TALLERES 2014. LITERARIOS Y DE ESCRITURA
De relatos y de literatura infantil y juvenil.
También a distancia vía skype (por escrito).
Consultas a verosuk@hotmail.com

29 mayo 2014

UN PREMIO, DOS PREMIOS...

Un blog es muchas cosas más que una serie de entradas sobre un tema. Es una vidriera donde mostrarse, es un currículum vitae informal, es una pizarra de noticias sobre uno mismo.

Por eso me veo en la obligación moral de compartir que este año se ha venido con premios. Premios increíbles que no esperaba (porque no tuve que pasar por el sufrimiento de presentarme, aguantar la ansiedad, rogar por resultados).

En ocasión de la Feria del Libro de Buenos Aires, recibí el Premio Los Destacados de ALIJA al libro de cuentos publicado durante el 2013, por "La memoria de todos", editorial Elevé.
Acá los detalles

Y como si fuera poco, algo que no estaba ni en mis sueños más fantásticos:

El Premio Konex Diploma al Mérito en Literatura Juvenil, junto a cuatro grandes grandes.
En esta página

Aún no me repuse de la sorpresa y espero sentirme abrumada por unos cuantos años.

Gracias por compartir.

28 abril 2014

Para quien desee empezar en mayo:

20 febrero 2014

LA MAESTRA, LA PROMOTORA, EL LIBRO Y SU AUTOR

(Ningún título va a ser tan perfecto como "El cocinar, el ladrón, su mujer y su amante" pero vale el intento).

He deseado escribir este post desde hace tiempo y siempre me autocensuré con alevosía y premeditación. No es mi intención molestar a nadie, no quiero (no quería) hacer ruido, no tengo la intención de perjudicar mi propio trabajo ("en donde se come no se..."), pero una entrada en Facebook de la gran Liliana Cinetto y los comentarios posteriores me provocaron para hacerlo. De todos modos, confío en que ya no queda mucha gente leyendo blogs y esto pasará desapercibido.

Liliana Cinetto escribió: "Me dice una maestra que los chicos de su escuela solo pueden leer mis libros si prometo hacerles una visita como cierre del proyecto. (...)

Ese era el tema: las "visitas de autor a los colegios". Y de cómo me gustan y me tienen un poco cansada a la vez, y de qué bárbaras que son a veces, y otras tiempo perdido, y más, y por eso sigo.

Cuando empecé a publicar (no a escribir) libros, las visitas de los autores era una excepción, y yo solo sabía de algunos grandes, muy grandes, que eran invitados a una escuela como se invita a un prócer, porque ese día se le ponía su nombre a la biblioteca o algo así.
Yo en cambio nunca conocí a un autor/a como alumna. Ninguna visita de autor en la primaria, ninguna en la secundaria (y eso que mi título dice "Bachiler en Letras"). Menos en la facultad. Crecí sin "visita del autor" y hasta me sucedió que, cuando después conocí a algunos escritores por mi cuenta, ya no pude acercarme a sus obras como antes. 

Pero pasaron los años. La promoción de los libros, desde las editoriales, se convirtió en una cosa enorme. Y la LIJ se metió en los colegios, algo maravilloso, para no salir más. Tanto es así que el mayor porcentaje de ventas de libros infantiles y juveniles pasa por ahí. Cobramos porque una promotora le mostró el libro a un docente que lo eligió para leer junto a sus alumnos, que tuvieron que comprar el libro. Y junto a los 20, 50 o 100 libros comprados, se ofrece la "visita del autor". 

La dinámica es sencilla: los chicos junto al docente leen el libro y luego reciben al escritor 
-i-responsable para charlar sobre la mar en coche. 

¿Pero es tan fácil charlar sobre literatura, libros leídos y aprovechar la presencia del autor de la obra? 
No, no lo es. Y por eso es que yo, por lo menos, tengo tantas historias para contar.

Por ejemplo...

