UN AUTOR ARGENTINO, POR FIN

13 julio 2009

En la última Feria del Libro me prometí comprar un libro de autor argentino. He despotricado más de una vez sobre la literatura argentina actual, pero en general lo hago sin saber, como cantidad de cosas que hago en la vida. Es decir: lo hago sin haber leído. Lo intenté. Juro que lo intenté. Empecé varios libros y ninguno lo pude terminar. En cuanto me doy cuenta de que mis ojos siguen leyendo, pero mi mente ya está repasando la lista del supermercado, ahí paro y el libro regresa a la librería sin miramientos.
Por otra parte, hay varias situaciones relacionadas con este grupo literario que me resultan antipáticas. A saber:
La mayoría de esos libros terminan a los seis meses de su apareción en la mesa de saldos, por lo cual no vale la pena gastar dinero por algo que en poco tiempo saldrá menos de la mitad. Además... si el libro termina su vida útil en la mesa de saldos... por algo será (ya vendré yo misma a cambiar esta línea cuando mi primer libro para adultos, que espero saldrá a fin de año, aparezca en la mesa de saldos. También voy a borrar esta aclaración, por supuesto).
Cantidad de estos autores más jóvenes que yo parecen ser meros personajes, que viven de presentación en presentación, blog en blog, instalación en instalación, lectura abierta en lectura abierta, y que se trenzan en rencillas cuyo objetivo, pienso yo, es aparecer en un recuadro de alguna revista cultural. Mucha exposición para poco contenido.
Pero a decir verdad, todo lo de arriba no deja de ser un prejuicio. O varios. O muchos.
Que dos o tres libros me hayan aburrido soberanamente no significa que todos los libros de autores argentinos sean malos. Para nada. No veo qué puede tener un autor inglés o uno norteamericano que no tenga uno argentino. Y por eso, vuelvo arriba, es que en esta última Feria del Libro me obligué a gastar parte de mi magrísimo presupuesto en un libro nuevo de autor argentino medianamente joven.
El elegido fue "Realidad", de Sergio Bizzio.
A medida que leo críticas, reseñas y escucho recomendaciones, voy anotando los títulos de libros que me gustaría leer/comprar. El de Bizzio estaba en la lista y no era muy caro. Y parecía prometer una historia más que un ejercicio de taller literario o una de esas cosas de metalenguaje combinadas con metaficción.
En definitiva, todo lo escrito arriba es sólo para decir que: me gustó. Y mucho. Lo comencé ayer a las 17 horas y para las 20 lo había terminado. No recupero mi fe en la literatura argentina actual, pero por lo menos he vuelto a pisar la iglesia.
Una buena historia, entretenida y bien escrita. A eso yo lo llamo literatura, sin necesidad de agregar el "meta".
Y como si el cosmos supiera que yo he vuelto a leer a un autor argentino, justo hoy sale en Clarín una entrevista a Bizzio sobre ese mismo libro. Todo lo que puedo agregar es: ¡qué suerte que lo leí ayer, y no sabía cómo pensaba, ni cómo se expresaba ni quién era!
Dicho esto, cierro el post, desinfecto el teclado y regreso a mi cuarentena literaria.

