesiones que ningún ansiolítico podría prevenir.
Cada vez que entro a la feria recibo una iluminación divina. Tal como Moisés con los diez mandamientos. Piso la feria y sé, con las tripas, con la razón, con el alma.., una de esas verdadesa absolutas que nos golpean de tal manera que todo lo demás no importa..., que es totalmente absurdo y ridículo que yo siga escribiendo. Que hay demasiados libros en el mundo. De todo tipo y para todo lector. Que no alcanzarían las vidas de varias generaciones para releerlo todo. Que hay libros maravillosos injustamente olvidados. Que hay libros sin ningún tipo de acción de márketing que esperan ser descubiertos. Y sobre todo, que agregar mi libro a esa vorágine de libros es como agregarle un grano de arena al desierto: no hace diferencia.
Sabido esto, debo huír de la feria y desintoxicarme en algún spa para escritores frustrados para recuperarme y volver a escribir, que es lo único que nunca en mi vida he dejado de hacer (en cambio de armar bijouterie me aburrí).
Ir a la feria incide en el presupuesto de la familia, de tal manera que hay que elegir entre si darle leche a los niños durante un mes o comprar libros.
Los niños son fuertes y si falta calcio un mes seguro lo podremos recuperar el mes que viene o hacerlos comer postrecitos en lo de la abuela, que les compra.
El presupuesto de este año es tan pobre y patético que es una vergüenza hasta que lo escriba aquí: 200 pesos argentinos. Unos 62 dólares. Más no puedo.
Lo sé: hay otros que van y no compran. O que ni siquiera pueden ir. Bueno... qué quieren que les diga... allá ellos. Pero si yo no leo no me alimento. Y según un capítulo de CSI, un ser humano puede sobrevivir tres semanas sin comida (3 minutos sin aire, 3 días sin agua, es la regla del 3 de la supervivencia, apréndanla, nunca saben cuándo les servirá).
Igual la entrada no la pago. O entro con mi certificado de discapacidad, o con las entradas gratuitas que vinieron el sábado pasado en Ñ. Algo es algo.
Sí habrá que contar una lágrima chica, tal vez una coca y una medialuna de manteca. El día es largo, la caminata ardua y habrá que reponer energías.
De todos modos tengo una regla para comprar: no compro nada que pueda conseguir en la librería del barrio al mismo precio.
Compro ofertas (¡el año pasado compré libros de la española Lengua de Trapo a $4 cada uno!, y todavía no los leí); compro libros imposibles de conseguir fuera de la Feria. Libros de stands de otros países o editoriales extranjeras, o ediciones viejas, o los que uno sabe que no venden las librerías o es imposible de conseguir, por ejemplo los títulos de Oliver Sacks, o libros de estudio que necesito ahora de Chomsky.
Me dejo atrapar por rarezas y curiosidades.
El presupuesto también debe alcanzar para un libro para cada uno de mis niños (el año pasado no alcanzó y yo me hice la boluda y no les regalé nada, total no es ninguna fecha en especial, día del niño o cumpleaños), y la propina para quien se haya adueñado del estacionamiento en la calle ese día.
Recorro la feria realizando siempre el mismo circuito. Desde la entrada principal, hacia la derecha, cada pasillo y cada salón por vez. Derecho hasta el fondo, a la izquierda, otra vez hasta el fondo, a la derecha, y así. Si no lo hago corro el riesgo de perderme un stand, Dios me libre y guarde.
Como todos los nostálgicos, extraño la vieja feria en el Centro Municipal de Exposiciones, con su pisito de arriba, pero no sus baños.
Me tiento en el stand de Parker pero no compro.
Busco mi vaso de Fernet con coca cola pero se lo toma mi marido (el mío y el suyo).
No participo de ninguna charla ni conferencia ni muestra ni nada que no sean libros.
En general voy sola, porque no me gusta seguir a nadie, no puedo obligar a nadie a que siga mi circuito, y voy a ver libros, no a hacer sociales. Pero el año pasado me acompañó mi esposo y me llevó las bolsas y disfruté su compañía. Él no estaba incluido en el presupuesto, así que lo invité con el café pero no se llevó libros.
Nunca compro de entrada. Anoto los libros que me interesan, su precio, y cuando termino la caminata estudio qué conviene comprar, para qué me alcanza, y regreso a los stands elegidos.