Estuve en una escuela en donde la docente se fue al fondo del aula y se durmió mientras yo conversaba con los chicos.
Estuve en una escuela en donde la docente se fue al fondo del aula y se puso a llenar papeles y corregir pruebas.
Estuve en una escuela en donde la docente se fue al fondo del aula y se puso a chequear mensajes en su celular.
Que quede constancia: los docentes que se portan mal se van al fondo del aula.
Estuve en una escuela en donde los chicos no sabían quién era yo, no habían leído ningún libro mío y la docente me presentó así: "esta señora viene a hablarles de algo".
Estuve en una escuela en donde la docente me presentó y luego se fue y no volvió más, y yo me quedé a cargo del grado y jugué a la señorita.
Estuve en una escuela en donde, luego de esperar diez minutos en la calle, la directora me recibió en el pasillo con el siguiente discurso: "recibimos tus libros pero como estamos mudando la biblioteca, no tuve tiempo de dárselos a los maestros".
Estuve en una escuela en donde a mitad de la charla hicieron salir a los chicos de una división porque tenían prueba. Pero los chicos protestaron y a los diez minutos estaban de vuelta.
Estuve en muchas escuelas en donde los chicos no sabían qué preguntas hacer.
Estuve en muchas escuelas en donde los maestros no sabían qué preguntas harían los chicos ni qué hacer conmigo.
Estuve en muchísimas escuelas en donde los chicos no hicieron ninguna pregunta sobre lo leído, sino preguntas generales.

Las preguntas generales son siempre las mismas. Pero una recuerda que si bien las preguntas son las mismas los chicos son siempre distintos y hay que responder, cada vez, con todas las ganas.
Las preguntas generales son:
¿Cómo te inspirás?
¿Sos famosa?
¿Salís en la televisión?
¿Tenés hijos?
¿Cómo se te ocurren las historias? (variación de ¿Cómo te inspirás?)
¿Dónde trabajás?
¿Cuánto ganás?
¿Qué podés decirle a un chico que quiere escribir? (aquí se nota la influencia decisiva del docente)
¿Qué libros te gustan?

No importa qué libro hayan leído los chicos, si uno de cuentos informáticos o una novela con un loro que aprende a hablar. El libro en cuestión brilla por su ausencia. Las preguntas son esas. 

A veces, claro, no hay preguntas. 
Porque los chicos son increíblemente tímidos. Porque no saben qué preguntar. Porque ninguno quiere ser el primero. 

Entonces es uno el que apela a todas las estrategias que fue aprendiendo en tantas visitas. 
Leés un cuento, recitás un poema de Ibarbourou y otro de Almafuerte (a un grupo de chicos que nunca habían escuchado un poema), les hacés preguntas vos: ¿leen en sus casas?, ¿hay libros?, ¿sus papás leen?, ¿qué les gusta leer?, ¿la seño lee?, y así vas armando una charla y llenando la hora reglamentaria para beneficio de la maestra que, en el fondo, debe completar el registro del día.
Una vez, con un grupo difícil, utilicé una estrategia de emergencia. Les dije a los chicos que cada uno debía hacer una pregunta, no importaba cuál. Podían preguntar cómo estaba el tiempo, qué miraba en la TV, de qué color era mi remera. Cualquier cosa, pero ninguno saldría vivo del aula sin antes hacer una pregunta. (Yo creo que saber hacer preguntas es mucho más difícil que dar respuestas). Lo que sucedió después fue maravilloso, se creó un clima de ganas de hablar y de contar que todos aprovechamos y el tema principal, al final, fue el libro.

No es mi intención, en absoluto, poner en evidencia a los docentes. No estoy generalizando. Hay buenos docentes y malos docentes, buenos escritores y malos escritores, buenos médicos y malos médicos. Por supuesto que la anécdota se construye alrededor del mal docente, es más divertida (aunque te reís mucho después, porque cuando te das cuenta de que estás ahí al reverendo cuete, te comés una bronca impensable).

El tema es que veo que muchas escuelas aceptan la "visita del autor" porque queda lindo, porque los papás van a decir uau... mirá, fue un escritor a la escuela, porque llena una hora, porque es gratis, porque da prestigio, porque creen que nosotros, los escritores, escribimos en nuestro tiempo libre y que nuestro trabajo de verdad es visitar escuelas, y entonces me canso, me frustro, llego incluso a preguntarme para qué sigo escribiendo si pareciera que el destino de mis libros es ese: que lo lean treinta chicos por obligación y que luego, también obligados, tengan que pensar una cantidad de preguntas para hacerme, sobre hechos que no les interesan. ¿Para qué? ¿Y por qué? Es decir, ¿por qué sucede esto? 