LA GRIPE QUE NOS PARIÓ

30 junio 2009

Voy a votar. Hay varias mesas y no estoy registrada en ninguna. Enfilo hacia la que no tiene cola.
-¿Acá es por la gripe? -pregunto.
La mujer, sola detrás del escritorio, levanta la vista. Se la nota cansada. Usa barbijo, y me hace una seña para que me ponga el mío.
-No, no, soy sorda -le explico.
Ella me mirá así y se pone guantes descartables (se toma su tiempo) sólo para agarrar una birome y escribir en un bloc:
¿Gripe aviar?
-No... gripe porcina busco. ¿Lo de la gripe aviar no pasó ya?
Me mira como diciéndome que nada pasa y sin decir palabra, me señala lo que temía, la mesa en la que hay una cola larguísima.
-Gracias -le digo, y me coloco en las manos una gota de alcohol en gel que hay sobre su escritorio, teniendo mucho cuidado en lavarme bien la yema del índice derecho que fue, justamente, el que apretó el cosito del pomo.
Me coloco en la cola. Todos tienen barbijo. Algunos guante descartables, me fijo. Y uno hasta bata de cirujano. Me coloco en la cola, digo, e instantáneamente, como si funcionara a resortes, un gendarme con barbijo se me planta a medio milímetro. Yo no creo que a esa distancia su barbijo sirva de mucho, pero por experiencia sé que a los gendarmes no hay que decirles esas cosas.
-¡Barjhibr! -creo que dice.
Yo sonrío, con esa paciencia zen que me surge en circunstancias en que sé, que me pondré pedagógicamente insoportable.
-Soy hipoacúsica -digo y enseguida aclaro: -sorda. Si me habla con barbijo jamás podremos entendernos.
Él no reacciona. Yo la sigo:
-Leo los labios -le digo.
A los gendarmes no les gustan las situaciones que se escapan del protocolo. Tampoco lo que no les han explicado. Tampoco que les expliquen. En realidad hay pocas cosas de los civiles que les gusten.
A todo esto la gente de la cola me está mirando. Me están mirando mal. Y me mirán más mal porque yo tengo la osadía de moquear. Sin barbijo. Moquear y toser un poco y, para colmo, taparme la boca con la mano.
Se hace un vacío a mi alrededor de metro y medio de radio.
-Soy alérgica -me excuso. Y es verdad: soy alérgica. Pero en este momento soy una criminal. Una asesina serial. Una amenaza para la humanidad. Una terrorista viral.
El gendarme llama a otro gendarme y se hablan a través de sus barbijos.
Uno dice: -Hiuriaq mirjiae bjriae.
El otro responde: -Piureah niruiae moraer.
Por fin el primero me señala un último escritorio, al final del final.
Lo sé. Me han desterrado.
En el último escritorio atiende un viejito. Los viejitos me parecen manejables. Una porque son viejitos, otra porque no sé por qué, siempre les he caído bien. A veces demasiado bien. Pero ése es tema para otra historia.
Yo sonrío, porque mi primera táctica para manejar viejitos es sonreír.
-Me mandaron acá -digo buscando complicidad.
El tipo va a sonreír, me parece, pero en cambio me escupe.
Literalmente: tose con una flema así, estornuda al mismo tiempo y me escupe completa. Estoy segura de que me acaba de bañar con cada partícula de virus que le quedaba en su cuerpo viejo.
Luego se pasa la mano por la nariz, enjuagándosela, y enseguida me la extiende. La mano.
Yo ya estoy jugada. Lo saludo.
-¿Fiebre? -me pregunta.
-Nada.
-Los barbijos no sirven -dice- yo fui médico en África, con el ébola. Yo lo sé.
-Supongo que lo sabe muy bien entonces -le digo.
-Ésos son unos idiotas -agrega, señalando las otras mesas.
Yo sonrío. Supongo que me quedan 48 horas de vida, y posiblemente las pase con el viejito. Mejor llevarnos bien.
-¿Acá es por la porcina? -dudo.
-Gripe A -me corrige.
-¿Qué puedo votar?
-Emergencia sanitaria sí o no.
-¿Si voto sí, incluye vacaciones extras?
-Sí.
-No, no sé qué voy a hacer un mes en casa con mis chicos. Al final terminan juntándose con otros y es más peligroso.
-¿Vota no?
-No sé... yo soy medio fatalista, ¿vio? Lo que tenga que pasar, pasará.
-Yo estuve en África con el ébola -me dice.
-Entonces lo sabe bien.
-¿Va a votar? -me apura, como si hubiera alguien detrás mío.
-¿Es obligatorio?
-No.
-¿Qué otra cosa puedo votar?
El viejito lee:
-Uso de barbijo.
-¡No! -salto.
-Vacaciones extendidas.
-No...
-Cierre de shoppings.
-¡No por Dios!
-Espectáculos públicos.
-Eso no me importa... total nunca vamos a ningún lado...
-Postergar elecciones políticas.
-Pero si votamos el domingo...
-Las próximas.
-Ah... ahora los que ganaron no se quieren mover de la banca...
-Nada más.
Finalmente, voto.
Al terminar pienso en lavarme las manos con alcohol, pero para qué, tendría que bañarme completa.
Me despido del viejito y regreso por donde vine. La gente de la cola larga me vuelve a mirar de mala manera. Una señora se acerca, piadosa, y me entrega un barbijo que tiene de más. Yo lo rechazo. Entonces algo comienza a suceder. La cola se mueve. Me miran. Se acercan. Yo corro. Paso a toda velocidad por delante de la mesa de la gripe aviar, por delante del gendarme que... ¿me apunta? Salgo de la escuela. La calle está vacía. Seguro que esta noche pasan en la tele alguna película sobre epidemias mortales, pienso.
Vuelvo a toser por el polen en el ambiente. Y entonces aparecen. Desde la escuela, las esquinas, los comercios, los edificios. Están embarbijados. Me señalan. Yo me quedo quieta y muda y por un momento los desconcierto. Pero la tos (una tosecita de morondanga) me surge del alma y ellos vuelven a notarme. Uno de la escuela trae el cuerpo del viejito. Le clavaron el cosito del pomo del alcohol en la yugular.
Estoy rodeada. Se terminó. Y todo por no querer usar barbijo, me digo, qué pelotudez. Eso es lo que pasa con las pandemias, medito por última vez, a cinco los mata el virus, y al resto la ignorancia y la psicosis.
De pronto se me ocurre algo. Meto la mano en el bolsillo del abrigo y la saco llena de miguitas de galletitas chocolinas que mi hijo menor guarda en todos lados para emergencias.
-¡Antrax! -grito. -¡Antrax!
Se hace un silencio. Amenazadores, me abren un camino. Yo doy un paso
Y entonces me cae un barbijo. Y otro. Y otro. Y miles.
Me hace acordar a la película "Brazil", la escena de las hojas.
Siguen cayendo barbijos y sé que voy a desaparecer debajo de ellos.