Acostumbro pedir descuento si compro varios libros en un stand o porque sí.
Lo que me pongo para ir a la feria ocupa otro ítem importante. Debo estar cómoda pero a la vez elegante por si me encuentro con un conocido (sobre todo escritores o editores). En general en esta época -no ahora- te morís de frío afuera y de calor adentro, pero como no hay donde guardar los abrigos y no puedo mirar libros con los brazos ocupados es mejor llegar desabrigada y correr hasta la entrada. Cartera liviana pero grande para guardar folletos o los libros más finitos. Ojo con las mochilas a la espalda porque afanan.
Lo mejor es ir día de semana -menos viernes- y llegar bien temprano. No hay gente pero hay escuelas. Pero si me llega a acompañar mi esposo otra vez, no tendré más opción que ir sábado o domingo o el 1 de mayo. A veces hay que hacer sacrificios. No es lo ideal pero se sobrevive.
Si alguien me reconoce en la feria, no duden en acercarse y pedirme un autógrafo. ¡A $2 la firma junto para otro título! :-)
Y luego, hasta el año que viene.
Salgo cansada, transpirada, hambrienta, pies doloridos, pero siempre con un mínimo de 4 ó 5 libros.
Llego a casa y los pongo a mi costado en la cama y leo tapas, contratapas, folletos, revistas gratuitas, elijo señaladores, hago cuentas, y frente a esa cantidad de historias por descubrir, por un momento siento que todo está perfecto y, pese a lo que me dicta mi razón, algo me pongo a escribir.
14 abril 2008
¿LIBROS? ¿QUÉ LIBROS?
-Bobe... -me llama mi nieto mayor (luego de una ardua pelea con mi nuera católica, y con mi hijo a su favor, cómo no, logré que mis nietos me llamaran Bobe, en recuerdo de mis raíces judías).
-¿Qué Verónico? (mi hijo le puso ese nombre en homenaje saben a quién, a pesar de que entre los ashkenazis no se acostumbra poner el nombre de la abuela viva, porque en la época en que vivían todos juntos, la muerte, al susurrar el nombre del futuro occiso, podía llevarse por equivocación a la criatura. Pero luego de pelear por el bobe no me quedó fuerzas para más, y están de moda los nombres al revés, los que eran comunmente para varones se usan para mujeres, y viceversa. No me pidan más explicaciones).
-¿Vos leías libros?
-¡Claro que leía libros! Tenía una biblioteca que era mi orgullo, de pared a pared, de piso a techo.
-¿Y no te pesaban?
-¿Qué cosa?
-Los libros. ¿No se te cansaban las manos?
-Buenos... yo a veces leía horas y horas seguidas, ahí sí. Pero a los que amábamos los libros nos encantaba también el objeto libro.
-¿Y por qué ya nadie tiene libros?
-Pasaron dos cosas Verónico. Por un lado la crisis del papel del año ´22. Y por el otro, me pasó lo mismo que cuando quise comprar la cámara digital.
-¿Qué?
-Que tuve que vender mis tres cámaras fotográficas para comprar una digital. Para poder seguir leyendo, para comprar un e-book, tuve que vender mis libros. Pero de todos tengo una copia digital.
-¿Y cómo era..?
-Ay... había libros grandes, chicos, de tapas duras, blandas, de páginas blancas, amarillas... Con dibujos, sin dibujos. Cada uno tenía sus manías y mañas con sus libros. Por ejemplo, yo les ponía mi nombre en la primera página, si al terminar de leerlo consideraba que era un libro digno de guardar en la biblioteca. En general usaba señalador para marcar por dónde iba leyendo, pero si no encontraba uno que me gustara no tenía problemas en doblar el ángulo de la hoja. Y podía subrayar párrafos que me llamaran la atención o hacer anotaciones en los márgenes. Cada libro era un viaje, uno nunca sabía a dónde podía llevarlo.
-Yo me muero si tengo que llevar encima un libro.
-Eran más pesados que los e-books, es verdad, pero... mirá, Stephen King decía que "un libro es la magia más portátil que existe".
-Y de leer en un e-book nada, ¿no?
-Sí, a veces leía. Pero me hacía doler la cabeza. Y además yo siempre leí en la cama o tirada en algún sillón, y la compu, por más que era portátil, no era cómoda para llevar. De todos modos llegó el día... y te juro que lo hice con una mezcla de vergüenza, de pesar, de emoción, de duelo.