Yo tengo una posible respuesta. Sucede eso cuando el libro -y el autor, dentro del combo "libro+visita de autor"- es tratado como un objeto al que hay que hacerle un lugar en la currícula escolar, y porque a todos les gusta montar el show de "nos visita el autor", aunque nadie sepa qué hacer con ese pobre hombre o pobre mujer que deseaba pasar su vida a solas, escribiendo historias, y de pronto se encuentra frente a treinta monstruitos que quieren saber si es tan famoso como Violetta o One Direction.

Y para colmo, cuando los chicos se van, uno se queda firmando treinta, cincuenta o cien libros sin tener al lector al lado (los chicos no pueden faltar a todas las clases del día), como si fuera un mero trámite, el testimonio de que uno estuvo ahí:
"Con un gran abrazo, Verónica Sukaczer"
(Cuando comencé con esto de las visitas trataba de que cada dedicatoria fuera personal y distinta. Ya me curé).

Y entonces... ¿por qué seguimos visitando escuelas? (más allá de que a veces la venta del libro está atada a la visita).

Bueno, yo le digo que porque también hay escuelas (con sus docentes, promotores y chicos) en donde tocamos el cielo. En donde recordamos por qué escribimos. En donde los chicos hacen preguntas únicas que te movilizan; en donde todos se pelean por preguntar y quieren seguirla aún cuando tocó el timbre. En donde además del docente (que se queda adelante), aprovechan tu visita otros maestros, el director, la bibliotecaria, algunos padres y hasta el inspector que vino especialmente. Escuelas de las que salís con el alma henchida y nuevas ideas. 

Por eso uno va a todas las escuelas a las que lo invitan. Porque nunca sabés qué va a pasar, hasta que pasa. Y luego, en todo caso, te vas con una maravillosa sensación o con otra anécdota de terror. Y para el escritor, las dos cosas pueden ser ganancia.

Antes de terminar recomiendo muy especialmente la lectura del libro "Dime", de Aidan Chambers, editado por el Fondo de Cultura Económica. Un libro que muestra cómo conversar con los chicos sobre los libros leídos.  

Y hasta mi próxima visita.











  

15 enero 2014

MI CUENTO, MI VOZ

Regalito de año nuevo para quienes aún se dan una vueltita por acá, Radio Upa nos grabó a los autores de la novísima Galerna Infantil leyendo cuentos o comienzos de novela.
Esta es mi parte, el cuento "Estás por tu cuenta" del libro "Mundos en venta". Pasen y escuchen.
video

03 diciembre 2013

DIME CÓMO ENTREVISTAS... Y TE DIRÉ SI ERES PERIODISTA

El periodismo es un oficio maravilloso. Es único. Te convierte en un radar, en un curioso de la vida, en un preguntón que todo lo quiere saber. Para luego contárselo a los demás.
Pero uno de los problemas que tiene la profesión u oficio (lo dejo a criterio de cada uno) es que no hace falta un título habilitante para ejercerlo y, por lo tanto, cualquiera puede llamarse periodista y cualquiera puede hacer periodismo (aunque eso que hagan no merezca llamarse así).

Pues bien.
Ingresé a la carrera con el deseo de dedicarme a la investigación (quién no quiso encontrar su propio Watergate), pero me retiré de ella amando la entrevista, la entrevista intimista, más que nada, la que busca conocer a la otra persona, saber qué hace, cómo lo hace, la que te obliga a buscar y encontrar mejores preguntas, mejores formas de acercamiento y excelentísimas formas de narrar lo escuchado.
Hice muchas entrevistas, algunas más formales, otras pura espontaneidad, en algunas tuve que luchar contra entrevistados monosilábicos y en otras casi lo único que hice fue escuchar. Mi ego explotaba de felicidad cada vez que el otro me contaba algo que hasta ahora no había contado, o cuando se quedaban pensando en la respuesta, o cuando me decían qué buena pregunta. Y con eso me alcanzaba, porque lo importante en la entrevista no era yo, yo era solo el nexo. Importaba el otro, el entrevistado.

En los últimos años me he convertido en en entrevistado (y sigo extrañando tanto pero tanto entrevistar... si alguien tiene un medio por ahí, una radio, una revista, ya sabe ;-), he comenzado a vivir el periodismo desde el otro lado y ay... ¡AY!, cuántos crímenes se cometen en el nombre de la entrevista.