MI PÁGINA YO

15 junio 2009

La quería, la hice.

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ALGUNOS INCONVENIENTES DE ALZAR NIÑOS DURANTE LAS CAMPAÑAS POLÍTICAS

09 junio 2009

Cuando el discurso terminó y mientras un grupo comienza a desmontar la plataforma, la mujer se acerca al jefe de prensa.
-Perdón... -la mujer habla bajo, insegura, como hablan todas las mujeres que están acostumbradas a no ser escuchadas.
-¿Si? -el secretario le responde sin dejar de hablar por su teléfono celular.
-El nene... el nene que me devolvieron no es el mío... -dice la mujer como pidiendo perdón por la molestia que ocasiona.
El jefe mira hacia abajo, y vé a un mocoso agarrado a la pierna de la chica.
-¿Está segura? -pregunta.
-Sí... yo lo conozco a mi pibe, ¿vio? Y éste no es el mío...
-¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
-Usté se lo llevó para que lo besen.
-Yo no hago esas cosas. Eso lo hace la oposición. A lo mejor se lo pidió alguien de la oposición -dice el jefe mirando hacia todos lados.
-No sé...
-Ustedes confunden a cualquiera con traje.
-No... pero mire... yo digo... ¿usté lo vio a mi nene?
-Tiene uno agarrado a la pierna -insiste el jefe.
-Le digo que no. No es el mío.
-Un pibe es un pibe. ¿No le viene bien éste?
-Y... no sé... yo no lo conozco... el mío se porta bien... ya estaba bañadito...
-Mire, lléveselo a su casa, y en unas horas, si le parece, entonces lo cambia.
-No sé... a mi marido no le va a gustar... se había encariñado... ¿Usted no se acuerda a quién se lo dio? Porque total acá nos conocemos todos...
-Ya le dije que nosotros no hacemos eso. Los votantes se acercan espontáneamente al doctor. Usted no lo vigiló, a lo mejor se lo dio a cualquiera.
-Pero si usté vino a pedirme al nene...
-Yo no puedo llevarme chicos, es la ley. No soy responsable de los menores presentes. En todo caso tendría que hablar con legal...
-¿Y están acá?
-No... legal no viene a estas cosas. Los de legal no se ensucian los zapatos.
-¿Y entonces..?
-¿Entonces qué? -pregunta el jefe mirando el reloj. La plataforma ya casi no existe.
-Mi nene, ¿a quién le pregunto por mi nene?
-¿Pero se va a llevar ése o no? -el hombre señala al pibe, que lo mira asustado.
-Sí, hasta que le encuentre la mamá. Es muy chiquito para quedarse solo.
-Mire, hagamos una cosa. Usted busca a la gente de seguridad, y les dice cómo es su nene y yo...
El jefe se queda un momento en blanco. El doctor pasa a su lado y lo están siguiendo los de la TV.
-¿Me da a su nene, señora?
-¿Qué?
-¡Rápido, rápido, su nene!
-¡Pero le digo que no es mío!
El jefe alza al nene y se lo encaja al doctor, que lo besa para las cámaras y se aleja con el pibe en brazos.
La mujer los mira marcharse.

PRESTAR LIBROS, PERDER LIBROS

26 mayo 2009

Tal vez pocos hayan oído hablar de la secta de los Hau remissum libris (traducción aproximada: los que no devuelven libros), nacida al mismo tiempo que la imprenta, y cuyos socios realizan un juramento de tinta que los acompañará hasta la muerte:
"Libro que pido prestado, libro que no devuelvo".
Por supuesto, los Hau remissum libris se han visto enfrentados desde el comienzo de los tiempos con los Hau comodattum libris ("no presto libros") quienes, al contrario de los primeros, han sido siempre fácilmente identificables debido a cartelitos supuestamente simpáticos que colocan en sus bibliotecas y que tienen una vergonzosa similitud a aquellos que se ven en los kioscos o almacenes y que dice: "hoy no se fia, mañana sí".