-¿Qué cosa?
-Llegó el día en que leí mi primer libro completo en la compu.
-Ah, no en el e-book.
-Todavía no habían llegado los e-books a Argentina. Tal vez podías comprar uno por Internet, pero no eran comunes ni conocidos.
-¿De qué prehistoria me estás hablando?
-Del 2007, 2008. El año en que me rendí, podríamos decir. El año en que me dí cuenta de que la era del e-book iba a llegar para quedarse y que no era algo tan malo, que había que darle paso a las nuevas tecnologías, que los árboles estarían agradecidos, y que después de todo, la historia era la misma. Lo único que cambiaba era la forma de llevarla. Si a mí me daban una pantalla que se pudiera leer con tanta comodidad y claridad como el papel, y un aparato fácil de trasladar y de leer en la cama, bueno... lo iba a adoptar. Así como lo hice con toda la tecnología. Lo cual no significaba dejar de comprar libros impresos ni deshacerme de mi biblioteca. Eso vino después y no pude controlarlo.
-Pero todavía no me dijiste qué leíste en la compu.
-Me habían recomendado un libro, "Eres una bestia, Viskovitz", de un italiano llamado Alessandro Boffa. El libro no existía en Argentina y estaba agotado en España. Lo intenté por todos lados y por todos los medios pero nadie tenía planeado volver a editar ese texto. Y justo lo encontré en Internet. En formato .pdf, así que lo bajé. Pero ese primer libro lo imprimí y lo mandé a anillar. Es decir que usé la compu sólo como medio, pero lo leí en papel, y lo guardé en mi biblioteca. El librito lo merecía.
-Ah... trampa.
-Algo así. Uno no puede cambiar de libro a e-book de un día para el otro. Pero después... bueno...resulta que yo tenía muchas pero muchas ganas de ver ciertas obras de teatro, pero como todavía no me habían puesto los oídos biónicos no me servía de nada ir al teatro. Así que me puse a buscar los textos en Internet. Y encontré ART. Excelente. Esa obra la leí completa en la compu. Fue la primera. Después pasó que vi una película, "Soy leyenda", al tiempo que leía las críticas que decían que no tenía nada que ver con el libro, y me dio curiosidad saber por qué. Conocía el libro, fui una gran pero gran lectora de ciencia-ficción pero no había leído ese porque trata de vampiros, que nunca me interesaron. Pero las críticas de la película me llevaron a buscar el libro. Lo bajé de Internet porque simplemente quería hojearlo, no me interesaba tenerlo en mi biblioteca.
Lo leí en la cama, la notebook a un costado. Y cómo me enganchó. El libro me encantó. No me hizo doler la cabeza, pero sí me trajo el deseo de tener ese libro. Todavía sentía que en la PC el libro era... nada, un archivo, no un LIBRO. No sé si me entendés.
-No.
-Ok. No importa. Lo cierto es que ese fue el comienzo. Me dieron ganas de tener un lector de e-book, y sabía que cuando llegaran a la Argentina lo compraría, y que algún día compraría libros digitales como había comprado libros de papel, y que nadie moriría por eso.
-¿Y no extrañás nada de los libros de papel?
-Extraño todo. Ahora, cuando quiero buscar una frase, tengo que prender el e-book, cargar el libro, esperar que arranquen los programas, buscar, etc, etc. Antes tomaba el libro y pasaba las páginas. Son mundos diferentes. Pero también extrañaron la magia de la radio los que vivieron el nacimiento de la TV... El tiempo corre.
-¿Sabés abu?
-¿Qué?
-Lo que me contaste no me sirve para nada para la tarea.
-Bueno... bárbaro... gracias a vos también.
Verónico se aleja. Le dice a la madre que estoy senil, que digo cualquier gansada, la madre, mi nuera, le dice que sí, que mejor no me moleste porque después me pongo a recordar las buenas épocas y es ella la que me tiene que escuchar. Yo no veo la hora de que se vayan las visitas y pueda irme a la cama con mi lector de e-book, y tres o cuatro libros digitales para elegir.
Lo que no sabe mi nieto es que cuando vinieron a buscar mis libros, durante la crisis del papel, yo no los entregué. Por lo menos no todos. Los transformé en colchón y hoy duermo sobre ellos. Y cuando se acaba la batería del e-book, que dura sólo tres horas (no me alcanzó el dinero virtual para un aparato mejor), meto la mano bajo las sábanas y busco un libro de verdad.