Veamos...
Enviar preguntas por correo electrónico es fácil, es sencillo, es rápido, pero eso NO ES una entrevista. No hay cara a cara, no sabemos cómo habla el otro, qué gestos hace, si piensa antes de responder o no pero, sobre todo, en las preguntas por mail NO HAY retroalimentación, el periodista no puede repreguntar, no puede volver sobre sus pasos, no puede interrumpir porque algo no lo entiende, o porque quiere más detalles, o porque el otro se va por las ramas. Las preguntas por mail sirven y muy bien para ciertos objetivos, por ejemplo, hacer listas. Cuando se le quiere pedir a un escritor que recomiende una cantidad de libros o que cite los favoritos, con un mail alcanza y sobra. Pero para conocerlo, saber de su vida y su obra, un pequeño detalle: ESO NO ES UNA ENTREVISTA.

Tampoco es una entrevista decirle a alguien que se lo entrevistará y listo. Acabo de pasar por una amarga experiencia en una radio. Me invitaron, junto a otros escritores, para presentar un libro. Aquí tengo que abrir un pequeño paréntesis: no es lo mismo elegir a quien entrevistar que entrevistar a alguien porque lo solicitó un encargado de prensa o un promotor. Es decir, en este último caso hay una cuestión comercial y publicitaria que a veces molesta al periodista: "tengo que entrevistar a X porque su representante lo pidió pero a mí X me importa un corno". Pero son gajes del oficio, sucede, y de última, X no tiene la culpa. Es un entrevistado más y se merece toda la atención y dedicación. Pues bien, fuimos a la radio. La periodista llegó tarde, no conocía nuestros nombres ni preguntó cómo se pronunciaban, pero sobre todo, no conocía el tema. No sabía de los libros, no sabía sobre literatura infantil y juvenil (al aire dijo: "libros para niños" y yo juro que mantuve mi compostura), no hizo preguntas ni moderó la conversación, al punto que a mí me dio pie uno de mis compañeros para decir algo, y parecía enamorada de sus propias palabras. Nos trató con tal desinterés que no pude menos que pensar que era una pena que alguien así mantuviera su puesto habiendo tantos excelentes periodistas desocupados.

En cambio, la videoconferencia si bien no es perfecta, sirve mucho mejor para entrevistar. Son dos personas conversando en tiempo real a través de una pantalla, uno no ve el panorama completo del otro lado (por ejemplo, el lugar en donde está el que responde), pero en esta época globalizada le perdonamos la vida.
Hace poco a mí me hicieron una entrevista de esa manera. La entrevistadora estaba en Suiza, yo acá, en el porteño barrio de Flores. Ella me escribía la pregunta aunque varias veces le pude entender de lo más bien, y yo le hablaba a la cámara.

Entonces... algunos humildes ítems que más que aprenderse en las escuelas de periodismo, se aprenden a través de la práctica y de leer otras entrevistas (cuando estudiaba mis preferidos eran: Mona Moncalvillo y sus entrevistas en la revista Humor, Daniel Ulanovsky Sack y Firpo en Clarín, Mempo Giardinelli con sus entrevistas a escritores en Puro Cuento):

-De antemano hay que saber quién es el entrevistado y hay que tratar de leer las entrevistas que ofreció antes para no repetirnos (yo lo hice en tiempos de archivos de papel, ahora no hay excusas).
-En caso de que sea escritor, puede ser imposible leer toda su obra, pero sí hay que saber sobre qué ha escrito, cuál es su estilo, qué criticas o reseñas existen sobre sus libros, etc.
-Hay que escuchar. Uno puede llevarse cien preguntas escritas, pero la conversación es la que manda y la que marcará el camino, tal vez en el momento el entrevistado nos ofrece material tan rico que vale la pena salirse del guión.
-Hay que mirar a los ojos. Mientras el entrevistado habla, hay que escucharlo con todos los sentidos (y no lo digo porque sea sorda :-). Queda espantoso que mientras uno responde el periodista lea un mensaje de texto en su celular o vaya repasando otras preguntas.
-Hay que animarse a repreguntar, a profundizar, a volver atrás, a guiar al otro. La entrevista es del periodista, es él quien sabe cómo hacerla y tiene todo el derecho de llevar al entrevistado por el camino que desea. Ojo, porque por guiar al otro alguien podría pensar que se trata de manipular las respuestas. Nada más equivocado. Simplemente que si uno quiere que la entrevista trate sobre libros, y el entrevistado comienza a hablar sobre fútbol, bueno... hay que saber llevarlo de regreso al tema elegido, o tal vez valga la pena seguir hablando de fútbol. Las decisiones se toman en segundos y en el momento.
-No es necesario adelantar preguntas al entrevistado, y tampoco es necesario (y yo no lo hacía, el diario no me lo permitía y aprendí que era mejor así), dar de leer la entrevista terminada al entrevistado. Sí en cambio se le puede pedir que repita nombres propios o cualquier otra cosa que uno teme haber entendido o escrito mal.
-El lugar para la entrevista debe ser cómodo, sin ruido (los cafés son recurso fácil y desgrabación imposible), y hay que preguntar al entrevistado justamente eso: si está cómodo, si necesita algo, si tendrá que irse a una hora determinada.
-A veces el periodista se queda en blanco. Son seres humanos, pobre gente, suele suceder. El entrevistado parecer haber terminado de responder y ops, uno no tiene la más mínima idea de qué preguntar a continuación. Eso se soluciona con práctica y con estrategias, por ejemplo, repreguntando cualquier cosa solo para ganar tiempo. Y si vuelve a suceder, bueno, aceptar que uno no estaba bien preparado para la tarea. 