Por supuesto, la batalla la vienen ganando los Remissum desde el día en que el primero de ellos pidió prestada una Bibliae Pauperum y no la devolvió. Está claro: quien le prestó el -hoy- valioso ejemplar no era un Comodattum.
El por qué del éxito de los Remissum es sencillo y simple de explicar. A saber:
Los Remissum nunca piden libros prestados a los Comodattum, ya lo dijimos, y por eso logran siempre su cometido.
Los Remissum hacen circular los libros, ya que al no ser dueños del objeto, no les importa cuidarlo. Ergo: el público los prefiere a los Comodattum, a quienes confunden con seres profundamente egoístas.
Los Remissum nunca tienen una gran biblioteca, y por lo tanto no intimidan a sus invitados. Por lo contrario, los Comodattum poseen increíbles bibliotecas, tienden a ser extremadamente intelectuales, especializados en todo tipo de temas y con un afán sincero por demostrarlo. Los Remissum son personas despreocupadas, que bien pueden pedir prestado un incunable como un libro de cocina para niños de preescolar. Esta amplitud de intereses los convierte en buenos conversadores. Los Comodattum, en cambio, pueden morir de envidia al conocer la biblioteca de un amigo, pueden descubrir oculto el libro que buscan desde su nacimiento, pero nunca jamás lo pedirán prestado aunque esté agotado, descatalogado o todos los ejemplares -menos ése- hayan sido quemados por el último dictador de turno. Porque los Comodattum nunca jamás piden libros prestados. O los compran y el libro pasa a ser de su propiedad, o prefieren seguir deséandolo. Para ellos no se trata sólo de leer el libro. Tienen que tenerlo. Y este comportamiento, hay que decirlo, no es comprendido por el resto de la sociedad.
Los Remissum son mayoría en todas las sociedades. Los Comodattum forman un grupo cerrado y pequeño y no realizan ningún tipo de difusión de su tarea. Sólo se interesan por sus libros. Ni siquiera por los del Comodattum vecino.
Ahora bien, ¿por qué los Remissum no devuelven los libros?
¿Es acaso por una cuestión filosófica, ética, de supervivencia, de salvataje o un simple olvido?
La respuesta la tiene el que hoy es el jefe delos Remissum:
"No devolvemos los libros porque no se nos da la gana".
Su secretario, amplía el concepto:
"Un Remissum pide un libro prestado, llega a su casa y lo coloca en su biblioteca o en alguna mesita, y luego se olvida. Incluso se olvida de leerlo. El libro queda allí, y rápidamente se mezcla con los demás objetos de la casa, porque la señora de la limpieza o los chicos lo mueven de lugar. Está científicamente comprobado que a los cinco días uno no recuerda que pidió ese libro prestado pero, sobre todo, no recuerda quién se lo prestó. Además, los libros siempre hacen un viaje de ida. Van de la casa del que prestó a la casa del que pidió, y de allí sólo saldrán si a su vez son pedidos por otro. Justamente, nadie devuelve libros porque son incómodos de llevar y pesados. No entran en ningún bolsillo, ni siquiera en el de un gabán. A nosotros no nos gusta llevar bolsitas ni en general llevamos bolsos, y en el maletín sólo tenemos papeles laborales que una vez guardamos y nunca volvimos a leer ni necesitar.
Quien presta no tiene este inconveniente: el libro sale directamente de su biblioteca, no tiene que andar por la calle con un libro. Fíjese que en general, si uno solicita a un amigo que le traiga un libro (es decir, que lo saque de su casa y lo lleve a un sitio en especial) una y otra vez el amigo lo olvida. Esto está científicamente comprobado".