Que no se apaga.
03 abril 2008
SOBRE ANÓNIMOS Y AMENAZAS
Desde el primer día he escrito en este blog con el único ánimo de entretenerme y entretener. También con el fin de difundir mi trabajo.
Logré muchas cosas. Amigos, la principal. Gente con quien tomo un café cara a cara. Gente a la que no conozco y le tengo un cariño virtual tan grande como el real. Trabajos. Escritos. Publicaciones.
Nunca, desde esta pantalla, perjudiqué a nadie, más allá de reírme de algún asunto o satirizar a alguna persona pública.
Lo único que tengo, como escritora, es mi nombre. Y lo cuido. Preservar mi nombre es respetar al lector.
Desde siempre he permitido comentarios anónimos porque considero que todos tienen el derecho a expresarse. Creo que sólo una vez borré un mensaje -y no en este blog- porque hería los sentimientos de otro.
Incluso yo, cuando estoy apurada, para no tener que registrarme, escribo en forma anónima y firmo "Verónica". Todos saben que soy yo.
Hace unos días escribí un post titulado "Cómo hacen los escritores pobres para leer libros" (creo). Contaba que compré un libro, lo leí, no me gustó y lo cambié. El segundo tampoco me gustó y lo volví a cambiar, y así tres veces. Bromeaba con que quien hacía eso (escribí el texto como si no se tratara de mí) era una persona con una enfermedad a quien había que ayudar.
Alguien, en forma anónima, opinó que eso era un robo, y agregaba que no le parecía extraño que yo hiciera eso ya que demostraba mi pobreza como persona o escritora (no recuerdo).
Quise borrar su comentario -porque luego de tres años de blog uno se cansa de ser insultado en su propia casa-, me equivoqué y borré el post.
No era tan importante como para reescribirlo. En realidad era "relleno". Eso que escribimos cuando no tenemos tiempo o no se nos ocurre otra cosa, y no queremos dejar tantos días el blog sin novedades.
Esta persona usó otro post para volver a opinar. Le respondí, cosa que tampoco acostumbro hacer.
Hoy encuentro un comentario (ya lo he borrado) en donde escribe, textual: "cuando lo considere oportuno me dare a conocer, te escribire a verosuk68@yahoo.com.ar o te pasare a visitar por ..... no sin antes avisarte al .......Por el momento prefiero y elijo seguir en el anonimato".
En donde coloqué puntos, esta persona escribe mi dirección y teléfono.
No voy a negar que me asusté, y mucho. No dudaría ni un segundo en borrar todo el blog si alguien amenazara la seguridad de mi familia.
Estoy en la guía telefónica. No hace falta ir más allá para conseguir mis datos. Pero el hecho de exponerlos de esta manera, de demostrar: "mirá lo que sé, mirá cómo te estoy jodiendo, mirá que yo sé dónde vivís, mirá cómo se lo digo a todos", demuestra que del otro lado no hay un interlocutor con quien se pueda razonar.
Más allá de las medidas que tomaré por mi parte, he decidido no permitir más los comentarios anónimos en el blog.
A todos los que participaron y me acompañaron en forma anónima hasta ahora, les pido mil disculpas. Me duele quedarme sin sus palabras, que siempre fueron de apoyo y compañía.
Qué flor de cagada, ¿no? Uno solo hace algo, y todos los demás lo pagamos.
Nos seguimos leyendo.
28 marzo 2008
LA CASA DE PAPEL
"Me pregunté muchas veces por qué conservo libros que sólo en un futuro remoto podrían auxiliarme, títulos alejados de mis recorridos más habituales, aquellos que he leído una vez y no volverán a abrir sus páginas en muchos años. ¡Tal vez nunca! Pero, ¿cómo deshacerme, por ejemplo, de El llamado de la selva, sin borrar uno de los pocos ladrillos de mi infancia, o de Zorba, que selló con un llanto mi adolescencia, de La hora veinticinco y de tantos otros hace años relegados a los estantes más altos, enteros, sin embargo, y mudos, en la sagrada fidelidad que nos adjudicamos?