Y a la hora de escribir, no solo vale el qué se dijo sino el cómo. La tonalidad de la voz del entrevistado, el lenguaje corporal, la risa o la preocupación, los tiempos, el entorno.

Entrevistar es maravilloso, ser entrevistado es interesante (admito que me gusta más preguntar que responder). De un lado y del otro, hay que hacer que valga la pena.

Y aquí se agota mi casete, terminamos.

Muy buenas entrevistas a escritores, con público incluido, pueden leerse en bibliotecasparaarmar.blogspot.com. Entrevista el gran Mario Méndez.




26 noviembre 2013

YO AMO MI TALLER LITERARIO

Lo había intentado muchas otras veces a lo largo del año. Digo, esto de armar un taller de escritura o literario o de escritura/literario, lo dejo a gusto del lector (en general en los de escritura se escribe durante la clase, en los literarios solo se lee). Pero fracasaba por dos grandísimos motivos: no tenía la suficiente experiencia, no tenía modo de promocionarme. Los años, los libros publicados, los diversos oficios (periodismo, edición, lingüística) y las redes sociales por fin me lo permitieron este año que ya termina. Un modesto taller de escritura de literatura infantil y juvenil en mi casa, con tres personas de fierro, y tres talleristas más, del interior, a distancia, a través de skype (escrito, no por videoconferencia).
Acá fue cuando empezaron las sorpresas. 1) Me gustó, sabía qué hacer, me sentí segura. 2) La gente comenzó y se quedó, no se fue. En la mayoría de los talleres empieza un montón de gente y muchos se van yendo a lo largo del año. Acá no, empezaron poquitos pero se quedaron. 3) Ahora, a fin de año, todos los participantes notan un cambio en su escritura, se sienten más seguros, saben cuáles son sus fuertes y cuáles sus falencias y cómo trabajarlas. 4) Llegamos al colmo de que uno de los talleristas publicara, en formato libro, en editorial de verdad, varios de los trabajos que inició en el taller. Increíble. Gracias por la publicidad, es lo que le digo siempre.

Qué gran experiencia organizar y llevar adelante un taller de escritura. Ya lo sabemos: nadie te puede enseñar a escribir, lo único que hace uno es ofrecer un oído un poco más entrenado, una humilde guía, algo de experiencia, moderar los comentarios, pero no mucho más. El resto lo hace cada uno, dándose cuenta o no. Y a medida que ellos, los participantes, hacen lo suyo, también uno va cambiando. Porque no hay mejor escuela en el mundo que esa, que compartir los escritos y ver si lo que decís le sirve al otro, y al final te sirve a vos mismo.