Por supuesto, cuando se realiza una investigación sobre este tema, de un lado y del otro desean saber en qué equipo juega uno.

Pues bien, existe un tercer grupo, un grupo nacido de la cruza de ambos, un engendro, un híbrido, al que se ha llamado Remidatton (mezcla de Remissum y Comodattum) al que pertenezco con gran orgullo. Tenemos el corazón de un Comodattum y la ética de un Remissum.
Somos pocos. Somos únicos. Somos especiales.
Yo no presto libros. Los libros son mi herramienta de trabajo y puedo necesitar cualquiera en cualquier momento.
Pero si me insisten, o si quien me lo pide es una persona cercana a quien podré vigilar, y según qué libro me pida, puedo llegar a prestárselo.
He prestado libros y los he perdido:
Qué porquería es el glóbulo 1 y 2 (cuando tenía 15 años).
Operación masacre (cuando tenía unos 20).
El aleph (hace algunos años).
He prestado libros y he perseguido a quienes lo tenían (en general mis sobrinos) durante un par de años hasta que los regresaron.
Pido libros prestados, y como mi alma es de Comodattum, siempre los devuelvo. A veces los fotocopio (perdón, perdón) si son libros imposibles de conseguir y quiero tenerlos. Pero en general los leo lo antes posible y los devuelvo rápido.
Pero también pido libros prestados para no devolverlos. No es que no los devuelvo por olvido. No los devuelvo porque quiero salvarlos. Son libros para mí fundamentales, y tengo la total seguridad de que su dueño nunca los echará de menos, por no decir que se dará cuenta de su falta. Esto lo hago sólo con familiares, y por lo tanto "todo queda en la familia". Si me los piden de vuelta, no me quedará otra que devolverlos, pero hasta ahora no sucedió. Por lo cual se trata en realidad de un "préstamo a largo plazo".
Pedí a "largo plazo":
Todos los hombres son mortales (agotadísimo).
Humor judío (me sirve para mi trabajo).