A menudo es más difícil deshacerse de un libro que obtenerlo. Se adhieren con un pacto de necesidad y olvido, tal como si fueran testigos de un momento en nuestras vidas al que no regresaremos. He visto que muchos fechan el día, el mes y el año de la lectura; trazan un discreto calendario. Otros escriben su nombre en la primera página, antes de prestarlos, anota en una agenda al destinatario y le añaden la fecha. He visto tomos sellados, como los de las bibliotecas públicas, o con una delicada tarjeta del propietario, deslizada en su interior. Nadie quiere extraviar un libro. Preferimos perder un anillo, un reloj, el paraguas, que el libro cuyas páginas ya no leeremos pero conservan, en la sonoridad de su título, una antigua y tal vez perdida emoción.
Sucede que al fin, el tamaño de la biblioteca importa. Queda exhibida como un gran cerebro abierto, bajo miserables excusas y falsas modestias. Conocí a un profesor de lenguas clásicas que demoraba, adrede, la preparación del café en su cocina, para que la visita pudiera admirar los títulos de sus anaqueles. Cuando comprobaba que el hecho estaba consumado, ingresaba a la sala con la bandeja y una sonrisa de satisfacción.
Los lectores espiamos la biblioteca de los amigos, aunque sólo sea por distraernos. A veces para descubrir un libro que quisiéramos leer y no tenemos, otras por saber qué ha comido el animal que tenemos enfrente. Dejamos a un colega sentado en la sala y de regreso lo hallamos invariablemente de pie, husmeando nuestros libros".
Carlos María Domínguez
"La casa de papel"
Un librito precioso. Desde la tapa dura, las pequeñas ilustraciones. Un libro que habla de libros. Un autor que no había leído.
De estos descubrimientos está hecha la felicidad.
25 marzo 2008
RITOS DE INICIACION SIGLO XXI
Esta es la última de las notas que escribí para losperiodistas.net. Luego de cuatro trabajos que no se subieron a la página, y sin logra comunicarme con la gente con quienes hasta había firmado un contrato, obviamente dejé de escribir. Como habrán visto quienes las leyeron -y desde aquí va mi agradecimiento- las notas compartían cierto estilo: un tema social relacionado con algún rincón de Latinoamérica, surge en algún momento entre los míos -primera persona- y conversamos sobre ello, ofreciendo datos. Muy coloquial y colorido. Teniendo en cuenta que se trató de otro proyecto frustrado -y en eso tengo mis récords- ha sido un placer para mí subirlas aquí, y que por fin vean la luz del monitor. Que la disfruten.
El sol hace brillar la superficie del lago de Palermo, en pleno Buenos Aires. Mi esposo, mis niños y nuestro sobrino mayor andan por allí en un bote rojo, luchando con los remos. Yo los observo sentada desde la mesa de un café, no porque no desee estar con ellos, sino porque mi suegra nos acompaña, y tememos que, si se sube al bote, mi esposo o yo la empujemos al agua. Esta es la idea que mi media naranja tiene de pasar un domingo con su madre: alejarse lo más posible, y dejarla conmigo. La que sigue es la extraña conversación que mantuvimos aquella tarde:
-¿En tu familia le permiten a los niños ponerse aritos? –pregunta mi suegra.
-¿Qué? Ah... por mi sobrino... Tiene trece años, y regresó de su viaje de egresados con el aro. Todos sus compañeros se colocaron uno.
-Entonces vos estás de acuerdo...
-Admito que un aro en un varón no me disgusta... pero espero que mis hijos me consulten antes de colocarse uno, cuando tengan la edad adecuada.
-Empiezan por ponerse un arito... sigue un tatuaje... y después vaya una a saber qué cosa pueden hacer.
-Un aro o un tatuaje no los hace criminales. Es un rito de iniciación.
-Esas son cosas del pasado.
-No, hay muchas culturas y religiones que los mantienen. El Bar y Bat-Mitzvá de la colectividad judía, por ejemplo, pueden considerarse un rito de iniciación.
-Hace poco me invitaron a un Bar-Mitzvá. ¡Qué fiesta! La comida era mucho mejor que la de tu casamiento...
-... Mejor seguimos con el tema, ¿le parece? La adolescencia es un proceso de transformación, y los chicos precisan marcar de alguna manera ese paso de la infancia a la pubertad y al inicio de la madurez sexual.
-¿¿¿También tienen sexo???