A lo largo de este año me di cuenta de que los comentarios que iba haciendo en cada clase eran bastante similares (luego se trabaja con cada relato, claro, que tiene sus propias necesidades). Eran:

-enfocate
-¿qué historia querés contar?
-¿quién la cuenta?
-enfocate
-¿desde qué punto de vista la cuenta?
-¿cómo es la voz de ese narrador?
-¿cada palabra escrita es la indicada, es necesaria, te lleva por el camino que buscás?
-enfocate
-y lo mismo sobre las acciones, ¿agregan al relato o se te va por las ramas?
-no importa que tal o cual cosa no esté en el texto, vos la tenés que saber
-vos controlás la gramática y la ortografía, no al revés
-enfocate
-releé, corregí, esto no se termina con la primera escritura
-leé en voz alta, fijate cómo suena
-desenamorate de tu texto, solo así vas a poder cortar, tachar, tirar
-enfocate

Y aquí estamos. Termina el año, terminan mis talleres, y no puedo menos que estar feliz por los resultados.
Pero en diciembre, yo sigo escribiendo:

Taller intensivo de escritura de LIJ, los días jueves a 18,30, en el barrio de Flores. 
El grupo se abre con cuatro talleristas.
La idea es trabajar en profundidad un relato, corregirlo, encontrarle la vuelta, ver qué funciona y qué no funciona y el porqué, compartir la lectura y la crítica.
En definitiva: cómo se cocina un cuento.

Y para el 2014 claro que la sigo, veremos qué día, qué horario, pero que la sigo, la sigo. Y con dos, que ya me animo: un taller de LIJ y otro de relatos así nomás, sin edad.

He dicho.


23 noviembre 2013

LEER Y RELEER A PAPELUCHO

Texto que leí en el marco del Filbita, en la mesa "Leer y releer, un viaje en el tiempo", acompañada por un grupete de lujo: Antonio Santa Ana, Franco Vaccarini, Florencia Gattari, Martín Blasco y Liza Porcelli Piussi. La idea era, justamente, releer algún libro de la infancia y ver qué nos provocaba ahora, a la distancia.