Esto es todo por hoy. Otra interesante historia a cuenta de nada, en un blog que trata cualquier tema, escrito por alguien que tendría que estar haciendo otra cosa.

EL INVENTOR DE PUERTAS

02 mayo 2009


Así empieza:
-Che –me llama David cuando estamos formados para salir de la escuela. -¿Te enteraste?
-Sí, claro –le digo.
-¿De qué te enteraste? –duda David.
-De que Miguel le dio una patada a Pablo.
-No, eso no.
-De que Ruth se puso de novia con Hugo.
-No, eso no.

Pienso en otra cosa, y me doy cuenta de que en la escuela pasa algo raro. Todos cuchichean con todos. Pero de manera distinta al cuchicheo de cada día.
A mí no me gusta ser el único que no sabe, así que digo:
-Igual me enteré.
Y en cuanto salimos, corro a donde se amontonan mis compañeros. Porque es en los amontonamientos en donde uno, por fin, se entera.

En la cartelera de asuntos importantes, la que está al lado de la puerta de la escuela, hay un informativo que dice:

“Por orden del Nuevo Gobierno de la Gran Nación, todos y cada uno de los habitantes del pueblo, deberán contar con un apellido a partir de la fecha. El mismo será mantenido para siempre, y legado a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, por los siglos de los siglos. El apellido quedará escrito en los documentos y servirá para que cada hombre, mujer o niño pueda ser identificado y ubicado rápidamente.
Carecer de apellido será considerado delito y se pagará con multa, prisión, o trabajos forzados.
Decreto del Nuevo Gobierno de la Gran Nación en beneficio de los habitantes de la Gran Nación.
9 de diciembre de 1890.

Lo leo y vuelvo con David.
-Ya sabía –le digo.

Vivo en un pequeño pueblo en un gran continente, que el maestro dice que se llama Europa. Uno de esos pueblos que parecen inventados, que ni siquiera aparecen en los mapas. Un pueblo que se mueve. A veces puede estar más al oeste o más al este. A veces sigue las lluvias, y otras, la primavera. A veces se muda a donde hay siembra, y a veces se queda donde sobran árboles.
Un pueblo con tantos nombres como habitantes. Hay quien lo llama Beresovska. Otros están empecinados con que su nombre es Monte Lima.
Pero todos lo conocemos como el pueblo, así nomás.
Un pueblo al que todos los días llegan nuevos vecinos. Un pueblo de bienvenida.

Vecinos que huyen de guerras, pestes, terremotos, sequías, inundaciones, pobreza.
Gente de todos los rincones del continente, se encuentra acá.
Traen sus costumbres, sus comidas, sus canciones, su libertad, hasta su idioma.

Cuando yo llegué, sólo comprendía a David. Y a José y a Jaime. Pero de a poco uno va usando ciertas palabras propias y ciertas palabras de los demás para hacerse entender. Y otras palabras se mezclan y se transforman en nuevas palabras, y así se termina aprendiendo poblanés, que es como llamamos al idioma que se construye en el pueblo.

Somos un mundo dentro del mundo.

Mamá, Marian y yo, somos llegados de guerra.
Yo apenas recuerdo esa guerra que nos trajo al pueblo, pero no hay día en que no piense en ella.
Papá, todavía, está allí.

Mediodía del 9 de diciembre de 1890, me encuentro con LA cola.
No es como las colas de todos los días. La cola para comprar pan, o la fila para entrar a la escuela.
Ésta es la madre de todas las colas.

Tan larga, que recorre tres calles de tierra, da vueltas alrededor de la plaza, pasa por el mercado y termina en donde empieza: en la puerta de la escuela que es, justamente, de donde yo acabo de salir.
Marian, mi hermana mayor, me apura porque corra al final de la cola interminable, o alguien se nos colará.
Pero yo no pienso ponerme en ninguna cola.