-¡No! Espero que no... se trata de aceptar los cambios corporales y psíquicos. Crecer duele, y por eso los chicos buscan alguna manera de expresarse que los iguale a sus pares, y los diferencie del grupo familiar. En particular los varones buscan realizar pruebas que pongan de manifiesto su fuerza, agilidad y valentía, desafiando y transgrediendo las normas. Podríamos decir que las niñas siguen teniendo, como rito de iniciación, su fiesta de quince. Aunque también se hacen perforaciones y tatuajes.
-En mi época bastaba con que el varón se pusiera el pantalón largo.
-De eso se trata. Colocarse un aro, hacerse un tatuaje, realizar algún deporte de riesgo, teñirse el cabello o hacerse un piercing son los herederos de los ritos de iniciación, en los que había que demostrar valor y vencer ciertos obstáculos para ser admitido por la comunidad. A los adultos nos cuesta aceptar estas cosas, pero no les ofrecemos a los chicos otra ceremonia, otro ritual.
-O sea que me voy preparando para que mis nietos aparezcan con el cabello fucsia o con un aro en la nariz. Si así los criás vos...
-... La verdad es que con su hijo hemos decidido llevar a los chicos a Tierra del Fuego, y festejar el antiguo rito de iniciación de los onas, llamado Kló Kelen. Durante un año se les enseñaba a los jóvenes a ganarse la vida, mientras un espíritu enmascarado llamado Shoot los atormentaba. Llegado el momento, se le ordenaba al joven que desenmascarara al demonio, el cual resultaba ser un hombre de la tribu. Y si tuviera una niña elegiría el rito de los indios de San Blás, de Panamá, el Innamitikit. Para ello construiríamos una surba, una choza de palmeras dentro de nuestra habitación, y dentro de ella otra más pequeña, donde encerraríamos a nuestra hija cuando tuviera su primera menstruación. Allí, entonces, la someteríamos durante un día y una noche a duchas de agua de mar. Y luego la pintaríamos por completo de negro, con tintes vegetales.
-¿En... en serio van a hacer eso?
-Lo que le estoy diciendo es que los seres humanos precisamos de los ritos, que nos ayudan a ordenar la vida. Muchos grupos indígenas han demostrado gran sabiduría al mantenerlos en el tiempo. Nosotros, los modernos occidentales, dejamos ese lugar libre. Y los chicos lo llenan con lo que pueden. No le queda mal el aro a mi sobrino, y si eso lo hace sentir parte de su grupo, le ofrece una identidad, entonces me parece bien.
-¿Ves? ¿Ves lo que te digo? Les dejás hacer lo que les dé la real gana.
-¡Mire! Ya están volviendo.
Mi marido y los chicos regresan, y yo pongo mi mejor cara de “sálvenme”.
Aquella noche tengo una pesadilla: tengo quince años, y en vez de fiesta, mis padres me encierran con mi suegra en una choza dentro de otra choza, dentro de otra. Yo la escucho hablar, criticarme, reprocharme y amonestarme, durante un día y una noche. Cuando las puertas de las chozas se abren, soy adulta. He soportado con valentía el peligro. Y como soy adulta, mi suegra me viene a visitar.
17 marzo 2008
RITMOS LATINOS PARA DORMIR AL BEBE
Va la tercera y anteúltima nota que hice para losperiodistas.net.
Hacía pocos meses que había nacido mi primogénito, y lo que más deseaba en la vida (además de que creciera sano y feliz), era dormir. Lo habíamos intentado todo: acunarlo, cantarle, dejarlo llorar, pero nada daba resultado. A la hora de dormir mi dulce bebé se convertía en una fiera que luchaba contra el orden universal.
¿Y qué calma a una fiera?: el agua y la música. O sea: un baño tibio antes de dormir y una melodía. Pero la verdad era que “Mozart para niños” y “Beethoven para pequeños genios” me dormían sólo a mí. Necesitaba probar otra cosa, arriesgarme.
Me aferré a la idea de que debía existir sobre esta tierra un ritmo musical que durmiera a mi bebé. Mi deber era encontrarlo. Para ello invité a casa a un antiguo compañero de estudios, Manuel, que se había dedicado al periodismo musical. Mi esposo, Manuel y yo disfrutamos de una cena con acompañamiento de llanto en diferentes escalas.