Cuando recibí la consigna para participar de esta maravillosa mesa, la mayor preocupación fue, claro, qué libro elegir. Qué cosa fuerte esta de elegir un libro de la infancia, qué crimen... porque lo primero que pensás es que ese libro que leíste de chica y creés que te hizo ser la persona que sos, que te formó, que te lanzó de cabeza a la literatura y, por ende, a la escritura, ahora, cuando vuelvas a leerlo, te va a parecer una enorme y verdadera porquería. Y entonces algo va a morir. El libro, seguro, y esa idea romántica que tenías de vos misma, leyendo los grandes clásicos de la literatura universal a los seis o siete sobre la rama de un árbol. Eso no existió, lo sabés, y ahora te vas a dar cuenta. Cuando releas. Entonces comienzan las trampas... tenés la opción de elegir un libro que no te importe demasiado pero que te permita escribir un texto de la gran siete. Fue lo primero que pensé. O podés elegir un libro tan leído y releído que ya ni siquiera tenés en claro qué opinás de él. Es parte de vos, listo. Y eso es lo que me pasa con casi todos mis libros. He leído y releído y con solo concentrarme lo suficiente puedo traer a mi cabeza párrafos enteros y sentimientos y sensaciones, pero no hay mucho nuevo que pueda decir. Beth se sigue muriendo, Violeta sigue metiéndose en problemas, Heidi empuja la silla de Clara, los Hardy Boys resuelven los misterios, en Las torres de Nüremberg, Tallón se sigue preguntando a dónde van a parar los pajaritos muertos.
Entonces busqué otro camino. Me paré frente a los estantes de los libros de mi infancia, los tengo todos, ordenados y cuidados, y busqué uno del cual no me acordara nada. Ni una palabra, ni el estilo, ni el argumento, claro, y solo un poco de si me había atrapado o no. El elegido fue “Papelucho casi huérfano”, de Marcela Paz.
Papelucho es un chico de 8 años, pícaro y atrevido que escribe un diario personal contando lo que le sucede. Nada más que eso. Por lo que sé son 11 títulos, y el que elegí era de mis preferidos, solo por el título, porque cuando era chica los mejores personajes eran siempre huérfanos, tener una familia no estaba bien visto. Veamos...
Tengo tres libros de Papelucho, sé que una de mis hermanas tiene otros tantos. Y sin embargo, Papelucho era el recuerdo bobo de mi biblioteca, una historia a la que nunca regresé, que me había gustado, sí, pero tal vez porque mi hermana también los leía –cuestiones de competencia-, pero que no habían dejado huella en mí como Cocorí, de Joaquín Gutiérrez o los primeros libros de poemas de Bornemann.
Este era el libro al que iba a matar, entonces, pero ya desde la primera página no me quedó otra que perdonarle la vida. Porque este ejemplar comprado en una librería que ya no existe, tiene una dedicatoria que dice así: “Para mi dulce bombón rubio, que quiere leer algo “de grandes”, todo el cariño de tu mami”. Y una fecha, 1 de agosto de 1976. En el ´76 yo tenía 7 años,  me faltaban dos meses para cumplir los 8, el país se partía y yo quería leer historias de grandes, con pocas o ninguna ilustración, con muchas palabras, porque ya era una Lectora, con mayúscula, y porque estaba encontrando en los libros el refugio perfecto que me permitiría mantenerme a flote hasta el día de hoy. Pero volvamos a Papelucho. Tal vez la razón por la cual no amé este libro como a los otros fue el lenguaje plagado de modismos chilenos que en esa época no debo haber entendido. Cachureo, curcuncho, tencas, se tiró la carreta, cototo. La mayoría de las palabras, si tuviera que imaginar, me suenan obscenas, este lenguaje, hace 37 años, me era ajeno, tal vez esa fue la barrera. Sin embargo sé que leí completos los cinco o seis libros de Papelucho que había en nuestra casa, y tal vez releí alguno, y luego basta. Silencio de radio hasta ahora, hasta esta semana, en que debía elegir un libro para el sacrificio y tomé Papelucho, y me puse a leer, descreida y apática. Y entonces se produjo la magia, esa que te recuerda por qué no existe otra experiencia como la de leer.
Verán... adoré a las Mujercitas, a la Anne Shirley de los tejados verdes, a Jane Eyre, a Violeta, por supuesto, a Rosa en flor, a todas ellas, niñas inteligentes, graciosas y de corazón enorme, pero no me convertí en ninguna, nunca logré ser tan buena, y tampoco deseé jamás crear personajes como aquellos. Pero Papelucho... Papelucho resultó ser otra cosa. Algo de este varón debe haber quedado en mí, sin que me dé cuenta, y por eso ahora provoca que esas palabras me parezcan propias, que esas ideas que leí sean exactamente las ideas que quiero expresar. Y lo que me parece fascinante es que fueron escritas por una mujer nacida en 1902. Una mujer que se animó a escribir, escuchen: “el alma es una cosa que estropea muchos programas. Sería bueno podérsela sacar y poner, como los zapatos nuevos que aprietan o se estropean”. Que escribió: “resulta que no he sido feliz más que una vez en mi vida y no me acuerdo cuándo fue”. Que escribió: “en el almuerzo quería que la tía Rosarito se atorara, hasta que se atoró y después por suerte dejé de querer que se murieran todos”. Todo Papelucho está atravesado por un humor burlón y algo oscuro, que no se toma nada en serio, y personajes increíbles como un perro con tres patas, un tío que se muere de un poquito de cáncer, una tía sorda, una maestra que espera al novio desde hace veinte años, gente que lucha por sus derechos y unos chicos inadaptados sociales, palabras textuales. Papelucho, como muchos otros chicos de antes y de ahora, no logra entender a los adultos, ver cómo se incendia una casa le resulta un gran espectáculo, prueba un cigarrillo, la muerte le da curiosidad, extraña a los padres solo cuando están lejos.
Entonces leo el libro con una felicidad nueva, leo como si hubiera redescubierto una parte de mi infancia que no recordaba, y leo dándome cuenta de algo: que tal vez entonces, con 7 años, no comprendí del todo las palabras o no me sentí identificada con este chico que andaba tan libre, pero que todo se hizo parte de mí, absorbí el estilo, me empapé de ese humor ácido que no pude o no supe transmitir hasta muchos años después, y aquí está, entonces, mi génesis. De aquí salí, de estas páginas surgió mi escritura quince años después y no puedo menos que estar agradecida por esta relectura obligada, gracias, me siento como si hubieran iluminado una parte de mi inconsciente, sin necesidad de veinte años de psicoanálisis, gracias, y ya cierro con Papelucho, por supuesto. Él dice, en un momento en que la madre está lejos y la tía ya no lo soporta y lo envía a vivir con el sacerdote del pueblo: “Vivir con un cura es bueno para los que han sido malos como yo porque es como para un enfermo vivir en la farmacia: el remedio está ahí mismo...”. Y yo digo: “estos encuentros son buenos para los que han vivido siempre entre libros, las respuestas están ahí mismo...”. Muchas gracias.