Si ya está Marian, ¿para qué hago falta yo? A ella le tocan estas responsabilidades. Yo voy a molestar, sin dudas. Se me dormirán los pies de estar tanto tiempo parado. Me empezará a salir humo de la cabeza del aburrimiento. Me crecerán raíces y, cuando los de atrás quieran avanzar, se toparán conmigo aprisionado a la tierra.
Mejor no.
Me quedo a un lado, con David, que es mi mejor amigo, y José y Jaime que son mis amigos pero no tanto.

Cuando llegamos al final de la cola, nos encontramos con la mamá de David.
José y Jaime en cambio, se van a formar cuando la cola se termine.
Ellos tienen su estrategia: se pasan todo el día haciendo lo que tienen ganas, y cuando ven que en la cola quedan dos o tres infelices, ahí se forman bien derechos, cumplen con lo que deben cumplir, y vuelven a lo suyo.

Yo llevo encima toda una reserva de juegos para los ratos de cola.
Bolitas, un elástico viejo, una media rota para hacer una pelota, un trozo de tiza, una navaja oxidada que no corta.

Y David tiene su parte.
Una soga, otra media rota, una gomera, más bolitas, las ruedas de un trencito de madera que perdió justo después de quitarle las ruedas, una moneda vieja que dice la suerte.
Llevamos todas nuestras pertenencias desparramadas en los bolsillos remendados y vueltos a remendar del pantalón corto, y cada día descubrimos un nuevo tesoro y un nuevo agujero en la tela.

Así que mientras Marian hace la cola, David y yo nos apartamos y nos ponemos a jugar. Y se nos suman José y Jaime, que también son mis amigos pero no tanto.

v
El tiempo vuela donde estamos nosotros, pero se detiene en la fila. Allí, el tiempo no pasa. Yo puedo jugar mil juegos, ganar cien bolitas, hacer cinco goles, dibujar ocho rayuelas, mientras que en la cola Marian apenas avanzó dos pasos y retrocedió tres, porque seguro alguien se coló. Como siempre.

-Marian… –me acerco-, ¿ésta, para qué es?
-¿Para qué es qué, Ariel?
-La cola, digo. ¿Para qué es?
-Andá a leer la nota que está en la cartelera de asuntos importantes.
-Ya la leí.
Marian me mira asombrada.
-Nunca leés esas cosas –dice.
-Fue por necesidad.
-Bueno, para eso es la cola.
-Ah.

Vuelvo con David. No, mejor vuelvo con Marian.
-No entendí ni medio –le digo a mi hermana.
-¿Qué parte no entendiste?
-Ninguna.
-Nos van a dar un apellido –dice Marian, como si un apellido fuera lo mismo que un plato de guiso o media papa.
-Ah.
Y sigue... en el libro.

INSTRUCCIONES PARA RECORRER LA FERIA

28 abril 2009

Con este título bien cortazariano, dejamos inaugurada la Feria del Libro 2009, que podrán recorrer y disfrutar gracias a los siguientes datos:

Los baños están en excelente estado. Limpios y hay papel higiénico. Yo creo que muchos nos traumatizamos para siempre con los baños de la vieja feria (que siguen siendo los baños de la feria infantil), pero eso pasó, ya fue.

Cada sector está ahora alfombrado del color que le corresponde (cambio que se realizó debido a las quejas de la gente que siempre necesita quejarse de algo), lo cual es muy bueno para paseadores obsesivos como yo que necesitan organizarse el camino.

Estacionar el auto una tarde completa cuesta lo mismo que un buen libro. Así que a menos que piensen leerse el auto, no vale la pena. Ayer, por primera vez en mi corta vida, ¡ida y vuelta en colectivo!