Fue después del café que le pedí ayuda a Manuel: nos debía enseñar estilos musicales, y probarlos frente al bebé, hasta encontrar aquél que lo ayudara a dormir. Él se entusiasmó con la idea (ya estaba pensando en su propio artículo). Yo traje los instrumentos musicales que tenía en casa, desde mi vieja guitarra hasta maracas de cotillón, y nos preparamos para la clase.
Justamente ahora estoy investigando sobre folclore latino –dijo Manuel- y estoy entusiasmado con el porro de Colombia.
Se hizo un silencio de muerte. Mi marido me miró espantado. ¿Lo... lo vamos a drogar?, -me preguntó. No sé... –respondí- ¿de qué clase de porro estás hablando? ¡No! -saltó mi amigo, que se había dado cuenta de la confusión. Un porro es un ritmo musical. El único porro que conozco es el cigarrillo de marihuana -dijo mi esposo. Mismas palabras significan cosas diferentes en distintos países -señaló Manuel, y siguió- el porro es un ritmo de fiesta, alegre. Es un diálogo entre trompeta y bombardinos, clarinetes y trombones.
Yo traje a mi hijo, mi amigo se largó a cantar el estribillo pegadizo de “La mucura”, de Toño Fuentes: “Es que no puedo con ella/mamá no puedo con ella,/mamá no puedo con ella/es que no puedo con ella”.
El porro era dulce, caliente, movedizo, como el Caribe. Mi esposo y yo nos levantamos e hicimos un trencito mientras cantábamos “Mamá no puedo dormirme”. Mi hijo nos miraba desde su cochecito con los ojazos así de grandes y ensayando sus primeras sonrisas. No, un porro no lo iba a dormir. Y mejor nunca tener que decirle: “cuando eras bebé, para dormirte, te poníamos un porro”. En nuestra cultura porteña suena... ilegal.
Para calmar los ánimos, de Colombia nos fuimos a Chile y Manuel y mi guitarra le ofrecieron a mi hijo una canción-sirilla: “Volver a los 17/después de vivir un siglo/es como descifrar signos/sin ser sabio competente...” Esa la sabíamos todos, y cantamos juntos. Mi hijo se puso a moquear, quizás por la profundidad de la canción de Violeta Parra. Manuel probó con otra, esta vez de Rolando Alarcón: “Mi abuela bailó sirilla/mi abuelo, el fandango doble;/mi tía, la pericona/y mi padrino, el redoble./Y cuando bailaron/¡huifa, se enamoraron!”.
Yo intenté bailar la sirilla, un baile de pañuelos y zapateo, de dos parejas mixtas. Pero Manuel dijo que lo mío parecía una zamba. Es que yo bailaba zamba en la escuela –expliqué.
Así que hacia la zamba nos fuimos. La zamba, nos contó Manuel, es originaria del Perú, donde se llama zamacueca, y llegó a la Argentina a través del Chile allá por 1815. Era una danza preferida por indios y negros (zambos) y se dice que debe su nombre a que sus coplas estaban dirigidas a las zambas.
La zamba representa el galanteo. El hombre busca a la mujer que le coquetea y se aleja, hasta que al final él la corona con su pañuelo, como abrazándola. Es la danza del acoso sexual -bromeó mi esposo. Manuel volvió a la guitarra y mi esposo improvisó un bombo con el balde, y todos entonamos “Zamba de mi esperanza”, de Jorge Cafrune. “Zamba de mi esperanza/amanecida como un querer/sueño, sueño del alma/que a veces muere sin florecer...” El momento estuvo mágico, pero mi hijo no se durmió y el ruido había terminado por irritarlo. Manuel, entonces, me preguntó si podía probar otra cosa. ¿Otro ritmo? -pregunté. Algo así... Alzó a mi hijo y lo llevó a su habitación. Regresó a los quince o veinte minutos. ¿Escuchan? –nos preguntó. No escucho nada... Eso, silencio –dijo Manuel. ¡Se durmió! –salté de la alegría. ¡Shhh! ¿Qué ritmo? Por favor, decime qué ritmo dio resultado: ¿pasodoble, rumba, chararera, joropo, huapango? Uno universal –sonrió Manuel- la letra dice así: “duérmete mi niño/duérmete mi amor...” Eso sí, con mucho balanceo. Un clásico...
A la noche siguiente volvimos a intentarlo, pero con ritmo de cumbia. Como para experimentar. Y no... mi hijo no pudo cerrar los ojos. ¡Pero qué sonrisas hermosas nos regaló!