El recorrido ideal, según quién escribe, es: entrada principal, de allí a la derecha, al pabellón azul. Una vez traspasado el límite verde/azul, otra vez a la derecha, hasta el fondo. Doblar a la izquierda hasta donde está el rincón infantil o algo así. Medio giro izquierda, y empezar a recorrer los pasillos a lo largo. Si siguen mi orden, desembocarán en el pabellón verde sin problemas. El pabellón verde se recorre también a lo largo (que vendría a ser a lo ancho del pabellón azul), con el inconveniente de que hay stands que cortan el camino y hay que ingeniárselas para traspasar esos escollos. Deberían terminar de recorrer el pabellón verde (¡menos los stands principales que dan a la salida!) frente al límite con el pabellón amarillo (aunque en verdad la alfombra del pabellón amarillo parece verde clarita, no amarilla) y de cara casi al stand de Colihue. Bien, siguen hacia el fondo, y ahí... ahí van para donde se les cante.
Y cuando se van, ahí miran los stands principales.

Lágrima chica con croissant tostado $13,50.

En la Feria, lean bien, NO se compran libros que se pueden conseguir en cualquier momento en cualquier librería. Sin discusiones.

Hace calor. Sí, afuera también. Pero eso es atípico. En la Feria siempre hace calor. Los focos de los stands te matan. Hay que ir con remera y llevar saquito para después. En realidad el tema de la ropa es todo un tema. Una se puede encontrar con conocidos (escritores, editores, etc), por lo cual hay que ir con un look "elegante casual zapatos cómodos". Collares largos no porque te joden cuando mirás libros.

En el stand de Salta, por lo menos ayer, repartían colaciones de dulce de leche. Cualquiera sabe que las colaciones son una de las cosas más ricas que tiene nuestro país. Pues bien, me mostré interesada en los libros salteños sólo y exclusivamente para que me dieran una colación, y no me la dieron. Y a mí me dio vergüenza acercarme o pedir, porque se supone que uno va por los libros, no por las colaciones.

Israel está raro (no se lea esto como una opinión política). Tiene un stand sólo de comics. O es un stands de comics israelíes y no el stand de Israel. No sé, cuando vuelva me fijo bien.

Hablando de comics, el stand de La Revistería es un sueño. Yo quiero quedarme a vivir ahí y leerlo todo. Pero imposible comprar. Los precios están en euros.

Los libros de las mesas de saldos son siempre los mismos, año tras año.

Los stands que una intelectualoide como yo, y por lo tanto cualquiera que quiera parecer intelectualoide busca en la feria: FCE, Paidós, Alianza.

Ley de Murphy de la Feria: los libros que uno busca desesperadamente nunca están. O se agotaron, o no se importan más, o no los encuentran pero estaban seguro, o nadie los conoce, o nunca se escribieron.

Mi tiempo en recorrer la Feria, mirando mucho y hasta leyendo un poco, como para tomar de promedio: cinco horas. Aunque en verdad a la tercera hora ya no puedo caminar, las rodillas me tiemblan y pierdo mi capacidad de comprensión lingüística.

Lo que sale el diccionario Moliner: ¡¡¡más de $600!!! Tampoco este año.

Tusquets se mudó de lugar. Les digo, por si alguien se interesa.

Dos stands que se merecen el premio a la no renovación ad eternum: Colihue y De la Flor. Pero el kiosco de De la Flor me encanta. (¡Y aparte aparezco entre los autores de la editorial! Con el apellido mal escrito pero no importa).

Digo yo: me parece muy bien que se esté promocionando el bicentenario en la Feria pero... ¿no podían hacerles a los pobres muchachitos y muchachitas trajes verdaderos a medida, en vez de vestirlos así, tan de crisis, con esos smokings y vestidos antiguos alquilados en una casa de cotillón?

Salvo algunas excepciones, los vendedores y vendedoras son cada vez más jovencitos y NO saben de libros. No insistan.

Un stand para comprar completo: el de Parker. (Quiero, quiero, quiero).

Listo. Vuelvo mañana miércoles 29 a firmar en Norma a las 17. (Firmar, en idioma escritorés significa responder dónde está el baño y decir que una no trabaja ahí y no conoce los precios) y el jueves 30 a las 18 para lo de los premios de Sigmar.

Libros comprados Feria 2009: 6 títulos.

Hasta el año que viene.